Vivir no es simplemente recorrer un camino que ya existe. Tampoco consiste sólo en realizar posibilidades que aguardan, disponibles, a que las elijamos. Hay algo más radical en una vida: la potencia de hacer nacer el camino, de engendrar posibilidades que antes no tenían lugar. Nos encontramos en un mundo recibido, con sus condiciones y sus límites, pero nuestra existencia no está contenida por entero en ellos. Vivir es también transformar lo que significa poder vivir.
Como hemos intentado mostrar en Tierra y destino, la vida es una gesta, concepto que incluye una constelación de significaciones y matices. En particular, la palabra reúne, desde nuestro punto de vista, dos acepciones complementarias que recorreremos aquí por separado, aunque no puedan finalmente separarse. Gesta significa, en primer lugar, gestación y génesis: generación, creación, alumbramiento de lo nuevo. Pero significa también lucha: resistencia contra las fuerzas que amenazan con imponer a la vida un curso inexorable y con determinar de antemano lo que puede llegar a ser. La gesta hace nacer y, al hacerlo, combate aquello que impide el nacimiento. Crea novedad resistiendo y resiste creando novedad.
Ahora bien, al hablar de la vida no nos referimos únicamente a la humana. Es necesario comenzar antes en un estrato más profundo: la vida de la naturaleza en general y, más radicalmente, la vida del ser, que es lo mismo que decir el ser como vida. La gesta humana no irrumpe en el mundo como una excepción inexplicable respecto a esta base máximamente general. Prolonga, a su modo y por sus propios cauces, la gesta de la naturaleza. El ser humano lleva más lejos una potencia que ya actúa en todo lo viviente: la de autoorganizarse, transformarse y abrirse paso frente a la posibilidad de su desaparición. Veremos, por tanto, primero cómo la vida natural es creación y lucha; después, cómo la vida humana prolonga ambos movimientos hasta convertirlos en libertad y creación compartida de mundo.
Gesta como generación
Esta potencia no comienza en nosotros. La Tierra no es solamente el escenario sobre el que representamos nuestras vidas: nos atraviesa interiormente. La naturaleza que nos envuelve es también la que se hace cuerpo, sensibilidad y pensamiento en nuestra existencia. Por eso, para comprender la gesta humana hemos de retroceder hasta aquello que la precede y que continúa actuando en ella: la naturaleza como phýsis, como autogénesis creadora.

A estas alturas del siglo XXI nos encontramos inmersos en una revolución epistemológica, todavía abierta, que ha roto con el mecanicismo heredado de la primera modernidad. La realidad ya no aparece como una máquina compuesta de piezas previamente constituidas, sometidas desde fuera a leyes fijas y enlazadas por una causalidad lineal. Hay muchos ejemplos que se podría mencionar, pero el listado haría muy farragoso lo que estamos diciendo. Baste decir que en física, la interpretación relacional de Carlo Rovelli, por ejemplo, desplaza la atención desde las cosas concebidas como sustancias independientes hacia los acontecimientos y las relaciones en las que sus propiedades llegan a determinarse. En biología, las investigaciones y propuestas de Denis Noble, Michael Levin, Stuart Kauffman, Álvaro Moreno, Matteo Mossio, Ezequiel Di Paolo, Mary Jane West-Eberhard, Eva Jablonka, Kevin Laland, Scott Gilbert y D. M. Walsh, pese a sus diferencias, convergen en devolver al organismo su espesor propio: el ser vivo ya no puede comprenderse como la simple ejecución de un programa genético ni como un agregado de mecanismos físico-químicos, sino como una unidad dinámica capaz de organizarse, mantenerse, transformarse y participar activamente en la configuración de su mundo. En la filosofía de la mente, el enactivismo de pensadores como Evan Thompson afirma, a su vez, una continuidad profunda entre vida y mente: conocer no sería representar pasivamente un mundo exterior, sino producir sentido mediante la actividad de un ser vivo encarnado. No se trata de negar las leyes físico-químicas, sino de negar que basten para explicar la aparición de la organización, la forma, el sentido y la novedad. La pregunta decisiva deja entonces de ser únicamente cómo funciona una realidad ya constituida y pasa a ser cómo la realidad llega a constituirse, cómo se transforma y cómo engendra formas que antes no existían.
La naturaleza puede ser contemplada desde dos perspectivas diferentes e inseparables. Por un lado, es naturaleza producida, natura naturata: el conjunto de formas, estructuras y seres que han llegado a existir. Por otro, es natura naturans, «naturaleza que hace naturaleza»: potencia de generación que no se agota en ninguno de sus productos. No se trata de dos realidades, sino de dos caras de una misma realidad. La phýsis es la naturaleza como capacidad de engendrar y, al mismo tiempo, como mundo engendrado. Es la naturaleza que se gesta inmanentemente, desde su propio interior.
Lo generado no agota nunca la potencia de generación. Cada forma alcanzada contiene tensiones que la obligan a transformarse. El orden no permanece inmóvil, encerrado en su forma de perfección o acabamiento, sino que se abre a un nuevo desbordamiento y busca otra configuración. La génesis no es, por eso, un acontecimiento remoto, relegado a un origen perdido. Sigue aconteciendo en el devenir de cuanto existe. Un ser no es únicamente aquello que ya ha llegado a ser: conserva en su profundidad la potencia que lo conduce más allá de su forma presente.
La comprensión de la naturaleza como potencia de generación acompaña al pensamiento occidental desde sus comienzos y llega, bajo formas más elaboradas, hasta nuestros días. Fueron los presocráticos quienes primero la llamaron phýsis: no el conjunto inerte de las cosas existentes, sino el movimiento por el que éstas surgen, se desarrollan y alcanzan una forma. En su interior resuena ya la génesis, voz que significa «nacimiento», «creación» y «origen», emparentada con phýō y phýomai —surgir, desarrollarse— y con gígnomai —generar, producirse—. La phýsis era así la realidad en cuanto brota de sí misma, se despliega y se transfigura. Nietzsche recupera esta antigua intuición al distinguir, implícitamente, dos sentidos del devenir: uno horizontal, que designa la sucesión temporal por la que una cosa deja paso a otra, y otro vertical, más profundo, según el cual que el ser (que entiende como vida) se excede, se hace nacer de nuevo y llega a ser otro desde las potencias que alberga. Devenir no es solo pasar, sino autosuperarse: vida que impulsa hacia más vida. Simondon ofrece a esta concepción una elaboración contemporánea al pensar cada ser, no como una sustancia ya constituida, sino como el resultado provisional de una individuación. En su fondo permanece un campo preindividual de tensiones y potenciales que la forma alcanzada no agota; un equilibrio metaestable que puede desbordarse y engendrar una nueva configuración. Desde los presocráticos hasta Nietzsche y Simondon persiste, pues, una corriente subterránea que entiende el ser como génesis: ser no significa permanecer idéntico bajo los cambios; quiere decir gestarse, individuarse y transformarse; llevar en cada forma producida una potencia de génesis que la abre más allá de sí misma.
Mirada de este modo, la phýsis se descubre como un asombroso ingenium: un ingenio que plantea problemas y encuentra soluciones capaces de encarnarlos. Cada una de esas soluciones se relaciona con un entorno asimismo problemático y ha de ingeniárselas nuevamente. La naturaleza no procede como una máquina que ejecuta un programa. Su decurso es auto-inventivo y auto-transfigurador. Hace aparecer una forma desde una tensión subyacente y hace de cada forma el umbral de una transformación posible.
La idea de que en la naturaleza todo se ordena exclusivamente para conservar lo ya existente resulta insuficiente. La vida no se limita a perseverar en su ser. No es mera supervivencia. Tiende a excederse, a crecer en riqueza, a introducir diferencias que no se deducen por entero de lo anterior. Al llamar «gesta» a este devenir queremos destacar precisamente su poder para engendrar formas nuevas. Antes que proeza o hazaña, la gesta es gestación: el movimiento por el que la vida se hace nacer.
La vida humana prolonga esta primera gesta de la naturaleza. También nosotros somos naturaleza que se hace, se altera y se da forma. Nos gestamos al relacionar acciones, afectos, deseos, circunstancias y proyectos dentro de una composición que nunca está acabada. Cada vida recibe innumerables condiciones que no ha elegido, pero no es la simple suma de ellas. Al vivir, les damos una organización que no existía con anterioridad y que tampoco puede separarse del proceso por el que vamos haciéndonos.
Esta autoorganización humana posee un carácter paradójico. Nuestra vida produce acciones comprensibles y ordenadas, pero el acto que crea ese orden no puede estar completamente sometido a un orden previo. Lo generado se ajusta a leyes, normas, determinaciones, pero la génesis de lo generado no procede de acuerdo con una ley; sin ser arbitraria (porque está condicionada por mil variables de un entorno), es creativa. Tenemos, por tanto, la capacidad que hemos caracterizado como la de crear regla sin regla. Las conductas que nacen de ella no son arbitrarias: forman una composición, un orden propio. Pero tampoco constituyen la ejecución mecánica de una pauta establecida de antemano.
La improvisación musical ofrece una imagen especialmente clara. Quienes improvisan juntos conocen las reglas generales de la música, pero la obra que componen no existe aún como una partitura que se limitasen a ejecutar. Cada músico escucha lo que los demás hacen, anticipa una unidad todavía brumosa y responde introduciendo una línea nueva. La composición va adquiriendo consistencia a medida que se transforma. Sólo al final sería posible escribir una partitura ordenada; pero esa partitura posterior no habría gobernado previamente el nacimiento de la obra. G. Deleuze ha intentado aclarar este orden no determinista con nociones tales como síntesis disyuntiva o resonancia interna.
La regla llega a ser en el proceso mismo. Hay escucha, anticipación, invención y rectificación. Una totalidad se anuncia sin estar terminada, y su anuncio cambia con cada intervención. Los músicos crean una obra reglada sin disponer de la regla completa de su creación. En esta capacidad actúa, como hemos argumentado en Ser errático, el ingenium: el poder de dar forma a aquello que todavía no la tiene.
No se trata de un privilegio del artista o del individuo genial. Este poder está presente en las acciones que llamamos ordinarias y les confiere un carácter extraordinario que suele pasar inadvertido. Nuestro cuerpo está sometido a leyes físicas y biológicas; nuestra conducta discurre entre normas sociales, hábitos y lenguajes recibidos. Pero no somos sólo cuerpos que funcionan ni ejecutores de papeles previamente escritos. Somos seres que actúan corporalmente y que pueden componer con todo ello una forma de vida singular.
En la profundidad de esa potencia creadora reside lo que podemos llamar el ser-salvaje. No es el ser primitivo ni el que se opone violentamente a la civilización. Lo salvaje anida en lo civilizado y lo hace posible. Es la capacidad indomesticable de producir reglas sin que el acto mismo de producirlas esté completamente reglado. Hace cultura, pero no es un producto de la cultura. Procede de la phýsis y prolonga en el ser humano su potencia autogeneradora.
Vivir es comprometerse con esta capacidad de regulación irreglamentable. La vida humana, si es libre, es una autoorganización creativa que se transforma en su propio discurrir. Nace y se hace nacer constantemente. Es vida naciente.
Pero ninguna vida se gesta en soledad. Incluso la forma más íntima que damos a nuestra existencia depende de palabras, gestos, vínculos y mundos que compartimos. La melodía vital de cada individuo, irrepetible y singular, forma parte de una composición intersubjetiva. La gesta humana es también una autoorganización polifónica.
En el fondo de una comunidad actúa un inconsciente gestante: un tejido de preguntas, tensiones, aspiraciones y deseos que no pertenece a ningún individuo por separado. No se trata de problemas entendidos simplemente como dificultades, sino como potencias que interrogan y propulsan. Cada comunidad se pregunta de un modo distinto por el mundo que habita y por aquello que podría llegar a ser. Su riqueza depende de la variedad de preguntas que tiene el vigor y la audacia de mantener abiertas.
De este fondo gestante nacen las formas compartidas de convivencia. No es posible administrarlo como si fuese un programa, porque es la fuente de cualquier programación concreta. Tampoco cabe reducirlo a un plan premeditado, porque es la capacidad que permite concebir planes y transformarlos. El mundo humano se crea a partir de esta profundidad irreglable. Cada pueblo, cada comunidad y cada vida singular participan, a su manera, en la gestación de una obra que nadie posee en solitario.
Gesta como resistencia contra los poderes destinales
La gesta no es sólo generación. También es lucha. Pero, para comprender este segundo sentido, hemos de comenzar de nuevo por los seres vivos. La lucha humana contra los poderes que se le presentan como un destino prolonga una resistencia anterior y más profunda: la de la vida natural frente a aquello que amenaza con absorberla y desintegrarla.
El biólogo y filósofo André Pichot permite comprender con precisión esta segunda dimensión de la gesta. Desde el punto de vista biológico, las leyes físico-químicas poseen un sentido destinal: actúan como determinaciones ciegas e inexorables a las que el ser vivo no puede sustraerse. Este no puede ir contra ellas, pues su cuerpo y todos sus procesos forman parte de la naturaleza; pero tampoco puede identificarse enteramente con su orden. Para vivir necesita incorporar esas leyes en una autoorganización propia que las relacione y las desborde sin abolirlas, manteniendo así una distancia excéntrica respecto al medio. La muerte acontece precisamente cuando esa distancia desaparece: el viviente queda reintegrado en el orden físico-químico y tal integración equivale, paradójicamente, a su desintegración como ser vivo. La gesta vital es, por eso, creación y lucha a un tiempo: generación incesante de una forma propia y resistencia frente a la posibilidad de quedar absorbida por el orden destinal de las leyes.
El viviente sostiene su diferencia inventando maneras de integrar lo que lo rodea sin quedar disuelto en ello. Por eso, la generación es, al mismo tiempo, resistencia. La vida lucha por su autonomía al gestarse y se gesta luchando por su autonomía. No combate necesariamente contra una voluntad hostil, sino contra la posibilidad de que un orden exterior suprima su potencia de autoorganización. Su gesta consiste en abrirse paso frente a esa posibilidad de la imposibilidad que es la muerte. Cada nueva forma vital es una respuesta creadora al riesgo de quedar absorbida por lo dado.

La gesta humana prolonga esta lucha de los seres vivos, aunque el medio humano no sea únicamente físico. Vivimos también en un mundo social, cultural e histórico. Necesitamos lenguajes, costumbres, instituciones, conocimientos y normas. Sin ellos no habría vida humana. Pero las creaciones que nos permiten vivir pueden independizarse de la voluntad que las hizo nacer, adquirir una inercia propia y volverse contra nosotros. Lo producido por la vida puede llegar a imponerse sobre la potencia que lo produjo.

Una fuerza no es ciega desde su origen. Producir, educar, organizar o utilizar instrumentos son actividades humanas conscientes, vinculadas a propósitos. La fuerza se vuelve ciega cuando se separa de esos propósitos y comienza a producir efectos por sí misma. La relación se invierte entonces: ya no es la voluntad humana la que orienta la fuerza, sino la fuerza autonomizada la que envuelve y gobierna a la voluntad.
El capital, la racionalización procedimental y el espíritu de cálculo se trenzan hoy de este modo. Son las tres fuerzas ciegas fundamentales de nuestra época. La vida, regida por estos procesos, obliga a ajustarse a su inercia, que rige para nosotros destinalmente. Los medios ocupan el lugar de los fines; lo que posee un valor cualitativo ha de justificar su existencia mediante cantidades. El trabajo, el saber, la educación y la relación con los otros quedan sometidos a un movimiento que parece no admitir ni interrupción ni alternativa. Los mecanismos creados para organizar la vida terminan imponiéndole qué debe querer y hacia dónde debe dirigirse.
Llamamos destino a ese poder de determinación cuando adquiere un curso inexorable y amenaza con clausurar el devenir. No es una predestinación sobrenatural. Es el dominio que ejercen sobre nosotros nuestras propias creaciones cuando ya no podemos interrogar su sentido ni modificar su rumbo. El destino humano tiene esta forma inquietante: lo que hemos despertado para vivir acaba determinando cómo hemos de hacerlo.
La lucha humana prolonga entonces la del viviente. Así como este necesita incorporar las leyes del medio sin quedar reducido a ellas, el ser humano necesita reglas e instituciones sin permitir que éstas anulen su capacidad de crearlas y transformarlas. La libertad ha de producir reglamentaciones para organizar la vida común, pero también ha de preservarse frente a la inercia de sus propios productos.
El intento de fabricar técnicamente esa potencia constituye la gestotecnia. Su discurrir último es contradictorio: tiende a generar mediante procesos inexorables la capacidad misma de generación. Pero ningún proceder destinal puede dar a luz al proceder creador, pues necesita presuponerlo. Ninguna ingeniería puede construir el ingenio que ella misma pone en práctica.
La gestotecnia puede utilizar la potencia autogestante de la vida, encauzarla y ponerla al servicio de determinados fines, pero no producirla. Cuando intenta hacerlo, no crea una gesta: la paraliza. Surge entonces el paradigma agenésico, un mundo de actividad incesante que, sin embargo, no hace nacer nada cualitativamente nuevo. Se trabaja, se calcula, se comunica y se administra sin descanso, pero el movimiento no transforma el suelo del que parte. La vida gira en torno a un centro inmóvil y confunde la agitación con la génesis: se convierte en organización del vacío.
La resistencia frente a estos poderes destinales no puede consistir únicamente en conquistar un pequeño margen privado dentro de una vida común que se ha vuelto inhabitable. Tampoco en convertir la singularidad individual en una posesión que haya que defender de los demás. Aquello que pugna por nacer en cada vida necesita un mundo donde pueda hacerlo. Y ese mundo sólo se gesta entre nosotros.
Ahora bien, la lucha humana no dispone de un lugar exterior y seguro desde el que dominar todas sus circunstancias. Vivir significa mantenerse entre dos potencias opuestas: el arraigo en un mundo y la distancia que hace posible transformarlo. Ambas son necesarias y ambas resultarían mortales si prevaleciesen por separado. Sin pertenencia céntrica no habría mundo; sin excentricidad quedaríamos absorbidos por él.
Esa tensión adquiere un carácter trágico cuando el mundo que nos sostiene también nos hiere. Los azares pueden enlazarse en consecuencias que ya no admiten negociación. Un ser querido muere, un vínculo se rompe, una posibilidad se cierra. No hemos elegido cuanto nos sucede y, con frecuencia, tampoco podemos comprenderlo plenamente. El destino se presenta entonces como la violencia de los hechos.
Resistir no significa negar que esos hechos hayan ocurrido. Significa impedir que su poder decida enteramente lo que todavía puede llegar a ser nuestra vida. Edipo no ha elegido el destino que lo alcanza, pero no rehúye su responsabilidad. No proyecta su desdicha sobre otro ni se protege en su condición de rey. Se hace cargo de lo sucedido. La responsabilidad comienza precisamente allí donde hemos de responder a una situación que desborda nuestra voluntad.
Lo trágico reside en la tensión entre padecimiento (a causa de un poder destinal) y dignidad. Una dignidad que no se expone al dolor sería una abstracción, un decoro protegido contra la vida. Pero un sufrimiento al que no pudiera oponerse ninguna resistencia sería simple sometimiento. La grandeza humana aparece en el enfrentamiento mismo: en la capacidad de sostener la dignidad cuando el padecimiento amenaza con doblegarla.
Esa resistencia no garantiza el éxito. La gesta pertenece a seres finitos y vulnerables, cuya fuerza puede quebrarse. Por eso la dignidad no debe medirse por la victoria. Una acción puede fracasar en lo que intenta y, sin embargo, preservar un sentido que la sumisión habría destruido. Como decía Jaspers, en la resistencia trágica el fracaso mismo es la victoria, porque hace patente lo que tiene un verdadero valor y nos falta.
La victoria no es del que asegura la existencia, sino del que sucumbe. El derrotado triunfa en el fracaso. El que triunfa, que logra una victoria efímera y meramente aparente, es el mediocre. (…) Lo que triunfa es lo universal (…), la vida universal, lo intemporal. Pero en el acatamiento de lo universal se esconde al mismo tiempo un rechazo. Lo universal reviste un carácter tal que hace necesario el fracaso de la grandeza humana que le hace frente.
La Tierra venidera
La lucha contra los poderes destinales perdería su sentido si quedase gobernada enteramente por aquello a lo que se opone. No basta con negar. La resistencia necesita la otra cara de la gesta: una afirmación capaz de engendrar. No se lucha únicamente para destruir un orden, sino para mantener abierta la posibilidad de otra forma de vida.
La libertad está vinculada, por eso, con la natalidad y con la capacidad de comenzar. Este comenzar se repite en la vida de cada individuo y en la de toda comunidad. Hay libertad porque la existencia puede convertirse una y otra vez en inicial, en creadora de un mundo nuevo. Cuando la libertad se entiende únicamente como liberación respecto a algo, corre el riesgo de quedar encadenada a lo que niega. La verdadera lucha contra el destino exige engendrar una orientación afirmativa.

Así se abre la Tierra venidera. Hay una tierra presente, concreta, limitada, que habitamos. Y hay, solapada en ella, una Tierra no presente porque está todavía por venir. Ambas forman una unidad. La Tierra invisible es afirmada en la visible como su promesa: es aquella por la que luchan los individuos y los pueblos cuando desean más allá de sus vidas presentes.
Ninguna tierra recibida agota la Tierra que podemos habitar. Pero tampoco hay Tierra venidera si abandonamos la que pisamos para refugiarnos en una perfección imaginaria. El porvenir nace en la tensión entre la morada presente y su transformación.
La Tierra venidera exige una creación compartida. Cada pueblo ha de poder generar su ethos, sus formas de vida, sus valores, sus rituales de nacimiento y muerte, sus maneras de honrar, elevarse y restañar sus heridas. Pero esa pluralidad no puede permanecer encerrada en mundos incomunicados. Como en la improvisación musical, la obra compartida nace de una escucha que transforma a quienes participan en ella. No se trata sólo de poner en contacto a los pueblos tal como ya existen, sino de reunir los intersticios que cada uno alberga: la tensión entre el mundo al que pertenece y la nueva tierra que puede hacer advenir.
Infirmitas es la pérdida de esta potencia gestante. Es actividad sin génesis, movimiento que no transforma, vida administrada por sus propios mecanismos. Aparece cuando nos hundimos sin distancia en el mundo recibido o cuando huimos de él hacia una tierra vaporosa que no hace pie en ninguna realidad. En ambos casos se rompe la tensión de la vida: o quedamos absorbidos por lo dado o perdemos el suelo desde el que podríamos transformarlo.
Firmitas no es la estabilidad de una forma inmóvil. Es firmeza en la tensión: arraigo en una tierra presente y apertura hacia la Tierra venidera; pertenencia a la naturaleza y prolongación creadora de su gesta; aceptación de nuestra finitud y resistencia digna frente a aquello que pretende convertirla en destino.
La gesta reúne así sus dos sentidos. Es generación porque la vida se hace nacer, crea reglas y abre posibilidades. Es lucha porque esa potencia ha de mantenerse frente a las fuerzas que propenden a clausurarla. Pero ambas acepciones forman un único movimiento. La vida lucha generando y genera luchando.