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La laminación del hierro (Cíclopes modernos) (1872-1875). Adolph von Menzel (Breslavia, 1815-Berlín, 1905)
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Blog de Luis Sáez Rueda
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El paradigma actual del poder: el poder gestotécnico

Del disciplinamiento y el control a la sociedad agenésica

25-Julio-2026

La vida no se limita a realizar posibilidades ya previstas. En su textura más íntima posee una potencia de génesis: hace nacer formas, sentidos y reglas que no estaban contenidos de antemano en un programa. A esta capacidad de engendrar lo nuevo desde un fondo que no es enteramente reducible a leyes la llamamos gesta. El poder gestotécnico aparece cuando se pretende producir técnicamente esa génesis: gestionar la gestación misma mediante procedimientos, cálculos, reglas o algoritmos.

Esta pretensión encierra una paradoja. Si algo pudiera obtenerse por completo conforme a un procedimiento previo, ya no sería una verdadera génesis, sino la ejecución de una posibilidad anticipada. La gesta puede ser cuidada, acompañada, estimulada o desviada; lo que no se puede hacer con ella es fabricarla desde fuera sin que deje de ser gesta. El poder gestotécnico es, por ello, un poder imposible en su propósito último, pero muy real en sus efectos: no consigue producir la fuente creadora de la vida, aunque sí puede debilitarla, paralizarla o hacer que desconfiemos de ella.

En pocas palabras

El poder disciplinario modelaba las conductas y la sociedad de control aprendió a modularlas de manera continua. El poder gestotécnico intenta algo más radical: someter a reglas la capacidad misma de crear reglas, producir calculadamente la génesis y convertir la gesta en resultado técnico. No se limita a gobernar lo que la vida hace; aspira a ocupar el lugar desde el que la vida hace nacer lo nuevo.

Al poder característico del presente, tal y como lo hemos analizado en el conjunto de investigaciones que va de Ser errático. Una ontología crítica de la sociedad (2009) a Tierra y destino (2021), pasando por El ocaso de Occidente (2015), lo hemos llamado poder gestionario y agenésico. En la reflexión que sigue lo presentamos como el paradigma de poder que sucede al disciplinario, estudiado por M. Foucault, y al de control, descrito por G. Deleuze. Antes de abordarlo, se hace necesario mostrar el carácter autogenético de la comunidad humana, pues este nuevo poder se dirige precisamente contra él: pretende desactivar la capacidad de la comunidad para engendrarse a sí misma y sustituirla por una sujeción a fuerzas destinales.

1. La comunidad humana como phýsis cultural y gesta

La comunidad humana es un cosmos: una organización ingeniosa capaz de hacer surgir orden en medio del caos. No encuentra preparado el mundo en el que ha de vivir. Tiene que componerlo, conferir orientación a sus fuerzas, trazar relaciones entre lo disperso y levantar una morada simbólica en la que el nacimiento, el trabajo, el amor, el conflicto y la muerte puedan adquirir sentido. Una comunidad no se limita a ocupar un espacio: convierte un espacio en mundo.

El orden es condición de la inteligencia y de la vida habitable, pero únicamente cuando brota del hacerse a sí mismo, cuando es un orden —por así decir— autogestante. Muy distinto es el orden impuesto desde una exterioridad que se ha vuelto soberana: ese orden nefasto y fatídico que desde antiguo recibe el nombre de destino y que cae sobre los seres humanos como una ley inexorable. También el destino organiza, pero organiza cerrando; también enlaza los acontecimientos, pero los enlaza de tal manera que ya nada puede comenzar.

Una comunidad se desarrolla y crece cuando crea un orden autogestante y logra sustraerse al orden destinal. No es una mera cultura compuesta por reglamentaciones, sino una phýsis cultural: una naturaleza que se prolonga en el elemento del símbolo, del lenguaje y de la institución. Posee la capacidad, como pensaba Maurice Merleau-Ponty, de crear reglas a partir de una generatividad que no se somete ella misma a reglamentación. Produce reglas institucionales, intersubjetivas, éticas o políticas sin que ese producir proceda, a su vez, conforme a un corpus oculto de normas de funcionamiento.

La fórmula puede parecer paradójica: crear regla sin regla. No significa actuar caprichosamente ni venerar una espontaneidad vacía. Significa que la fuente de una regla nueva no puede ser otra regla idéntica que ya la contuviera, pues entonces nada habría nacido. Toda verdadera institución introduce una diferencia en lo existente: recoge una situación heredada, responde a sus tensiones y hace aparecer en ella una posibilidad que no podía deducirse por completo de las condiciones precedentes.

Así trabaja también el compositor. No dispone de antemano de la partitura de la obra que está creando. La sinfonía va abriéndose camino mediante decisiones que, una vez adoptadas, configuran la ley interna de la composición; pero la fuente que las hace nacer no puede reducirse a ninguna de ellas. Cada motivo llama a otro, cada variación reinterpreta lo ya escuchado y la obra encuentra poco a poco una necesidad que no existía antes de su aparición. La regla llega con la música: no la precede como una orden, sino que emerge como la fidelidad de la obra a aquello que está llegando a ser.

Merleau-Ponty atribuía por eso a la existencia humana el carácter de un ser-salvaje: indomesticable, inventivo y reacio a una formalización completa. «Salvaje» no designa aquí lo bárbaro, lo irracional o lo carente de forma. Nombra, por el contrario, la reserva de potencia que impide que toda forma se convierta en cárcel definitiva; el fondo naciente del que una vida extrae la posibilidad de corregirse, transformarse y comenzar de nuevo. La phýsis cultural alberga así un ingenium colectivo capaz de elaborar un mundo simbólico y de proyectar un horizonte de metas y propósitos libres.

Si tuviéramos que congregar estas cualidades en un término preciso, diríamos que la comunidad humana es una gesta. No utilizamos esta palabra únicamente en su acepción heroica, como denominación de una hazaña extraordinaria que más tarde será cantada. Antes de ser relato de lo realizado, la gesta es gestación: el movimiento mediante el cual una colectividad se trae a sí misma al mundo, se da figura, voz y dirección. Toda comunidad existe porque, bajo sus instituciones visibles, continúa ocurriendo esta labor silenciosa de alumbramiento.

La gesta posee, por ello, un primer sentido: es autogeneración creadora. Una comunidad no es un artefacto terminado que después se pone en funcionamiento; es un ser que solo existe mientras se rehace. Se engendra al reinterpretar su memoria, renovar sus vínculos, responder a lo imprevisto y abrir posibilidades que antes carecían de nombre. Su identidad no consiste en permanecer idéntica, sino en conservar la potencia de transformarse sin quedar enteramente a merced de fuerzas ajenas.

Esta autogeneración no equivale a crearse desde la nada. La comunidad recibe una lengua que no inventó, historias que la preceden, heridas no reparadas, paisajes, cuerpos, hábitos y promesas. La gesta trabaja con esa herencia, pero no se limita a repetirla. Es menos semejante a un dios que crea ex nihilo que a un tejedor que, con hilos recibidos, compone una trama todavía inexistente. Lo propio no es la ausencia de deuda con el pasado; es la capacidad de responder creadoramente de aquello que se ha recibido.

La gesta posee un segundo sentido, inseparable del primero: es lucha contra el destino. Engendrarse significa resistir las fuerzas inerciales que pretenden decidir de antemano qué puede llegar a ser una vida. El destino no es aquí una fatalidad mítica situada fuera del mundo, sino toda legalidad ciega que se independiza de quienes la sostienen y regresa sobre ellos como una necesidad inapelable. Hay destino cuando las obras humanas se alejan del hecho de que fueron creadas y comienzan a gobernar a sus creadores como si fueran leyes de la naturaleza.

Cuando pensamos en las gestas que un individuo o un pueblo pueden realizar nos referimos a estos dos movimientos unidos. Por medio de ellas se gesta un cosmos habitable, una morada en la que residir; al mismo tiempo, se libra una guerra contra aquello que clausura la posibilidad de habitar. Pero el caos no significa aquí simple desorden. Adopta una forma más temible: la de un orden completo y sin fisuras, regido por leyes rígidas que no dejan resquicio a la aparición de lo nuevo. El verdadero caos humano es, paradójicamente, un exceso de orden: la organización perfecta de la imposibilidad de comenzar. Eso es lo destinal.

La gesta tampoco destruye todas las reglas para entregarse a una efervescencia sin forma. Una comunidad necesita instituciones, hábitos y límites; sin ellos, la potencia creadora se disiparía antes de adquirir consistencia. Pero las reglas legítimas son sedimentos de la gesta: conservan una invención pasada y permanecen abiertas a ser recreadas cuando dejan de sostener la vida. El orden autogestante no carece de firmeza; posee la firmeza flexible de lo vivo, que mantiene su forma intercambiando fuerzas con aquello que lo rodea.

Hay además en toda gesta una singular relación con el porvenir. La comunidad no solo actúa empujada por causas anteriores; es atraída por una obra que todavía no existe. Anticipa de manera incompleta un mundo más digno de ser habitado y deja que esa lejanía module sus decisiones presentes. Como los músicos que improvisan juntos, sus integrantes escuchan lo que ya está sonando y, a la vez, la sinfonía posible que los convoca desde su término aún desconocido. La gesta nace del presente, pero es lanzada por una abertura hacia el futuro.

Por eso posee una dignidad trágica. No cuenta con garantías de éxito ni con un plano que suprima el riesgo. Puede extraviarse, agotarse o ser capturada por las fuerzas contra las que combate. Precisamente porque crea sin disponer de una ley previa que asegure el resultado, la comunidad tiene que sostener la responsabilidad de lo que hace nacer. La libertad no es aquí la elección despreocupada entre opciones disponibles, sino el peso y la grandeza de abrir una posibilidad que antes no estaba dada.

El poder que estudiaremos a continuación apunta contra este núcleo. No se conforma con prohibir determinadas acciones ni con orientar comportamientos ya existentes: aspira a ocupar el lugar mismo en el que una comunidad comienza, imagina, instituye y se transforma. Su ambición última es sustituir la incierta fecundidad de la gesta por la seguridad estéril del programa inexorable, por lo que hemos llamado destinal.

2. El poder disciplinario (Foucault)

El orden destinal al que se enfrenta la comunidad humana fue pensado por Foucault bajo la figura del poder disciplinario. El pensador francés supo desbrozar con detalle el tupido enredo de poderes que constituyen a los sujetos y forjan la subjetividad, hasta el punto de permitirnos reconocer en ellos la obra de una sutil «genealogía del alma humana».

Si durante la Edad Media el poder se hacía valer mediante la amenaza de castigos represivos extremos, a partir de la modernidad —aproximadamente desde el siglo XVI— comienza a operar mediante técnicas de adiestramiento del comportamiento. El castigo se estereotipa, se descentraliza y se transfigura en procesos que disciplinan y normalizan la conducta dentro de multitud de recintos: la escuela, la fábrica, el cuartel, la prisión o el hospital psiquiátrico. Se despliega así una tecnología minuciosa que vigila las rutinas, distribuye los cuerpos en el espacio, mide los tiempos y examina celosamente el cumplimiento de las expectativas de conducta.

La sociedad disciplinaria que se extiende en Occidente mediante estas técnicas de subjetivación desarrolla, de forma cada vez más explícita desde el siglo XIX, procesos de biopoder: un poder sobre la vida que no necesita limitarse a reprimirla, porque actúa promoviendo activamente determinadas formas de vivir. La moldea, la conforma y consigue que la sujeción adopte la apariencia de una elección propia.

Espacio desolado y sin morada
Inhóspito (2014). Lourdes López Hernández

3. El poder en las sociedades de control (Deleuze)

El poder se hace después más invisible: controla sin necesidad de obligar abiertamente. G. Deleuze describió, tomando el relevo del análisis foucaultiano, cómo las sociedades disciplinarias se expanden y refinan bajo la forma de sociedades de control. En ellas, la producción de disciplina tiende a prescindir del confinamiento; procede, por así decir, a plena luz del día. Ya no necesita moldes predeterminados de conducta, pues se aplica a una modulación constante de la dinámica social.

La fábrica es sustituida por la empresa ilocalizable y semoviente, que reorganiza sus servicios y sus vínculos al hilo del tiempo; la escuela se prolonga en una formación permanente que permea la existencia sin necesidad de paredes. La conducta ya no se regula solo en espacios determinados y cerrados, sino de manera ubicua. El disciplinamiento se vuelve versátil, fluido y sibilino: se adapta a las contorsiones de la sociedad y a la velocidad de sus transformaciones. «Hemos pasado de un animal a otro, del topo a la serpiente», dice Deleuze («Post-scriptum sobre las sociedades de control», en Conversaciones, Valencia, Pre-Textos, 1999, p. 282).

La imagen es certera: el viejo topo excavaba y habitaba recintos; la serpiente ondula, se adapta y modula continuamente su movimiento. Sin embargo, el control sigue necesitando aquello que controla. Se aplica sobre una vida que conserva impulso propio, se introduce en ella y la orienta desde dentro. Su triunfo depende de que la génesis vital no se detenga.

4. Un umbral más sombrío: el poder agenésico y gestionario

Los análisis de Foucault y Deleuze constituyen herramientas imprescindibles para comprender la dirección del poder en la modernidad y en el mundo contemporáneo. Pero las fuerzas que hoy se perfilan en las sociedades occidentales y en el espacio globalizado adquieren una forma más sombría. Las técnicas de adiestramiento predominantes hasta ahora se movían todavía en el ámbito de lo posible y lo vivible: se aplicaban sobre una vida que, a pesar de todo, persistía.

La disciplina y el control se ejercen sobre la vida o en su interior; la conforman, la conducen o la modulan. Necesitan por ello que su impulso autogestante permanezca activo, pues solo infiltrándose en él pueden redirigirlo. Se asemejan a un parásito que pone a su servicio las funciones orgánicas del anfitrión sin llegar a bloquearlas. La serpiente del control es, en este sentido, una tenia desmedida: se hospeda en las subestructuras intestinales de una sociedad y prospera hasta adueñarse del sistema nervioso de su gobernanza, pero procura no destruirlo, porque hacerlo significaría destruir su propio sustento.

La nave de Ulises escapa de Polifemo
Ulises burlando a Polifemo (1829). Joseph Mallord William Turner

El nuevo poder, en cambio, pretende dar un paso más. No se limita a moldear o modular los procesos de autogeneración: ambiciona ocupar su lugar. Su propósito es sustituir el movimiento gestante de la vida por procedimientos que lo produzcan técnicamente. A este paradigma lo llamamos poder agenésico y gestionario: agenésico, porque interrumpe la capacidad de engendrar; gestionario, porque reemplaza la gestación por la gestión.

La diferencia entre ambos términos es decisiva. Gestar significa hacer nacer lo que aún no estaba dado: abrir una transformación cualitativa cuyo resultado no puede deducirse por completo de sus condiciones. Gestionar, en el sentido específico que aquí adquiere el término, no equivale sin más a administrar. Designa la pretensión de producir esa génesis conforme a reglas, objetivos y operaciones previamente establecidos. La gestión ordinaria es necesaria en innumerables ámbitos; se vuelve gestotécnica cuando ya no se limita a organizar medios o procesos, sino que se atribuye la capacidad de fabricar la fuente misma de la que nacen los fines, las reglas y los procesos nuevos.

5. El poder gestotécnico y sus gestotecnias

El poder agenésico adopta su forma más precisa como poder gestotécnico. El término reúne deliberadamente la gesta y la técnica: nombra el intento de convertir en objeto de producción técnica la potencia gestante de la vida. No se refiere únicamente a determinadas tecnologías, sino a un paradigma general del poder, una actitud y un modo de comprender al ser humano y la cultura. Llamamos gestotecnias a los procedimientos, dispositivos y hábitos que expresan este paradigma en la praxis social: trabajan sobre la gesta, se apropian de sus productos y, en su extremo, pretenden sustituir su génesis abierta por una producción reglada.

Las gestotecnias se mueven así en el terreno de lo imposible y lo invivible. No se conforman con aprovechar, orientar o incluso explotar una potencia creadora que las precede; aspiran a hacerla construible. Pero convertir en resultado de una construcción la fuente misma de toda construcción equivale a suprimirla como fuente. La forma producida puede permanecer; lo que desaparece es el movimiento abierto del que podría haber nacido algo verdaderamente nuevo.

Son, por ello, aporéticas y contradictorias. Se encaminan a someter al ser-salvaje humano, es decir, a reglamentar el poder de crear regla sin regla. Quieren producir metódicamente aquello que dejaría de ser génesis en el instante en que un método pudiera determinarlo por completo. En este punto, su carácter siniestro coincide con el esperpento: se parecen a una academia imaginaria que ofreciera un método inflexible para aprender espontaneidad, horarios estrictos para la sorpresa y un reglamento minucioso para la inspiración.

Newton mide una figura geométrica con un compás
Newton (1795-1805). William Blake

6. La paradoja de una «ingeniería de lo salvaje»

La gestotecnia es, en su propósito último, un despropósito. Puede reproducir una forma, combinar posibilidades y obtener resultados que no estaban explícitamente presentes para quien los recibe; pero no puede generar la capacidad misma de generación. Ningún procedimiento puede dar a luz al proceder en cuanto tal, porque para hacerlo tendría ya que presuponer una potencia capaz de comenzar. Tampoco hay ingeniería que pueda construir el ingenio: toda ingeniería lo pone en juego antes de producir cualquiera de sus obras.

La genealogía del término induce, por cierto, a una confusión reveladora. Del latín ingenium proceden tanto «ingenio», en el sentido de capacidad inventiva, como «ingenio», en el sentido de artefacto construido ingeniosamente. Pero no significan lo mismo: el primero designa la potencia del acto; el segundo, uno de sus productos. Confundirlos equivale a creer que acumulando productos del ingenio terminaremos fabricando la fuente que los hace posibles.

Aves unidas a un mecanismo accionado mediante una manivela
La máquina de gorjear (1922). Paul Klee

Cualquier arte de ingenio —cualquier ingeniería social, biogenética, psicológica, educativa, política o cibernética— puede utilizar la fuerza autogestante que atraviesa la naturaleza viva y, sobre ese fondo, la vida cultural humana. Puede protegerla, intensificarla, desviarla o ponerla a su servicio. Lo que no puede es crearla desde cero. Y esto último es precisamente lo que las gestotecnias incuban como meta: no servirse de la gesta, sino ser una gesta de la gesta, fabricar técnicamente la facultad misma de gestar.

Es posible que estas técnicas hayan mostrado hasta ahora su rostro más amable y se presenten ante nosotros como métodos filantrópicos destinados a mejorar la existencia. Sin embargo, bajo esa promesa actúa oscuramente otra aspiración: reglar la capacidad de reglar, dar a luz mediante procedimientos a la facultad de dar a luz. La gestotecnia es así el propósito imposible de una ingeniería de lo salvaje.

Semejante ingeniería, absurda y hasta cómica, constituye algo terriblemente serio. Es la culminación de la lógica del poder sobre la Tierra y de la domesticación de la naturaleza como phýsis; el cénit de una carrera de dominio que va del poder premoderno de la espada al poder moderno de adiestramiento, tanto en el encierro disciplinario como en el espacio abierto del control.

7. Las tres fuerzas ciegas y sus manifestaciones

Las gestotecnias no nacen aisladamente. Son la expresión práctica y organizada de tres grandes fuerzas ciegas que atraviesan nuestro presente: el capital, la racionalización procedimental y el espíritu de cálculo de la Mathesis Universalis. No se trata de tres agentes dotados de una voluntad secreta, sino de dinamismos impersonales que se refuerzan mutuamente y que convierten el nacimiento de lo nuevo en funcionamiento administrado y previsible.

En cada ámbito se repite una misma operación. Una capacidad humana originaria —desear, pensar, comprender, cuidarse— es separada del movimiento vital en el que nace; después se la reconstruye como una secuencia de operaciones técnicamente gobernable; finalmente se presenta esa reconstrucción como si fuese la fuente de la capacidad misma. La copia funcional pretende ocupar el lugar de la génesis.

7.1. Gestotecnias vinculadas al capital: la ingeniería social

Cuando el capital deja de ser un medio para el intercambio y se convierte en medida universal de lo existente, necesita reducir la incertidumbre que acompaña a toda vida. La espontaneidad del deseo, la imprevisibilidad de la cooperación y la movilidad de los afectos aparecen entonces como riesgos que deben ser anticipados. La ingeniería social reúne procedimientos destinados a fabricar comportamientos y dinamismos que no brotarían por sí mismos —o no lo harían con la forma, el ritmo y la intensidad requeridos—, de modo que la vida productiva y social resulte más previsible y rentable.

Su operación más profunda no consiste en imponer desde fuera un mandato reconocible. Procura que el sujeto experimente como deseo propio la conducta que ha sido preparada para él. El poder alcanza su máxima eficacia cuando desaparece la distancia entre la orden y la inclinación: no obliga simplemente a actuar, sino que trabaja sobre el subsuelo afectivo del que nacerá la acción.

Marketing y mercadotecnia. Dejan de limitarse a informar sobre bienes o servicios cuando buscan producir premeditadamente intereses, adhesiones y afectos en trabajadores y consumidores. No esperan a que el deseo encuentre un objeto: diseñan entornos, relatos e identidades para que el objeto fabrique el deseo que habrá de elegirlo. También dentro de la empresa pueden convertir la pertenencia, el entusiasmo o la autorrealización en recursos programados de productividad.

Ingeniería social cibernética. El éxito del ataque no depende siempre de quebrar técnicamente una máquina; a menudo consiste en «programar» por unos instantes la voluntad humana. El miedo ante una amenaza, la urgencia, la confianza, la obediencia o el deseo de ayudar son capturados para que el sujeto entregue información o ejecute una acción dictada desde fuera. El impulso sigue siendo humano, pero el guión de su despliegue ha sido diseñado por otro.

La gestotecnia capitalista no crea, en realidad, el deseo ni la cooperación: los presupone, los cerca y dispone sus cauces. Su ficción consiste en atribuirse la producción de aquello cuya vitalidad necesita capturar. El resultado es una subjetividad que puede llegar a reconocerse menos en lo que espontáneamente anhela que en los perfiles de deseo que el mercado le devuelve como espejo.

7.2. Gestotecnias vinculadas a la instrumentalización: educación e investigación

La racionalización instrumental no se caracteriza simplemente por utilizar medios. Toda actividad humana necesita instrumentos. Su patología comienza cuando el medio se independiza del fin, lo suplanta y termina por definirlo. Entonces ya no elegimos el procedimiento porque conduce al saber: llamamos saber a aquello que el procedimiento permite registrar, evaluar y certificar.

La educación y la investigación son especialmente vulnerables a esta inversión, porque la gesta del pensamiento es lenta, discontinua e imprevisible. Una pregunta fecunda puede surgir donde ningún protocolo la esperaba; una investigación puede necesitar rodeos, silencios y fracasos que resultan improductivos desde el punto de vista de la medición. La gestotecnia intenta eliminar esa oscuridad natal y transformar el pensar en una cadena transparente de operaciones verificables.

Sistemas de archivo y pedagogía inflacionaria. El dominio de plataformas, archivos, repertorios, competencias digitales y métodos de aprendizaje puede llegar a suplantar la experiencia del saber. El estudiante aprende a localizar, almacenar, ordenar y presentar información, pero corre el riesgo de no demorarse en aquello que esa información da a pensar. La pedagogía se infla hasta ocupar el lugar de la materia: sabemos cada vez más cómo aprender y queda en penumbra qué merece ser aprendido.

Criterios de excelencia formalizada. La investigación queda sometida a métricas rígidas de cantidad, ritmo, impacto y corrección formal. El artículo, el índice, el plazo y la acreditación —medios legítimos en su ámbito— pueden acabar decidiendo qué pensamiento tiene derecho a existir. Lo que exige maduración o no ofrece un rendimiento mensurable se vuelve invisible; el medio del pensamiento desplaza al pensamiento mismo.

El peligro no reside en archivar, evaluar o enseñar métodos, sino en olvidar que son andamios. Un andamio permite levantar la obra, pero sería absurdo construir una casa para que el andamio permaneciera intacto. La educación es gesta mientras los instrumentos ayudan a que alguien comience a pensar por sí mismo; se vuelve gestotecnia cuando confunde esa irrupción con el cumplimiento correcto de una secuencia.

7.3. Gestotecnias vinculadas al espíritu de cálculo: inteligencia artificial y transhumanismo

El espíritu de cálculo de la Mathesis Universalis aspira a traducir toda diferencia cualitativa a una relación formalmente computable. Su fuerza no procede solo de la extraordinaria eficacia del cálculo, sino del salto metafísico por el que esa eficacia se transforma en una teoría de la totalidad: puesto que numerosos procesos pueden describirse mediante leyes físico-químicas o computacionales, se concluye que la vida, la inteligencia, la emoción y la conciencia no son más que la ejecución de esas leyes.

La gestotecnia aparece cuando la simulación de ciertos resultados se identifica con la reproducción de la potencia que los engendra. Una cosa es construir sistemas capaces de realizar operaciones asombrosas; otra muy distinta, suponer que la eficacia de esas operaciones demuestra que se ha fabricado el poder autogestante del sentido. El producto vuelve a confundirse con el acto que hace posible todo producto.

Inteligencia artificial. Se convierte en gestotecnia cuando se presenta el algoritmo no como una mediación poderosa, sino como reproducción suficiente de la inteligencia viva, de las emociones o de la conciencia. La generación calculada de respuestas se toma entonces por gestación de sentido. La inteligencia queda concebida como una pieza del cómputo y se oscurece su pertenencia a un ser corporal, histórico y mundano que se transforma al comprender.

Transhumanismo biotecnológico. Concibe la naturaleza humana como un dispositivo corregible y progresivamente «mejorable» mediante intervención técnica. No toda curación o ampliación de capacidades participa de esta ficción. El umbral gestotécnico se cruza cuando se supone que la espontaneidad vital es sustituible por un plexo de pautas programadas y que la vulnerabilidad, la finitud y la apertura de lo humano son meras averías pendientes de reparación.

La cuestión decisiva no es cuánto pueden llegar a hacer las máquinas, sino qué comprensión de nosotros mismos depositamos en ellas. Una inteligencia artificial puede ampliar de forma extraordinaria el campo de la gesta si permanece a su servicio. Se vuelve figura del poder agenésico cuando induce a creer que no necesitamos ya gestar sentido, porque el sentido sería un resultado calculable que puede suministrarse desde fuera.

7.4. Gestotecnias de autorregulación: las «fábricas de libertad»

Las tres fuerzas anteriores —capital, instrumentalización y cálculo— convergen finalmente en un cuarto campo de manifestación: la relación cotidiana del individuo consigo mismo. La colonización procedimental alcanza su expresión más íntima cuando se introduce en las prácticas mediante las cuales aquel pretende liberarse. Aparecen entonces las fábricas de libertad: métodos que prometen devolvernos el dominio sobre el cuerpo, la atención o el deseo, pero que pueden terminar administrando minuciosamente aquello que aspiraban a liberar.

La paradoja es sutil. El sujeto busca sustraerse al automatismo y, para conseguirlo, somete cada gesto a un nuevo automatismo; quiere recuperar la experiencia inmediata, pero interpone entre sí y la experiencia una tupida red de prescripciones, especialistas, horarios, aplicaciones y balances. La libertad deja de ser una capacidad de comenzar para convertirse en el cumplimiento perfecto del programa de liberación.

Gimnasios y regímenes de ejercicio. El propósito saludable de abandonar el sedentarismo puede quedar absorbido por un medio cada vez más metódico: horarios inamovibles, series exactas, objetivos cuantificados y vigilancia constante del rendimiento. El cuerpo deja de ser escuchado como potencia viviente y se presenta como una empresa cuyos indicadores deben mejorar sin descanso.

Métodos de meditación y dietas pautadas. La búsqueda de paz interior o de una alimentación saludable puede convertirse en una técnica heterogestionada, minuciosamente prescrita por expertos. La atención se obsesiona con verificar si está atendiendo bien; la comida pierde su relación con el gusto, el encuentro y la singularidad del cuerpo. El procedimiento destinado a cuidar la vida acaba interponiéndose entre la vida y su propio cuidado.

Estas prácticas no son gestotécnicas por definición. Pueden sostener la libertad y devolver al individuo posibilidades que la inercia había bloqueado. Se convierten en fábricas de libertad cuando el método deja de ser una ayuda transitoria y se erige en productor de la espontaneidad, como si la vida solo pudiera sentirse libre después de haber solicitado el correspondiente certificado de conformidad.

En todos estos casos actúa la misma ficción: que la vida puede ser gestada. El capital pretende fabricar el deseo; la instrumentalización, fabricar el pensamiento; el cálculo, fabricar la inteligencia y la conciencia; la autorregulación, fabricar la espontaneidad. Pero ninguna de estas técnicas crea la potencia que utiliza. Al intentar domesticar el ser-salvaje mediante reglas, puede suspender su ejercicio y precipitarlo en la agenesia: no engendra vida nueva, sino una actividad cada vez más intensa alrededor del vacío que deja su retirada.

No hay que concluir de aquí que los algoritmos, el marketing, los protocolos, la planificación, el ejercicio físico o la técnica sean por sí mismos destructivos. La crítica no se dirige al instrumento, sino al sentido por el que es puesto en funcionamiento. Una técnica sirve a la gesta mientras amplía su campo de posibilidades; se vuelve gestotecnia cuando pretende sustituirla, cuando deja de asistir al nacimiento de lo nuevo y aspira a decidir de antemano la forma de todo nacimiento.

8. Un poder ficcional de efectos reales

El poder gestotécnico es un poder ficcional. Como resulta imposible reglar realmente la gestación humana, opera implantando en el inconsciente colectivo la ficción de que la vida puede ser programada mediante reglas. No logra fabricar la espontaneidad, pero consigue que desconfiemos de ella; no crea el ingenio, pero nos induce a considerarlo una variable insuficientemente gestionada.

Lo verdaderamente real de la gestotecnia es, por tanto, su irrealidad activa. Domina mediante un imaginario que hace creer al ser humano que su conducta no brota de sí, sino que debe ser recibida de las pautas de un sistema exterior. La ficción no reemplaza ontológicamente a la gesta -lo cual es imposible-, pero puede paralizar su ejercicio. El poder no necesita demostrar que la vida sea programable: le basta con conseguir que vivamos como si lo fuera.

Ahí se encuentra la diferencia decisiva respecto del poder disciplinario y el poder de control. Estos orientaban la vida apropiándose de sus movimientos. El poder gestotécnico erosiona la confianza en que exista un movimiento propio. No ordena simplemente «haz esto» ni modula «hazlo de este modo»; insinúa algo más radical: «solo llegarás a ser si dejas que tu ser sea gestado adecuadamente mediante una ingeniería determinada».

9. De la biopolítica a la tanatopolítica

El efecto de este poder ya no es solo biopolítico, esto es, productor de una vida normalizada y reglada. Es también tanatopolítico y nihilista. Tanatopolítico, porque abre la puerta a un poder de muerte distinto del poder medieval de la espada: la muerte en vida que supone la aniquilación del poder autogestante del ser-salvaje humano y su sustitución por una existencia fatídica. Nihilista, porque su objetivo es autocontradictorio: al intentar domesticar la fuente de la vida, la vacía; al pretender asegurar su funcionamiento, le arrebata su sentido.

La naciente sociedad agenésica no se caracteriza necesariamente por la inmovilidad. Muy al contrario, puede estar agitada por una actividad incesante. La agenesia es un devenir horizontal y cuantitativo que acumula operaciones sin producir transformación cualitativa. De ahí que la gestión agenésica pueda recibir otro nombre: agestión. Administra la vida, multiplica sus movimientos y aumenta sus rendimientos, pero no la hace evolucionar ni despliega sus potencias.

Su emblema no es la quietud, sino un activismo del que no nace nada. Como el animal de La construcción de Kafka, la sociedad excava y revisa sin descanso las galerías de su madriguera, refuerza sus defensas, calcula amenazas, modifica trayectos y vuelve a comenzar. Todo cambia continuamente para que nada acontezca. La aceleración se convierte así en la forma más eficaz de la clausura.

Este dinamismo produce además una deuda infinita en el inconsciente colectivo. El individuo se experimenta como un ser carencial que todavía no está a la altura de sí mismo: debe mejorar su rendimiento, actualizar sus capacidades, corregir su cuerpo, optimizar sus emociones, ampliar sus competencias. Cree deber su ser a un progreso futuro que nunca llega a saldar la deuda, porque el mismo sistema que promete colmar la carencia necesita reproducirla sin término.

10. Infirmitas: la pérdida de una Tierra venidera

La gestotecnia no es solo un conjunto de técnicas. Es una actitud que se vuelve inconsciente en el mundo globalizado, una manera de comprender al ser humano y a la cultura. En este sentido imprime a la Infirmitas un significado nuevo: el vaciamiento producido por el desarraigo respecto del ser-salvaje de la phýsis cultural.

La capacidad humana de crear regla sin regla solo puede desplegarse si anticipa creativamente un esbozo del todo al que aspira y se deja atraer por él. He aquí una metáfora musical. En la improvisación de un grupo, los intérpretes no solo se escuchan entre sí dentro de la melodía presente; escuchan imaginativamente, al mismo tiempo, la obra total hacia la que se encamina la composición. Esa totalidad inexistente actúa desde el porvenir: atrae cada gesto y permite que las diferencias se concierten sin someterse a una partitura previa.

En la vida individual, este ideal anticipado es la obra vital anhelada en cada paso. En la comunidad, es una obra colectiva a la que se concede valor, compuesta por fines, promesas y deseos que nunca llegan a quedar completamente definidos. La gestotecnia —esa ingeniería de lo salvaje que penetra en el inconsciente colectivo— es también un generador de vacío: produce la oquedad que deja la ausencia de una dirección hacia ideales tácitamente concertados en el tejido sociocultural.

Da lugar, siguiendo la metáfora musical, a un des-concierto colectivo: la inquietud propia de una existencia que ha perdido orientación. La Infirmitas es también esta experiencia: no hay futuro que nos atraiga desde la lejanía como una sinfonía ideal capaz de modular nuestras diferencias en una unidad abierta.

 

El monje junto al mar (1808-1810). Caspar David Friedrich
Una figura diminuta contempla el mar bajo la inmensidad del cielo

11. De la Infirmitas a la Firmitas

La gestotecnia y el poder gestotécnico representan la culminación de una voluntad de dominio que ya no se contenta con gobernar los productos de la vida: quiere gobernar su productividad originaria, el nacimiento mismo de lo nuevo. Al intentar domesticar el ser-salvaje humano, termina por vaciar la existencia de sentido. La Infirmitas es, desde esta perspectiva, el silencio sepulcral de una cultura que ha hecho oídos sordos a su potencia gestante: convierte la tragedia de la libertad en la comedia —laboriosa, reglada y a veces grotesca— de una servidumbre que se cree autónoma.

Frente a este nihilismo, la recuperación de la Firmitas no puede consistir en restaurar un fundamento rígido ni en imponer un nuevo sistema de reglas. La firmeza que necesitamos no es la dureza de lo inmóvil, sino la consistencia de aquello que puede transformarse sin perder la capacidad de responder de sí. Consiste en sostenerse de nuevo sobre la gesta vital, salvaguardando la apertura al cambio creador frente a cualquier regulación artificiosamente maquinal.

No se trata de huir de la técnica, sino de invertir la relación que hoy nos subordina a ella. La técnica debe volver a ser una mediación de la gesta, no su sustituto; el procedimiento, un apoyo para la creación, no su legislador; el cálculo, una dimensión de la inteligencia, no el tribunal universal de cuanto existe. Allí donde una comunidad recobra la posibilidad de engendrar fines, reglas y formas de vida —en vez de limitarse a elegir dentro de posibilidades ya configuradas— comienza a sustraerse al destino.

La Firmitas no es una fortaleza cerrada. Es el suelo vivo que se afirma mientras se transforma: la firmeza paradójica de una comunidad que solo permanece fiel a sí misma cuando mantiene abierto el poder de comenzar.



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