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En búsqueda del fuego (1981). Película dirigida por Jean-Jacques Annaud
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Blog de Luis Sáez Rueda
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Cuando la inquietud no pregunta
Si, en medio del espectáculo de ruindades que la civilización presenta a nuestros ojos, algo puede ser salvado por su valor incondicional, son los momentos de duda e interrogación. En cada paso fructífero que la sociedad ha dado hay más experiencia de incertidumbre que de claridad. Se avanza siempre cuando algún dios tenido por venerable ha caído y el horizonte se presenta sin redención.
Despertar equivale a transitar un puente, a deslizarse por una fisura o a nadar en aguas bravas. Los tiempos de brecha, con toda su fragilidad, son los que fecundan.
No hay seguridad hoy más que de una cosa: de que la nuestra es una época intersticial, de luz rasante y ambigua, como la que apenas cubre los pantanos al atardecer. Algo se desmoronó y lo que ha de surgir aún no se otea a lo lejos. Tiempos de oscuridad. Y, sin embargo, ¡cuánta seguridad rezuma cada piedra de este tembloroso desfiladero! Las mentiras no caminan titubeantes y precavidas; crecen firmes como atalayas. Los crímenes no son recatados: entran sin embozo en escena y portan una bandera inconfundible.
Todo marcha velozmente, tanto que atrapar su significado resulta más difícil que acertar en una diana que se enciende y apaga vibrátilmente. Y, sin embargo, los puntos de vista acerca de las cosas están provistos de un aire de exactitud cercano al de la geometría. Este hálito de evidencia y convicción recorre el tejido social de un extremo a otro, porque los que están entre opuestos prefieren, tal vez sabiamente, callar. Y hasta las espontaneidades, que siempre están acompañadas de vacilación, han sido sustituidas por asertividades planificadas mediante reglas que cada cual parece deber seguir como si expresasen la ley de un oscuro Polifemo.
No se trata de que la inquietud haya desaperecido, sino de que es una inquietud que no se atreve a preguntar y se transforma en angustia. Los espacios en los que una pregunta podría demorarse han sido sustituidos por otros en los que toda vacilación parece sospechosa. La velocidad exige dictámenes; la exhibición pública, posiciones nítidas; la competencia por la atención, mensajes simples y contundentes. Ya no se premia a quien permanece hipnotizado en torno a una duda que parece infinita, sino a quien consigue emitir antes una opinión. Y así, poco a poco, el interrogar ha ido perdiendo prestigio frente al veredicto, la búsqueda frente a la consigna y la perplejidad frente a la toma de partido inmediata.
En tiempos de oscuridad, un impulso ciego fuerza a los individuos a buscar refugio en la claridad inmediata, la afirmación lapidaria y la acometida resuelta contra cuanto contradiga sus convicciones. Cuanto más incierto se vuelve el mundo, más irresistible parece la necesidad de simplificarlo. La vacilación se interpreta como debilidad; la cautela, como falta de carácter; la demora en el juicio, como incapacidad para tomar posición. Allí donde la realidad exige matices, proliferan las consignas; allí donde sería necesario preguntar, se impone el veredicto. Hasta el punto de que no carecería de sentido hoy una revolución que defendiera el claroscuro y el derecho a la interrogación.
¿Qué es un individuo? ¿Qué relación hay entre individuo y sociedad? ¿Pertenece el color verde a la hoja del árbol o a la mente que lo observa? ¿Qué es una mente, ahora que caigo? ¿Cuánto sufrimiento padece el paria y el excluido, y por qué? Un río, ¿cambia constantemente o conserva algo de identidad? ¿Qué significa, bien pensado, «identidad»? Diferencia: ¿en qué consiste lo «diferente», si tuvieras que explicarlo? ¿Por qué crece la violencia en los centros de enseñanza media? ¿En qué se distingue la democracia de la demagogia? IA: ¿qué debemos entender por «inteligencia»? ¿Por qué crecen también los índices de suicidio y depresión? ¿Hay un malestar que no sea individual, sino colectivo y anónimo? ¿Hacia dónde vamos? Cuántas cosas por comprender...
Pero no se trata solo de eso. Yo, que tan breve existencia tengo, ¿qué podría dejar aquí tras mi paso por la vida? Yo, tan solitario como estoy, ¿dónde he de encontrar la dignidad si no es en la mirada de los otros? Yo, que me siento en una sociedad tan confusa y opaca, ¿qué criterio de altura me plantearía para albergar algo de dignidad? En este teatro de máscaras, ¿cómo podría discernir, para mí mismo, entre la pose y la integridad?... O, por concluir de alguna manera: yo, que vivo en un entorno de tan falsa seguridad y desmedida afirmación —en el fondo, negación—; yo, que vivo en un tiempo de brecha, en el que algo ha muerto y lo que ha de sustituirlo no alcanza a nacer; yo, que atravieso una época tan incierta, ¿cómo lograría disciplinarme para preguntar con mayor entereza?
La condición más propia del ser humano no es la posesión de respuestas, sino la capacidad de extrañarse. Somos seres excéntricos, es decir, el afuera de un centro. Como el arco y la lira, nos constituye una tensión: nunca coincidimos, ni con lo que somos ni con el estado del mundo. Hay en nosotros una errancia irreductible.
Por eso podemos admirar y esperar. La interrogación no es una carencia provisional destinada a ser colmada por respuestas mejor perfiladas. Nosotros mismos somos una interrogación viviente. Solo quien llega a comprender esta condición entra en la espesura del mundo.
Las épocas que pretenden ahorrarse este estado de expectación pierden a sus dioses tutelares y una fría normalidad las anega. Allí donde todo parece claro, transparente y resuelto, la existencia se vuelve oscura. Allí donde la incertidumbre es expulsada como una enfermedad, la inteligencia se convierte en repetición. El extrañamiento, en cambio, hace que todo lo que se nos aparece pierda su bruta facticidad y cobre la vibración vertical del acontecimiento. Una llama nos quema entonces por dentro, pero solo así se pone en marcha la lucidez que acompaña y salva.
Sin extrañamiento no hay nada que afirmar o negar. Solo en la noche lucen las estrellas.
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