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Cuaderno de Bitácora
Reflexiones sobre nuestro tiempo
Vivimos una época de cambios agitados. Un lánguido declinar se cierne sobre todo lo que conocemos y el advenir se torna inquietante. Pero el lenguaje nos salva de un naufragio. Nos concentra para irradiar, al tiempo que logra extraernos excéntricamente de nosotros mismos. Pensar el ocaso de nuestro mundo requiere este ocaso personal en favor de la palabra y de las luces de aurora que ella quisiera congregar.
 

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Ipseidad. ¿Sí-mismo personal o "Campo trascendental sin sujeto"?
20 / 01 /2023

Viaje a la intimidad (2015). Osiris Gómez

Somos felices (sea lo que eso sea) cuando algo nos absorbe completamente. Hay toda una topología de la concentración, pues ensimismarse no ocurre en un puro centro sellado o en una monótona repetición, sino que se despliega como un verdadero paisaje, lleno de diferencias y contrastes: fondos y primeros planos, alturas nevadas y verdes valles, vaguadas y sequeros... Hay entre estos diversos componentes del absorberse una tensión vibrátil. Sin ese trémolo o vibrato dudo que se pueda estar a salvo de la desesperación.

Ensimismamiento. Adela Casado (2022)
Pero quedar ensimismado o concentrado no es algo que dependa del yo y su voluntad, aunque pueda comenzar en ella. Depende, más bien, de una pasividad activa por la cual el alma se deja raptar. Las flechas de acción por las que el yo quiere y se propone, sigue un deber o "emprende" algo, terminan siendo siempre un obstáculo insuperable para entrar en el paisaje donde el sí mismo (sea lo que esto sea) se convierte en rehén.
El bibliotecario, Giuseppe Arcimboldo, c.1566


Lo que, más allá de uno mismo, rapta y apresa no es algo que deba ser puesto en palabras, mucho menos en conceptos. Porque no los tiene. Un libro, por ejemplo, no puede ocupar el lugar de este agente extraño que retiene, rapta o absorbe, sino que lo que llama desde lo lejos es la idea que porta. Y, bien pensado, ni siquiera eso. Un libro puede portar ideas o escenas, sugerencias o informaciones, pero todas estas cosas juntas no dan ni un amperio de intensidad atractiva si ellas mismas no fuesen engendradas desde un fondo informe. Y a este es al que nos abandonamos. 

En el ensimismamiento o la concentración -sea en el espacio de la lectura, sea en el del paseo rumiante o en cualquier otro contexto- somos engullidos por un apeiron prolífico, por un ilimitado al que presenciamos definirse una y otra vez de mil formas sin quedar agotado en ellas. Asistimos pasivos, en ese trance, a la creación viva de ideas, pensamientos, afectos, imágenes.... creación de realidades específicas desde un inexhaurible fondo inespecífico.

Jackson Pollock - Convergence - 1952
No son las formas concretas las que nos ganan y envuelven como sirenas, sino la inconcreción de una potencia que se nos presenta extraña y que, como aguamadre, parece propiciar que desde ella surjan al modo de emulsiones palabras, versos, imágenes, narraciones... lo que sea que nos rodee en el ensimismamiento. Ese fondo carece de forma y da a luz, sin embargo, a multitud de formas. Si nos dejamos acoger en su noche, somos llevados a la luz. Si respiramos su oscuridad, somos transportados a lo abierto. Allí, como en el claro de un bosque, llegamos a ser casi por primera vez.
La verdadera conciencia es claridad involuntaria, irrefleja, anónima: no la tenemos, sino que retrocedemos hacia ella. El yo consciente, el voluntario, se limita a nadar en sus aguas.
Desolación. Óscar Botero (2022)

Frente a Edmund Husserl, que había ascendido a la cumbre de la filosofía, sostenía Jean-Paul Sartre en La trascendencia del Ego (1934) que lo que de forma tan íntima y afectiva llamamos "nuestro Yo", este Yo que soy desde que vine al mundo, el que sufre y ama, es una nada. Cuando miramos hacia nuestro interior -esto es lo que el maestro alemán defendía y hacía valer en las nuevas filas de lo que llamó fenomenología-, cuando vamos profundizando en el mundo interno de las vivencias, capa tras capa, como penetrando en una mina que perfora la tierra, encontramos finalmente un Yo, un Ego, sujeto de todas esas vivencias. Vivenciar el mundo es algo que remite a un sujeto-conciencia que ejecuta los actos experimentales. Y como esa subjetividad nuclear de nuestro ser, a pesar de estar revestida de nuestros singulares atributos, es ante todo humana, tan presente en todos y cada uno de los de nuestra especie, lo llamó Ego trascendental. Sartre estudiaba esta doctrina y sus complejos laberintos en Berlín durante los oscuros años treinta del pasado siglo y, tal vez un día de neblina y frío, mientras caminaba entre la indiferencia de los demás, buscó hacia dentro su íntimo Yo. Contempló allí, con los ojos vueltos a su sima propia, estratos de emociones y experiencias y fue atravesándolos uno a uno como quien busca un enigma. Esto hizo durante muchos días, cuando salía de la biblioteca de la Freie y se dirigía a casa, eligiendo por ello el largo camino a pie y dejando a un lado el metro atestado de miradas. Solo con la suya, que era dirigida ad intra como una lámpara, persistía en el trabajo de minero. Y un día en que nevaba y el aire gélido empujaba más fuertemente hacia el interior, levantó la última capa de vivencia, el último estrato vibrátil de su alma, y vio con estupor que allí no había nada.


La última cena, Leonardo (1495-1498): simulación sin figuras

Nada suyo, nada que pudiera ser el rostro de su rostro. Había esperado encontrar su Yo allá en el fondo postrero y limítrofe, presidiendo un hogar interno con maternal orden de detalles, e imaginaba también el crepitar de unos troncos apilados en medio del fuego que una chimenea guarecía. Pero lo que vio le produjo espanto. Sí, claro que se tenía que topar con el fons et origo de tantas vivencias, claro que era ineludible hallar, al final, el origen del fardo de emociones, deseos y dolores que constituyen a un ser humano. Mas no era un Yo, sino una estancia vacía e iluminada, sin tabiques y habitaciones. Un solo y único espacio de dimensiones enormes, tanto que sus límites se hacían improbables. Era eso, pensó, palpando su propio corazón entre las manos. Días más tarde, ya recuperado del golpe y con la sensación de que, después de todo, había que tomarlo con deportivo espíritu, llamó a aquello "campo trascendental sin sujeto".

Hay dos posibilidades radicales en lo que concierne a lo que guardamos dentro. Frecuentemente las mezclamos y hasta las emparentamos como si fuesen la misma, aunque constituyen, en realidad, una alternativa de inmiscibles. Según la primera, somos un Yo íntimo, más íntimo que la propia intimidad, allá en el fondo de todos nuestros mundos interiores. Según la segunda, somos conciencia, por supuesto, pero una Conciencia sin Yo, anónima y activa, una de cuyas producciones imaginarias más elaboradas e ingeniosas es la del mismísimo Yo. La alternativa viene incitando discusiones desde hace siglos y en muy diferentes escenarios de pensamiento. Ha habido muchos pensadores-Husserl y otros tantos pensadores-Sartre. Y es improbable que deje de haberlos o que, persistiendo en el tiempo, abandonen su ancestral oposición.