Web Analytics
 
Cuaderno de Bitácora
Reflexiones sobre nuestro tiempo
Vivimos una época de cambios agitados. Un lánguido declinar se cierne sobre todo lo que conocemos y el advenir se torna inquietante. Pero el lenguaje nos salva de un naufragio. Nos concentra para irradiar, al tiempo que logra extraernos excéntricamente de nosotros mismos. Pensar el ocaso de nuestro mundo requiere este ocaso personal en favor de la palabra y de las luces de aurora que ella quisiera congregar.
 

Blog. Inicio

Narcisismo: "infatuación de la conciencia"
12 / 02 / 2022


Desde, al menos, finales del siglo XX es observable un crecimiento del narcisismo. Pocos dudarán, salvo los narcisistas sin un mínimo de autoconciencia, de este fenómeno. Pero, ¿qué es el narcisismo? ¿Qué figura adopta en el presente?

Es necesario realizar, antes de entrar en el problema, una consideración inicial. Observar lo que nos rodea no significa solo contemplar el mundo de los fenómenos estrictamente sociales o políticos, estar "informado" de cosas que suceden en el sentido de tener noticia de ellas. En su sentido más recto, "in-formación" significa "hacerse interiormente" con una "formación". No es necesario, para ello, depender de la institución educactiva, tener que entrar en sus caminos ya estipulados. La comunicación misma se puede convertir en verdadero vehículo de una recíproca "in-formación" con tan solo añadir al dato, al hecho, una "forma", "con-formarlo" públicamente, para lo cual basta con conectarlo con una noción o con un concepto que lo amplifique; el dato es conducido así desde lo meramente fáctico y concreto a su "idea". La idea de un hecho es su corazón interno, aquello virtualmente universal que quizás esté actualizando. En la comunicación las ideas pueden con-formar internamente a los meros hechos y salvarlos de su agónica literalidad.

No es tampoco de obligado cumplimiento el recurso a la filosofía de escuela para encontrar estas ideas fecundadoras de los hechos. La filosofía está en todos los seres humanos y basta con que se de espacio a la suficiente demora reflexiva. Le ruego al lector disculpas por recurro a una idea ya consagrada en la historia de esta disciplina. Y es que la divulgación puede también contribuir a la con-formación de las opiniones.

Hay, en la Fenomenología del Espíritu de Hegel un apasionante episodio que conduce al fenómeno de la infatuación en la cultura. Constituye un marco de ideas muy rico para pensar el fenómeno del narcisismo actual. Sin por ello tener que declararse hegeliano, es de rigor reconocer que se encuentra ahí, en esas páginas de tan meticuloso escrito, algo que (a mi juicio) describe el corazón mismo de lo que sucede en el presente. Pero como lo que sucede tiene su aspecto devastador y también su esperanza de superación, prefiero ser cauteloso y no hablar de una realidad consumada, sino de un riesgo, del riesgo de infatuación cultural. Para llegar al significado de este riesgo me permito reconstruir aquí, de un modo muy sucinto, un trayecto del desarrollo de la realidad comunitaria tal y como es expresado en el texto hegeliano e introduciré, en esas mimbres, algunas opiniones que son ya personales. Se trata de ese parágrafo que lleva por título (en la traducción de Wesceslao Roces, F.C.E.) "La realización de la autoconciencia racional por sí misma").

Como se sabe, todo en este universo hegeliano es la descripción de cómo la potencia racional que recorre internamente a la acción humana, el espíritu, procura abrirse paso y de cómo, al mismo tiempo, en ese abrirse paso, tropieza una y otra vez con contradicciones, haciendo de estos tropiezos un aguijón para levantarse y volver a superarse.

Una genuina comunidad humana sería aquella en la que lo singular (el individuo) y lo universal (el pueblo) se atravesaran recíprocamente. El hombre singular viviría, así, no sólo en su soledad, sino inserto en el apasionante movimiento de lo colectivo como algo viviente y enérgico. Encontraría, dice Hegel, así, su "dicha". Pero esta comunidad sólo está "en la idea", es "abstracta". Y experimenta que ha de realizarse efectivamente. Los siguientes no son todos los pasos de tal realización ni tampoco en todo su detalle (todo el mundo sabe que conducir a Hegel al detalle equivale a escribir excesivas páginas). Se trata de seguir el curso de la lógica interna a la idea misma de "comunidad" (una lógica dialéctica). Pensar la comunidad es pensar el devenir del mencionado vínculo entre singularidad (del individuo) y universalidad (del pueblo).

En un primer momento, lo singular (el individuo) se sacrifica a lo universal del pueblo, pero lo hace con la convicción de que dicho pueblo es magnífico. Se doblega, de este modo, a algo má allá de él mismo, algo universal, que experimenta como grandioso (por ejemplo, el ciudadano ateniense en el magma del pueblo de Atenas, que es mucho decir).

Pero el momento anterior tiene que negarse a sí mismo. Y ello necesariamente. El ser humano singular se reconoce en el momento dialéctico anterior como perdiendo su autonomía, fundido una eticidad del pueblo, es decir, con sus constumbres y modos de ver; y ahora se interroga si acaso no se ha precipitado y se ha abandonado ciegamante a reglas ya instituidas. Se vuelve hacia sí por esta razón, a conquistar su autonomía. Se trata de un movimiento del individuo hacia sí mismo para extraerse de la eticidad en la que está sumergida y afirmarse a sí mismo, haciendo valer su derecho frente a tal eticidad. Tiene, pues, que perder su dicha, que coincide con la pérdida de la «confianza firme» en la eticidad inmediata:

«Sin embargo, de esta dicha que consiste en haber alcanzado su destino y vivir en él ha salido fuera la autoconciencia (...) La razón tiene necesariamente que salir fuera de esta dicha. (...) La conciencia singular, tal como tiene de un modo inmediato su existencia en la eticidad real o en el pueblo, es una confianza firme [y en ella] no se sabe como ser para sí, como pura singularidad. Pero cuando llega a este pensamiento, como necesariamente tiene que llegar, se pierde esta unidad inmediata con el espíritu o su ser en él, pierde su confianza» (p. 211).

La razón se enfrenta, entonces, a las leyes y costumbres éticas «y el individuo es para sí, como este yo, la verdad viva» (p. 212). Ha perdido su dicha, por supuesto, pero espera reencontrarla en una colectividad mejor. Comienza, así, un camino trabado de esperanzas y fracasos. Y hacia ello se encamina la acción del hombre singular, buscando la unidad con la comunidad a un nivel superior, más alto y elevado que ese del que se separa. Se busca una comunidad en la que no solo se compartiera un conjunto de modos de ver y de costumbres, sino en la que también, estas fuesen las dignas de estar avaladas por la autonomía libre de todos y cada uno. ¿No es un ideal magnífico? Un estar fundido con una comunidad, pero juiciosa y libremente, así como en compañía de la libertad y capacidad de juicio de los otros. «Y como esta unidad se llama dicha, este individuo será enviado, así, por su espíritu al mundo a la búsqueda de la dicha» (p. 212).

Para alcanzar este ideal, primero ha de ser negada la comunidad actual, en la que las normas han sido aceptadas sin criterio. El primer camino que encuentra el hombre singular en esa negación y hacia su dicha es el del placer. El individuo se afirma ahora a sí mismo frente al mundo colectivo, frente a la eticidad, considerándola algo coactivo que le impide la libertad. Se afirma como lo contrario de la coacción (que es como experimenta ahora a la eticidad colectiva "oficial", por decirlo así), es decir, se experimenta a través del goce. Pero, dado que sigue queriendo, como singular, vincularse con lo universal de algún modo, y dado también que está convencido de que esa mediación entre su singularidad y la universalidad no se consigue en el mundo instituido, experimenta que el goce lo vinculará a lo universal de la «vida». El goce es lo que, en la autoexperiencia del individuo, lo liga a una universalidad. Y esta universalidad está más allá de lo instituido. Es «la vida».

Comentario personal en este punto. ¿No vemos aquí el espíritu mismo del jóven que se experimenta "revolucionario"? ¿No es esta la fuerza que nos conduce a todos, en nuestra juventud, a negar lo instituido y a lanzarnos a un terreno más vasto y profundo? No sabemos cómo llamarlo porque es eso, muy profundo, y le damos esa expresión: "la vida". Hasta aquí, perfecto. Pero ahora Hegel nos presenta cómo ese grandioso impulso hacia el océano vital termina defraudando al individuo. Sigamos, pues, con Hegel.

Al ir "hacia la vida", el individuo rebelde tiene ante sí una universalidad profunda. Ahora bien, al empezar a caminar tiene que concretar esa "vida profunda" que experimenta y sueña. Y lo concreto es la vida inmediata, de la que quiere gozar abiertamente. Aquí encuentra entonces una autodestrucción. Y es la siguiente. Lo inmediato, lo concreto, no es universal. En lo inmediato no encuentra el sujeto esa universalidad profunda de "la vida" a la que aspira. Cada cual entiende la vida de una manera. Tal "vida" está, sí, en muchas "vidas", pero todas y cada una de ellas son parciales. El individuo no encuentra, pues, la universalidad que anhelaba. Se experimenta ahora vacío y como sumergido de nuevo en algo que se ha vuelto abstracto:

«Por tanto, la individualidad (...), en vez de haberse precipitado de la teoría muerta a la vida, lo que ha hecho más bien ha sido precipitarse solamente a la conciencia de la propia carencia de vida y sólo participa de sí como la necesidad vacía y extraña, como la realidad muerta» (p. 216).

Un pequeño paréntesis para un breve cometario personal. Esta experiencia debería conducir al individuo a rebasar la mera vida en el goce. Se ve ya que esto es necesario por su propia textura interna: ha de ofrecerle a eso que llama "vida" algo más sólido que aquello que se ofrece al mero goce. Pero ¡cuántas veces encuentra uno en su entorno una resistencia a este reto! Lo encuentra en la figura de lo que llamaría infatuación en la vida. No se trata del que, de un modo nietzscheano, por ejemplo, quiere convertir a la vida en voluntad de crecimiento y expansión, en auto-trascendencia contínua. No. Se trata del que simplemente se afirma en la vida sin trascenderse a través de ésta. Se trata del modo de proceder del que, en vez de reconocer su limitación en este momento del desarrollo, retrocede y se convierte en un dogmático sin saberlo y, así, en un pseudo-revolucionario. Esta figura de ser humano es la de un individuo que no se pone en cuestión a sí mismo, que no piensa. Genera en sí una autoconfianza ciega e ilimitada. Y entonces se convierte en lo opuesto de la vida (que es afirmación en exuberancia): se convierte en una "negación viviente". Todo en él es "negar". Niega a la institución, niega al Estado, niega al así llamado "sistema". Y todo eso es cuestionable, sí. Pero él lo hace "por principio", "porque sí". "Y punto". No tiene las agallas de transformar aquello que se le enfrenta, simplemente le dice "¡No!". Y este "¡No!" trabaja en él taimadamente y lo devora. En su fuero interno cree que está cambiando el mundo y, en realidad, lo está justificando tal y como está instituido, pues todo lo constituido es (eso lo había visto bien) una negación de la vida pujante y nada más. Ha llegado a una infatuación de sí. Tal infatuación de sí rebosa en sus gestos y en su pose. Se presenta como un egregio "cuestionador de todo" y es solo un "ser que todo lo niega". Así que la infatuación lo conduce a la infauStación. Es Fausto, seducido por Mefistófeles, "el espíritu que todo lo niega". Esta figura de la infatuación en la vida destroza a esa forma de vida que es continua auto-transfiguración creadora. Pero quien cae en manos de semejante figura no lo sabe. Y ahí radica su nulidad.

Sigamos con Hegel. Imaginemos que el individuo tiene la fortaleza como para cuestionarse. Ahora tiene lugar otro paso dialéctico. La autoexperiencia del individuo ya no se busca a sí misma en el mero «ir a la vida en el goce». Ahí no hay nada universal. Busca esa universalidad, entonces, en la «necesidad de su propia conciencia». Opone a la ley externa la ley interna. Apela, frente al mundo ético presente, los principios de su «conciencia». Sigue, lo que denomina Hegel "Ley del corazón". ¿Ley del corazón? Sí. Es corazón y es ley. Frente a la frialdad de las normas externas, su conciencia es pasional, cordial, surge del «corazón» (podemos recordar aquí cómo enunciaba Kant el sentido de la Ilustración: «tener el coraje de servirse del propio entendimiento sin la guía de otro»). Pero no es, simplemente, pasión interior. En el interior de la conciencia encuentra el individuo algo que vale por sí mismo y que debería convertirse en un principio universal. Está experimentado, entonces, su conciencia como «ley» virtuosa en sentido moral, como virtud (aunque interna).

La ley del corazón se enfrenta, como ley interna, a la «ley externa». La ley externa la encuentra objetivada en el derecho y en los códigos institucionales de esa comunidad contra la que se confronta. Y está escriturada. Frente a ésta, la ley del corazón sería una «corte de justicia» interna en la conciencia del individuo. La ley externa es experimentada como «orden del mundo violento», un orden que ejerce poder sobre una «humanidad que padece».

Ahora bien (y aquí viene lo crucial), en ese proceso, que está completamente justificado, el sujeto se autoaniquila una vez más, aunque en otro nivel. «La ley del corazón (dice Hegel) deja de ser ley del corazón precisamente al realizarse». A este autoaniquilamiento le llama Hegel «Infatuación».

¿Cómo es generada en la "ley del corazón" su "infatuación". La ley del corazón tiene que objetivarse, realizarse en la práctica. Eso significa que se tiene que expresar públicamente, en forma de «protesta» o «rebelión» (más allá de la propia interioridad). Toda protesta o rebelión tiene su sentido. No se trata de afirmar que no debería haber protesta ni rebelión. Se trata de mostrar que el camino es largo y que, en este primer momento de su exposición, de su realización, tropieza con su propia negación, que tendrá que superar en algún momento. Pues bien, al hacerlo, al ponerse en práctica la ley del corazón, se encuentra con que el «otro» presenta también su propia «ley del corazón», que no coincide con la suya. Aparece una contradicción: su ley del corazón, puesto que es ley, ha de ser «ley de todos los corazones», tiene la vocación de expresar a todos los seres humanos; pero, en cuanto se expresa realmente, se encuentra con que no lo es; los otros también quieren que su ley del corazón sea la ley de todos los corazones. Comienza, entonces, una especie de «guerra de todos contra todos» en el espacio público "revolucionario". La realización de la conciencia ha encontrado su «inversión»: ahora es des-realización:

«De ahí que los demás -sentencia Hegel- no encuentren plasmada en este contenido la ley de su corazón, sino más bien la de otro; y precisamente con arreglo a la ley universal según la cual todos deben encontrar su corazón en lo que es ley, se vuelven contra la realidad efectiva que este individuo propone. (...) Y así como, primeramente, el individuo abominaba solamente de la ley rígida, ahora encuentra contrarios a sus excelentes intenciones los corazones mismos de los hombres, y abomina de ellos» (p. 229).

Mire usted, querido lector, nuestro mundo presuntamente público. ¿No es este que se acaba de describir? El fenómeno paradójico es precisamente este, sí. La conciencia del individuo, ley del corazón que ya no se reconoce universal en el seno de una miríada de leyes del corazón, se siente ante el reto de autocriticarse. Pero no lo hace. Surge una resistencia en cada uno, una resistencia múltiple, y esta resistencia es la infatuación. «Las palpitaciones del corazón por el bien de la humanidad se truecan, así, en la furia de la infatuación demencial, en el furor de la conciencia de mantenerse contra su destrucción, y ello es así porque arroja fuera de sí la inversión que la conciencia misma es y se esfuerza en ver en ella y en enunciarla como tal» (p. 222).

Vemos que la autoafirmación despiadada de sí (coincidente con una negación del otro) no es la que se señaló en otro paso anterior, la del placer de la inmersión inmediata en la vida; se trata de una autoafirmación "letrada" o "reflexiva" (piense, lector, en los intelectuales de postín: son ejemplo actual de esta infatuación).

Pero sigamos. Una vez que la infatuación ha tomado presencia en el mundo objetivo, adopta una inercia perversa. El dinamismo de la infatuación fuerza a que la justificación del propio obrar se cargue sobre las espaldas de los otros, a los que se acusa de ser enemigos del pueblo, opresores o explotadores:

«[La conciencia] enuncia, por tanto, el orden universal como un trastueco de la ley del corazón y de su dicha, manejada por sacerdotes fanáticos y orgiásticos déspotas y sus servidores, quienes, humillando y oprimiendo, tratan de resarcirse de su propia humillación, y como si ellos hubiesen inventado este trastueco, esgrimiéndolo para la desventura sin nombre de la humanidad defraudada» (p. 222).

Finalmente, la lucha de todos contra todos se rebaja -dice Hegel- a la lucha, no ya de «leyes del corazón», sino de algo peor, de meros intereses privados (y esto es todo lo contrario de lo que pretendía en su inicio la ley del corazón). Y es que en el interior de una autoafirmación aparentemente moral hay exclusivamente un auto-interés. Surge entonces «este estado de hostilidad universal, en el que cada cual arranca para sí lo que puede, ejerce la justicia sobre la singularidad de los otros y afianza la suya propia, la que, a su vez, desaparece por la acción de las demás. Este orden es el curso del mundo, la apariencia de una marcha permanente, que sólo es una universalidad supuesta y cuyo contenido es más bien el juego carente de esencia del afianzamiento de las singularidades y su disolución» (p. 223).

Hasta aquí Hegel. Él prosigue intentando mostrar la salida a esta contradicción a la que llega el elevado ideal de la "ley del corazón". Pero esto quede ya para otro análisis.

Es duro decirlo, pero uno se ve obligado a ello en la observación de las circunstancias presentes. Bajo la apariencia de un noble ejercicio de la conciencia frente a los poderes de lo instituido, se expanden mil formas de la infatuación de la conciencia en nuestra cultura. Y esto es palpable en los Hunos y en los Hotros (como diría Unamuno): en cada una de las partes en conflicto. Y ello, también, tanto en los altos niveles de la política gubernamental como en los resquicios de la vida cotidiana. Es como si el mundo hubiese quedado detenido en este trance difícil del cauce hacia la libertad. En su detención, toda protesta pierde su inicial impulso y se invierte. Ya no se coloca al servicio de una afirmación más amplia y verdadera. La protesta concreta se resiste a contemplar su ruina necesaria en pos de una protesta más universal y profunda. Se resiste a avanzar. Es esa resistencia lo que la transmuta en mera negación persistente y empecinada, pero vacía. Negación, pura negación vacía. Una negación de lo otro de ella que se pone al servicio de la afirmación de su minúscula supervivencia. De nuevo aparece aquí la figura del pseudo-revolucionario. Helo ahí. Comenzó quizás un día embriagado por un sueño. Ahora ese sueño es sólo ficcional: ya no es un "siempre más allá", sino (bajo esa apariencia y muy sutilmente) un repetido y quieto "más acá, aquí, este No". Y como es tan variopinto, tan maleable, tan presto a encarnarse en rostros diferentes, uno escucha su murmullo por doquier. Puede ser en la encarnación del político. Puede tener lugar en la encarnación de un intelectual de postín, como ya se ha dicho. Puede tener lugar en la encarnación del ingenuo contestatario que se coloca frente a la institución (la que sea) y se mantiene sin cese y sin cambio en su ¡No! por principio. Puede tener lugar en la encarnación de un vecino de urbanización. Da igual. En cualquier caso, ese "¡No!" tan vaciado y tan engreido va llenando las horas, los días y los años. LLega incluso a adquirir cierto empaque y un aire de brío y pensamiento del que carece. Y seduce. Se hace tan seductor que la sociedad entera cree ver en él el espíritu de creación.

No todo es así. Hay notables excepciones que alientan. Pero para decir que una época es lluviosa no hace falta, querido lector, que llueva todos los días y a todas horas. Incluso puede, en ella, lucir un cierto día el sol. Nuestra cultura es autófaga: persiguiendo cosas elevadas, incurre en lo opuesto de lo que persigue. Sólo reconociendo esta cruda realidad del presente podrá nuestro remedo de comunidad rebasarse a sí mismo, atravesando esa noche que es, para dejar que aparezcan, de amanecida, luces de aurora.

Mientras tanto, tal vez sería conveniente que pensásemos en que, si el narcisismo posee esta potencia en la actualidad, difícil es que las críticas al narcisismo, incluida la de este mismo escrito -querido lector-, escapen a lo que ponen en solfa.