Web Analytics
 
Cuaderno de Bitácora
Reflexiones sobre nuestro tiempo
Vivimos una época de cambios agitados. Un lánguido declinar se cierne sobre todo lo que conocemos y el advenir se torna inquietante. Pero el lenguaje nos salva de un naufragio. Nos concentra para irradiar, al tiempo que logra extraernos excéntricamente de nosotros mismos. Pensar el ocaso de nuestro mundo requiere este ocaso personal en favor de la palabra y de las luces de aurora que ella quisiera congregar.
 

Blog. Inicio

Navidad fantasmática
13 / 12 / 2021


Hace tiempo que la Navidad viene acompañada por el enigma que ella misma plantea como celebración. ¿Para qué y por qué? ¿Qué se celebra en ella? ¿Es, acaso, la conmemoración del nacimiento de Jesús de Nazaret? Si diéramos una respuesta enteramente positiva, dejaríamos fuera a una enorme multitud que carece de fe religiosa y que es llamada, sin embargo, al festejo. La “Cristiandad” ya no es una realidad que arraigue en el “populus” (gente, nación, pueblo): esa comunidad tuvo su esplendor en otro tiempo. Y ahora estamos en uno en el cual lo divino declina. Dejando a un lado cualquier evaluación acerca de la “verdad” de los contenidos de ese credo, es un hecho que ya no hay coincidencia —o, al menos, profunda intersección— entre la comunidad que celebra la Navidad y la “Ekklesia”, la comunidad reunida de los que “siguen la palabra”. ¿Qué es, entonces, lo que se celebra?

Podría pensarse que se celebran las hazañas de otros dioses humanizados y más mundanos, nacidos al socaire de una secularización de la festividad religiosa. Eso mantuvo Cansinos-Asséns para el caso de Andalucía, en ese libro que pretendía hablar sobre el flamenco (La copla) y que se le convirtió en todo un tratado antropológico sobre los desgarros de esa tierra meridional.  Desveló con maestría que el creyente típico de esta región guarda en su fondo sentimientos hacia el Nazareno que se alejan de los que se poseen ante una divinidad allende el mundo y se aproximan a los que surgen ante un héroe popular y trágico de la justicia, un semidiós semejante al legendario bandolero que roba a los ricos y da a los pobres el botín, perdiéndose luego en una bruma de lomas montañosas; y sugirió que María representa, más que a la virgen alcanzada por la fecundidad del dios oculto, a todas las madres de carne y hueso, porque llevan dentro desvelos y sufrimientos que nadie ha logrado atisbar; o bien -según el momento- a una Magdalena enamorada y melancólica, herida por la pérdida de alguien que se adentró en los huertos de olivos y encontró bruñidas navajas, esas mismas que, brillando bajo la luna y destacando sobre el negro de los caballos, tanto pavor y milagro juntos congregaron en ciertos versos de Lorca. Tal vez sea así: una secularización triste y heroica a un tiempo. Y, como en el caso de este ejemplo, es muy probable que, después del ocaso de lo celeste, otros muchos pueblos hayan hecho descender desde lo transmundano a la tierra a sus héroes lares y a sus sufrientes heroínas, aunque sea escondidamente y casi sin darse cuenta. Podría ser, y entonces lo que celebramos en Navidad es la esperanza terrenal, completamente mundana, de los pueblos, cada uno portando su lacerante fardo de injusticias para que sean redimidas al calor de una confraternización largamente esperada, de una fusión que hace de la alegre y amorosa reconciliación un blasón.

Este tipo de encarnaciones de lo divino en lo humano -encarnaciones segundas o ultraencarnaciones- han tenido lugar, seguramente, de muy diversas formas. Ahora bien, los pueblos que se derraman así comenzaron a evaporarse también hace bastante tiempo. Empezaron a disgregarse en pedazos en esta era del Individuo y su enclaustrado libre arbitrio. Los lazos que vinculan a las comunidades han ido siendo sustituidos por la mera adición de voluntades individuales, básicamente —para decirlo con la máxima claridad— egoístas. La sociedad predominante, que se limita a gestionar mercancías, configura así a los sujetos, los hace extraños los unos a los otros a la hora de competir, un modo de no-relación-en-la-relación que se ha convertido en la nueva argamasa social. Competir por esto o por aquello, por todo, pues es todo lo que, finalmente, se está convirtiendo en bien venal: las ideas, los proyectos, la investigación, el saber, la ideología… Hasta el mismo individuo se prostituye: se vende a sí mismo en cheques de imagen. Es francamente difícil hoy sostener que hay algo así como “pueblo”. Y otra razón para ello reside en que la ficcionalización del mundo viene dando lugar a una vida apariencial y engañosa, pues convierte a todo amago de realidad en una escena impostada, en un espectáculo, en un simuilacro.

Ni Ekklesia ni pueblo. ¿Entonces qué se celebra en Navidad? El acto de celebrar posee, por su propio sentido, un carácter público. Remite al ámbito de los rituales compartidos a través de los cuales algo eterno (no necesariamente divino), un Aión (tiempo de duración), se incrusta en el tiempo sucesivo de Cronos y envuelve a los seres humanos en una visión común del mundo. En la sociedad de los individuos no hay comunidad depositaria del ritual, de la ofrenda y del fin, salvo el círculo familiar. Y la familia, por supuesto, es algo grande e inmensamente acogedor, pero sin un mundo público vivo se puede convertir en un navío a la deriva.

En la Navidad no hay, pues, nada que celebrar, en el sentido más profundo de este verbo, salvo entre los que poseen vínculos de sangre. Sería, además, cínico pretender rebasar esos límites familiares en la actualidad, pues, ¿de qué nos podemos congratular en un mundo en el que los desheredados, los más desfavorecidos en la guerra económica e ideológica, siguen estando al otro lado de la fiesta? ¿No moría hace no mucho otra fratría de inmigrantes en el Mediterráneo? Mejor no seguir ofreciendo ejemplos para lo que es bien conocido y prontamente sepultado tras los velos de lo inmediato.

La Navidad alcanza las postrimerías del año como un suceso cuyo significado está hoy en entredicho, por mucho que se quiera disimular. Y se llega –poco a poco, pero se llega- a la conclusión de que se asemeja a una ceremonia fantasmática.

Ahora bien, esto no es expresión de un “catastrofismo”, como se suele decir. Es puro realismo crudo. Y el crudo realismo también puede provocar efectos beneficiosos.

Ocurre que, al mismo tiempo que la Navidad pierde su antiguo sentido, se transforma progresivamente en un tiempo para la interrogación acerca, precisamente, de su incierta e indefinida existencia. La presencia de la Navidad se nos muestra paradójica y fuerza a hacerse preguntas. Pues lo que se presenta en ella es, en el fondo, una ausencia que hace pensar. La presencia de la Navidad consiste en la ausencia que ella misma patentiza, como lo hace una ruina en plena ciudad. Y es de esta forma como convoca y une cada vez más. Bien miradas, las ausencias que son verdaderamente importantes y duelen son como una hoguera en mitad de la nieve. Reúnen a los seres humanos en torno a un deseo de lo inexistente y, sin embargo, necesario. Hacen flamear en su hueco la llama de lo por-venir.

Feliz Navidad.