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Cuaderno de Bitácora
Reflexiones sobre nuestro tiempo
Vivimos una época de cambios agitados. Un lánguido declinar se cierne sobre todo lo que conocemos y el advenir se torna inquietante. Pero el lenguaje nos salva de un naufragio. Nos concentra para irradiar, al tiempo que logra extraernos excéntricamente de nosotros mismos. Pensar el ocaso de nuestro mundo requiere este ocaso personal en favor de la palabra y de las luces de aurora que ella quisiera congregar.
 

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La vida es sueño (en la actualidad)
27 / 10 / 2022


Soñamos hoy, sí, como afirmaba Calderón en su época. Y de un modo muy sutil.

Se diría que estamos, de modo general y en común -también globalmente-, en una especie de entre-tiempo. El mundo pide una renovación, eso parece claro, y al unísono no llega a ponerse en ese reto, en el reto de transformarse. Se trata de algo así como un estado de irresolución vacilante, de una inquietud en el tránsito hacia otra realidad vital -inquietud que transita y transita sin avizorar nada. Somos entre dos tiempos, uno que no acaba de decaer en su propio ocaso y otro que pugna por emerger y que, sin embargo, no despunta o brota.

Esta temporalidad de entre-tiempo fue la que experimentó el Barroco del XVII, una de cuyas obsesiones fue la de que soñamos. Efectivamente, el sueño está entre dos realidades que son ya, o todavía, una irrealidad; está entre la conciencia de ayer, que ya no es y de la que se escapa, y la de mañana, que no tiene todavía su aurora y se desconoce. Un entre-tiempo que se mantiene indeciso y cuyos márgenes son realidades irreales , ¿no es como un sueño? Sí, es un sueño. ¿Pero se puede vivir ahí, en el soñar? ¿Qué tipo de existencia es esa, la onírica? ¿Permite una liberación o atrapa de forma invulnerable? Calderón hace decir a Segismundo, en La vida es sueño, las palabras que recogen estos impresionantes y conocidos versos:

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?

Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.

Si uno se detiene a pensarlo un poco, se da cuenta de que el problema encierra una paradoja. Por un lado, todos soñamos. Por otro lado, yo (Calderón), o yo (lector de Calderón), que afirmo tal cosa, soy de ella consciente. Aporía. Si soy consciente, ¿cómo es que sueño? O: si sueño, ¿cómo es que estoy despierto -consciente- y veo que sueño?

La solución, me parece, reside en que hay que distinguir entre un sueño lúcido y un sueño inconsciente de sí. Calderón les dice a sus coetáneos: mirad, todo es teatro, todo es sueño, y resulta que no lo sabéis. Estáis fundidos con vuestro soñar. Y esto se traduce en que creéis en el papel que representáis, en que tenéis una fe inconsciente en el personaje que sois, el guión que declamáis, los fines que os ha puesto el argumento teatral... Creéis en vosotros. Y creéis en todo lo que representáis: vuestras querencias, vuestros valores, vuestras fobias, vuestros sueños dentro del sueño.

Segismundo (es decir, Calderón) les ha dicho esto a sus coetáneos y los ha retado a no identificarse con lo que son y lo que escenifican. Los reta a ser diferentes respecto a sí mismos. Es más, los reta a buscar la lucidez por el camino del descreer de su yo y de todo lo que rodea a este. Él mismo, Segismundo, ha estado hace poco en aquel oscuro sueño inconsciente; y en él ha querido vengarse de su padre y de los que siguen a su padre; de todos los que convirtieron su vida en un encierro. Ya es rey y puede hacerlo. Pero, al darse cuenta de que sueña, se siente iluminado por una terrible pero luminosa verdad y todo cambia: los perdona. Se arranca a sí mismo del papel que ocupa, se hace excéntrico respecto a sí, se des-entraña extrañándose y abandonándose a sí mismo, dejándose atrás, como un errante. Tiene la fuerza suficiente para hacerlo y, movido por el valor, afirma:

Pues que ya vencer aguarda
mi valor grandes vitorias,
hoy ha de ser la más alta
vencerme a mí

Vencerse a sí mismo es, para Segismundo (Calderón) no creerse ya su propio juego. Ya no se aferra al teatro otorgándole el alma. Es cierto que no sale así del sueño de la vida, pero desde ahora vive en él sobreponiéndose a él. Y es así como logra la resolución en su actuar y vivir. Ya no duda, sino que actúa. Se resuelve a "ser".

Varios siglos después, como señalaba más arriba, volvemos a la misma situación. Sabemos que estamos en un teatro y que soñamos. Nuestro mundo es el mundo del espectáculo. Guy Debord ya nos lo dijo con bastante claridad: la representación de la realidad devora a la realidad y ocupa su lugar. Nos lo enseñó Baudrillard, al mostrarnos cuán hundidos estamos en el simulacro (siendo el simulacro ahora el que hace de realidad). Tenemos muchos indicios para darnos cuenta de que soñamos. Nuestra vida se ha convertido en la escenificación de un personaje. No nos presentamos en lo que hacemos, en nuestros devenires, sino que los re-presentamos. Un conjunto de fuerzas ciegas -ante todo tres, como he defendido en otro lugar-, dinamizadas anónimamente, escapadas a nuestra voluntad, nos envuelven en su tráfago y nos obligan a jugar su juego y a creer en él.

Somos barrocos en este sentido, al menos. ¿Y qué decir al respecto, nos hemos aproximado al coraje de Segismundo? Demasiada fe ponemos en el actor que somos. Estamos en un mundo que adopta tintes dramáticos: la amenaza de una guerra mundial, la depauperación del planeta, el crecimiento asombroso de los suicidios y del malestar, en general, la comedia de la política o la política convertida en comedia y, en fin, toda nuestra ficcionalización del mundo. ¿Hay algo más temible que estar en este mundo sin mover un dedo (incluido, por supuesto, quien escribe)? ¿Hay algo más temible que vivir hablando -como en esta ocasión- sobre la realidad de nuestro mundo en vez de vivir realmente en él? ¿No soñamos, pues? ¿No es cierto que soñamos que hacemos, porque no hacemos y solo damos vueltas discursivas e imaginarias en torno al hacer? ¿No creemos, cada uno, en el personaje que lleva a cabo todas esas vueltas y revueltas sin cese?

A lo sumo, en nuestro extraño momento histórico, llegamos a darnos cuenta de lo que se acaba de decir y emprendemos el viaje a la realidad sin salirnos de él, del viaje mismo a la realidad. Nos desenmascaramos a nosotros mismos en momentos de lucidez y decimos "esto es un sueño y un teatro, voy a salir a la realidad". E inmediatamente nos ponemos a paladear esa conclusión, repitiéndola hacia adentro. Paladeamos el salir a la realidad pero sin salirnos del soñar, convertimos al viaje hacia lo real en un ensueño almibarado dentro del sueño. Si se nos preguntara sobre ello, sobre qué hacemos para despertar, contestaríamos: "estoy en ello". Estamos "en ello", esa es la cuestión; no en nosotros mismos, sino en el eterno retorno a la realidad y la vigilia, a las que no nos dirigimos más que simbólicamente.

Esto, naturalmente, tiene que reventar. Y reventará.