Sergio C. Fanjul | El País, 10/03/2024
Woke ya no es lo que era. El término, que podría traducirse como despierto o alerta, viene utilizándose desde hace algunos años para aquellas personas sensibles e implicadas contra las injusticias sociales (sobre todo en la política estadounidense, aunque asomando en otros países, donde estas tendencias se replican aunque no sean tan notorias). Fue la forma en la que se autodenominaron, con orgullo, ciertos movimientos en pos de la justicia social y climática: del antirracismo de Black Lives Matter, primero, para luego llegar al feminismo del #MeToo o la lucha contra el calentamiento global. Woke parecía preconizar un nuevo tiempo de igualdad y justicia.
Ahora se ha dado la vuelta a la tortilla por parte de una creciente tendencia antiwoke que, en virtud de la ley de acción y reacción, ha hecho fortuna convirtiendo el término en un espantajo que agitar para descrédito de esas causas progresistas. Lo que empezó como un rechazo de la derecha, ahora también engloba a un sector de la izquierda menos identificado con las luchas que nacieron con la Nueva Izquierda de los años sesenta, o disconforme con su protagonismo actual, o preocupado por sus excesos, o por su falta de universalidad. Woke es ya un mantra, un hazmerreír, un arma arrojadiza, un insulto. Esa crítica desde la izquierda está creciendo y generando tensiones, según se refleja en el panorama editorial, con recientes ensayos de autores como Susan Neiman, Umut Özkirimli, Stéphanie Roza…, sin contar la exuberancia libresca de la crítica derechista.
“Al subvertir el vocablo woke, el sector ultraconservador del Partido Republicano estadounidense consiguió convertirlo en una especie de cajón de sastre para criticar cualquier aspecto del lado progresista del espectro político que no le guste, ya sea la educación sobre racismo, feminismo, políticas de identidad o incluso libros que consideran inapropiados”, explica la periodista y escritora Lucía Lijtmaer, autora de Ofendiditos. Sobre la criminalización de la protesta (Anagrama, 2019). Hoy, lo antiwoke, sobre todo en la derecha de Estados Unidos, ya podría considerarse un movimiento en sí mismo.
La respuesta a lo woke es compleja, múltiple y varía a través de las sensibilidades políticas. La ultraderecha utiliza desde hace tiempo el término para atacar por entero a los movimientos sociales identitarios y ecologistas, a los que califica, desde miedos conservadores, como diferentes dictaduras: dictadura woke, o dictadura ambiental, o dictadura de lo políticamente correcto. También ideología de género, lobby gay, moda queer. Alerta del marxismo cultural que, a su juicio, viene a destruir la civilización blanca, cristiana, capitalista, heterosexual. “Hay una compulsión maniática por descubrir lo woke en todas partes, son como cazadores de Pokémons hipermotivados”, dice el escritor Gonzalo Torné, autor de La cancelación y sus enemigos (Anagrama, 2022), quien señala que, pese a todo, los intentos de censura suelen provenir, por lo general, del bando conservador.
Así, la derecha antiwoke ha llevado en Estados Unidos a posturas más reaccionarias, las que consiguen prohibir la educación sexual en los colegios o el aborto en algunos Estados. Por ejemplo, la ley Stop Woke, con la que el gobernador conservador de Florida, Ron DeSantis, trata de prohibir a empresas e instituciones educativas la divulgación de contenidos sobre antisexismo o antirracismo. Algunas partes han sido declaradas inconstitucionales esta misma semana, cuando un tribunal de apelaciones consideró que podrían violar la libertad de expresión. “Florida será la tumba de lo woke”, había dicho DeSantis. El capitalismo woke
El llamado capitalismo woke se ha criticado desde diferentes ramas del espectro político; es decir, la manera en la que estas reivindicaciones han entrado en el cine de Hollywood (por ejemplo, el feminismo de películas como Barbie o la elección de actores negros para papeles que se presuponen para blancos), la publicidad con modelos diversos o la preocupación ambiental (a veces mero greenwashing) y las políticas inclusivas en las grandes empresas. Que algunas grandes corporaciones hayan asumido las tesis de la inclusión y la justicia social (sobre todo cuando no revierte negativamente en sus resultados económicos) es visto por algunos como un progreso, por otros, como una infección de la izquierda radical y por otros, simplemente, como una cuestión de rentabilidad reputacional: puro oportunismo.
Según el crítico Özkirimli, lo ‘woke’ se centra más en las ofensas particulares que en las injusticias estructurales.
Desde posturas más centristas se reconoce la legitimidad de luchas como la feminista, la LGTBI o la ecologista, pero se denuncian los “excesos de los woke”, donde entrarían la llamada cultura de la cancelación, los considerados brotes de puritanismo o la denuncia de injusticias históricas, como la que llevó a una oleada de ataques contra estatuas y monumentos de colonizadores y esclavistas. Por ejemplo, dentro del feminismo se ha abierto una brecha entre un feminismo tradicional (conservador con respecto a la cuestión trans y abolicionista de la prostitución) y otro más proclive a la teoría queer y la regulación del trabajo sexual, como se ha vuelto a escenificar en las manifestaciones del 8-M.
Brota así un fuerte debate en el seno de la izquierda. Desde algunos sectores se considera que entrar al trapo de lo woke en esos términos es comprarle el marco conceptual a la derecha, alimentar a su monstruo de Frankenstein, jugar en el terreno que ha dispuesto. Desde otros se ejerce una crítica que, además de señalar los excesos (¿han ido estas luchas demasiado lejos?), también pone en solfa las esencias de lo identitario, reivindicando una izquierda universalista que se enfoque en el ser humano en general y no tanto en ciertas minorías oprimidas en particular. Que se ocupe de lo común y no de lo diferente. La izquierda antiwoke
El primer libro que puso en solfa a las políticas identitarias desde la izquierda en España fue La trampa de la diversidad (Akal, 2018), de Daniel Bernabé, que generó gran revuelo: denunciaba cómo estas políticas eran un producto del neoliberalismo que fragmentaba a la clase trabajadora en el individualismo identitario y distraían las luchas en lo simbólico, lejos de lo material o laboral (considerado como la lucha prioritaria, por su transversalidad). En su reciente libro Izquierda no es woke (Debate, 2024), la filósofa estadounidense Susan Neiman defiende ese carácter universalista de la izquierda contra lo woke, enfocado en las minorías, y considerado por la autora como una forma de tribalismo.
“Los debates actuales son herederos de esa declaración de guerra a la Ilustración.”
Stéphanie Roza, filósofa.
Lo woke, según Neiman, se basa en emociones comunes a toda la izquierda progresista, como la defensa de los oprimidos o la reivindicación de injusticias históricas. “Pero, al mismo tiempo, está influenciado por teorías filosóficas que son de derechas, incluso reaccionarias: el tribalismo, por ejemplo, o la creencia de que todas las reclamaciones de justicia son pretensiones encubiertas de poder”, dice la autora. Denuncia cómo la derecha aprovecha el espantajo de lo woke para desacreditar a la izquierda global, hasta casi convertir a lo woke en sinónimo de izquierda (de ahí el título refutatorio de su obra). “La derecha utiliza woke como insulto para desacreditar a cualquiera que luche contra el racismo, el sexismo o la homofobia. Es peligroso, porque aún hay que combatir esos males. Pero la forma en que los woke los combaten a menudo conduce a un rechazo total. También lleva a muchos en la izquierda a sentirse alienados porque no están de acuerdo con cada una de sus demandas”, explica la pensadora.
El malestar tiene sus raíces. La modernidad, basada en el fulgor de la Ilustración, fue criticada durante el siglo XX por diferentes corrientes filosóficas, como la Escuela de Frankfurt (por ejemplo, Adorno y Horkheimer) o los pensadores posmodernos (como los ubicuos Foucault o Deleuze), acusada de haber usado la razón para producir colonialismo, dominación, homogenización, destrucción de la naturaleza, y hasta campos de concentración y bombas nucleares. El humanismo ilustrado, denuncia la filósofa Rosi Braidotti, puso al humano en el centro, pero a un humano muy particular: blanco, europeo, varón, heterosexual; marginando al resto.
Para perseguir los objetivos de emancipación, que son nobles, Neiman propone precisamente el retorno a las ideas de la Ilustración. “Lo que une a la mayoría de los woke y poscoloniales (las categorías se superponen) es el rechazo de toda idea derivada de la Ilustración. Si miraran las teorías encontrarían que algunas importantes ideas woke, como que el mundo no solo debe verse desde perspectivas europeas, provienen directamente del movimiento del siglo XVIII que creen despreciar”. La estadounidense, además, critica la efectividad de lo woke para desarrollar políticas, siempre perdido en el terreno simbólico y en “hacer de policía del lenguaje”.
Neiman no es la única que critica la hostilidad hacia los valores de la Ilustración en el discurso identitario. La filósofa francesa Stéphanie Roza, en el reciente ¿La izquierda contra la ilustración? (Laetoli), denuncia que la crítica al racionalismo, al progresismo y al universalismo cada vez es más feroz. “Los debates contemporáneos son herederos de esa declaración de guerra a las Luces”, escribe. Piensa que esa oposición no conlleva ningún avance en la emancipación intelectual, moral o política, sino que, más bien, supone una “regresión” a los “argumentos y tesis de la vieja crítica conservadora y contrarrevolucionaria de los antiilustrados”. La toma de conciencia de esta situación es necesaria para el “rearme ideológico de la izquierda frente a los desafíos contemporáneos”.
La llamada cultura de la cancelación es otro de los puntos de fricción. Para unos, se trata de un atentado contra la libertad de expresión, para otros, todo lo contrario: la voz de los que nunca la tuvieron, que expresan su disconformidad mediante el consumo o gracias a las tecnologías de la comunicación. “Yo diría que la cancelación es una cultura de humo por la que personas públicas y con escaparate tratan de evitarse las críticas que les puedan venir de un público formado que ha encontrado su altavoz en las redes sociales”, dice Gonzalo Torné, que también señala que, por lo general, quienes se quejan de la cancelación suelen hacerlo, paradójicamente, desde potentes tribunas públicas. “Es un victimismo que tiene como objetivo recortar la legítima libertad de expresión de las audiencias”, añade.
De la cancelación parte otro crítico izquierdista de lo woke, Umut Özkirimli, en su libro Cancelados. Dejar atrás lo woke por una izquierda más progresista (Paidós, 2023). “Cuando trato de explicarles lo woke a mis amigos y familiares mayores, les digo que piensen en el estalinismo. Todo encaja”, dice el autor, “en lugar de gulags, tenemos muerte social, cancelación. Por supuesto, el viejo estalinismo es peor, pero no muy diferente”. Özkirimli piensa que, en efecto, lo woke se refiere a las versiones más extremas de las políticas identitarias, pero también piensa que las políticas identitarias son hoy así: extremas. “Lo woke es una distorsión y una traición a las políticas identitarias originales, que eran abiertas a la construcción de coaliciones, preocupadas por todo tipo de desigualdades y descaradamente socialistas”. Grandes avances sociales, como el matrimonio homosexual en algunos países y otros derechos para la comunidad LGTBI fueron conquistados antes de la irrupción de lo woke.
Lo woke es, según Özkirimli, narcisista, más interesado en las ofensas individuales percibidas que en las injusticias históricas estructurales, y prioriza el empoderamiento individual antes que el cambio sistémico, la resistencia simbólica antes que la lucha colectiva. También incide, como las autoras citadas, en su carácter particularista frente al universalismo. Un universalismo que, desde las políticas identitarias, ha sido visto como restringido a las clases dominantes y generador de opresión. Por tanto, se argumenta, hay que incluir la diferencia para ampliar el rango de la representación humana.
Hay quien, observando el debate desde una perspectiva global, piensa que la oposición entre políticas materiales e identitarias genera cisma en la izquierda y solo beneficia a la derecha, que siembra así la cizaña, oponiendo clase a raza, género u orientación sexual. Y que la izquierda debe rechazar esas falsas alternativas. “Lo que se plantea es un falso dilema: las minorías están sobrerrepresentadas entre las clases trabajadoras, y, a la inversa, la proporción de clases trabajadoras es mayor entre las minorías raciales”, explicó a este periódico Éric Fassin, profesor de Sociología y Estudios de Género en la Universidad de París 8, “no hay razón para oponer las políticas de reconocimiento y redistribución”.
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Entrevistada por Marc Bassets | El País, 12/09/2023.
Stéphanie Roza (París, 43 años) es decididamente de izquierdas, por orígenes, por familia y por convicción. Lo explica ella misma —investigadora en el CNRS (el CSIC español) en filosofía política y especialista en la Ilustración y la historia del socialismo— nada más sentarse en la mesa de un café refrigerado frente a la estación de Lyon, en París. Fuera cae un sol abrasador. Sus abuelos, judíos de Europa oriental que llegaron a Francia antes de la II Guerra Mundial, entraron en la Resistencia comunista. Sus padres hicieron el Mayo del 68. Ella militó hasta los 30 años en la extrema izquierda trotskista. Se decepcionó, se distanció y, como universitaria, convirtió en tema de estudio la izquierda y sus orígenes en los ideales del siglo XVIII y la Revolución Francesa. La editorial Laetoli publica en castellano su libro ¿La izquierda contra la Ilustración?
Pregunta: ¿Qué le molesta en la izquierda actual?
Pienso que se encuentra en una crisis profunda. No será posible la reconstrucción de una alternativa creíble al capitalismo si destruimos el fundamento del proyecto de emancipación: la herencia universalista, progresista y racionalista de la Ilustración.
¿No es paradójico decir que la izquierda va contra la Ilustración? Creía que la izquierda venía precisamente de la Ilustración: los derechos humanos, la razón, la revolución.
Me sorprendí al leer, bajo la pluma de militantes o intelectuales de izquierdas, que el universalismo enmascaraba la dominación de los machos blancos europeos, que los derechos humanos eran en realidad los derechos de los hombres blancos, o que el progreso en general era nefasto para el género humano. Fue esto lo que me motivó a escribir el libro.
Hay una izquierda “irracionalista”, escribe usted. ¿Por qué?
Hay un rechazo de la ciencia en una parte de la izquierda. Con la crisis sanitaria, cuestionaba el consenso científico respecto a las vacunas. Diputados de La Francia Insumisa fueron a las Antillas, no para convencerles de la necesidad de vacunas sino, al contrario, para favorecer los prejuicios que, en las Antillas, son el resultado de las carencias pasadas del Estado francés. Y esto, cuando en el ADN de la izquierda se encuentra el estar a favor del progreso científico y pensar que la técnica y las ciencias deben servir para mejorar la suerte de todos. Ahí hay una ruptura.
Y una izquierda “antiprogresista”, dice también.
Quizá un poco ingenuamente, la izquierda fue muy productivista: pensaban que todo progreso industrial y técnico mejoraría mecánicamente la suerte de todos. Hoy, con la crisis ecológica vemos que hay que ser selectivos, pero incluso ante esta, lo único que podrá ayudarnos es la ciencia y el progreso tecnológico: para reducir la polución, para producir de manera más limpia, para viajar de manera más limpia. Hay una parte de la izquierda favorable al decrecimiento. Estoy de acuerdo con el decrecimiento si, por ejemplo, significa que hay que reducir en los países ricos el consumo de ropa. Pero estar a favor de un decrecimiento global, sin entender que hay países y sectores que necesitan crecer todavía, esto es antiprogresista y es una ruptura con toda una tradición de izquierdas, socialista, comunista y anarquista, desde el siglo XIX.
Sostiene también que esta izquierda es “antiuniversalista”.
El universalismo es el principio que se desprende de las diferentes declaraciones de los derechos humanos desde la de 1789. Es la idea de que todo ser humano, por el simple hecho de ser humano, independientemente de su sexo, religión, color de piel, de sus características particulares, está dotado de derecho y prerrogativas inalienables. Es una formidable palanca para la emancipación que ha sido reivindicada y utilizada como tal desde la Revolución Francesa.
“Estar a favor del decrecimiento, sin ver que hay países que aún deben crecer, es antiprogresista.”
¿Por qué esta izquierda es antiuniversalista?
Según cierta izquierda, los derechos del hombre blanco no han sido proclamados para emancipar a todo el mundo, sino proclamados por los machos blancos de la Asamblea constituyente para ellos mismos. No es del todo falso: numerosos diputados no querían emancipar a los negros de las colonias. Pero una vez que la Declaración Universal de los Derechos Humanos existió y los derechos fueron proclamados, impulsó un movimiento de emancipación. En Santo Domingo, los esclavos se levantaron cuando supieron que la Revolución había tenido lugar en Francia y que se habían proclamado derechos.
¿Cómo explica la actual evolución en la izquierda?
Hay razones políticas: las decepciones provocadas por los grandes partidos tradicionales de la izquierda: el Partido Socialista dio amparo a las guerras coloniales, y el Partido Comunista no solo estuvo comprometido con el estalinismo sino que llegó tarde al feminismo y al antirracismo.
Y hay raíces intelectuales.
Su origen se encuentra en filosofías de la derecha radical, como son las de Nietzsche y Heidegger. El nazismo en el caso de Heidegger. Paradójicamente, estas filosofías fueron recuperadas por pensadores que se situaban a la izquierda. El caso de Foucault es importante. Expuso opresiones a las que no se prestaba atención: en las prisiones o contra las minorías sexuales. Pero, partiendo de esta crítica positiva, llegó hasta cuestionar la primacía de la razón en la sociedad moderna. Al tomar un lugar cada vez mayor en el discurso social, la razón se convierte, según Foucault, en un discurso de poder. Presenta la Ilustración y el discurso racionalista como un discurso de dominación. Así siembra el descrédito sobre la razón. Y hay otra cosa de Foucault que encontramos en la izquierda actual: la fascinación por los procesos teológicos y políticos islamistas. Defiende los derechos de los homosexuales y la libertad sexual absoluta en Occidente, y va a Irán y no encuentra nada que objetar ni ante la situación de las mujeres ni la de las minorías sexuales. Es una forma de orientalismo al revés: lo que es bueno para Occidente, en cuanto a libertades, no lo es para las sociedades orientales.
¿Esto no demuestra que es el centro liberal, el de Macron en Francia, el heredero de la Ilustración? Si la izquierda también es antiilustrada, como la extrema derecha…
Hay dos ramas en la herencia de la Ilustración: la socialista y la liberal. No solo los socialistas defienden los derechos humanos, también los liberales desde la Revolución Francesa. La herencia socialista es más radical: hay que ampliarlos, profundizar en los derechos humanos e integrar a cada vez más personas. Y se oponen a los liberales en la cuestión social: los macronistas están destruyendo el sistema de pensiones, permiten destruir nuestros servicios públicos. Los macronistas no son los primeros, pero dejan hacer, aceleran el proceso. En todo caso, hoy los liberales continúan defendiendo una herencia que es la suya también. Es la izquierda la que está en crisis y ha olvidado sus fundamentos.
Tom C. Avendaño | El País (14/07/2022).
El diario de propensión conservadora The Daily Mail alertó a sus lectores el pasado 19 de junio que “los obreros británicos se están volviendo woke” porque, según un estudio, hablaban entre ellos de sus sentimientos (tres cuartos de la fuerza trabajadora, al menos) y ya no tomaban desayunos fritos (dos cuartos). Este es el mismo diario que en 2020 lamentaba que el príncipe Enrique hubiera pasado de ser “un tipo divertido al príncipe de los wokes”: o sea, pretencioso y elitista culturalmente hablando.
Es una muestra de la pasmosa elasticidad que ha adquirido este anglicismo, que, en otros tiempos, solo significaba cobrar consciencia de la desigualdad y otras formas de injusticia social, sobre todo aquellas asociadas al racismo. Así llegó a España entre 2016 y 2017, tras ser resucitado, a partir de 2011, en Estados Unidos por el entonces incipiente movimiento Black Lives Matter. Era una palabra para la sensibilidad social que acabaría definiendo nuestros tiempos. Pero también tenía la tara de expresar una sensibilidad y no una ideología: no ofrecía una definición exacta y por tanto se podía parodiar.
Si alguien alguna vez usó entre la izquierda española ese término, debió de ser una era breve. Woke es hoy una palabra que delata a gente más de derechas, quienes la emplean para agrupar a sus enemigos en un único bando, “la tiranía de lo woke” (OkDiario, diciembre de 2021) o los Wokerati (Fox News, 2020), según. O sea, una mezcla de turba tuitera desbocada y activistas de Instagram. Ofendiditos, la generación de cristal. Un obrero con sentimientos o un príncipe sensible. Al igual que progre o políticamente correcto, woke se ha convertido en insulto. “Ha pasado a ser una etiqueta con la que la derecha más rancia señala a un enemigo de paja contra el que colar de contrabando sus ideas”, opina Gonzalo Torné, autor de La cancelación y sus amigos (Anagrama). “El argumento viene a ser: ‘Como la izquierda se ha preocupado de las identidades y las minorías, se ha despreocupado de los obreros y por eso votan a la derecha’. Primero, se sustenta en un antagonismo falso. Además, los movimientos identitarios siempre han ido de la mano de las luchas sociales. Basta recordar el sufragismo y el abolicionismo”.
También el recorrido a lo largo de los años de la cultura woke stricto sensu puede haber contribuido a ahuecar el término. “Alguien woke, ahora, es quien usa la idea de política progresista en su propio beneficio”, explica Lucía Lijtmaer, autora del libro Ofendiditos: Sobre la criminalización de la protesta (Anagrama). “Las marcas woke son aquellas que utilizan las consignas de movimientos y reivindicaciones, por ejemplo LGTBI, pensemos en el Orgullo, en su propio beneficio”.
¿Significa algo realmente ser woke hoy? Según el empleo hoy habitual de la palabra, nada. Quizá dé igual. En 1961, el autor afroamericano James Baldwin dijo: “Ser negro en este país y tener un mínimo de consciencia es sentir ira prácticamente todo el tiempo”. Se podía ser woke antes de que existiera el término y, salvo sorpresa, seguramente se pueda seguir siéndolo después de él.
https://elpais.com/opinion/2023-08-16/negacionismo-progresista.html
El país era Brasil, el anfitrión Luiz Inácio Lula da Silva, pero el centro de las atenciones fue Gustavo Petro, de Colombia: “[Los gobiernos de] derecha tienen una salida fácil, que es el negacionismo. Niegan la ciencia. Para los progresistas es muy difícil. Entonces genera otro tipo de negacionismo: hablar de transiciones”, afirmó en la Cumbre de la Amazonia, en los días 8 y 9 de este mes. Petro se refería al discurso de la “transición energética”, que utilizan gobiernos como el de Lula para justificar que se sigan explotando los combustibles fósiles. El colombiano intentó convencer a sus homólogos de que pactaran el fin de la exploración de petróleo en la Amazonia, pero se quedó solo. Su aislamiento puso de manifiesto la incapacidad de la izquierda que Lula representa para hacer frente a los desafíos de un planeta en mutación climática.
Al señalar que el negacionismo progresista se articulaba bajo el escudo supuestamente responsable de la transición energética, el presidente colombiano afirmó que era un “disparate total” hablar de emergencia climática y seguir prospectando combustibles fósiles. La coherencia del discurso puso de manifiesto el dilema de Lula y Brasil. Hasta finales del año pasado, el país estaba gobernado por Jair Bolsonaro, un extremista de derecha que incentivaba la destrucción de la selva y garantizaba impunidad a los deforestadores. Hoy, Brasil lo dirige Lula, un hombre de centroizquierda que forjó su carrera política en el sindicalismo fabril. El petróleo como gran fuente de riqueza para Brasil fue una verdad que se difundió durante más de medio siglo de propaganda nacionalista. Moldeó el corazón y la mente de políticos como Lula. La imagen que se convirtió en símbolo de su segundo mandato, que concluyó en 2010, fueron las manos del presidente manchadas de petróleo. Que 13 años después vuelva al poder con el petróleo convertido en un villano es algo que incluso puede llegar a admitir en algún discurso pronunciado para reforzar su imagen de defensor de la Amazonia. Pero la idea de renunciar al petróleo no le cabe en el cuerpo, ni en la mentalidad de gran parte de su partido.
Tanto es así que la exploración de petróleo en la cuenca de la desembocadura del río Amazonas ha generado una gran escisión en el primer semestre del tercer mandato de Lula. El ministerio de Marina Silva, Medio Ambiente y Cambio Climático, suspendió el proyecto de Petrobras, la estatal brasileña de combustibles fósiles. Pero la mayor parte del Gobierno no lo encajó bien. Ni siquiera el presidente. Días antes del inicio de la cumbre, Lula declaró en una entrevista que los habitantes de la Amazonia podían “seguir soñando” con la exploración de petróleo.
El mundo acaba de vivir el mes de julio más caluroso de la historia. Solo en los últimos días fenómenos extremos han generado catástrofes desde Hawái hasta China. Pero la izquierda que Lula representa cree que el ser humano sigue controlando el clima. En el documento final de la Cumbre de la Amazonia se utiliza cuatro veces la expresión “punto sin retorno” para referirse al momento límite al que está llegando la selva a un ritmo acelerado. Sin embargo, en la cabeza de políticos como Lula, podemos planear la transición energética mientras él fomenta la compra de coches de combustibles fósiles e invita a los colegas a una parrillada de carne de buey de la Amazonia. Y, aun así, Lula es lo mejor que tenemos.
Clemente Álvarez, entrevista a Van Reybrouck, historiador (El País, 24/02/2024)
La conferencia Huizinga es una prestigiosa charla anual sobre historia cultural o filosofía organizada por la Universidad de Leiden, Países Bajos, que puede llegar a reunir a un millar de asistentes, pero cuando en su 50 edición tomó la palabra el historiador belga David van Reybrouck (Brujas, 11 de septiembre de 1971; 52 años) la iglesia gótica de San Pedro (Pieterskerk) estaba llena de espacios vacíos. Era el año 2021 y el mundo estaba en plena pandemia de covid. A pesar de ello, la ponencia en neerlandés de Van Reybrouck sobre colonialismo y crisis climática no solo resultó un éxito en internet, sino que acabó convertida en un libro, De kolonisatie van de toekomst (La colonización del futuro), que en 2023 fue traducido al francés. En una entrevista online, este pensador defiende que con la pérdida de biodiversidad y el calentamiento del planeta estamos colonizando hoy el mundo del mañana. Y considera que hacen falta nuevas formas de democracia participativa para impulsar acciones ambientales más decididas sin provocar las protestas de chalecos amarillos o agricultores.
Pregunta. ¿Qué tiene que ver el calentamiento del planeta con el colonialismo?
Respuesta. He escrito dos grandes libros, uno sobre el Congo y otro sobre la Indonesia, las colonias más grandes de mi país, Bélgica, y de nuestros vecinos, los Países Bajos. Y me choca que cuando se habla de colonialismo se haga sobre todo de colonialismo histórico. Cuando miramos el mapa de los países que más emisiones generan y los que son más impactados por el cambio climático, vemos que es una copia del mapa del colonialismo. Los principales emisores hoy son los antiguos colonizadores, además de China.
¿Por qué dice que estamos colonizando el futuro?
Si el colonialismo histórico fue una conquista de continentes, el colonialismo del futuro es la conquista de generaciones futuras. Está produciéndose un colonialismo del tiempo provocado por el impacto de nuestras acciones de hoy para conseguir intereses a corto plazo y ganancias financieras particulares.
¿Para luchar contra el colonialismo hay que descarbonizar la economía?
No basta con luchar contra los símbolos del pasado si no ponemos atención al presente. Un alcalde que se ocupe de descolonizar el espacio público de su ciudad, quitando las estatuas problemáticas, cambiando los nombres de las calles, adaptando los manuales escolares, pero sin prestar atención a los combustibles fósiles, hará menos contra el colonialismo, el racismo y la discriminación que otro alcalde que deje las estatuas y haga todo para descarbonizar la ciudad para 2030. Sustituir los combustibles fósiles es más eficaz contra el colonialismo que quitar estatuas.
¿Y cuál es la relación entre el colonialismo y la pérdida de biodiversidad?
La pérdida de biodiversidad es una urgencia todavía más grave que la del cambio climático, pero atrae mucha menos atención pública que el clima. Hay un autor indio, Amitav Ghosh, que en 2021 publicó The Nutmeg’s Curse (La maldición de la nuez moscada), un libro que muestra hasta qué punto el colonialismo histórico es también un colonialismo ecológico. La nuez moscada es una especia que venía de Indonesia y que era muy buscada por Occidente. La acción del poder colonizador, especialmente de Holanda, fue desastrosa. Los colonizadores deforestaron islas enteras para evitar que otros comerciantes tuvieran acceso a los árboles de nuez moscada, para tener el monopolio. El colonialismo también es violencia contra la naturaleza. Van Reybrouck, en un hotel de Barcelona. Van Reybrouck, en un hotel de Barcelona.massimiliano minocri
¿Por qué resulta tan difícil poner en marcha acciones ambientales más decididas?
Tenemos un desafío muy grande. Sin embargo, existe una dificultad en las democracias actuales para lograr progresos serios. El modelo político actual no es capaz de cambiar este colonialismo de futuro. Resulta muy interesante que en los últimos años hemos visto una serie de asambleas ciudadanas sobre el clima en diferentes países, con gente escogida por sorteo. En España ha habido una, y en Cataluña se acaba de terminar otra hace unos días. Un investigador alemán llamado Jonas Lage ha comparado las propuestas de estas asambleas ciudadanas en Europa y los planes nacionales de Energía y Clima de los países. Resulta fascinante, pues las asambleas ciudadanas van siempre más lejos que los planes oficiales de los países, lo que muestra hasta qué punto los políticos tienen miedo de imponer medidas climáticas por posibles manifestaciones, otros nuevos chalecos amarillos o protestas como las de agricultores. Ralentizar la acción climática tiene consecuencias, cuanto más se retrase más drásticas serán las medidas en el futuro. Sin embargo, un ciudadano, un agricultor que sea incluido en la toma de decisiones climáticas no va a salir a protestar o bloquear carreteras.
Pero por ahora las recomendaciones de las asambleas climáticas no se están traduciendo en medidas reales.
Así es, las asambleas ciudadanas producen recomendaciones formidables, pero hay que pasar por la política de alguna manera. Se ha visto muy bien en Francia con la convención ciudadana para el clima. Macron era muy entusiasta, pero el gobierno francés ha hecho muy poco con ese trabajo destacable de los ciudadanos, el problema es la implementación política.
¿Qué es un preferéndum?
El preferéndum es un instrumento que creo necesario desarrollar, como una forma de validación colectiva de lo que una asamblea ciudadana ha recomendado. Porque incluso si organizas una asamblea ciudadana con 150 personas, puede haber 20 agricultores que participen, pero esto no va a cambiar la frustración de otros muchos agricultores a los que no se va a implicar. En un referéndum clásico hay que responder con sí o un no, en un preferéndum se pueden incluir 20 propuestas de otros ciudadanos para que el resto de la gente muestre su acuerdo o desacuerdo. Esto permitiría aprobar una lista de prioridades compartidas, un documento colectivo que impulse la acción política. Es muy importante inventar procedimientos democráticos que permitan ir más rápido en las recomendaciones ambiciosas de las asambleas ciudadanas, que muy a menudo se convierten en papel mojado a nivel político.
También plantea el uso de créditos de emisiones individuales. ¿No es así?
Esta es una larga discusión que viene sobre todo de un escritor británico, David Fleming, que propuso dar derechos de emisiones individuales a los ciudadanos. Imaginemos que cada persona, a partir de los 18 años, recibe cada lunes por la mañana una determinada cantidad de créditos de carbono. Luego, cuando va a comprar carburante en una gasolinera, no solamente paga en euros, sino que también debe descontar una parte de sus créditos. Y aquellos que no los necesiten, pueden revenderlos. En el caso de un impuesto al carbono, que pone un precio a las emisiones, este puede impactar en la gente con pocos recursos, para los que la calefacción o el coche representan una gran parte de su presupuesto. Pero con los derechos de emisiones individuales, es más bien lo contrario. En lugar de perjudicar a aquellos más pobres, puede ser una forma de que consigan dinero a costa de los más ricos.
Otro mecanismo que menciona para impulsar la acción climática es la desobediencia fiscal.
Todavía existen muchos subsidios y exenciones fiscales para los combustibles fósiles. Se trata de calcular el porcentaje de dinero público que va al sector fósil para llevar a cabo una forma de boicoteo fiscal. La idea es seguir pagando impuestos, pero en lugar de pagar todo al Estado, se mete la parte correspondiente al porcentaje que va a los combustibles fósiles en una caja colectiva para pagar lo que venga de los tribunales por el boicot.
¿Qué propone para resolver la lentitud de la acción climática en el ámbito internacional?
Las asambleas ciudadanas por el clima habría que hacerlas a escala local, regional, nacional, pero también hay que empezar a pensar en crear algún sistema mundial. Pienso que las COP [las cumbres mundiales del clima], por ejemplo, deberían tener una asamblea ciudadana permanente para ir más rápido. Resulta desesperante ver la lentitud de la diplomacia tradicional ante la emergencia climática. Hace falta alguna forma de gobernanza mundial. Por ahora lo que tenemos es un enfoque internacional, un debate entre naciones, donde los países están para defender primero sus intereses nacionales. Pero hace falta un enfoque mundial. Nos enfrentamos a un desafío planetario, pero no tenemos instrumentos planetarios. Tenemos instrumentos diplomáticos que se remontan a siglos pasados.
Cap. 4, Progresofobia (2018)
El autor argumenta en contra de la progresofobia y defiende la idea de que, a pesar de los desafíos, ha habido avances significativos en la mejora de la condición humana.
Resistencia al Progreso: Los intelectuales a menudo desprecian la idea del progreso, no sus beneficios prácticos, sino la creencia de que el conocimiento puede mejorar la condición humana.
Actitud hacia el Progreso: No es necesariamente reaccionario, pero la página sugiere que el desdén por la idea de progreso es común entre los intelectuales, quienes pueden verlo como una "fe ciega" o un "mito".
Credibilidad del Pesimismo: Tendemos a dar más credibilidad a los pesimistas porque las malas noticias captan nuestra atención y porque culturalmente se asocia el pesimismo con la seriedad moral.
Datos de Mejora: La página no proporciona estadísticas específicas, pero menciona que hay evidencia de disminuciones en la violencia y mejoras en la condición humana a lo largo de la historia.
Percepción de las Noticias: La naturaleza de las noticias, que se centran en eventos negativos, puede distorsionar nuestra percepción del mundo, haciéndonos creer que hay más problemas de los que realmente existen.
Sociedad Actual vs. Años 80/90: La percepción de que la sociedad actual saca lo peor de nosotros es subjetiva y puede variar según la perspectiva individual. Algunos argumentan que los desafíos contemporáneos, como la crisis económica o el cambio climático, pueden generar estrés y conflictos. Sin embargo, otros pueden ver avances en la inclusión social y la tecnología como mejoras significativas sobre décadas pasadas.
Motivos de Ansiedad: Los motivos de ansiedad pueden haber aumentado debido a factores como la globalización, el acceso a la información y las expectativas sociales. La pandemia de COVID-19 también ha contribuido a un aumento en los niveles de ansiedad y estrés.
Homicidios y Delitos Violentos: Los informes indican que, en algunos lugares, los homicidios y delitos violentos han aumentado en comparación con la última década del siglo XX. Sin embargo, este no es un fenómeno universal y puede variar según la región y las políticas de seguridad implementadas.
Indicadores de Progreso Social:
- Mejora en el acceso a agua potable y saneamiento.
- Aumento en la alfabetización y educación básica.
- Avances en la igualdad de género y derechos de las minorías.
- Reducción en la mortalidad infantil y mejora de la salud pública.
- Incremento en la conectividad y acceso a la información.
Tendencias Autodestructivas: Las tendencias autodestructivas pueden manifestarse en comportamientos como el abuso de sustancias, trastornos alimentarios y autolesiones. Estos comportamientos pueden estar relacionados con factores como el estrés, la ansiedad y la falta de apoyo emocional adecuado. Es importante abordar estos problemas con la ayuda adecuada para prevenir su manifestación y escalada.