INTERVENCIÓN DE SU EXCELENCIA EL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA DE PORTUGAL. SESIÓN SOLEMNE DE APERTURA DEL AÑO ACADÉMICO

INTERVENTION OF HIS EXCELLENCY THE PRESIDENT OF THE REPUBLIC OF PORTUGAL. SOLEMN OPENING SESSION OF THE ACADEMIC YEAR

 

Lisboa, Aula Magna de la Universidad de Lisboa, 20 de septiembre de 2018.

 

Profesor Doctor Marcelo Rebelo de Sousa

Traducido del portugués por Augusto Aguilar Calahorro

 
resumen - abstract
palabras claves - key words

 

 

 

"ReDCE núm. 31. Enero-Junio de 2019" 

 

Jurisdicción, fuentes e interpretación.

  

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Señor Rector de la Universidad de Lisboa,

Excelencias,

Señoras y señores,

Cualquier universidad es siempre un crisol de desafíos.

Esta Universidad de Lisboa, vuestra y también mi Universidad, nació, se hizo y creció y se añadió a otra, también muy importante en número y calidad, para convertirse en un polo de inagotables desafíos.

Pues fue en esta Casa, hace un año, en la que el Magnífico Rector me lanzó un desafío: venir aquí, a la apertura del presente año lectivo y, en pleno acto solemne, dictar mi última lección antes de la jubilación.

Acepté este reto. Me propongo corresponder con la brevedad aconsejada por las circunstancias. Ahora, cuando me separan menos de 90 días del término final de la docencia plena.

Es pues el profesor, vuestro colega, de todos ustedes – docentes, alumnos, trabajadores no docentes y comunidad universitaria- el que ahora os habla.

Os habla del tiempo transcurrido entre 1966 - el año de la entrada en la Facultad de Derecho - y 2018 - el año de la imperativa jubilación.

1966 - universo aún bipolar, el Tercer Mundo por emerger, ciencia y tecnología por explotar, las costumbres liberándose de la posguerra, la mujer por reafirmarse, la juventud por independizarse como categoría social, tiempo de todos los sueños y de la ilusión de su inminente realidad en el Estado social perfecto.

Y, en tanto, Portugal en el ocaso del régimen, en la carrera contra el reloj de la historia, en las guerras del Imperio, en el choque entre el desarrollo anhelado y los bloqueos persistentes, en la encrucijada entre el pasado ya cerrado y el futuro reiteradamente postergado.

Y nuestras Universidades -las mismas que venían de la República- centros de gravedad de ese tiempo suspendido, en las previsiones hechas, en las constricciones vividas, en la lucha inevitablemente radicalizada por la impotencia de la moderación. Arietes de cambio abriendo surcos, pero viendo refrenados horizontes inmediatos de esperanza. Aun así, espacios de debate, tenue movilidad social crítica del status quo, acicate colectivo.

Con el artificio del Derecho zurciendo la Constitución de 1933, corporativismo tardío y límites a las autonomías denominadas ultramarinas, con el Derecho Internacional de las descolonizaciones y de las Comunidades Europeas, todo en un ambiente francófono y con el nuevo Código Civil uniendo conservadurismo en el trato de la familia con apertura y prospectiva en los derechos de las personas, en la circulación de los bienes y en la contratación privada.

Fue éste el contexto con el que se encontró el candidato a jurista en ese final de los años 60. Alumno de una pléyade de profesores representantes de las primeras generaciones íntegramente formadas en su Facultad, muchos ya camino del estatuto senatorial. Integrado en uno de los cursos quizá más competitivos y cualificados. Y conjugando la centralidad de la carrera universitaria con el activismo cívico y comunicativo que ya nunca abandonaría.

Diez años pasarían - sólo diez años - y, en 1976, el universo, aun bipolar, vería a uno de los polos superar al otro en lo esencial - el conocimiento -, el Tercer Mundo se dividiría, y la ciencia y la tecnología nunca más dejarían de acelerar - en la segunda revolución industrial, la de la informática, nacida del pasado reciente, mientras las ambiciones sociales de los años 60 alcanzarían su más elocuente expresión, el Estado social. Y, a pesar de ello, las crisis, petroleras y otras, harían sonar señales de alarma.

Portugal era otro – en la Constitución recién votada, en la democracia anunciada por ella, en la libertad de tener, en teoría, tantos nuevos caminos abiertos, después de la Revolución hecha de tantas revoluciones. Tantas como los conciudadanos militantes en ellas.

Las Universidades – desde la reforma Veiga Simão, potenciada por la apertura democrática – eran muchas más, acompañadas de las Politécnicas, y en ellas hervía ese tiempo de futuro sin pasado, de ruptura sin continuidad, de juventud – pues el Portugal de 1976 era demográficamente muy joven – de juventud para siempre. De la Universidad pionera de 1966, se pasaba a la Universidad democratizadora de 1976. En el acceso masivo, en la vivencia plural.

Y el Derecho quería acompañar el pensar frenético del devenir, más europeo, más universalista, más social, más progresista, más voluntarista.

El estudiante de los 60 era ya asistente, completados licenciatura y curso complementario equivalente a la maestría, y unía al entusiasmo desbordante de la edad la memoria reciente de la Revolución y, sobre todo, la vivencia única de Constituyente.

Tal vez, por eso mismo, convertido desde las incursiones económicas y financieras al culto del Derecho Constitucional. Y con qué arrebatada emoción se dedicaba, en un clima muy doctrinal e ideológico, a la enseñanza de la Ley Fundamental que acababa de entrar en vigor.

Sumemos una década más. Veámonos en 1986 - en la antevíspera del fin del bipolarismo mundial y de la implosión de uno de los polos, en la reacción de los nuevos liberalismos frente al Estado social, en el despertar de los neo-conservadurismos sociales contra las promesas de los 60 y los 70, en el bosquejo de un fin de la historia, que habría de ser la pregonada venganza de los buenos viejos tiempos, actualizados, ante su supuesta insidiosa subversión.

Entre nosotros arrancará la década de la estabilidad de las legislaturas, del saneamiento financiero, del “fontismo” del siglo XX democrático, del reflujo de las propuestas revolucionarias y de las indefiniciones posrevolucionarias. De la integración en una Europa más amplia, vista como garantía perenne de nuestra realización económica e institucionalización política.

Esta visión llegará también a la Universidad, a las Universidades y -aparentemente serenadas instituciones y personas-, a la aceleración de carreras y a las alianzas e internacionalizaciones se sumaría una, a pesar de todo y de todos, resistente y saludable insatisfacción, temerosa de que las bondades de las tecnocracias encorsetaran la creatividad de los valores y de las ideas.

El Derecho, había cambiado decisivamente con la evolución de las estructuras políticas, económicas y sociales y, sobre todo, con el Derecho Europeo.

La germanofilia y la anglofilia arrojaron al baúl de los recuerdos a la antigua francofilia.

Por estos años, el retraso en el doctorado cerraría el ciclo de la participación gubernativa y sus corolarios, abriendo camino a una intensa y diversificada devoción a la Universidad. Que iría del concurso a asociado al de agregado y a los concursos para catedrático y al nombramiento definitivo, así como a la cooperación internacional y a nuevos ensayos científicos y pedagógicos, ahora, sobre todo, en el ámbito del Derecho Administrativo, pues la era del monopolio constitucional se había mitigado.

Y serían esos diez años – de mediados de los 80 a mediados de los 90 – los más felices de toda una vida universitaria.

En su Facultad, y en algunas más, dentro y fuera de nuestras puertas. De la Católica a la Nova, de Oporto a Lusofonia, a Europa, y a otras latitudes y longitudes.

Por una vez, el recién doctorado olvidaba el mundo exterior a las Academias y conocía incluso la experiencia inolvidable de dirigir colegiadamente la Facultad -con minoría docente-, herencia de los “Idus” de 1976.

Otros diez años – y estamos cerca del cambio de siglo – en 1996. El tiempo del universo monopolar, la parificación de los BRIC - unos galopando, otro de superpotencia a luchar por un poder regional reforzado. Mundos musulmanes ganando inapelables foros de ciudad. Europa en ampliación e inminente unificación monetaria. El regreso mitigado de lo social, el llamado Estado post-social y, más suavemente, las seductoras terceras vías. Tercera revolución industrial – en la vida, la salud, la comunicación, el medioambiente, la visión intergeneracional.

Y Portugal, también él, procurando respirar tras la estabilidad, más social después de tanta economía-financiera, más dividida en los comportamientos, superando años de contención, cuando menos formal, en las conductas. Formal, de hecho, una vez producido el cambio que tenía en los nuevos estratos sociales y los nuevos medios de comunicación -de las nuevas radios a las nuevas televisiones- los símbolos del viraje.

Las Universidades - y los Politécnicos – conocieron el fin de la era Veiga Simão y el advenimiento de la visión de José Mariano Gago, que marcaría las décadas siguientes. Nada sería como antes. A la Universidad precursora de 1966, de ruptura de 1976, estabilizadora de 1986, sucedía la Universidad que intenta estar integrada en una política de ciencia y un soñado dualismo institucional -fundaciones e institutos públicos- en 1996.

En el Derecho, lo mejor era el crecimiento de formaciones, el cosmopolitismo, la deconstrucción de los acervos venidos de los años 50, 60 y 70 supervivientes aun al nuevo régimen. Lo peor fue la dificultad para, por un lado, acompañar el ritmo de cambio de la realidad por disciplinar, y por otro, entender esa nueva visión de organización y vivencia universitaria, en aquello que era más fruto de la experiencia en las ciencias puras que en las especificidades de las ciencias sociales.

Mientras tanto, el profesor de Derecho Público, al doblar el cabo del medio siglo de edad, refrenaba ritmos y repartía quehaceres con lo que acabaría por ser su puntual regreso a ocupaciones cívicas, no abandonando, sin embargo, la enseñanza. Y declinando solicitudes de gestión de otra Facultad, tomaba la decisión, que lo acompañaría hasta hoy, de concentrar en la suya de origen todas las energías de la docencia y de otras innumerables misiones universitarias.

No era ya la soñadora expectativa de los 60, o la devota colaboración de los 70, o la felicidad incontenida de los 80. Era un poco más el cruce de la sedimentación del recorrido hecho con la creciente preparación del futuro -es decir, de aquellos múltiples y dotados jóvenes de su área científica, que habrían de darle cuerpo a ese futuro.

Estamos llegando al presente. 2006 y 2016 son muy similares. El universo monopolar perfecto fracasó. Al poco, quedó claro que el debate era otro: el de saber si el centro de la economía mundial ancestralmente situado en Asia, y recuperado por Occidente en el siglo XIX con la primera Revolución Industrial, no regresará a Oriente. Europa se ha ampliado aún más, pero vive las angustias de lidiar con ese embate bipolar - ahora con un nuevo polo - en el que puede ser o no relevante según quiera o no. La cuarta revolución industrial y más allá de ella - la digital - aparenta no esperar a la política ni al Derecho y desafía a la economía y la sociedad.

Sueños y llagas globales invitan a la generosidad y a la militancia, en particular entre los más jóvenes.

Pero los miedos - de la ciencia, de la técnica, del envejecimiento, de la soledad, de las nuevas formas sociales, de las crisis, de las migraciones multiplicadas, de los mundos musulmanes, de los extranjeros, de los diferentes, de la inseguridad, de los terrorismos, de la incertidumbre - esos miedos fomentan la clausura, la cerrazón, las exclusiones, las intolerancias.

Portugal vivió una crisis aguda, que trata de no repetir, conoce las divisiones marcadas en cuanto al futuro, pero ganó, a lo largo de décadas de afirmación externa, la proyección y la capacidad singular de la mediación internacional.

Con la crisis, la Universidad sufrió – como toda la sociedad – un atraso penoso y de muy difícil recuperación, que exige atenciones redobladas y urgentes.

El Derecho trata, con imaginación y tenacidad, de corresponder a la velocidad vertiginosa de la nueva era digital, sin perder las referencias de las anteriores. Pero, al igual que la política, con instituciones internas y externas necesitadas con urgencia de sustitución o, al menos, de renovación.

Entretanto, la imparable actualización tecnológica sutilmente transformaba al Profesor de Derecho – como a cualquier profesor – en especialista en el manejo de formularios casi cotidianos sobre la víspera, el día actual y los que le seguirían, antes incluso de tener tiempo de centrarse en lo que iba a enseñar. Servicial contribución para evaluaciones cuantitativas y cualitativas, unas de alcance cercano, otras para el balance histórico, que los herederos que vengan, si existen, harán hastiados.

En esta década, que hasta nosotros llega, alcanzaba y sobrepasaba el candidato a jurista de 1966 los cuarenta años de Universidad. Y comprendía cómo el más rebelde, iconoclasta y despierto a lo nuevo y lo diferente no conseguía frenar el andar del tiempo, la nostalgia de la ausencia de casi todos los que lo habían antecedido y formado e incluso de tantos de sus contemporáneos, y la legítima impaciencia de los discípulos, siempre atentos a la plaza vacante, cada vez más avara, clave para sus expectantes proyectos de existencia.

Continuaba pensando en el futuro, pero – a partir de cierto momento – meditaba cómo ya era el último mohicano en activo licenciado y posgraduado en la prehistoria, testigo, como docente, de los tribunales mixtos y basistas de la Revolución y protagonista de prácticamente todos los debates, todas las reformas, empezando por las comisiones de planificación y reestructuración de 1975 y 1976, hasta más de la mitad de la segunda década del nuevo siglo.

No le faltaba la capacidad de soñar. Le faltaban - eso sí - tiempo y modo para esos sueños.

Magnífico Rector,

Excelencias,

Señoras y señores,

Siento haber abusado de su paciencia.

Pero sólo así podría dejar en vuestro espíritu la imagen de una vida de 52 años de académico - largamente profesor, estudiante siempre - de Derecho en esta Casa. Tal como la viví.

Con pasión. La pasión de no perder un instante de los sucesivos tiempos del Mundo, de Portugal, de la Universidad y del Derecho.

Al caminar hacia el final de una verdadera aventura, ¿Cómo no agradecer a esta Universidad la vida inolvidable que me proporcionó?

Más que eso, cómo no agradecer las decenas de Maestros que la Universidad me descubrió, los cientos de colegas -docentes y no docentes - que me reveló, los ciertamente más de dos decenas de miles de alumnos que llenaron los mejores momentos de esa incesante aventura.

La Universidad, mi Universidad, fue siempre mi bastión, mi casa-Mater, mi refugio secreto.

Todo cuanto hice o hago, en tantos otros dominios, lo hice desde ella y por causa de ella.

El Profesor, que, por ser Profesor, lo era en las lides cívicas.

El Profesor que, por ser profesor, lo era de más oyentes que los que cabían en el anfiteatro nº 1 de la Facultad.

Y lo era, a la manera en que Sebastián de Gama, que -me recordó esta mañana una antigua alumna, hoy profesora- escribía en uno de sus diarios:

«En el sumario, puse así: “Charla amena con los muchachos”. (...) Sé cosas que ustedes no saben, del mismo modo que ustedes saben cosas que yo no sé o ya he olvidado. Estoy aquí para enseñar unas y aprender otras. Enseñar, no: hablar de ellas. Aquí y en el patio y en la calle y en el tren y en el jardín y donde quiera que nos encontremos».

Y después de cada incursión fuera de ella a mi Facultad regresaba, siempre, sin excepción - jubiloso o deshecho, pues ella era la verdadera vocación de mi vida.

Le estaré agradecido por siempre.

Pero, callado el académico, es importante que una palabra final pertenezca al Presidente de la República, esa es de esperanza.

Esperanza en el futuro de esta Universidad.

Esperanza para el futuro de todas las universidades portuguesas.

Esperanza en el futuro de la Educación como garantía de libertad, de igualdad, de solidaridad.

¡Esperanza en el futuro de Portugal!

 

Resumen: En este texto, el Presidente de la República de Portugal, Catedrático de la Facultad de Derecho, expone su última lección, con la que se inauguró el curso en la Universidad de Lisboa. En ella repasa los hitos principales de su vida académica y los encuadra en las transformaciones políticas y sociales experimentadas durante esos años.

 

Palabras claves: Universidad, Derecho, Portugal.

 

Abstract: In this text, the President of the Republic of Portugal, Professor of the Faculty of Law, presents his last lesson, given to inaugurate the academic course at the University of Lisbon. In his essay, he reviews the main milestones of his academic life and frames them in the political and social transformations experienced during those years.

 

Key words: University, Law, Portugal.

 

Recibido: 8 de enero de 2019.

Aceptado: 8 de enero de 2019.