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La pradera de San Isidro (1788). Francisco de Goya
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Filosofía en
Blog de Luis Sáez Rueda
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Habitar la Tierra: entre hábitat y morada
Podemos conocer las condiciones que hacen posible la vida y,
sin embargo, sentir que perdemos nuestro lugar en el mundo.
La Tierra es hábitat, pero también morada: un mundo de sentido.
¿Qué implica esta doble condición para pensar la crisis ecológica?
Los espacios de la naturaleza son para el ser humano dos realidades heterogéneas pero unidas inseparablemente. O mejor: los espacios constituyen una realidad de dos caras distintas pero ineludiblemente vinculadas entre sí. Por un lado, son un medio ambiente o hábitat, es decir, sistemas físicos y orgánicos en los que desarrollamos nuestra vida biológica, transformándolos e incrustando en ellos habitáculos artificiales, pueblos, ciudades. Pero, por otro lado, los espacios naturales son también moradas, es decir, mundos de sentido que habitamos y que tienen un significado en nuestra existencia. Es imposible romper esta relación ambivalente y complementaria, esta estancia dúplice en el planeta: nuestra vida biológica y nuestra vida como experiencia existencial. No tenemos ni vida meramente biológica —sin un habitar existencial—, ni exclusivamente una existencia habitable —más allá de la vida biológica. Nuestra realidad es la de una bio-existencia.
Se pone de manifiesto con esto que la ecología posee un lazo profundo con la ontología. «Ecología», que procede de los términos griegos oikos (casa) y logos (razón, estudio), significa, de modo abarcante, estudio del hogar. Desde el punto de vista de la biología, es actualmente el estudio de los ecosistemas, espacios en los que se relacionan diferentes seres vivos entre sí. Que entre ecología y ontología siga existiendo un lazo implica, al menos, que el concepto biológico de «ecosistema» no pierda la densidad ontológica del término «hogar», pues si lo perdiese no podría ser utilizado para incluir también la vida humana. Expresado de una forma sencilla, la ontología es el estudio del modo de ser de las cosas, del modo en que son. Desde este punto de vista se podría decir que el ecosistema global de la Tierra entera tiene, para el ser humano, el modo de ser de un hogar, de una morada.
Pinos y rocas (1897). Paul Cézanne |
Hay toda una historia del habitar por la que ha sido transmitida esta experiencia. No en vano su ascendiente griego, oikeîn, tenía el significado de residir, de incorporarse al lugar que nos sirve de casa. Y la casa, el oikos, es el espacio familiar no sólo porque albergue a la familia biológica, sino fundamentalmente porque cobija y acoge, proporcionando una globalidad de sentido en la que es posible sumergirse en confianza. Pero este matiz está más presente en el término oikía, morada, que implica también lo propio, en el sentido de lo que ya no es extraño y es vivido con proximidad. El sentido que posee la acción de habitar adquiere contornos más precisos si lo relacionamos con la palabra «morada», que designa el espacio convertido en habitable. En ella vibra la experiencia de haber encontrado, a través del estrépito de la vida, un «lugar de referencia» para todos los movimientos. Es refugio al que se vuelve siempre desde las eventualidades y riesgos de la contingencia mundi. Espacio de retorno, por así decir, del viaje que constantemente hacemos en la turbulenta exterioridad de la existencia. En sintonía con esta connotación de regreso o de re-integración está la etimología latina, que nos remite al verbo morari, detenerse, de donde procede también nuestro demorarse. La morada, en efecto, es el espacio de apaciguamiento que se hace necesario en el seno del vértigo vital, del ajetreado y convulso ritmo del tiempo.
Hay una Tierra cuantitativa y otra cualitativa. Como hábitat, resulta medible y geometrizable. Pero es imposible habitar la geometría y nunca dejará de ser cierto que los seres humanos no podemos permanecer mucho tiempo en un lugar sin convertirlo en una especie de hogar. La eco-logía se compromete así con la defensa de la naturaleza como morada. Resulta complicado imaginar cómo podría llevarse a cabo este compromiso. El habitar no es construible y, por consiguiente, un objetivo formulable en los términos de una reivindicación socio-política. No hay medidas posibles al respecto. Solo cabe habitar a través de una especie de salto cualitativo. La vivencia del territorio envolvente como morada implica una transformación cualitativa del modo en que el ser humano plantea sus metas y propósitos. Y a lo cualitativo no se puede llegar a través de lo cuantitativo, es decir, por medio de un progreso concebido y experimentado como crecimiento en cantidad.
Todos los pueblos han experimentado oscuramente la cualidad de los espacios y los han poblado de símbolos y rituales. Hay, pues, una Tierra cualitativa que subyace a esa otra que tiene «masa» y que es susceptible de medición. Cuando identificamos a la Tierra con el planeta que lleva este nombre en el sistema solar la estamos abordando desde el punto de vista de la cantidad: gira a una velocidad, pierde un número de especies vivas al año o experimenta un calentamiento global. Y esto es completamente necesario. ¿Cómo, si no, comprobar el grado de la destrucción que ejerce nuestra especie y luchar por un objetivo claro? Pero nunca deja de ser esta Tierra, además, una de carácter cualitativo. No viajará el ser humano a otros planetas sin transformarlos, a los dos pasos de posarse en ellos, en espacios virtualmente habitables, es decir, en moradas.
¿Dónde está, en consecuencia, esa Tierra que es habitable? Está en todos los «lugares»: allí donde esté el ser humano. Esta Tierra ubicua tiene la cualidad de subsistir por doquier en el Universo y bajo todas las «tierras materiales» que alcance la aventura humana. Todas ellas la presuponen como una profundidad que afecta corporalmente: no es «esta tierra» o «aquella tierra», sino lo telúrico.
Pero el ser humano es errante, lo hemos dicho varias veces. Toda morada, por eso, es una meta más que una realidad actual y plena. Si la casa puede convertirse en residencia concreta, la morada se busca. La morada no tiene, en efecto, un sentido estático, como si designase el estar en un lugar intachable e impoluto. Por eso, morar no convierte en sacrosanto un «lugar natural», una tierra o una patria. Significa, más bien, aspirar al «lugar propio» o, de otro modo, tenerlo siempre, pero en constante redefinición, lo cual se hace en el camino o en la navegación que es el devenir de la vida. Tiene el modo de ser de una «parada» in media res —en medio de las cosas—, pero que se renueva a cada paso y se mueve con ellas, entrando en pugna con el tráfago voluble que las anima. La morada completa nunca está al alcance de la mano. Se logran expresiones suyas concretas que se alzan y acaban sucumbiendo para renacer una vez más y bajo otro aspecto. De ahí que esté siempre en tensión y lucha con lo inhóspito. Pensada como un remanso pleno, se convierte en una promesa infinita, en una paz lejana en medio de la tormenta que nunca llegará pero que permite atravesarla. Ulises, el viajero quizás más arquetípico de nuestra civilización occidental, regresa a su morada, Ítaca, tras la guerra de Troya, «luchando por sí mismo y su vida», esquivando las emboscadas de Circe o de Medusa y las numerosas obstrucciones de Poseidón. Alejado de todo, como sin mundo, «erraba de vuelta» (Homero, Ilíada, canto I, 10).
Ulises y Circe (1580-1585)- Bartholomeus Spranger |
Desde este punto de vista, se podría decir que el ecosistema global de la Tierra entera tiene, para el ser humano, el modo de ser de un hogar, de una morada. Esto no quiere decir, por supuesto, que la ecología científica deba encontrar la forma de utilizar el lenguaje ontológico. Sería necio pretender que la biología se pregunte cómo los seres vivos «habitan» los ecosistemas o que la medicina, cuando investiga el cuerpo humano, haga algo parecido refiriéndose a los órganos, sus funciones y sus relaciones. Entre ciencia y ontología no puede haber confusión, sino complementariedad. No hay razones para pensar que la vida humana esté cerrada a un análisis científico. Pero tal análisis es insuficiente. Es imposible entender la relación humana con el medio natural mediante las exclusivas herramientas de la ciencia. Esa relación exige, al mismo tiempo y con el mismo derecho, una aclaración ontológica de este humano modo de ser en los espacios naturales que es el habitar, por el cual se puede afirmar que la Tierra es también una morada. Y esto quiere decir que el ecologismo, en su acepción esta vez no científica, sino socio-política, es decir, en cuanto movimiento crítico ligado al problema de la destrucción de los ecosistemas de la Tierra por el ser humano, no puede desprenderse de los planteamientos ontológicos. O vincula sus luchas con la ontología filosófica o no llegará a abordar de frente el problema central del dinamismo autófago que adopta la vida humana en el presente
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