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Les grandes Baigneuses (1894). Paul Cézanne

“No puedo encontrar el centro ¿En torno a qué […] debo agruparlas a todas? ¿Dónde comienza y dónde acaba la línea de los cuerpos y del paisaje? […] Son todo uno. No hay centro. Pero yo quisiera como un agujero, una mirada de luz, un sol invisible que aceche todos mis cuerpos, los bañe, los acaricie, los intensifique […]”. Joachim Gasquet, Cézanne. Lo que vi y lo que me dijo, Gadir Editorial, 2005, p. 67.
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Pérdida de excentricidad: existencia fatídica

Enero 23, 2026



Aunque ya he ofrecido un esbozo del modo en que comprendo la «condición errante» del ser humano, me gustaría profundizar un poco más en esa idea con el fin de precisar mejor qué significa que, contra esta condición humana, los poderes del presente estén provocando una pérdida de libertad sin precedentes. Esta pérdida consiste, en el fondo, en la sustitución de la propensión viajera, errante, de los seres humanos por su encierro centrípeto en el círculo de lo que podríamos llamar «existencia fatídica».

El ser humano es un ser del "entre" o "intersticio" entre mundos, como mantuve en Ser errático. Una ontología crítica de la sociedad. Pero esta condición intersticial de la "erraticidad" no significa que nuestra especie ande a la deriva y sin rumbo. Significa, fundamentalmente, que somos excéntricos a cualquier mundo concreto, como he sugerido también en otras ocasiones. H. Plessner ha mostrado con acierto, desde una fenomenología de la vida, que el ser humano es excéntrico. Le es inherente, en su terminología, una posicionalidad céntrica, es decir, un estar «posicionado en sí mismo», recogido respecto a sí. Pero esta centricidad de su ser siempre está siendo trascendida por su más radical «posicionalidad excéntrica», expresión también del autor. En la medida en que es una incógnita para sí mismo y se convierte en su propio hacedor, está más allá de sí. En realidad, su centro no está en parte alguna de su experiencia, pues existe lanzado virtualmente hacia adelante, de manera que vive tácitamente en una autoanticipación permanente: se busca y se autotrasciende en todos sus actos1.

Me parece que Plessner lleva razón, y que esta condición excéntrica del ser humano implica que no es una identidad consigo mismo, sino una incoincidencia y un exceso. Esta condición no le impide experimentarse inserto en el mundo, por supuesto, como miembro de un todo más amplio. Ahora bien, al mismo tiempo lo extrae de él, lo sitúa más allá de su circunstancia. Es este preciso aspecto en el que incide M. Scheler cuando describe la excentricidad humana como ese carácter suyo esencial por el cual el «centro desde el que lleva a cabo sus actos (…) no puede ser él mismo una “parte” del mundo». El hombre es excéntrico porque «es capaz de remontarse sobre sí (…), partiendo de un centro que está, en cierto modo más allá del mundo»2. Y bien, si apuramos lo que dice Scheler, se podría añadir que este «más allá del mundo», que es un «trascender», va acompañado de un «estar extraditado». Nos lo sugería Ortega y Gasset: la excentricidad, que, según él, es el «alma misma», hace del ser humano un «desterrado del resto de las cosas», «en trágica secesión de la existencia unánime del Universo»; hace de él un «tránsfuga del mundo»3.

¿A qué conclusión conducen estos pensamientos? No cabe duda de que a la siguiente: hombre y mundo están en discordancia; hay una incoincidencia entre el ser humano y el mundo. Pues bien, me gustaría ahora puntualizar que la excentricidad es un fenómeno tensional. El extrañamiento excéntrico, al desterrarnos del ser, también nos sumerge en él, de manera que nuestra distancia coincide, por su envés, con una profundidad. Nuestra cima es la otra cara de la sima en la que existimos. Todo cuanto nos rodea nos extraña; somos seres extrañados. Y solo a la luz de este extrañamiento primordial vivimos el mundo como algo profundo que nos acoge. Se trata de una paradoja, porque, al mismo tiempo que pertenecemos siempre a un mundo, experimentamos una distancia en su propio centro: no estamos en el mundo como el agua en el agua. La excentricidad humana es la extradición en el seno mismo del ser. Se nos hace patente así nuestra orfandad, nuestro terror, incluso —como decía Pascal—, en el silencioso interior de los espacios infinitos. Estamos extrañadamente lejos del mundo y, al mismo tiempo, inmersos en el ser, como misterio que nos envuelve entrañablemente.

Pinturas excéntricas (2025). Ksenia Odintsova

Lo decisivo aquí es nuestro ser tensivo, es decir, la tensión entre nuestra centricidad y nuestra excentricidad. Cuanto más vital se hace la extrañeza, más profundo aparece el entrañamiento. Los parajes naturales, por ejemplo, que más nos impresionan y dejan perplejos son también esos en los que más nos experimentamos acogidos. El «ex» expresa siempre una tensión.  No hay propiamente extrañeza, sino tensión entre extrañamiento y entrañamiento. No hay meramente excedencia, sino tensión entre un exceso hacia afuera o hacia lo alto y un exceso hacia lo profundo. No existe lo excéntrico, en fin, unidireccionalmente, sino la tensión entre dos excentricidades disímiles e inversas: la excentricidad que nos remite del ser hacia nosotros como extraditados y la excentricidad que nos extrae de nosotros hacia el ser en cuanto inmersos en él. Se trata de una «excentricidad tensiva». Es una discordia concors: diástole de sustracción, que es desalojo, extravío y soledad; sístole simultánea de entrega, inmersión, pertenencia.

Es esta excentricidad tensiva lo que impide que el ser humano constituya una unidad consigo mismo, un Mismo, o una Identidad respecto a sí y con el ser.

En nuestra época el ser humano está perdiendo la excentricidad y, con ella, esa errancia que lo dinamiza. Hay procesos que han escapado a la voluntad de gobiernos y colectivos, convirtiéndose en fuerzas ciegas, en inercias que propenden a actuar con la rigidez de las leyes. Se trata, como vengo defendiendo, de tres poderes: el capitalismo, la compulsión procedimental y el espíritu de cálculo. Estas fuerzas ciegas que se extienden en la actualidad se oponen directamente a la libre actividad que implica la excentricidad del ser humano y su condición errante. Debido a ello, crece en el presente una experiencia nihilista a la que llamaría vida fatídica. Es la experiencia inconsciente de una vida dirigida por dinamismos que ya no tienen una forma identificable, por lo que ya no nos sorprenden y extrañan. La vida fatídica es la asfixiante vivencia de estar sujetos a una regla inexorable que carece de rostro y frente a la cual no podemos extraditarnos.

Y no se trata de una experiencia que tiene su lugar privilegiado de nacimiento en los individuos y sus biografías singularísimas. ¿Quién sufre en nosotros, en efecto, esta experiencia de atadura? ¿Quién alberga el sufrimiento que produce la sujeción a fuerzas ciegas? Ningún «yo» individual y personal se vive a sí mismo como centro de estas potencias inerciales. El sujeto concreto se experimenta, por el contrario, como punto de llegada de estas, aunque no les encuentra ninguna figura reconocible para expresar ante ella el extrañamiento.

La gallina ciega (1789). Goya

La frustración y la falta de libertad se expresan de modo irrepetible en cada ser humano singular, por supuesto, pero, cuando adormecen la excentricidad, no afectan primariamente a las existencias concretas, sino a una condición de lo humano en cuanto tal. Se estructuran, por eso, en la forma de movimientos originariamente impersonales que proceden al margen de los individuos concretos. Tienden a convertirse en grandes leyes de la vida social y, como todas las leyes, actúan sobre lo singular pero gobiernan de manera universal.

Señalaba Adorno, ya en los años sesenta del pasado siglo, que cualquier poder ejercido sobre el ser humano lleva en sí la contradicción de que, necesariamente, se aplica sobre cada individuo particular y, al mismo tiempo, niega la individualidad del individuo, al convertirlo en «subsumible», es decir, en «caso» de una regla general. El dominio penetra en cada alma, por supuesto, pero a costa de robarle su peculiaridad y de igualarla, junto al resto, en una totalidad reglamentada que ya no tiene un sujeto. Alcanza al individuo concreto solo a condición de prohibirle su más íntima singularidad, efecto que logra a través del «principio de convertibilidad», el principio que hace equivalentes a todos y cada uno allanándolos en un desubjetivizado todos y ninguno: en un sujeto anónimo4.

La vida fatídica, pues, se imprime en cada rostro humano concreto disolviéndolo, al unísono, en una globalidad sin-rostro. Nos sumerge en un nosotros deshumanizado. Quien sufre el efecto de las fuerzas ciegas y de las técnicas que lo acompañan no es originariamente el yo personal. Es, ante todo, un «nosotros impersonal», más allá de los mundos subjetivos y de los espacios privados del psiquismo, más profundo que cualquier inconsciente individualizado. Nuestra condición excéntrica nos impulsa a trascender todo centro, todo mundo con perfil y fronteras. Pero no hay excentricidad posible respecto a una realidad completamente imprecisa, informe, ilimitada. Las fuerzas ciegas que hoy nos alcanzan gobiernan al mundo desde «todas partes» y, por eso, «desde ningún lugar». Su potencia y eficacia radica en que se presentan de un modo tan inconciso y deslocalizado que la excentricidad humana no encuentra suelo desde el cual llevar a cabo su trabajo de descentramiento y trascendimiento. Esta impotencia de la excentricidad es la angustia oculta de nuestra época. A esto es a lo que he llamado, desde este y otros puntos de vista, agenesia, impotencia para crear: para crearse una vida propia y para crear una nueva tierra. Y, como todo esto proviene de un «nadie» en nosotros, hay tanto interés en teorías conspiranóicas, que no pretenden otra cosa que huir de la realidad, imprimiéndole a ese nadie un agente con rostro humano.

¿Cómo puede ser transformada esta existencia fatídica, si ella misma elimina al sujeto que podría hacerlo? No cabe duda de que solo la intensidad del malestar colectivo, una determinada intensidad que no podemos aún imaginar, podrá movilizarnos. Mientras tanto, embaucados por los cantos de sirena del progreso, nos hacemos víctimas de una espera infinita.




Notas

  1. 1. Plessner, H., Los grados de lo orgánico y el hombre, Granada, Universidad de Granada, 2022, p. 234-235.
  2. 2. Scheler, M., El puesto del hombre en el cosmos, Madrid, Gillermo Escolar, 2021, pp. 137-138.
  3. 3. Ortega y Gasset, «Ensimismamiento y alteración» (1939), en Obras Completas, Madrid, Taurus, vol. V, p 583.
  4. 4. Adorno, Th. W. Dialéctica Negativa, Madrid, Taurus, 1975, p. 180.


Sobre esta cuestión
Portada del libro Ser errático
Luis Sáez Rueda
(Nihilismo, patologías de civilización y crítica de la sociedad actual)
Ver capítulos 5.1 y 5.2.
Sobre esta cuestión
Portada del libro Ser errático
Luis Sáez Rueda
(Crisis ecológica y filosofía de la naturaleza)
Ver capítulos 8.2 y 9.1.




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