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La gloria del pueblo (1895). Antonio Fillol Granell (Valencia, 1870-1930)
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Blog de Luis Sáez Rueda
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La herida invisible de lo común: escisión entre comunidad y pueblo
Marzo 30, 2026
Los seres humanos somos sociales por naturaleza. Es una verdad incontrovertible. Pero ¿qué es una sociedad? Se puede responder a esta pregunta desde muchos puntos de vista y hay uno que nos interesa aquí. A nuestro entender, toda sociedad es una tensión interna entre dos rostros suyos: la comunidad y el pueblo. La primera es céntrica, el segundo excéntrico. Si no, ¿cómo iba a dinamizarse un colectivo humano? ¿Cómo podría devenir, cambiar, revolucionarse a sí mismo, si no fuese ya, en lo más profundo una tensión como el arco o la lira?
Había una vez un conjunto de pueblos, en deslizamientos: serpenteos en el desierto. Cada uno de ellos tenía en común una cultura, en la que vivían como el agua en el agua. Pero el intermedio entre ellas era turbulento; estaba tan disuelto en esa diversificación, que se asemejaba a un acervo de impresiones volátiles. Un día un personaje con alma de líder y con un sueño en la sien, presintiendo el peligro que acecha a toda multiplicidad desbaratada, los unió, con la esperanza de procurarles un refugio seguro. Formaron entonces una comunidad, en la que lo en común proliferante encontró una fuerza de intensidad desconocida hasta entonces, a condición de mantener un movimiento entrópico de convergencia. Surgió así un en-común misceláneo que, durante cierto tiempo, se mantuvo alegre y vivo en un hospedaje. Se sucedieron los líderes en generaciones hasta que uno, elegido precisamente por ellos, formó un gobierno articulado y complejo, encargado de atender a esos frentes tan variopintos con los que alguna vez ha de confrontarse una sociedad amplia y desarrollada. La morada de aquellos seres humanos experimentó un ser-en-común más vasto y menos volátil. Era un gran pueblo, prácticamente indiferenciable ya respecto a la comunidad que formaba. La pluralidad caótica de pueblos se transformó en una especie de hogar comunitario.
En tales circunstancias, y tras cierto tiempo, algunas veces de calma, otras de desasosiego, un dictador escondido tras la tribuna de ministros tuvo un sueño, como todos los líderes anteriores, pero esta vez se ensimismó en él y lo proclamó como defensa necesaria ante imaginarios enemigos. En realidad era su propio sueño, separado del pueblo y dedicado a la bonanza y grandeza de su diminuta comunidad familiar. La comunidad general sufrió desde entonces el espasmo de una extracción de libertad, aunque al principio solo de modo inconsciente. Durante este inicial espacio de duermevela manifestó un comportamiento conforme con aquello hostil que contrariaba su dignidad, porque el sueño del amo había sido asumido por ella de modo imperceptible e incorporado a su estancia como algo propio. Pero la presión del déspota creció hasta tal punto que surgió en la comunidad el presentimiento de su captura: experiencia de una falta, de una carencia, de una ausencia de arraigo. Esto es lo que se llama "malestar colectivo".
Al mismo tiempo, en el envés del sentimiento de comunidad, otra experiencia se abría paso, una muy peculiar sin la cual no se habría producido nunca una real toma de conciencia explícita de la situación: la del desengaño. El desengaño, esa melancólica experiencia barroca que produce el despertar justo cuando tiene lugar un vaciamiento del mundo, justo cuando —como dice Gracián— se nos desvela una verdad invertida, la de que «todo cuanto hay se burla del hombre: el mundo le engaña, la vida le miente, la fortuna le burla» (El Criticón, I, crisi séptima). Esto fue lo que, poco a poco, despertó al pueblo, que había dormido hasta entonces en el regazo de la comunidad. Y este pueblo, que al principio era completamente invisible, tomó cuerpo y se levantó contra el poder, para deshacer el miserable ser-en-común con el que se había fundido y salir de él. La situación tenía que explotar. Y explotó. El resto ya lo conoce el lector: las brutales y sangrientas cargas del aparato policial, las mentirosas promesas de un cambio de régimen que nunca llega, la hipócrita y cobarde sumisión de alguna plebe, que es una parte de pueblo que se hace fascista…
La experiencia de desengaño no tiene un carácter carencial, aunque el término incline a interpretarlo así. Es, más bien, un saber aporético acerca de la verdad de la falsedad del mundo y de lo insoportable de esa verdad, un saber que emerge de una potencia positiva —de la libertad frente al mundo, capaz de posibilitar el tirón hacia una posible decisión— y de un arrojo hacia lo infinito contenido en toda finitud . Hacia lo infinito, porque toda finitud tiende a autotrascenderse sin límite. Surge de una excentricidad espoleada por la interminable tensión hacia la ex-tradición. El infinito aspirado, por supuesto, carece de figura concreta. Jamás se hará presente. Y de ello hay que extraer la advertencia de que el mencionado tirón del pueblo no garantiza en modo alguno la mayor bondad de aquello hacia lo que conduzca concretamente. La fuerza benefactora del pueblo no radica en sus esporádicos y bienvenidos aciertos fácticos, si los hubiere, sino en la inagotable exuberancia, trágica en el sentido elevado del término, de su impulso interno: el de hacer presente lo im-presentable, el de hacer posible lo imposible necesario.
Comunidad y pueblo no están uno contra el otro como formas antagónicas de la sociedad. Son, más bien, haz y envés, anverso y reverso, irreductibles entre sí y, paradójicamente, inseparables. Se relacionan como la centricidad y la excentricidad: en la forma de una tensión.
La comunidad es el lugar de un habitar, de un ser-en-el-mundo, de una incorporación de los individuos concretos en la centricidad de un mismo círculo mágico: el de un territorio, un modo de vida y una organización política. Por el contrario, el pueblo, debido a su excentricidad, resiste al habitar desde el interior de éste, pues se reconoce extraño en cualquier hospedaje concreto y, por más que tenga el destino de transitar por uno u otro, experimenta, como D. Quijote, que no pertenece a ninguno en particular y que su lugar natural es estar fuera de lugar, es decir, en camino. La sociedad humana es errante en su espíritu. Si la comunidad anhela un hogar propicio para su modo de vida, una morada donde poner al abrigo sus tesoros culturales, su mundo simbólico y su hacer político, el pueblo tiene los ojos puestos en el carácter insólito de esa oportunidad, de esa (extraña por imposible) idoneidad, y no puede evitar el sabor amargo de su gratuidad. Por eso no deja de escapar furtivamente al habitar, buscando la intemperie. El pueblo vive siempre en la comunidad, pero hurtándose a ella en el mismo acto. Lo común encierra, así, la larva del des-común, de forma tal que vivir-juntos no es ni lo uno ni lo otro, sino ambos en su productiva discordia: comunidad a la que se pertenece y a la que jamás se pertenecerá del todo, porque es negada en su interior por el empuje del pueblo; pueblo que se extradita sin cese de la comunidad y que no será nunca un lugar signable y presente de extradición. En realidad, el pueblo verdadero, el profundo, permanece informe e invisible a pesar de todas sus encarnaciones, pues es ante todo una potencia y un huracán.
Pero la comunidad, bien pensada, también posee un exceso invisible, porque el habitar que promete es una tierra a la que el pueblo quisiera siempre volver, aunque eso es imposible: no hay origen. Todo colectivo es, pues, como el ancho mar en el que boga el navío de Ulises. La comunidad no está todavía; siempre está lejos, centellea en el corazón del héroe cuando en la proa encara la lejana y esperada Ítaca, que siempre está con él, aunque sea con esa extraña presencia que poseen las cosas ausentes. En su envés, el pueblo que él ejemplifica renace firme e insistentemente en su mirada vuelta hacia atrás, hacia el lugar del que parte su nave, cuando contempla lo que abandona sin saber lo que le espera en la siguiente tierra. La tensión entre sus dos rostros no acabará nunca.
La comunidad presente está sin pueblo y el pueblo presente está sin comunidad. Todo ello porque el hombre occidental (ante todo el europeo y anglosajón) ha sido envuelto por los poderes que él mismo ha desplegado y porque, en consecuencia, adolece de agenesia. No aspira ya a crear obras inmortales para la cultura, como quería Pericles, según se lee en su discurso fúnebre. Aspira al dominio sobre la tierra completa. Ha desarrollado así una excentricidad separada de la centricidad que lo coloca frente a la totalidad de lo existente como a un Gran Objeto al que hay que someter. De ahí que se estén debilitando los nexos entre centricidad y excentricidad, lo que constituye una verdadera disolución de la colectividad. Por un lado, una excentricidad separada de la centricidad, que se empecina en no asumir su relación con el mundo habitable, anhelando más bien domeñarlo. Por otro, una centricidad abandonada por la lucidez excéntrica y convertida en un centro cerrado de absorción —como si se tratase de un agujero negro cultural— de proporciones gigantescas, que tiende a asimilar y a digerir todo aquello que pueda constituir su otro, convertido ahora en un excéntrico opuesto (el sujeto de transgresión, tachado de loco; cualquier cultura diferente, tachada de incivilizada; cualquier proyecto de mundo político refractario y rebelde, tachado de iluso y poco práctico).
Sin pueblo, la comunidad da vueltas y vueltas a un mismo centro, organizando su vacío. Sin comunidad, el pueblo está desarraigado y aletea en lo imaginario: sueña que actúa, pero no actúa; dice que actúa y solo genera discursos; se determina a actuar y se queda inmóvil paladeando esa ficticia determinación. No necesitamos más comunicación. Necesitamos creación. Y solo vendrá, nos tememos, cuando su malestar haya crecido tanto que sea insoportable: un pueblo dormido solo despierta a causa de horrorosos padecimientos.
[Extracto, ligeramente alterado, de Sáez Rueda, L., El ocaso de Occidente, Barcelona, Herder, 2015, cap. 1, parágrafos 3 y 6]
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