DYNAMIS. Acta Hisp. Med. Sci. Hist. Illus. 2001, 21, 487-559.

Geoffrey TWEEDALE. Magic Mineral to Killer Dust. Turner & Newall and the Asbestos Hazard, Oxford, Oxford University Press, 2000, xx + 313 pp. ISBN: 0-19-829690-8 (hbk) [£ 40.00].


Como una víctima más incapaz de sustraerse al carácter contradictorio que implica el uso del amianto en el mundo contemporáneo —de mineral mágico aliado en el desarrollo industrial a agente morbígeno de primera magnitud—, mi relación con el libro de Tweedale oscila entre la admiración y el recelo. Admiración por cuanto Tweedale aborda de forma comprensiva y comprensible el complejo desarrollo de los problemas de salud laboral ligados al empleo del amianto en Gran Bretaña a lo largo del siglo XX. Y lo hace a través de la exploración del riquísimo archivo empresarial de la Turner & Newall —probablemente el repositorio con el que todo investigador sobre salud laboral habría soñado y que jamás se atrevería a imaginar— salido a la luz pública gracias a la demanda judicial interpuesta en 1995 por el Chase Manhattan Bank al coloso británico del amianto. Y lo hace con valentía y compromiso, reclamando para la historia un papel clave en el debate social. Ello explica que el propio libro fuera objeto de un estricto seguimiento por parte del equipo legal de la editorial en un intento de sustraerse a una anunciada demanda judicial. El tono cuasi-periodístico de la obra y el lenguaje accesible, empleados sin menoscabo de su rigor, facilitan la lectura del texto y confirman su clara intención de llegar a una audiencia más amplia que el público académico. 

No obstante, su lectura me ha generado un creciente recelo ante una forma de contar y unas preguntas al pasado —básicamente aquéllas que con-ceptúan los problemas de salud laboral y ambiental como «escándalos» de la sociedad industrial— que empiezan a consolidarse como género entre el cre-ciente número de estudiosos que en el mundo anglosajón prestan atención a los problemas de salud generados por el trabajo industrial. Este «género» propone un planteamiento del tipo problema-conocimiento-solución que con-vierte al conocimiento científico sobre los efectos perjudiciales de un proceso productivo o una sustancia en el nudo gordiano de la cuestión. Según este género, una vez alcanzada la «certeza científica» sólo sería cuestión de difundir dicha información a la población expuesta y regular la exposición y las even-tuales compensaciones. Semejante abordaje, amén de alimentar una lectura maniquea del pasado, roma a efectos de interpretación histórica y sociológica, deja indemne la naturaleza social del conocimiento científico y su función de mediadora social. Ahí es donde el libro de Tweedale flaquea de forma palma-ria, y ese es el punto en el que el debate social e historiográfico suscitados en el mundo anglosajón están necesitados de mayor tino. 

Las interpretaciones del tipo misconduct sobre «ocultación de conocimien-tos médicos de riesgos laborales y ambientales» a la población y los trabajado-res expuestos cumplen, a mi juicio, una función clave en sociedades «indolentes» con los efectos nocivos del trabajo como la nuestra. Si como afirma Tweedale (p. 288), los trabajadores del amianto son dobles víctimas, al perder su salud y ser objeto además de estafa por parte de un sistema político injusto y desigualitario, en el caso de los trabajadores españoles habría que hablar de damnificados por partida triple, al unir a lo anterior la indiferencia social ante su drama personal y colectivo. La lucha de los afectados, y el trabajo de centros y personas ligados al movimiento sindical como Ángel Cárcoba, editor de El amianto en España (Madrid, 2000), constituyen el único intento sólido de ampliar el debate social sobre salud laboral en nuestro país más allá de la obvia y flagrante siniestralidad laboral. No es esa, sin embargo, la situación en el Reino Unido. 

Los problemas ligados al amianto son percibidos en el mundo anglosajón, y muy especialmente en el Reino Unido, como un verdadero problema de salud pública. Ello es fruto del elevado número de afectados —el Reino Unido ostenta las mayores cifras de fallecidos en Europa por patologías ligadas al amianto y el número más alto de muertes esperadas en los próximos 35 años (1)— así como por la conciencia y alarma social suscitada por la aparición del mesotelioma entre poblaciones no expuestas laboralmente, convirtiéndolo en un problema que traspasa los límites de la fábrica. Sobre ese transfondo social, el debate historiográfico ha alcanzado un nivel de polarización y acritud impensable por estos lares. El debate se ha plasmado en artículos y comenta-rios publicados en revistas de la especialidad como Medical History, en reunio-nes específicas como la conferencia «Work, Health and Illness» celebrada en septiembre de 2000 en Exeter y, muy especialmente, en la aparición de sendas monografías que encarnan los dos planteamientos enfrentados. La que nos ocupa de Tweedale —historiador de la economía—, que sustenta la ya mencio-nada interpretación del tipo misconduct, y en cuyo bando también militarían otros autores enzarzados en la polémica como Morris Greenberg —antiguo inspector médico y responsable del Registro Nacional de Mesoteliomas del Reino Unido— y Nick Wikeley, catedrático de derecho, especialista en enfer-medades profesionales y autor de textos legales y trabajos históricos de especial relevancia sobre el tema (2). Y la monografía confeccionada por Peter Bartrip sobre la base de su particular acercamiento (¿por encargo?) a los archivos de la Turner & Newall, The Way from Dusty Death: Turner and Newall and the Regulation of the British Asbestos Industry 1890-1970 (Atholone Press, 2001, no disponible en el momento de redactar estas líneas). Bartrip, historiador con una larga espe-cialización en la legislación protectora del trabajo británica (3), postula una visión más contextualizada de los riesgos y defiende que las medidas adoptadas estuvieron acordes con el estado de los conocimientos científicos (4). Su artículo «Too Little, Too Late?» (Medical History, 1998, vol. 42, pp. 421-438) inició la polémica tras calificar la posición de los autores antes mencionados de presentista, al basar su juicio sobre el pasado en la evidencia acumulada con posterioridad. Otro par de textos aparecidos en el año 2000 —básicamente en la línea misconduct— dan buena muestra de la vigencia del tema como objeto de investigación en el Reino Unido (5). 

El libro de Tweedale está estructurado en 11 capítulos que, sin perder el hilo conductor de la Turner & Newall, siguen un esquema cronológico desde la identificación médica del problema de la asbestosis en el primer tercio del siglo XX hasta la crisis financiera y laboral del coloso británico del sector a mediados de los ochenta, acosado por las indemnizaciones a los trabajadores y la crítica social, que culminó en su absorción en 1997 por la norteamericana Federal Mogul. El autor, como ya he mencionado historiador de la economía que contó con financiación del Wellcome Trust para desarrollar este proyecto, trenza en el primer capítulo una adecuada narración del complejo entresijo y desarrollo del sector productivo del amianto en Gran Bretaña y, por extensión, en el mundo. En su pretendido intento de confeccionar por vez primera una historia de una compañía o sector industrial británico desde el punto de vista de la salud ocupacional (p. x), me llama poderosamente la atención la escasa reflexión sobre los condicionantes del mercado laboral de la Turner & Newall, un elemento que además de ser clave en una empresa en expansión es espe-cialmente sensible al impacto de los riesgos laborales. 

Los capítulos 2 a 5 se ocupan de la descripción y análisis del funciona-miento del Asbestosis Scheme desde su puesta en marcha a comienzos de los años treinta hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El estudio de las distintas medidas médico-legales y técnicas ensayadas —vigilancia médica de los trabajadores, reconocimiento como enfermedad indemnizable y control de los niveles de exposición mediante unas regulaciones industriales— se combi-na con una minuciosa reconstrucción de las cifras de afectados, de su expe-riencia en la empresa de marras y del complejo proceso para optar a la declaración de asbestosis y recibir compensación. Tal combinación permite calibrar el alcance de dichas medidas y, lo que es más importante, las limita-ciones inherentes a su diseño y a su aplicación. Un diseño lastrado, como señala el autor, desde su propia génesis, al ser producto de la negociación entre los responsables gubernamentales y los empresarios del sector, sin apenas participación de los sindicatos. Así mismo, su aplicación limitada a sólo unos pocos procesos productivos del conjunto de los que empleaban el amianto condicionó sus posibles efectos. El autor desgrana con gran habi-lidad los distintos factores que contribuyeron a que el Factory Department, y por extensión la sociedad británica, subestimaran los riesgos del amianto. Igualmente minuciosa es su reconstrucción de las estrategias empresariales destinadas a minimizar el impacto de las medidas contempladas en el Asbes-tos Scheme. 

A vueltas de nuevo con la paradoja, en estos capítulos se aprecian de forma más llamativa las carencias del libro. El autor no problematiza en ningún momento la construcción del conocimiento médico sobre los riesgos laborales. Más desconcertante resulta su falta de atención al papel que la higiene industrial o los sistemas de compensación industrial juegan en las sociedades contemporáneas y el papel mediador que la ciencia juega en dichos procesos de negociación. Lejos de responder a un prurito académico —los objetivos del libros son muy ambiciosos, el tema amplio y complejo y, por tanto, las ausencias comprensibles—, las carencias señaladas condicionan, a mi juicio, algunos desatinos en la interpretación que el autor plasma en el capí-tulo final del libro. 

Los capítulos 6 a 10 están articulados como un suerte de ejercicio militar para mostrar el montaje, carga, pega y estallido de la bomba social que supuso el problema del amianto en el Reino Unido en la década de los ochenta. El relato muestra el papel determinante jugado por la opinión pública para redimensionar los problemas de salud ocupacional en el seno de la sociedades industrializadas. Aunque no sea la intencionalidad del autor, el relato también muestra como dichos debates afectaron al conocimiento científico sobre los riesgos del amianto, evidenciando los condicionantes sociales de su construc-ción. 

Tras la Segunda Guerra Mundial, la Turner & Newall alcanzó una posición hegemónica mundial en el sector, multiplicando sus niveles de actividad y la gama de productos manufacturados así como sus beneficios. Tales desarrollos fueron concomitantes con el aumento en la incidencia de asbestosis y el cúmulo de evidencias científicas que ligaron la exposición al amianto al desa-rrollo de carcinoma pulmonar —establecido sobre una base epidemiológica en 1955— y de mesotelioma pleural y peritoneal (en torno a 1960). La estrategia empresarial hacia los problemas de salud laboral cambió sustancialmente fren-te a la de los «viejos días». Si entonces los nuevos casos de asbestosis fueron sistemáticamente achacados a exposiciones realizadas antes de la entrada en vigor de las regulaciones industriales de 1931 —salvaguardando la pertinencia y bondad de las medidas adoptadas—, ahora tal argumento era difícilmente sostenible. La creciente crítica social y preocupación gubernamental sobre el problema, plasmada en el intento de intensificar las medidas de control y ampliarlas a nuevos colectivos laborales como el de los astilleros fue contrarres-tada en esta nueva etapa mediante campañas públicas sustentadas en la inves-tigación científica financiada y dirigida por la empresa a través del Asbestosis Research Council, creado en 1957. Sin duda un buen ejemplo del papel deter-minante que la industria puede jugar para lograr consensos en materias cien-tíficas sometidas a controversia. Se trataba, en cualquier caso, de una contro-versia de dimensión internacional en la que se vieron involucrados organismos estatales como la Public Health Authority estadounidense, que respaldaron posi-ciones más críticas. En 1964 la Academia de Ciencias de Nueva York organizó una conferencia internacional sobre los efectos biológicos del amianto que marcaría el rumbo de la percepción social y debate público sobre los mismos en los países anglosajones. Irving Selikoff, director del Laboratorio de Ciencias Ambientales del Hospital Monte Sinaí de Nueva York, tuvo un protagonismo destacado, contraponiendo a la investigación financiada por las empresas del sector, sus estudios elaborados a partir de registros sindicales. La amplia cober-tura mediática de dicha conferencia a un lado y otro del Atlántico «encendió la mecha» en el Reino Unido. La presión social obligó a empresas públicas británicas como British Rail a anunciar el fin del uso del amianto como mate-rial aislante en sus trenes. El problema de los estibadores portuarios, sometidos a exposición en las operaciones de carga y descarga de los sacos de amianto, fue el detonante de una revisión a fondo, 38 años más tarde, de las regulacio-nes industriales, con la fijación de un nuevo valor máximo de exposición al polvo de amianto. Al igual que en 1931, la fijación de un TLV (threshold limit value) más restrictivo (2 fibras/cc) no fue ajena a la negociación e influencia del sector empresarial, quien a través del Institute of Occupational and Industrial Hygiene, logró imponer unos valores compatibles con el mantenimiento del proceso productivo sin grandes ni costosas transformaciones. 

El problema se encontraba en un nuevo terreno, el de la imagen y la opinión pública, en el que el papel de los medios de comunicación fue determinante. A través del Asbestos Information Committee, la industria intensificó sus campañas públicas enfatizando el uso seguro del amianto o promoviendo la prohibición del amianto azul (crocidolita), empleado en escasa proporción, al que responsabilizó del mesotelioma. En el otro extremo, la prensa, la radio y de forma muy destacada la televisión contribuyó a forjar una clara conciencia colectiva de los riesgos del amianto. Por otro lado, la presión social, articulada a través de organizaciones de afectados —como el Asbestos Action Group o el movimiento encabezado por Nancy Tait a mediados de los setenta—, acabó forzando al gobierno laborista a realizar en 1976 un estudio nacional sobre el impacto en la salud causado por el amianto (Advisory Committee on Asbestos), cuyo informe final se hizo público en 1979. La iniciativa gubernamental con-tentó a la opinión pública aunque la falta de investigación científica indepen-diente de la industria —los sindicatos británicos jamás acometieron esa labor— condicionó unas recomendaciones finales (en la línea de reducir los valores máximos de exposición y estimular la búsqueda de productos sustitutivos al amianto) extremadamente conciliadoras, que apenas tuvieron impacto social. El fantasma del desempleo, convenientemente agitado por las empresas del sector, también jugó su papel para retrasar su puesta en marcha.

El deterioro de la imagen pública de la industria del amianto —y de su valor en bolsa— se precipitó con la emisión el 20 de julio de 1982 en horario de máxima audiencia del documental «Alice—A Fight for Life» (John Willis, Yorkshire Television), centrado en el caso de Alice Jefferson, víctima a los 47 años de un mesotelioma y que en su juventud trabajó durante algunos meses en la industria del amianto. La sensibilidad social se trasladó al terreno judicial y a la acción política. La empresa tuvo que hacer frente a un número creciente de indemnizaciones cada vez más cuantiosas a las víctimas, con mayor virulen-cia si cabe entre los trabajadores de las fábricas norteamericanas de la multi- nacional. El gobierno se vio obligado a poner en práctica las recomendaciones del Advisory Committee on Asbestos, que entraron en vigor en 1983. Las pérdidas del grupo se dispararon a comienzos de los noventa y en 1997 la Turner & Newall desapareció como empresa independiente. Ni que decir tiene que ello no ha supuesto la desaparición del negocio del amianto. Latinoamérica, la India, o los países del Sudeste Asiático siguen siendo suculentos mercados para la industria europea y norteamericana del sector. 

En el último capítulo de la obra, «An Acceptable Level of Death», el autor recapitula su interpretación de las raíces del «desastre» o «tragedia», y extrae las lecciones para el futuro, amén de llevar a cabo su particular ajuste de cuentas con los opositores en el debate historiográfico mencionado. Además de cuestionar la actitud empresarial, Tweedale incorpora en su análisis el papel jugado por los condicionantes sociopolíticos y por otros agentes sociales como el Factory Department, la clase política, los sindicatos y los científicos. El autor propone una explicación de corte básicamente marxista que aporta relativa-mente poco a la hora de explicar la cambiante percepción social del riesgo. Especialmente ingenua, cuando no desafortunada, me parece su valoración de las motivaciones de la «comunidad médica», a la que reprocha su traición a los preceptos del juramento hipocrático (p. 282). Su confianza en la neutralidad de la ciencia y el carácter objetivo del conocimiento —que le lleva a considerar como contaminaciones las incursiones de la industria en su financiación— lastran su intento interpretativo. En mi opinión, los estudios sociales de la ciencia permiten contemplar variables con mayor poder explicativo. En primer lugar, la visión tremendamente restrictiva que ha procurado la ciencia médica de los problemas de salud laboral. La necesidad de establecer una relación causal y el uso para su construcción de un modelo basado en el laboratorio suponen un claro reduccionismo en la dimensión del problema al excluir, entre otros, los condicionantes sociales y biográficos del trabajo. El del amian-to es, a mi juicio, un buen ejemplo de ello. En segundo lugar, el protagonismo exclusivo de los expertos médico-legales y técnicos a la hora de abordar los daños causados por la actividad productiva han constituido históricamente un obstáculo a la participación social en la evaluación de los riesgos y sus medidas correctoras. El prestigio y neutralidad que la ciencia ha otorgado a mecanis-mos de control como los niveles máximos de exposición —y el amianto fue la primera sustancia pulvígena para la que se fijaron— han limitado la toma de conciencia de una sociedad más atenta al papel de los expertos que a la propia determinación social de los riesgos laborales. 

Creo que los déficits de esta valiosa obra son extrapolables a la situación española. Una mirada a los trabajos de la Asociación de Historia Social confir- ma la escasa penetración de nuestras investigaciones para conformar el modelo teórico con el que se abordan las cuestiones de salud/enfermedad en el medio laboral. Por entrar al trapo de la propuesta del próximo congreso nacional de historia de la medicina, este sería mi reto para nuestra disciplina en el siglo XXI: desamiantar —valga la metáfora— y hacer permeables disciplinas como la historia económica o la historia del trabajo a las aportaciones de la historia y los estudios sociales de la ciencia sobre el carácter negociado y la naturaleza social del conocimiento científico. 

(1) PETO, Julian et al. The European mesothelioma epidemic. British Journal of Cancer, 1999, 79 (3/4), 666-672. 

(2) WIKELEY, Nick J. Compensation for Industrial Disease, Aldershot, Dartmouth, 1993. 

(3) Baste mencionar su clásico Workmen’s Compensation in Twentieth Century Britain. Law, History and Social Policy, Aldershot, Avebury, 1987. 

(4) En esta misma línea habría que incluir también a Robert Murray, antiguo inspec-tor médico, asesor de los sindicatos británicos (Trade Union Congress) en los años setenta y más tarde experto científico y perito en nómina de la Turner & Newall. Su trabajo «Asbestos: A Chronology of its Origins and Health Effects», publicado en el Bristish Journal of Industrial Medicine (1990, vol. 47, 361-365) ya provocó una primera «refriega» internacional que tuvo como principal oponente al norteame-ricano Barry Castleman, experto en salud ambiental y ocupacional, y autor de la «biblia médico-legal» en los casos de demanda de trabajadores del amianto, Asbestos: Medical and Legal Aspects (4.ª edición, 1996). 

(5) GORMAN, Tommy (ed.). Clydebank: Asbestos, the unwanted legacy, Clydebank, Clydebank Asbestos Partnership, 2000, que contiene algunas de las contribuciones presen-tadas a la National Asbestos Conference; y JOHNSTON, Ronald; McIVOR, Arthur. Lethal Work. A History of the Asbestos Tragedy in Scotland, East Lothian, Tuckwell Press, 2000, sobre la base de un muy interesante proyecto de historia oral con trabajadores escoceses de diversos sectores productivos expuestos al amianto. 

 

ALFREDO MENÉNDEZ NAVARRO Universidad de Granada