LAS PALABRAS Y LOS AFECTOS. SEMBLANZA DE JOSÉ TUDELA ARANDA
WORDS AND AFFECTIONS: A PORTRAIT OF JOSÉ TUDELA ARANDA
Francisco Balaguer Callejón
Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Granada y Catedrático Jean Monnet ad personam de Derecho Constitucional Europeo y Globalización
"ReDCE núm. 45. Enero-Junio de 2026"
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“Como en todos los viajes, las palabras debían ayudarme para entender más y mejor lo que veía. También para ayudar a una memoria que conoce los estragos del transcurso del tiempo”
Viaje a Irán, José Tudela Aranda
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“Nadie muere sin cumplir su destino” es una frase conmovedora en el contexto en el que más la conocemos los constitucionalistas españoles. Adquiere plenitud de sentido respecto de la persona a la que estaba dedicada y nos evoca las vicisitudes de quien llegó a ser, en la última etapa de su vida, el primer presidente del recién creado Tribunal Constitucional español tras la recuperación de la democracia[1]. Pero solo admite una lectura previa a la llegada de ese momento fatal en el que, de manera forzosa, el destino se cumple. Aun así, no puedo dejar de pensar en todo lo que le ha quedado por hacer y lo que podría haber sido el destino de Pepe Tudela si ese momento no hubiera llegado anticipadamente.
Nos queda el consuelo de que, en realidad, Pepe Tudela vivió varias vidas. No habría sido posible hacer todo lo que hizo sin multiplicarse, sin proyectarse en diversos ámbitos vitales que, en gran medida, eran complementarios entre sí. Tuvo la determinación, la capacidad y la inteligencia necesarias para generar nuevos espacios, especialmente en el ámbito de la cultura constitucional de nuestro país, a la que realizó una contribución extraordinaria. De esas varias vidas de Pepe hemos visto algunos rasgos en los textos que le han dedicado sus amigos desde el 7 de febrero y en las intervenciones del Acto que se celebró en su recuerdo el 1 de junio en las Cortes de Aragón. Acaso podamos revivir algunas de ellas si, como dijo allí Víctor Vázquez, somos capaces de recordar el futuro que Pepe imaginó.
Pepe nos dejó en plenitud, en el mejor momento de su vida académica e intelectual, cuando era previsible que pudiera recoger muchos de los frutos de lo que había sembrado. Las sensaciones de desconcierto y de pérdida se fueron sucediendo en los días posteriores a su muerte y las muestras de pesar llegaron desde muchos ámbitos e instituciones. En España, en un comunicado de la Casa Real se decía que “siempre recordaremos su contribución a nuestro país en su labor de jurista y su ejemplo de compromiso en la defensa del Estado de Derecho y las libertades fundamentales”.
En una relación que se puede consultar en el sitio Web de la Fundación Manuel Giménez Abad, instituciones y autoridades de muy diversas partes del mundo expresaron sus condolencias, desde Alemania a Uruguay, pasando por Austria, Colombia, Italia, México y otros países, además de algunas entidades internacionales y supranacionales. Por supuesto, un gran número de instituciones nacionales también lo hicieron, entre ellas nuestro Departamento de Derecho Constitucional de la Universidad de Granada.
El Acto que se celebró el 1 de junio en su recuerdo se inició con un documental sobre él que fue muy emotivo. Lo mejor que se puede decir de ese Acto es que parecía que lo hubiera diseñado el propio Pepe, si tenemos en cuenta la sensibilidad que se manifestó en la secuencia de sus imágenes, la incorporación de la música y las personas que participaron. Se me permitirá que mencione a la parte académica, Fernando López Ramón, Juanjo Solozábal, Diego Valadés y Víctor Vázquez.
También en el ámbito académico se han publicado un gran número de textos sobre la figura de Pepe. Entre ellos, el de Luis Pomed, el de Germán Teruel y Daniel Fernández Cañueto, el de Ana Carmona Contreras y Alberto López Basaguren, así como los de Ignacio Molina, Francesc de Carreras, Josep María Castellà y Manuel Aragón que, como director de la Revista Española de Derecho Constitucional, redactó el emotivo comunicado que suscribimos unánimemente toda la redacción y apareció en el número 136 de la revista. Por su parte, el número 31 de la revista Cuadernos Manuel Giménez Abad, publicado en el mes de junio, está dedicado a Pepe Tudela, con textos de Mario Kölling, Enriqueta Expósito, Fernando Reviriego y Yolanda Gómez Lugo. Mención aparte merece el reciente y muy sentido de Piedad García-Escudero, en el que justamente se hace referencia a “la comunidad, unida por lazos invisibles, formada por los numerosos amigos y seguidores de Pepe Tudela” [2].
En todos estos textos hay una descripción y una valoración de su obra, con la que coincidirá en gran medida la que yo voy a hacer aquí, teñida de un sentimiento profundo, porque en ellos late la amistad que los motivó y los inspiró. No son escritos formales, sino una expresión de pérdida, de duelo, de pesar por el amigo que nos ha dejado y con el que ya no será posible mantener las conversaciones que tuvimos sobre los temas que nos preocupaban. Ya no habrá más mensajes de WhatsApp, ni más llamadas que se prolonguen mientras pasamos revista a lo que ha ocurrido desde la última conversación telefónica con progresivo escepticismo, pero también con la voluntad decidida de seguir haciendo nuestro trabajo como constitucionalistas: someter a escrutinio lo que está sucediendo y ofrecer nuevas perspectivas de análisis y de comprensión de los problemas, como primer paso para proponer soluciones que permitan afrontarlos.
Pepe Tudela fue un jurista muy completo. A la amplitud de su formación contribuyeron dos circunstancias especiales. Por un lado, que procedía del derecho administrativo, en el que se formó, pasando de ahí al derecho constitucional y completando su formación como iuspublicista. Por otro lado, que trabajó desde el principio como un jurista práctico, en su condición de Letrado (desde 1986) y Letrado Mayor de las Cortes de Aragón (de 1995 a 2003), lo que le llevó a integrar una visión del derecho orientada a ofrecer soluciones técnicas para los problemas jurídicos y políticos de nuestro ordenamiento.
Esta visión se puede comprobar de manera muy precisa en su última obra[3], en la que ofrece una amplia relación de posibles soluciones a las deficiencias que señala a lo largo del libro. El análisis riguroso de las instituciones, que conducía a una percepción a veces muy negativa de su desarrollo en nuestro sistema constitucional, iba unido así a un espíritu positivo de ajuste futuro, con las propuestas que podrían contribuir a corregir su involución.
A su amplia formación jurídica Pepe Tudela unía una gran curiosidad intelectual, que le hacía ver el derecho dentro de un contexto más complejo que el del análisis formal de las normas (al que no renunciaba, entre otras cosas, por su calidad de Letrado parlamentario) incorporando referencias procedentes de la ciencia política o de la economía, por ejemplo. No hay que olvidar que, junto con la carrera de derecho en la Universidad Autónoma de Madrid, cursó también la de ciencias políticas en la Complutense.
Tenía, además, una cultura muy amplia que se manifestaba en su forma de escribir y en las referencias literarias e históricas que aparecían de vez en cuando en sus conversaciones o en sus intervenciones. Esa vertiente cultural completaba el armazón intelectual del gran jurista que fue. Su curiosidad intelectual se manifiesta en la extensión de su obra que, entre libros, artículos y capítulos de libro está en torno a las doscientas publicaciones (sin contar los más de treinta libros que coordinó) y en la apertura temática de esos trabajos, que evidencian también su evolución como jurista, desde el derecho administrativo especial al derecho autonómico, pasando por el derecho parlamentario y otras muchas temáticas de derecho público.
Destacan las referencias de derecho autonómico, en el que comenzó a trabajar desde el derecho administrativo, con su tesis doctoral. El libro de la tesis, Derechos constitucionales y autonomía política[4] obtuvo el Premio Jesús María de Leizaola del Gobierno Vasco al mejor trabajo sobre Comunidades Autónomas correspondiente al año 1993. Desde entonces, sus publicaciones relacionadas con el Estado autonómico han sido una referencia obligada en nuestra doctrina y una pieza fundamental en la reflexión colectiva sobre su evolución y su posible transformación en sentido federal. No es posible mencionar aquí siquiera las más significativas. Me limitaré a señalar una de ellas cuyo título da muestra de la capacidad de Pepe Tudela para caracterizar una institución con unas pocas palabras. Se trata del libro publicado en 2016 bajo el título El fracasado éxito del Estado autonómico[5].
Por lo que se refiere a sus estudios de derecho parlamentario, sus temáticas son muy amplias y van desde el análisis de las elecciones autonómicas a las fuentes del Derecho, pasando por el estatuto de los parlamentarios o la Administración parlamentaria. Incluyen también la relación con los derechos, con la Unión Europea, con la técnica legislativa, con el Estado autonómico y con otros muchos ámbitos.
Partiendo del derecho parlamentario, su perspectiva se fue extendiendo para abarcar trabajos sobre la calidad democrática e institucional, la crisis de la democracia, el populismo, la incidencia de las nuevas tecnologías en el ámbito jurídico y el Estado de Derecho. Culminación de esas diversas líneas de estudio sería su último libro, al que ya hemos hecho referencia, En defensa del Estado de Derecho, especialmente relevante por su fundamentación y por su ambición.
Recuerdo siempre a un querido profesor de nuestra disciplina, ya desaparecido, que me comentó una vez que él no aceptaba muchas invitaciones porque no quería que su trayectoria académica dependiera de otras personas, aquéllas que le invitaban y definían los temas sobre los que tenía que hablar e investigar. Ciertamente esa es una opción legítima, pero también lo es la que presumiblemente se puede advertir en la obra de Pepe Tudela. La variedad de temáticas que se abarcó y la diversidad que se puede observar también dentro de sus líneas de investigación principales es en parte un producto de su curiosidad intelectual, pero también de las muchas invitaciones que recibía a participar en proyectos colectivos y que, por amistad o por encontrar estímulo en trabajar en un tema nuevo, aceptaba de buen grado.
También hay en esa diversidad una relación más o menos directa con su extraordinaria labor al frente de la Fundación Manuel Giménez Abad, de la que fue promotor y secretario general desde que se creó, el 6 de mayo de 2002. En su inicio fue un ejemplo de cómo convertir el dolor en una fuerza productiva y honrar así la memoria de Manuel Giménez Abad. En su desarrollo y en la inmensidad de la tarea que ha desempeñado en el casi cuarto de siglo que la dirigió y la hizo crecer, abrió muchos caminos en los que nos encontramos una parte significativa de la doctrina y de la vida política y social española, en un entorno que parecía y sigue pareciendo de otra época si lo comparamos con el ambiente general de nuestro tiempo.
José Tudela fue un hombre de la transición a la democracia. En ese momento histórico que vivió al final de su adolescencia quedó fijado su ideario democrático y su vocación como jurista y como constitucionalista. Esto lo vemos en su obra, cuando afirma que “la transición fue, ante todo, un intento de superar una historia de enfrentamientos civiles. Siguiendo al poeta, de dejar atrás la España de las dos Españas. De forma que se puede calificar como milagrosa, ello se consiguió y su reflejo fue la Constitución de 1978”[6]. Recuperar el espíritu de la transición[7] era su gran objetivo y, al menos en todo aquello que organizó, le sirvió de inspiración. Participábamos académicos y políticos de muy diversas orientaciones políticas, precisamente porque no estábamos de acuerdo entre nosotros, para escuchar los argumentos de los otros, para debatirlos con respeto, para aprender y quizás corregir también en algo nuestros planteamientos. Una manifestación práctica perfecta del significado de la democracia constitucional y pluralista.
Por otro lado, Pepe Tudela no se limitó a organizar congresos, jornadas o seminarios protocolarios en los que pudieran insertarse, como en un mosaico o en un collage, intervenciones sin orden ni sistema, sin finalidad ni propósito. Elegía los temas con cuidado, pensando siempre en su utilidad para el debate democrático y jurídico de nuestro tiempo y encomendaba las ponencias a quienes pensaba que tenían el conocimiento necesario para desarrollarlas de manera productiva. De ese modo incentivó no sólo la discusión doctrinal sino también la investigación, porque de muchos de esos seminarios y congresos surgían líneas de investigación que después se insertaban en libros colectivos, en artículos o en monografías. La Fundación Manuel Giménez Abad ha funcionado como un ecosistema que ha impulsado extraordinariamente el desarrollo de nuestra cultura constitucional.
En ese esfuerzo le acompañaron, además de Pilar, “por el camino de la ilusión” en la dedicatoria de Viaje a Irán, un equipo extraordinario de personas que inspiradas por la incapacidad de Pepe para experimentar un mínimo agotamiento dieron lo mejor de sí (y lo seguirán dando los que continúen) en la organización de todas las actividades de la Fundación. Se me permitirá una mención especial a Elena Martín Espildora, que se jubiló en septiembre del año pasado y que hizo de su trabajo en la Fundación una vocación vital. También le acompañaron los jóvenes investigadores a los que Pepe ofreció cauces para expresarse, institucionalizando iniciativas que han sido de las mejores de la Fundación.
De las muchas facetas de Pepe Tudela, hay algunas que destacan especialmente. Su vocación literaria, reflejada en una obra publicada y otros muchos textos que esperemos que se publiquen en el futuro. Su pasión por la fotografía, que se refleja en las magníficas portadas de algunos de los últimos libros de la Fundación, diseñados partiendo de sus imágenes. Sus colecciones de libros antiguos y de arte que le llevaban a buscar las librerías y las tiendas especializadas allí donde iba (recuerdo todavía una de arte africano antiguo en Granada, que yo no conocía). Sus viajes a los lugares más insólitos del mundo, con nombres evocadores y misteriosos.
Pepe era un viajero, no un turista, aunque reconocía que a veces se veía obligado a traspasar la línea entre lo uno y lo otro por la escasez de tiempo[8]. Es fácil que un viajero pueda convertirse coyunturalmente en turista por la falta de tiempo, pero no tanto que un turista se convierta en viajero, por mucho tiempo que tenga disponible. Los viajeros como Pepe, con sus cuadernos de notas y sus cámaras fotográficas, con el bagaje cultural previo necesario para comprender mejor su destino, regresan con el alma del lugar en la mochila. No se han limitado a estar allí, sino que han incorporado la experiencia a su patrimonio cultural y vital.
De la “personalidad poliédrica” de Pepe Tudela, a la que hacía referencia Juanjo Solozábal en su intervención del 1 de junio, me interesa especialmente aquella parte que tiene que ver con nuestras conversaciones (la mayoría de ellas telefónicas) y con ese espíritu de la transición que él atesoraba como una llama que nunca debiera extinguirse y que habría que transmitir a las generaciones futuras. Ese espíritu quedó cristalizado en la Constitución de 1978 y, desgraciadamente, no se ha renovado lo suficiente y no solo por ausencia de reforma constitucional, sino también por la transformación sustancial de las condiciones que lo hicieron posible.
Pensando en lo mucho que ha aportado Pepe Tudela a nuestra cultura constitucional me viene a la mente la cita que encabeza esta Semblanza: “como en todos los viajes, las palabras debían ayudarme para entender más y mejor lo que veía”. No sé si se podría describir de manera más hermosa el oficio de un intelectual y su instrumento esencial: la palabra.
La palabra como la clave que explica el viaje. La palabra para comprender y para hacer comprender a los demás. Para conocer la realidad, para expresarla, para construir una realidad compartida como sociedad, para orientar el futuro, para evitar que se disuelva ante nuestros ojos. También para conjurar el olvido, para recordar, para mantener la memoria colectiva, la que construye identidades comunes, proyectos compartidos y esfuerzos solidarios que son la base de la constitución.
La palabra es un instrumento poderoso. En estos tiempos en los que todo se frivoliza y hasta las máquinas construyen relatos sobre la base de una inteligencia artificial que predice las posibilidades de que un término siga a otro, la palabra sigue siendo una parte esencial de la experiencia humana. Sin ella no podríamos entender nada de este viaje que es la vida. La palabra construye memoria y le da sentido también a los silencios, como ocurre con las pausas en la música.
En los textos que se han escrito sobre Pepe Tudela desde el 7 de febrero sus autores no queremos solamente honrar al amigo y al jurista, sino también encontrar un poco de consuelo. Escribimos para recordar, para revivir, para crear una memoria compartida de Pepe Tudela que nos haga más llevadera su temprana desaparición, que compense los forzados silencios que desde esa fatídica fecha están ya inevitablemente presentes en nuestras vidas. Para darle un sentido al tiempo que vivió, a lo que nos aportó a nosotros y a la sociedad. Para buscar una justificación que oponer a su muerte, que nos compense de alguna manera su pérdida.
El gran privilegio que tienen los intelectuales es que hay una parte de su vida que nadie les puede arrebatar, la de las palabras que quedan. Como las que han quedado de Pepe Tudela y que se proyectan hacia el futuro. Las que formarán parte de nuestra memoria colectiva, las que inspirarán a las próximas generaciones de jóvenes constitucionalistas en su trabajo académico, las que servirán de guía para comprender mejor los problemas que hemos tenido y que seguiremos teniendo en este proyecto de convivencia, tan imperfecto y duro a veces, que es nuestro sistema democrático.
Para las buenas personas como Pepe, hay además un lugar en la memoria, que se construyó con palabras, pero también con afectos, con la amistad que nos regaló durante muchos años, con los amigos comunes, los que están y los que nos dejaron como Luis Ortega, al que le dedicamos hace años un libro homenaje que forma parte de esa estela, de ese rastro que los afectos han dejado en nuestras vidas. El gran privilegio que tienen los seres humanos es que hay una parte de su vida que nadie les puede arrebatar, la de los afectos que quedan. Como los que han quedado de Pepe Tudela y que seguirán siempre con nosotros.
Este artículo ofrece una semblanza de José Tudela Aranda, destacado iuspublicista español fallecido en 2025, a través de la memoria personal y académica del autor. Se analizan las principales aportaciones de Tudela Aranda al derecho constitucional y autonómico español, su labor al frente de la Fundación Manuel Giménez Abad y su compromiso con la cultura democrática y el espíritu de la transición, subrayando el papel de la palabra como instrumento intelectual y de construcción de memoria colectiva.
José Tudela Aranda, derecho constitucional, Estado autonómico, Estado de Derecho, democracia constitucional, Fundación Manuel Giménez Abad, memoria colectiva
This article offers a personal and academic portrait of José Tudela Aranda, a distinguished Spanish public law scholar who passed away in 2025. It examines his major contributions to Spanish constitutional and regional law, his leadership of the Manuel Giménez Abad Foundation, and his commitment to democratic culture and the spirit of Spain’s democratic transition, highlighting the role of language as an intellectual instrument and a means of building collective memory.
José Tudela Aranda; Constitutional law; Regional state; Rule of law; Constitutional democracy; Manuel Giménez Abad Foundation; Collective memory.
Recibido: 22 de junio de 2026
Aceptado: 24 de junio de 2026
En el epílogo a la edición española de la “Teoría de la Constitución” de C. Schmitt, recordaba Manuel García Pelayo un episodio de su vida que tenía un especial significado a la luz de la trayectoria de este insigne constitucionalista: “En el verano de 1936 yo estaba en Berlín, y, antes de mi regreso a España, en aquella trágica circunstancia, fui invitado a cenar por Carl Schmitt, en su acogedora casa de Dahlen. Al despedirnos, el Profesor me invitó a bajar a su biblioteca, de la que tomó un libro sobre Scharnhorst, en una de cuyas primeras páginas escribió este aforismo de Jünger: ‘Nadie muere antes de cumplir su misión, pero hay quien la sobrevive’. Me es muy grato que, pasados cuarenta y ocho años, pueda yo rememorar en estas páginas el gesto de Carl Schmitt en aquella noche de agosto”. Manuel García Pelayo, Epílogo a la Teoría de la Constitución de Carl Schmitt (Verfassungslehre, 1928), versión española de Francisco Ayala (1934), edición de Alianza Universidad, 1982, p. 377. ↩︎
Piedad García-Escudero Márquez, “Vida y obra de José Tudela Aranda (1962-2026). Una pasión compartida”, en Asamblea. Revista Parlamentaria de la Asamblea de Madrid, Núm. 50, primer semestre 2026, p. 20. ↩︎
Cfr. José Tudel Aranda, En defensa del Estado de Derecho, Marcial Pons, Madrid, 2025, pp. 252 y ss. ↩︎
José Tudela Aranda, Derechos constitucionales y autonomía política, Civitas/IVAP, Madrid, 1994. ↩︎
José Tudela Aranda, El fracasado éxito del Estado autonómico. Una historia española, Marcial Pons, Madrid, 2016. Como precedente, también con un título muy acertado, José Tudela Aranda, El Estado desconcertado y la necesidad federal, Civitas/Thomson Reuters, Madrid, 209. ↩︎
José Tudela Aranda, En defensa del Estado de Derecho, Marcial Pons, Madrid, 2025, p. 32. ↩︎
Sin idealizarlo, siendo consciente de la todavía débil cultura política de la época, pero también de que “durante la transición, la debilidad de nuestras convicciones quedó ampliamente compensada por la voluntad y conciencia de la necesidad de, por fin, ser una sociedad homologable a la Europa más desarrollada”, Ibídem, p. 265. ↩︎
“El viajero se hace turista, incluso cuando no quiere serlo, por sus deudas con el tiempo”, José Tudela Aranda, Viaje a Irán. Los azulejos negros del desierto, Athenaica ediciones, Sevilla, 2024. p. 43. ↩︎