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Cuaderno de Bitácora
Reflexiones sobre nuestro tiempo
Vivimos una época de cambios agitados. Un lánguido declinar se cierne sobre todo lo que conocemos y el advenir se torna inquietante. Pero el lenguaje nos salva de un naufragio. Nos concentra para irradiar, al tiempo que logra extraernos excéntricamente de nosotros mismos. Pensar el ocaso de nuestro mundo requiere este ocaso personal en favor de la palabra y de las luces de aurora que ella quisiera congregar.
 

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Ecologismo tecnológico. Una contradicción
28 / 01 / 2020


Está claro que por el camino que llevamos vamos a destruir la tierra entera. Y es magnífico levantarse contra esto, pero ¿con qué armas? Hace ya mucho tiempo que los dioses poblaban la tierra. Ellos fueron los que primero la protegieron. Contra el Caos, en guerra con él, había que salvar un orden. Gea surge del caos y vence sobre él. Las ciudades tenían a sus dioses lares y un propósito de inmortalidad. El logos primigenio es ese orden contra el caos. No es sólo lo que estudia la ciencia, que también. Es, además, un refugio frente a la amenaza de la disolución y la muerte. Contra lo informe, lo que está conformado. Contra lo que no tiene figura, lo configurado. Y hasta aquí, bien. Pero lo que vino después no tiene nombre. Cuanto más orden mejor. Menos mito y más progreso, pronuncia el hombre moderno. Y pestañea. Y así se transformó el antiguo Kosmos, regido por las fuerzas divinas, en el moderno, árido e inhóspito ordenamiento de las causas y los efectos, de la lógica, de la Mathesis Universalis (ciencia del orden y medida, según Descartes.

Resulta que al naufragio de la Tierra hay que responder con la técnica: ella puede, se supone, reconducir los efectos, restituir las causas naturales. Cuando ha sido ella la que eliminó, precisamente, a la naturaleza al sustituirla por otros medios.

Vivir diez décadas más, aumentar la memoria propia con la cibernética, ponderar todas las cosas para asegurar la supervivencia. ¿Y de qué vale sobrevivir si ya no hay una Atenea desafiando al caos y protegiendo a la polis en la que voy a pasear mañana? ¿Para qué prolongar lo inhóspito? La guerra contra el caos es la creación de un ámbito de congruencia, no de un paisaje ordenable mediante la lógica y el algoritmo.

Ulises se enfrenta a las fuerzas de la disolución. Tiene en mente lo que protege y recoge frente a semejante amenaza de lo caótico: una Ítaca, una morada.

El mero lugar espacial no es lo mismo que el espacio habitable. Al generar un espacio contra el caos, el buen logos convirtio todo lugar en una morada. Hoy se lucha por lo "natural": ¿qué es lo natural, el lugar o la morada? Con tan solo nombrar a esta última, el espíritu racionalizador se revuelve entre las sábanas. Todo le suena a romanticismo añejo. Y a mito. Y a lejana sacralidad.

Huída de los dioses. ¿Cómo no? ¿Es que les cabe otra opción? La Tierra entera se convierte, a cada paso de razón, en una naturaleza desencantada.

Frente al desencanto de la Tierra, mitificación de los territorios. Países o continentes, da igual. Se trata de tomar en propiedad lo que no puede tener propietario. Ahora bien, una morada no se posee. Se habita.

¿Hacia dónde va todo este mito del orden resplandeciente, es decir, del cosmos objetivable, de la observación distanciada y empírica, de la ley de los grandes números y de la Inteligencia Artificial?

Vaya lío que hay con salvar a la naturaleza. Se la sepultó con el mundo artificial y se la quiere salvar con las mismas herramientas del verdugo.

No creo en las luces del progreso. Si creo en la ciencia no es por la explicación que proporciona, sino por su curiosidad insaciable. No creo en la técnica, sino en los artificios de niño, construyendo una casa de ladrillo donde había sólo un campo huérfano. Todo este progreso, tan veloz y tenaz, que huye del mito se interna en una mitologización mucho más grande e irracional.

Ante la naturaleza dominada, que es sólo un conjunto de hábitats, sólo un medio, un "medio ambiente", no puede uno caer de rodillas y temblar de admiración. Porque el hábitat, por muy sano y salvo que esté, no tendrá un centímetro de morada habitable mientras se lo trate con tanta objetividad científica y con tanta lógica analítica. Esa naturaleza que se la queden ellos, los que no tienen alma más que para contar y medir y buscar posibilidades de seguir, simplemente, viviendo. Se espera una vida más alta, a la altura de ese Kosmos que vence al caos y se recorta sobre él.

Un niño cierra los ojos en su cuarto oscuro. Tiene tanto miedo que, rompiendo el silencio, silba una repetitiva y simple melodía. Es un ritual, un ritmo frente al caos. Crea en la noche una infantil morada. Ya se ocuparán los mayores de enseñarle matemáticas.
Un lugar natural no es, por sí mismo, una morada. Hace falta más.