Josep R. Llobera:
La identidad de la antropología.
Barcelona, Anagrama, 1999 (2ª ed. ampliada).
Por José Luis Solana Ruiz
Finalista ex aequo del XVIII Premio
Anagrama de Ensayo en 1990, se reedita este ensayo antropológico,
ampliado con un postscriptum (págs.127-161), titulado «La
reconstrucción de la antropología», donde Llobera reitera
y profundiza algunos de los temas abordados en la edición anterior.
Con el fin del mundo colonial y la progresiva
desaparición del «hombre primitivo», objeto de estudio
clásico de la antropología, ésta ha sufrido una seria
crisis de identidad, acentuada durante la década de los ochenta
con la bancarrota de las «grandes teorías» (marxismo,
estructuralismo) que habían inspirado la disciplina durante los
años setenta y la irrupción del posmodernismo en antropología.
El retorno al trabajo de campo y la especialización regional (por
ejemplo, la antropología del área mediterránea) han
sido algunas de las salidas a esta crisis (otras de las «soluciones
de recambio» fueron la antropología aplicada y la llamada
«antropología en casa», centrada fundamentalmente en
el estudio de poblaciones marginales, como los gitanos y determinados grupos
étnicos).
Llobera realiza en su obra una crítica
al posmodernismo antropológico, al endiosamiento del trabajo de
campo y a la antropología del área mediterránea. Asimismo,
acusa al marxismo politizado, al tercermundismo (del que serían
ejemplo los planteamientos de autores como Edward Said y Martin Bernal),
al feminismo y al posmodernismo de la «situación de bancarrota
científica total» en la que, según él, se encuentra
hoy la antropología, examinando críticamente estos puntos
de vista (excepto el marxismo politizado, por considerar que hoy «no
es ya una alternativa claramente definida»).
A la antropología posmoderna le achaca
un abandono del método comparado y de la generalización en
antropología, reduciendo ésta a etnografía y la etnografía
a ficción literaria. Según Llobera, el endiosamiento del
trabajo de campo, de la descripción etnográfica, como técnica
de investigación social definidora y constituyente del objeto antropológico
(es decir, como elemento fundamental de la identidad antropológica),
ha paralizado la comparación como método antropológico,
conduciendo a la etnografía al «detallismo sin ton ni son».
Arremete también contra Clifford Geertz
y el posmodernismo por su consideración de la antropología
como una disciplina interpretativa o hermenéutica y no como una
ciencia experimental nomológica. Llobera aboga por la posibilidad
de desarrollar una antropología científica y considera que
los posmodernos establecen una «dicotomía simplista»
entre interpretación hermenéutica y explicación científica.
Para Llobera, no se trata de rechazar o condenar a la etnografía
interpretativa, sino de calibrarla en sus justos términos, lo que
conlleva la recusación de sus excesos subjetivistas, así
como de sus pretensiones literarias anticientíficas (la etnografía
como un género literario a caballo entre la autobiografía,
la novela y el libro de viajes). Igualmente cuestionable le parece el anarquismo
epistemológico y el relativismo cultural de los antropólogos
posmodernos y su tendencia a convertir la reflexividad (la interacción
entre el investigador y su objeto de estudio etnográfico) en un
fin en sí mismo de la investigación antropológica,
en la razón de ser de la disciplina.
Repudia el alejamiento del posmodernismo antropológico
de la ciencia en general y, en concreto, de disciplinas científicas
como la biología. Con Helen Macbeth, Llobera opina que el desconocimiento,
por parte de los antropólogos sociales y culturales, de los desarrollos
habidos en la biología durante la segunda mitad del siglo XX hace
que se sigan perpetuando añejas dicotomías tales como innato/aprendido,
animalidad/humanidad, genético/ambiental. Similar desconocimiento
muestran los antropólogos posmodernos con respecto a otras ciencias,
como la neuropsicología de un Gazzinaga y la sociología histórica.
Para criticar al posmodernismo se sirve acríticamente
del libro de Ernst Gellner
Posmodernismo, Razón y Religión
(1992). Si bien suscribo la mayoría de las alegaciones de Llobera
contra el posmodernismo antropológico (véase mi esbozo de
crítica epistemológica al posmodernismo antropológico
publicado en el nº 13, abril-septiembre 1999, de la revista Iralka,
dedicado a la posmodernidad), no obstante discrepo de la asunción
acrítica que hace de este libro de Gellner. Al respecto, permítaseme
reproducir aquí lo que de esta obra dije en una reseña (publicada
igualmente en el anterreferido monográfico de Iralka).
El ensayo de Gellner constituye una de las
críticas más enconadas, irónicas y mordaces, a la
par que simplificadoras y sesgadas, de las arremetidas contra el posmodernismo
antropológico. Frente al relativismo posmoderno y al fundamentalismo
religioso, Gellner defiende y propugna un fundamentalismo racionalista
ilustrado. Pero su propuesta no parece ir más allá de un
ingenuo y acrítico positivismo ignorante de lo llovido durante los
últimos decenios en filosofía y epistemología de la
ciencia, y, a veces, no pone en práctica su suscribible alegato
a favor de la lógica y la claridad, pues incurre en deducciones
precipitadas y su discurso resulta ambiguo. Donde Gellner cree, con insultante
contundencia, que hay deducciones, resulta no haberlas. No es cierto, por
ejemplo, que el inevitable arraigo histórico-cultural de todo conocimiento
implique ineluctablemente el nihilismo. Del reconocimiento de la construcción
cultural de los significados no se deriva irremisiblemente, como cree,
su inconmensurabilidad y la subsecuente igualdad de las culturas. En última
instancia, no se termina de saber qué defiende. Si está defendiendo
la independencia cultural de la ciencia, que la ciencia es un conocimiento
«que trasciende a la cultura», que está «más
allá y fuera de toda cultura», que «no es sólo
el aspecto cognitivo de esta o aquella cultura», sino «el conocimiento
en sí» (lo que constituye un auténtico desvarío).
O bien que no todos los estilos de pensamiento son cognitivamente iguales,
que desde una cultura es posible juzgar aspectos de otras culturas, que
unas culturas pueden aceptar modos de conocimiento surgidos en otras (lo
que es razonable y sostenible). En la obra existe ambigüedad al respecto.
Pero el librito no acaba aquí. Resulta que el sublime método
científico al que Gellner apela no puede aplicarse en el ámbito
sociopolítico, pues, como muestran el comunismo y el nazismo (dos
de los intentos de aplicación de la ciencia a la política),
desemboca en el terror. El método científico no sirve para
generar alternativas sociales. En el plano social sólo es posible
ir saliendo del paso mediante soluciones intermedias incoherentes y, «en
analogía a la monarquía constitucional» (instituciones
simbólicas que «parecen funcionar satisfactoriamente»),
sólo es factible una «religión constitucional».
Así que ya saben: «absolutismo racionalista», religión
(monarquía) constitucional y «en cuanto a la superación
de las crisis sociales (...) Una buena voluntad pragmática puede
bastar». Me morderé mi republicana lengua y de las monarquías
me limitaré a decir lo que nuestro autor dice sobre las sociedades:
que «son sistemas de fuerzas reales (...) y deben entenderse como
tales y no sólo como sistemas de significados (...) Pretender lo
contrario no sólo es un error, sino también un engaño.
Es un error que está en flagrante conflicto con lo que (...) conocemos
perfectamente bien».
Con respecto a la antropología del
Mediterráneo (de la que serían representantes autores como
Julian Pitt-Rives, John Peristiany, John Davis y David Gilmore), tras hacer
una sucinta referencia a una serie de temas culturales sobre el Mediterráneo
reiterados desde el siglo XIX, Llobera lleva a cabo una crítica
global de ella. De entrada, muestra, con Julian Steward, el carácter
problemático del concepto de área cultural (hay cambios temporales
y los componentes de un área cultural muestran muchas veces rasgos
culturales distintos de los predicados para el área cultural como
un todo). La definición geográfica del área mediterránea
es incoherente (se suele excluir a Francia, quizás por ser difícil
de «primitivizar»). Cuando los mediterraneístas hablan
del Mediterráneo como área cultural no especifican si suponen
una longue duréeo si se refieren sólo al período
contemporáneo. La obra de F. Braudel, que proporcionó el
modelo intelectual para la idea del Mediterráneo como área
cultural, ha sido cuestionada por Andrew Hess, quien insiste en la diversidad
cultural existente subrayando las diferencias culturales entre el Islam
y la Cristiandad. El marco de estudio es demasiado amplio, orillando diferencias
sustanciales, como la existente entre el mundo árabe y el latino.
Los mediterraneístas no concuerdan en cuáles son las características
que dotarían de unidad cultural al área Mediterránea.
Esencializan, a modo de invariantes temporales y espaciales, una serie
de características (latifundismo/minifundismo, cacicazgo, individualismo
extremo, el síndrome del honor y de la vergüenza) que consideran
propias de «el Mediterráneo», pero que, estrictamente
consideradas, no tienen universalidad dentro del ámbito mediterráneo.
La antropología del área mediterránea primitiviza
y exotiza, convirtiéndola en no europea, a la Europa del Sur, opera
un proceso de «primitivización» del Mediterráneo
europeo, «convertido en objeto etnográfico para el uso de
jóvenes de la Europa del Norte o de los EE.UU. ávidos de
exotismos y contrastes culturales.» Ignoran la inserción del
Mediterráneo en el sistema capitalista mundial y los aportes realizados
por la sociología histórica al respecto. Finalmente, la especialidad
de la antropología del Mediterráneo, en lugar de regirse
por las reglas de la crítica intelectual, se ha convertido en un
culto cuasirreligioso.
Por lo que al tercermundismo y al feminismo
concierne, Llobera impugna la idea de que los pertenecientes a determinados
grupos culturales o sociales (los nativos, la clase trabajadora, las mujeres,
etc.) tengan un privilegio cognitivo para acceder al conocimiento de determinadas
realidades (la sociedad de la que se es miembro, el Capitalismo, etc.).
Critica a Said y Bernal que, a partir del reconocimiento de que los orígenes
sociales (raciales, étnicos, etc.) condicionan la investigación
científica, abandonen cualquier pretensión de objetividad
y aboquen a un relativismo sociocultural en el cual se sustituye una visión
racial o étnica por otra. Para Llobera: «La verdad no es el
privilegio de un grupo que ocupa una posición especial en la estructura
social, sino que más bien es el resultado de una tarea penosa y
ardua en la que hechos y teorías son examinados y medidos con precisión.».
También critica a Said su balance negativo
del imperialismo occidental, que para éste «la única
actitud que pueda adoptarse con respecto al imperialismo [sea la de] estar
en contra». Pero, ¿acaso puede ser de otro modo? Si, tal y
como lo define el Diccionario de la Real Academia Española, entendemos
el imperialismo como: «Actitud y doctrina de un Estado o nación,
o de personas o fuerzas sociales o políticas, partidarios de extender
el dominio de un país sobre otro u otros por medio de la fuerza
o por influjos económicos y políticos abusivos», entonces
la actitud hacia él no puede ser, desde una óptica mínimamente
crítica y humanista, sino negativa. Sin duda el contacto con Occidente
ha producido también beneficios, pero el imperialismo es, por definición,
un tipo de contacto siempre negativo para quien lo padece.
Conexo con la problemática del tercermundismo
Llobera se plantea la relación entre los antropólogos del
Norte y los del Sur, ofreciendo una serie de propuestas para quebrar el
monopolio antropológico septentrional y conseguir una igualdad de
oportunidades entre los antropólogos de los dos ámbitos geoculturales.
Ante la crisis de identidad de la antropología
Llobera realiza algunas propuestas generales para su reconstrucción
(algunas de las cuales las ilustra con una propuesta de análisis
del fenómeno de la etnicidad).
Para empezar, es necesario no confundir antropología
con etnografía y, sobre todo, no reducir la primera a la última.
En las sociedades complejas, que en la actualidad son la mayoría
de las estudiadas por la antropología, la etnografía no es
más que una de las formas de recogida de datos y de las fuentes
de información utilizas por el antropólogo para sus construcciones
teóricas, construcciones que deben regirse por un triple proceso
de acumulación, comparación y generalización. Además,
Llobera defiende una teoría antropológica integrativa con
aspiraciones a una ciencia humana unificada, una antropología «en
la que se recojan las diferentes ciencias que estudian al hombre desde
diversas perspectivas y vertientes.» Los antropólogos deberían
frecuentar con asiduidad la literatura científica de disciplinas
como la historia, la sociología (hay que superar los microanálisis
integrándolos con una perspectiva histórico-sociológica
de carácter macroscópico), la psicología y la biología
para integrar sus aportes (expone algunos de los aportes de la sociobiología
para explicar la etnicidad). Esta antropología integrativa, que
tendría como finalidad última explicar al hombre «como
ente biológico y ente sociocultural» y «en su multiplicidad
fenoménica», es una de las tareas principales encomendadas
a la antropología.
La obra incluye un excursus sobre «El
etnógrafo y el racismo» donde Llobera narra el afloramiento
de su racismo larvado durante su estancia en Barbados (donde el 95% de
la población es negra). Indagando en su pasado personal y en el
pasado colectivo de nuestra civilización, intenta comprender las
influencias que a lo largo de su vida lo han predispuesto, incluso programado,
para que, llegada la ocasión y a pesar del rechazo intelectual y
consciente del racismo, se comporte de manera racista. A través
del cine (Lo que el viento se llevó, por ejemplo) y de la
literatura (con obras como La cabaña del tío Thom),
las personas asimilan sin darse cuenta algunos estereotipos racistas sobre
los negros, que se hallan tan omnipresentes que resulta sumamente difícil
evitarlos. Estos prejuicios inculcados durante la infancia, la adolescencia
y la juventud, y consolidados en la madurez, permanecen inactivos hasta
que se presenta la situación que los dispara y manifiesta. En circunstancias
normales este racismo queda disimulado, pero emerge cuando la ocasión
lo propicia.
Finalmente, me centraré en el aspecto
a mi juicio más discutible del libro. Llobera reproduce (en las
páginas 142-143) un decálogo sobre el desarrollo establecido
por Kishore Mahbutani (en The Guardian, 1990) del que, según
Llobera, el Tercer Mundo y los antropólogos tercermundistas deberían
tomar nota. Según este decálogo, la culpa del subdesarrollo
no es del imperialismo, el colonialismo y el neoimperialismo, sino de los
mismos países en vías de desarrollo y, de modo más
concreto y fundamental, de la corrupción existente en ellos. Para
enfrentar el subdesarrollo, se conmina a renunciar al control estatal por
una economía libre de mercado y a transitar por el camino del desarrollo
utilizado por los hoy países desarrollados, desechando las vías
de desarrollo alternativas propugnadas por «ideologías muertas»:
«Borrarás las ideas de Karl Marx y las sustituirás
por las de Adam Smith.» Si se hace esto, los países en vías
de desarrollo podrán lograr en un futuro el nivel de desarrollo
logrado ya por los europeos.
En mi opinión este decálogo,
que no va más allá de una asunción acrítica
del cerril y mistificador fundamentalismo capitalista neoliberal, es en
su mayor parte insostenible.
Los países en vías de desarrollo
difícilmente podrán alcanzar el tipo de desarrollo logrado
por los países europeos, pues el subdesarrollo de los primeros ha
sido y sigue siendo condición de nuestro desarrollo (insistiré
en esto más adelante). Se ignoran, además, las letales consecuencias
medioambientales que tendría la universalización del modelo
de desarrollo occidental. La ignorancia, en el decálogo referido,
de la crisis medioambiental y la inexistencia de referencias a modelos
alternativos de desarrollo sustentable resultan muy ilustrativas de lo
que los programas de desarrollo neoliberal se ven obligados a obviar para
venderse como posibles.
Al instar a olvidarse de Marx para abrazar
a Adam Smith, el decálogo opera una sustitución acrítica
de un clásico por otro, cuando lo deseable es la integración
actualizada y razonada del pensamiento de los clásicos. Karl Marx
tiene y tendrá mucho que enseñarnos, igual que Adam Smith.
Pero, así como ha habido muchas lecturas de Marx, conviene también
recordar que caben disímiles lecturas de Smith. Así, en contra
de las sesgadas visiones que se dan de este autor, Noam Chomsky (véase,
por ejemplo, Lucha de clases. Conversaciones con David Barsamian,
Crítica, Barcelona, 1997) ha apuntado una lectura rigurosa de sus
obras señalando su vertiente crítica con el capitalismo empresarial
y las concentraciones de poder.
Sin duda la corrupción política
existente en los países en vías de desarrollo es una de las
causas de su subdesarrollo. Pero no debe olvidarse la complicidad de los
gobiernos occidentales en esa corrupción. Tan grande parece ser
el deterioro de la memoria en este fin de siglo que se ha olvidado ya,
por ejemplo, quienes sustentaron a Mobutu. Como nos recuerda Manuel Castells
en el volumen tercero de su magna obra sobre La era de la información
(Alianza Editorial, Madrid, 1998), el saqueo del Zaire por parte de sus
gobernantes se realizó «con la franca complicidad de las [desarrolladas]
potencias occidentales» (pág.126). Occidente y sobre todo
Francia contribuyó a la apropiación privada del Zaire por
parte de las corruptas camarillas militares y burocráticas.
Ya que estamos reseñando un libro de
y sobre antropología, digamos que el decálogo rezuma ignorancia
de los aportes realizados por la antropología para y del
desarrollo (un recorrido por éstas puede verse en Arturo Escobar,
«Antropología y desarrollo», RICS, nº 154,
1997), entre ellos una visión crítica de las causas del subdesarrollo
en el mundo, en la que se pone de relieve la responsabilidad de Occidente
en el surgimiento y consolidación de las desigualdades económicas
y sociales a nivel mundial. Para mostrar esto me referiré sucintamente
al caso del continente africano (aconsejo, al respecto, la lectura del
libro de Samir Amin El fracaso del desarrollo en África y en
el Tercer Mundo, publicado en 1994 por la editorial Iepala). Distintos
informes, como el del Banco Mundial de 1989 y el del PNUD de 1992, muestran
cómo han fracasado los intentos por conducir al continente africano
a niveles aceptables de desarrollo. ¿Cuáles han sido las
causas remotas y cercanas de este pertinaz subdesarrollo de África?
En el África precolonial el comercio
de esclavos, con los movimientos masivos y la implantación de recursos
humanos en otras economías que supuso, comprometió y puso
en peligro el desarrollo adecuado del continente africano. Según
algunas estimaciones, durante el período del comercio de esclavos
África perdió en torno a setenta millones de personas. Esta
privación de tamaña fuerza laboral tuvo, junto a las matanzas
y el pillaje que la acompañaron, efectos de largo alcance en el
desarrollo de África.
La explotación colonial de los recursos
agrícolas y mineros de África por parte de países
occidentales profundizó aún más el subdesarrollo africano.
Mediante la expropiación de las tierras a las poblaciones indígenas
se crearon extensas granjas y plantaciones que explotaban mano de obra
africana y cuyas ganancias no se destinaron al desarrollo de las colonias
africanas, sino que iban a parar a Occidente. Además, se primaron
los cultivos comerciales por encima de la producción de cultivos
alimentarios, lo que condujo a la degradación ambiental, así
como a hambrunas.
La partición de África realizada
en la Conferencia de Berlín de 1884, junto con el gobierno colonial
sustentado en la etnicidad como forma de control instaurado por algunos
países occidentales, se hallan en la base de la balcanización
de África y de los conflictos interétnicos que han desgarrado
el continente.
Los occidentales manipularon las economías
africanas para convertirlas en proporcionadoras de materias primas y mercados
para los productos manufacturados occidentales, impidiendo, a la par y
a posta, el desarrollo de la industria en las colonias.
«Todas las consideraciones anteriores
-escribe Paul Nchoji en «La etnografía del desarrollo: la
visión de un antropólogo africano sobre el proceso de desarrollo»,
recopilado en: Lourdes Arizpe (ed.), Dimensiones culturales del cambio
global: una perspectiva antropológica, CRIM/UNAM, Cuernavaca,
1997, pág. 364- conducen a pensar que las instituciones financieras
occidentales han desempeñado un papel principal en el subdesarrollo
de África.»
Durante las décadas de los 60 y 70
la mayoría de las colonias africanas obtienen su independencia nacional.
Pero esta independencia fue tan sólo una simulación. El dominio
y la explotación se mantuvieron mediante la conservación
de los monopolios económicos y la instauración de instituciones
políticas al servicio de los intereses neocoloniales. El neocolonialismo
fomentó el subdesarrollo de África.
El sistema de libre comercio que, a través
del FMI, el Banco Mundial y el GATT/OMC, estructura el sistema económico
internacional del capitalismo mundial beneficia a los países occidentales
desarrollados y no permite prosperar a las débiles economías
africanas. El endeudamiento externo de África y el continuo destino
de recursos para pago de la deuda externa han impedido también el
desarrollo de África.
Los sistemas políticos autoritarios
y corruptos instaurados en África han sido otra de las claves del
subdesarrollo del continente. A este respecto, se predica la democratización
de África como paso previo al desarrollo económico. Pero
esta democratización parece inviable sin un replanteamiento previo
del orden económico mundial. Sin la democratización política
las ayudas al desarrollo seguirán siendo despilfarradas (gastos
militares, apropiamiento privado, caras obras de infraestructura para provecho
de las élites). «Los gobiernos de los países desarrollados
que han sostenido y fomentado los regímenes compradoriales
[colaboradores internos de los imperialistas] son responsables en gran
medida del subdesarrollo creciente de África.» (Nchoji,
op.cit.,
pág.373).
Antes de concluir este apartado conviene también
realizar unas sucintas consideraciones críticas sobre la asistencia
al desarrollo prestada a los países africanos. Ésta ha estado
mayoritariamente guiada por la lógica colonial, con el fin de seguir
manteniendo el control sobre los Estados-nación africanos. No se
ha considerado como una forma de restitución parcial de las riquezas
expropiadas. Una parte significativa de la asistencia occidental al desarrollo
se ha prestado como asistencia técnica militar. El sector agrícola
también ha ocupado un lugar preponderante, pero las ayudas se ha
dirigido a productos agrícolas demandados por los europeos, evitando
cuidadosamente promover productos agrícolas africanos que pudiesen
competir con la producción agrícola occidental. Uno de los
fallos de los programas de desarrollo ha sido el plantearlos sin contar
con las personas y las culturas nativas a quienes se destinaban. Desde
un enfoque antropológico se afirma que los proyectos de desarrollo
sólo podrán tener éxito si las poblaciones y las culturas
locales participan en su diseño y puesta en práctica; los
programas de desarrollo deben prestar atención a la diversidad étnica
y la variedad cultural. Además, dado que las variables sociales
se entrelazan y relacionan, un enfoque multi o interdisciplinario es una
exigencia para toda estrategia de desarrollo viable.
Como Lévi-Strauss señaló
en su texto de 1963 sobre «Las discontinuidades culturales y el desarrollo
económico y social» (recopilado en Antropología
estructural. Mito, sociedad, humanidades, Siglo XXI, México
DF, 7ª ed., 1990, págs.294-303), los procesos de explotación
y esclavización desarrollados por los europeos en los países
hoy subdesarrollados de América, las Indias Orientales y África
durante los albores de la era de producción capitalista constituyeron
factores fundamentales de la acumulación originaria. Esta consideración,
subrayada por Marx en El capital, es importante porque orienta la
atención hacia aspectos del problema del desarrollo que muchos pensadores
tienden, con excesiva frecuencia, a descuidar. Descuidan el hecho de que
las sociedades que llamamos hoy «subdesarrolladas» no son tales
por su propio desenvolvimiento, sino debido a la destrucción directa
que, a través de la violencia, la opresión y el exterminio,
la civilización occidental les ocasionó en especial entre
los siglos XVI y XIX. Este saqueo ha hecho posible el desarrollo del mundo
occidental. El modelo occidental de desarrollo es indesligable de esta
rapiña.
Concluyendo: La identidad de la antropología
me parece un interesante ensayo antropológico; sus críticas
al posmodernismo antropológico, a los antropólogos mediterraneístas
y al reduccionismo epistemológico sociologista, junto con su reivindicación
del método comparativo y de una antropología integral, su
no renuncia a una cientificidad mínima para la antropología
y sus llamadas a que los antropólogos se nutran de conocimientos
procedentes de las distintas ciencias naturales, me parecen suscribibles.
Pero juzgo insostenible su acrítica propuesta de un modelo de desarrollo
socioeconómico de claro carácter neoliberal, así como
sus intentos por redimir una actitud comprensiva hacia el imperialismo.
Como el mismo Llobera señala, la antropología logrará
reorientar su rumbo si se muestra capaz de ofrecer diagnósticos
acertados de los males de nuestra civilización y de sus causas.
Si pierde su humanismo y su dimensión científica, la antropología
se convierte en una técnica de manipulación y explotación
al servicio del poder. |