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Aunque esta
cuestión se encuentra
en el centro de la teoría actual de la racionalidad y de la
discusión
filosófica más alambicada, no es difícil reconocer
su presencia en la praxis cultural moderna. En ese ámbito, el
problema
ha adoptado la forma de un reto que afecta a la relación entre
la
búsqueda de una unidad cultural basada en el carácter
pretendidamente
incondicional de ciertos valores y metas, y la diversidad de
valoraciones
y visiones del mundo pertenecientes a culturas o épocas
distintas.
Incluso, en el interior mismo de un espacio cultural específico,
podríamos detectar una dificultad análoga, en la
necesidad
de articular la unidad de lo social y la diversidad de sus voces a
través
de los grupos o individuos concretos.
Es prueba del
carácter inagotable de
esta problemática que apareciese ya al comienzo de la
filosofía,
en el mundo griego, como tema crucial y metafísico, bajo el lema
de la unidad y la multiplicidad, y que actualmente haya surgido como
expediente
principal en el tribunal filosófico que juzga la muerte o
continuación
de la modernidad. En conexión con ello, intentaré
utilizar
esta temática como un prisma que posibilite comprender al menos
uno de los aspectos que actualmente separa a los defensores de la
«modernidad
ilustrada» y a aquellos que, aún de modo ambiguo, son
llamados
«posmodernos».
1. Decadencia de la
«experiencia
cartesiana» y de la «experiencia fáustica»
Es obvio que las
exigencias de compatibilidad
entre el progreso hacia un universalismo racional, tal y como fue
invocado
en la ilustración moderna, y el respeto a la
diversificación
de las perspectivas valorativas en el «mundo de la vida» de
nuestra época, se experimentan hoy como problemáticas. El
hecho de que nuestra época haya presenciado el aumento de las
posibilidades
de comunicación, la intensificación de la política
internacional, y otros fenómenos tendentes a la
posibilitación
del diálogo intercultural, no puede eliminar la
constatación
paralela de que los diferentes espacios culturales y puntos de vista
valorativos
han mostrado poseer peculiaridades propias difícilmente
compatibles
o conmensurables; para muchos, incluso, esto último es un signo
de que el fenómeno de la diversificación
criteriológica
de la cultura moderna sigue un curso entrópico e irreversible,
liberador
de diferencias y anuncio de una comprensión descentrada y plural
del mundo (cfr. Vattimo 1990: 73-110). Por otro lado, la convivencia
entre
las perspectivas individuales o grupales en la sociedad parece carecer
de un suelo realmente compartido, en cuanto muchas de ellas
están
fundadas en imágenes del mundo inconciliables, y tal vez no sea
desacertado decir que la percepción de la existencia comunitaria
es provocada unas veces sólo a propósito de problemas
económicos
coyunturales y que otras se limita al reconocimiento puramente formal
de
la humanidad del otro.
Aunque esta
problemática puede y debe
ser expresada en la forma concreta de una cuestión
política,
creo que sería una confusión reducir su sentido al
ámbito
de las ideologías. Por cierto que en nuestra época, en la
que se habla con insistencia de la muerte de la filosofía,
existe
la tentación continua a identificar «pensamiento
comprometido»
con «pensamiento político»; a ello habría que
oponer no sólo la cuestión de hecho de que la
política
parece estar perdiendo su carácter ideológico para
convertirse
en mera técnica o habilidad funcionalista, sino la
cuestión
de principio de que toda ideología hunde sus raices en una
comprensión
filosófica de la sociedad y de la historia. El problema posee un
carácter, me atrevería a decir, ontológico: se
trata
del fenómeno de la explosión y multiplicación de
visiones
del mundo, unido al de la ausencia de un criterio unificador aceptable.
La cuestión afecta a la identidad del hombre moderno, es decir,
a cómo se comprende a sí mismo y a cómo interpreta
la realidad de su mundo.
Si nos retrotraemos
a este punto de vista
ontológico, creo que resultará iluminador respecto a
nuestro
tema distinguir en la autocomprensión moderna dos
imágenes
que están en una relación de tensión. Por un lado,
la que fue articulada mediante el hallazgo cartesiano de la
preeminencia
del cogito; por otro, la que expresa bellamente el Fausto
de Goethe. El Discurso del método y el texto de Goethe
guardan
una distancia espectacular, ya en su entramado narrativo, respecto a la
experiencia que sirve de punto de partida a las trayectorias ulteriores
de los personajes. Descartes se enfrenta en soledad a la necesidad de
una
introspección racional rigurosa, en pos de una certeza que sirva
de fundamento a la pesquisa de la verdad única y universal; su
experiencia
anterior en el mundo inmediato ha sido decepcionante: no hay
allí
más que verdades a medias, desacuerdos irredimibles,
perspectivas
sin fundamento. Fausto, por el contrario, que ha empleado su vida en la
búsqueda intelectual de lo verdadero, se siente invadido por el
escepticismo, a la vista de la futilidad y de los efectos alienantes de
aquel propósito; y arde ahora en deseos de trascenderlo hacia la
infinitud de la experiencia mundana; la variedad de rostros de dicha
experiencia
es mostrada a Fausto, como es sabido, por Mefistófeles.
Estas narraciones
involucran autoexperiencias
paradigmáticas y opuestas de la modernidad. La primera expresa
una
vocación que retorna constantemente en el hombre moderno: la de
hacerse transparente a sí mismo, la de hacerse presente, de modo
reflexivo, su identidad en cuanto homo, su «yo
trascendental»,
y de otorgar a dicha identidad el carácter de un tribunal
autónomo
ante el que ha de comparecer esa autoridad falsa y externa de la
tradición
o de los prejuicios del mundo de la vida. La riqueza de ese modelo se
pone
en obra en la búsqueda ilustrada de una razón universal,
de una moral incondicional, de los derechos del hombre y de un ideal de
humanidad que sirva de telos último del progreso.
Fausto,
en segundo lugar, personaliza esa otra experiencia de la pérdida
de fe en el poder vinculante de la razón, en la unidad
intelectiva
de los hombres. Esa experiencia es dinamizada por el reencuentro, en la
vida prerreflexiva, con una riqueza múltiple e
inconceptualizable,
y es vivida con la fruición de estar acompañado por la
benevolencia
de una potencia demoníaca. A Mefistófeles le repugna el
raciocinio
frio y formal; el logos, el poder unificante que reune lo
múltiple
bajo un techo idéntico, es experimentado como una fuerza
coercitiva
que niega la vivacidad y pluralidad de las verdades locales, finitas,
de
la praxis inmediata. El prurito de lo idéntico, el anhelo
--propio
de aquél que se aferra al camino del logos-- del
Todo-Uno
identitario, es conducido a su opuesto de la mano de
Mefistófeles,
«el espíritu que todo lo niega» --según la
descripción
del poeta--. Y si la negación del logos respecto a la
vida
es ahora, ella misma, negada, el efecto final, la negación de la
negación, no adopta la forma de una superación
dialéctica
hacia una identidad y unidad de rango superior sino, más bien,
la
de una negación de lo universal que resulta irredimible, es
decir,
la forma de una afirmación continua de la diversidad de lo
múltiple,
de la diferencia; la cláusula fundamental del contrato entre
Fausto
y Mefistófeles obliga al primero a permanecer fiel al
«espíritu
de la tierra» y a rebasar toda tentación de permanencia.
Fausto
habita, bajo los auspicios de esa fuerza demoníaca, muchos
mundos,
como un hereje del logos, con el placer y el dolor
simultáneos
de no encontrar asiento firme y duradero en ninguna parte.
Muchos son los
relatos afines a éste
último. Ya Rousseau describe en La nueva Eloisa el mundo
moderno urbano e industrial como un mundo en el que lo malo, lo bueno,
lo hermoso, lo feo, poseen sólo una existencia limitada y local.
Marx y Nietzsche, salvando las distancias, experimentan la nueva
realidad
del mundo moderno como un torbellino de vértigo y embriaguez en
el que nada permanece; en el cambio incesante de las condiciones
sociales
o en la lucha permanente de las voluntades de poder, todo lo sagrado es
profanado, todo lo firme se desvanece; y, además, de un modo
heraclíteo,
todo parece llevar en su seno su propia contradicción o
producir,
a su pesar, efectos demoníacos: el progreso técnico
genera
miseria humana, según Marx; la búsqueda de verdad
engendra
ilusión, la de la virtud, traición a la vida,
según
Nietzsche. Y sin embargo, ese torbellino se experimenta como
productivo,
en cuanto extiende las posibilidades de la experiencia y destruye
barreras
que la encorsetaban (cfr. Berman 1988). Esa experiencia fáustica
la reencontramos, en fin, en la llamada heideggeriana a comprender la
verdad
como el acontecimiento indisponible en el que son
«abiertos»
heterogéneos «mundos de sentido», en la
oposición
que establece Gadamer entre «verdad» --entendida
heideggerianamente--
y «método» --término que es cifra de la
experiencia
cartesiana; la reencontramos en los alegatos de Lyotard, Vattimo, Rorty
y tantos otros que proclaman hoy la muerte de lo moderno.
Hay razones para
asegurar que, en el mundo
contemporáneo de la cultura y la filosofía, estas dos
experiencias
no sólo permanecen inmiscibles, sino que cada una, por su parte,
ha sido conducida a una minimización distorsionante de su
sentido
original. He aquí algunas consideraciones en esa línea:
Si nos preguntamos
por la nueva forma de identidad
que ha seguido a tales experiencias habría que destacar, a mi
juicio,
dos hechos de profunda trascendencia. En primer lugar, uno que
personalmente
considero liberador, a saber, que los códigos y criterios que
antaño
proporcionaban las imágenes metafísico-religiosas, como
fundamento
totalizador de la integración intersubjetiva, pierden su
crédito
en la nueva experiencia. Cartesianamente hablando, no son evidentes
racionalmente;
desde la experiencia fáustica, aquellas imágenes, que
ponían
su fe en la existencia de un cosmos ordenado de esencias fijas,
contradicen
la vivencia de un devenir autodestructivo.
En segundo lugar,
habría que tomar
en consideración la creciente demanda de derechos de la
racionalidad
objetivista de la ciencia, que ha tomado el relevo tras la muerte del
criterio
metafísico-religioso. La sacralización de los
métodos
empíricos, estadísticos o lógico-deductivos prueba
que la comprensión de lo universal amenaza con convertirse en
cientificista.
Este credo de la ciencia y la técnica ha rebasado su
ámbito
de legitimidad originario y no es exagerado decir que a la
lógica
de su desarrollo pertenece la pretensión de convertirse en la
nueva
cosmovisión en la que debería fundarse la unidad de los
espíritus.
La nueva relación entre universalidad y diversidad que esta
imagen
promueve podría muy bien ser descrita utilizando el
diagnóstico
apeliano que lleva por título «sistema de
complementariedad»,
diagnóstico que, salvando las distancias, coincide en alguna
medida
con el de «posmodernos» como Lyotard (cfr. Apel 1985, II:
352
ss.; Lyotard 1989: § 7 y ss.): por «válido
universalmente»,
por «común a todos» es proclive a entender en la
cultura
contemporánea lo que es objetivable metódicamente y lo
que
se muestra susceptible de ser defendido desde un punto de vista
aséptico;
así, por ejemplo, lo público tiende a ser indentificado
con
un conjunto de reglas estratégicas objetivas que sirven, o bien
al progreso técnico y económico, o bien al mantenimiento
de la eficacia funcionalista; si es así, la dirección de
la praxis se confía finalmente al conocedor de la supuesta
objetividad,
al técnico. Como contrapartida, los diferentes puntos de vista
valorativos
de individuos, grupos, culturas o saberes, se consideran subjetivos;
acerca
de ellos no puede haber discusión racional, pues son
--así
se piensa-- expresión de preferencias irracionales. Lo
valorativo
es relativo y, si es relativo, ya no posee fuerza vinculante en la
dirección
de la praxis.
Desde este prisma,
las dos formas de autoexperiencia
moderna mencionadas degeneran. En relación a la primera de
ellas,
habría que señalar que la vocación original de
progreso
hacia un ideal racional se especifica ahora como vocación de
progreso
técnico; en la misma línea, el ego que busca su
identidad
insobornable se convierte en un ego anónimo, cosificado,
y, porque no sabe ya interrogarse acerca de sí mismo, calma su
confusión
intentando dominar técnicamente lo existente, desde la
posición
de un ridículo y presuntuoso prócer; la universalidad
valorativa
ya no invoca la idea final de una autorrealización del hombre,
sino
que se limita a incluir los mínimos estratégicos de
respeto
al otro que son condición del éxito propio. Por su parte,
la segunda experiencia vital de lo diverso, la fáustica,
abandona
su fuerza inicial como fuente de una ampliación y
revolución
de los márgenes de nuestra comprensión del mundo; pues el
reconocimiento de la pluralidad que originariamente pertenece a aquella
experiencia ya no coincide con el reconocimiento de una especificidad
en
lo extraño capaz de enriquecer la perspectiva específica
de cada uno, sino con una devaluación de lo distinto pareja a
una
sacralización de lo que se considera propio; lo diverso es ya
mera
experiencia emotiva y atomizada; ya no atrae como reto y como fuente de
conocimiento, sino a lo sumo como objeto de un instinto insaciable por
probarlo todo (lo que Heidegger llamaba, en Ser y tiempo,
«avidez
de novedades»). En el proceso contemporáneo de
relativización
de los valores y de las imágenes del mundo, «cada uno ha
de
elegir a sus dioses», como diagnosticaba Weber (1986: 198-201,
229
ss.), en un espacio plural de mónadas que interaccionan en
función
de metas estratégicas.
De la compleja
discusión entre modernos
y posmodernos abordaré sólo algunas tesis opuestas que
coinciden,
sin embargo, en proclamar la necesidad de una salida a esta
comprensión
--decadente-- de lo idéntico y lo heterogéneo.
2. Liberación, ¿en
la unidad
racional o en la promoción de lo diverso?
Un punto de partida
crítico es común
a «modernos» y «posmodernos»: el objetivismo
cientificista
representa un punto de vista erróneo acerca de lo verdadero,
porque
no hay «objetividad» independiente de la parcialidad que
confieren
las valoraciones; el objetivismo desconoce que toda operación
metódica
es dependiente de precomprensiones previas acerca del sentido de lo
real
y que éstas le son dadas al hombre de forma prerreflexiva en el
contexto fáctico del mundo de la vida.
Este valor
determinante de la facticidad de
la existencia es el que utiliza el reilustrado actual (Habermas y
Apel),
no sólo contra la imágen cientificista del mundo, sino
también
contra las expectativas de las imágenes
metafísico-religiosas:
éstas, al pretender haber aportado una descripción cabal
del todo de lo real, operan con la ficción de un sujeto capaz de
situarse fuera del mundo, en la posición del ojo divino, para
contemplarlo
en su ser esencial; ficción imposible, pues el sujeto es siempre
un sujeto encarnado y mundano. Ahora bien, Habermas y Apel no ven en
ello
la exigencia de abandonar el proyecto cartesiano en favor del que he
simbolizado
con la experiencia faústica. Pues creen haber encontrado en el
seno
mismo del mundo de la vida una racionalidad incondicional y unificante:
la racionalidad comunicativa, es decir, el conjunto de reglas y
presupuestos
que yacen en la interacción entre los sujetos. Se trata de
sustituir
el cogito solitario por el colectivo, el «yo» por
el
«nosotros».
Pues bien,
analicemos un poco más a
fondo lo que se desprende de este proyecto reilustrado respecto a
nuestro
problema de la coordinación entre unidad y diversidad. Lo
primero
que habría que decir es que, desde este punto de vista, la
unidad
supraindividual está fundada en el carácter de la praxis
racional. Lo unificante no es propiamente el contenido de las
imágenes
del mundo específicas, sino el hecho de que en todas y en cada
una
de ellas se ejerce una misma vocación: la pretensión de
validez
universal. De acuerdo con ello, la racionalidad está
simultáneamente
disgregada en multitud de perspectivas y condenada a la unidad. En
efecto,
por un lado, las pretensiones de validez contenidas en toda
comprensión
específica de lo «verdadero» y de lo
«correcto»,
se ejercen siempre desde condiciones finitas del mundo de la vida; por
otro, la racionalidad de una pretensión de validez depende del
hecho
de que su defensa no se funde en dogma sectario, sino en argumentos y,
así, en el ámbito público del discurso. Las reglas
de un diálogo que permita la preeminencia de las perspectivas
mejor
fundadas argumentativamente constituyen entonces las condiciones
universales
de la dignidad de lo diverso (Apel 1985; Habermas 1988). Ahora bien, si
repensamos la teoría reilustrada, podremos reparar en la
circunstancia
de que dichas condiciones no son meras reglas estratégicas cuyo
sentido sea el de propiciar la convivencia pacífica de las
perspectivas.
Poseen, más bien, un carácter interno: cada
pretensión
de validez concreta, erigida desde condiciones fácticas
específicas,
anticipa una situación ideal de diálogo en el que la
discusión
argumentativa sería totalmente imparcial y diáfana. Esto
hace posible que la afirmación de la diversidad no implique
relativismo:
en primer lugar, porque cada forma concreta de vida está
comprometida
a perseguir desde su facticidad un mismo ideal contrafáctico; en
segundo lugar, porque dicho ideal sirve de criterio selectivo para
medir
la dignidad de los puntos de vista concretos. Así, pues, a la
circunstancia
de que el ejercicio de lo racional implica un compromiso «céntrico»,
situado,
debe añadirse, como rasgo inevitable de ese mismo logos,
la posibilidad de un distanciamiento reflexivo y crítico
respecto a los contenidos concretos y diversos del mundo de la vida;
esta
otra posibilidad la ha vinculado Apel con lo que llama
«posición excéntrica»
de lo racional (Apel 1985, II: 93). Me apresuro a mencionar que, en la
intención del reilustrado, semejante posibilidad
«excéntrica»
no supone una desvinculación respecto a la parcialidad y finitud
de nuestra praxis crítica. Nuestras pretensiones de validez
incondicional
y, por tanto, nuestra vocación racional de autotrascendernos
hacia
lo universal, son ejercitables sólo en el contexto de nuestros
lenguajes y nuestras formas de vida fáctica. La
comunidad
ideal anticipada es sólo un ideal regulativo al que la comunidad
real puede aproximarse en un progreso infinito. Por esa razón,
en
la comunicación estamos expuestos --dice Habermas-- a un
«movimiento
de trascendencia» desde dentro (Habermas 1991: 127-157).
Reparemos de nuevo
en la circunstancia de
que en este modelo la experiencia moderna que late en el fondo es
primordialmente
la cartesiana: esta articulación dialogante de la diversidad
viviva
se concibe como orientada a una meta final de autoclarificación
del hombre, de una autocomprensión cabal y diáfana, meta
final a la que cabe aproximarse asintóticamente. Precisamente
porque
esa vocación, la de alcanzar un ámbito de validez
universal
y definitivo, está implícita en todo acto de
razón,
según el reilustrado, la modernidad, entendida cartesianamente,
es para éste, un proyecto, si bien siempre corregible,
irrenunciable.
El reilustrado
protestaría ante esta
descripción de su programa; diría que es incompleta,
porque
su propuesta incluye también la experiencia que hemos llamado
faústica:
ese proyecto de clarificación final se realiza sólo a
través
del diálogo real y, por tanto, mediante la colaboración
de
todos los mundos de la vida concretos. Cierto. Pero he aquí la
primera
crítica del posmoderno, que se puede extraer de la parte de su
acervo
filosófico que es hereditaria de la hermenéutica: el
profundo
sentido de la experiencia faústica es realmente escamoteado
poniéndolo
en relación con la meta final del logro común de un
acuerdo
diáfano. Pues la existencia de diversidad en la
comprensión
del sentido de lo real implica radicalmente la imposibilidad de
unificación.
Y esto es así, fundamentalmente, porque la facticidad, la
finitud
de las condiciones de la existencia histórica y cultural, es
siempre
condición de posibilidad positiva de la existencia de un punto
de
vista. No hay comprensión sin precomprensión, no hay
interpretación
sin presupuestos, y la precomprensión o los presupuestos
permanecen
siempre en la sombra; cabalmente: las comprensiones diversas del
sentido
del mundo portan siempre opacidad. Por eso, el ideal reilustrado de
transparencia
constituye un ideal coercitivo de superación de la facticidad,
de
eliminación de lo diverso. Esta objeción ha sido
planteada
de forma distinta desde el «pensamiento débil»
italiano
(Vattimo 1990: 73-110), el «posestructuralismo»
francés
(Lyotard 1989: § 14), el «neopragmatismo»
norteamericano
(Rorty) y la hermenéutica radical alemana (Wellmer 1986: 97-102;
Schnädelbach y Waldenfels, entre otros).
Permítaseme
ilustrar la objeción
con un simple ejercicio: imaginemos una lámpara en un espacio
oscuro.
Su luz recorta sobre la oscuridad una sección iluminada,
permaneciendo
el resto en una completa opacidad. Sólo iluminaremos nuevos
espacios
con la lámpara a condición de dejar otros en penumbra.
Pues
bien, el reilustrado olvidaría esa cooriginariedad entre luz,
lámpara
y sombra. Imagina la opacidad, no como una condición de la
iluminación,
sino como un «tadavía-no-iluminado».
El «genio de
la lámpara»,
si se me permite la expresión, ha sido, junto a M.
Merleau-Ponty,
M. Heidegger, quien ha «iluminado» una buena parte del
espacio
«posmoderno» en el que se incluyen las heterogéneas
corrientes mencionadas. La tesis, de un modo más
sistemático,
dice que la verdad es alétheia, un acontecimiento en el
que
simultáneamente se produce una iluminación y
ocultación
del sentido. Aquí, la experiencia faústica se
sobredimensiona,
adquiere una riqueza nueva y profunda: el hombre experimenta en la
diversidad
de sus modos de existencia históricos y culturales el
desvelamiento
inmanipulable de mundos de sentido, no sometidos entre sí a la
lógica
del ego. Y en esa diversa experiencia el hombre es conducido,
como
Fausto, de la mano de un poder superior a él, esta vez por la
voz
que lo reclama hacia un modo del desocultamiento de la verdad, es
decir,
por el ser, el cual se patentiza y se oculta en cada uno de sus
llamamientos.
Pero hay otro
importante juicio crítico
en la posmodernidad que tiene su origen en Heidegger: el proyecto
moderno
ilustrado no sólo es falso, sino también peligroso. Pues
la fe en que la diversidad de las comprensiones del sentido puede ser
articulada
en una lógica común, que tiene su fundamento en la
estructura
apriórica de la racionalidad, es expresión de una
voluntad
de dominio de lo existente. La experiencia cartesiana y cualquiera de
sus
expresiones derivadas es, para Heidegger, la autoexperiencia de la
razón
como fundamento estable de lo que haya de ser llamado sentido de lo
real
(de todo ente). Ahora bien, el que se considera fundamento, pone a su
disposición
lo indisponible, el llamamiento del ser en la existencia
histórica,
y, por tanto, lo convierte en objeto de su compulsiva intención
de control y de medida (léase Mathesis universalis
cartesiana).
Este
diagnóstico está presente
en juicios como el de Lyotard, según el cual, toda forma de
legitimación
de una unicidad racional de lo diverso sojuzga y limita el poder
desestabilizador
y renovador del disenso, pone freno a la creatividad que pertenece al
movimiento
prolífico de «juegos lingüísticos» y
formas
de vida. Está presente en juicios que, como el de Vattimo,
intentan
clarificar la vinculación interna entre totalización y
totalitarismo,
en cuanto el todo lo narra e inventa el vencedor en la historia,
excluyendo
y segregando fuera de sí a una parte de la existencia. Por eso,
el posmoderno no pone sus esperanzas en la formulación de una
nueva
identidad más genuina que nos libere del angosto pasadizo en el
que nos ha colocado esa unidad objetivista de la ciencia y la
técnica,
sino en la ruptura de todo tipo de identidad y en el reconocimiento
completo
de la heterogeneidad. Aceptar esto es aceptar, en espíritu
fáustico,
la «muerte de Dios», que Nietzsche entendió como
muerte
del idealismo platónico en todas sus versiones, y vivirla con
alegría;
ello implica, no una superación dialéctica de la
modernidad,
sino su abandono definitivo.
3. Más allá del
universalismo
totalitario y del pluralismo relativista
Desde la
posición del reilustrado,
el «posmoderno» es, sencillamente, un relativista, puesto
que
renuncia a fundamentar criterios universales para la crítica
social.
En lo que sigue me limitaré a destacar muy brevemente dos
versiones
del pensamiento «posmoderno», con la intención de
mostrar
que «asunción de la heterogeneidad» no es, sin
más,
sinónimo de «relativismo».
La primera es la de
R. Rorty. Por heterogeneidad
de formas de vida no entiende el pragmatista norteamericano la
existencia
de una multiplicidad de mónadas incomunicables. Esa
comprensión
constituiría sólo una renovación de la modernidad,
en la que el todo y la identidad unitarios se desmembrarían en
todos
e identidades diversas. En su lugar, prefiere describir la
heterogeneidad
como un «trenzado versátil de relaciones sin
centro».
Ese trenzado posee, a juicio de Rorty, un origen más contingente
que en la comprensión heideggeriana: no es expresión del
ser, que se oculta, sino de un ámbito ya siempre abierto: el de
las prácticas sociales (Rorty 1991a). La posición
de Rorty es la de un contextualismo pragmatista.
Pues bien, si
comprensión del mundo
y praxis social se sitúan a esa distancia tan corta que
prácticamente
se identifican, no veo cómo puede escapar Rorty a la
objeción
de que, en ese caso, no contamos con patrones críticos para
juzgar
la dignidad de una práctica determinada. Es más, en
virtud
de esa misma posición, sería legítimo sospechar
que
el mismo Rorty sólo es capaz de difundir la práctica
social
a la que pertenece, es decir, la forma de vida norteamericana.
En honor a la
verdad, hay que dar cuenta de
los argumentos rortyanos contra la acusación que acabo de
esgrimir.
La fundamental de sus razones, explícita en Contingencia,
ironía
y solidaridad, reza: las perspectivas de la comprensión del
mundo son, en virtud de su dependencia contextual respecto al common
sense de una determinada sociedad, inconmensurables. Esa
heterogeneidad,
sin embargo, no está abocada a un relativismo insolidario,
puesto
que cabe esperar, si bien no una conmensuración universal de lo
diverso, sí una «ampliación del nosotros»,
ampliación
que se ejercería a través de una
«identificación
imaginativa con el otro» capaz de motivar la finalidad
común
de «eliminar el sufrimiento» (Rorty 1991b: cap. 9).
El contenido de este
alegato de Rorty, sin
embargo, más parece un deseo que una justificada consecuencia de
su posición filosófica. En efecto, en el texto mencionado
esta posición es denominada «ironismo liberal». El
hombre
ideal rortyano es «ironista» en cuanto afirma la
comprensión
del mundo a la que pertenece, a sabiendas de que es parcial,
contingente,
limitada; es liberal en la medida en que confía en la fecundidad
de una «privatización» de toda teoría sobre
lo
verdadero y lo justo. Semejante privatización viene aconsejada,
según Rorty, por la convicción de que todo uso
público
del pensamiento teórico, no es, en último término,
más que el intento autoritario de imponer un punto de vista
particular.
La filosofía, el pensamiento crítico, en suma, tienen
ahora
meramente la función de servir a la «creación de
sí
mismo». Pues bien, con semejantes credenciales, no se ve
cómo
ha de ser posible la solidaridad y la crítica. Privatizar las
concepciones
filosóficas, las conceptualizaciones del entramado social,
significa,
en mi opinión, privarlas de sus potenciales críticos. Si
no se percibe que la «creación de sí mismo»
pone
en juego también al «otro», el juego entre lo
diferente
es abandonado a una lógica semejante a la del liberalismo
económico:
la de la supervivencia de lo máximamente útil o la del
predominio
del más fuerte. Por lo que se ve, Rorty no ha sabido aprovechar
la advertencia de Sartre, uno de los maestros a los que invoca, a
saber,
que el individuo, aunque condenado a elegir su forma de existencia,
tiene
la responsabilidad de habérselas con consecuencias de su
autoelección
que trascienden su esfera privada, pues «eligiéndome,
elijo
al hombre» (Sartre 1985: 18).
Sin embargo, no creo
que un reproche semejante
pueda ser esgrimido contra el punto de vista de Lyotard, que es el
segundo
caso al que aludiré. La heterogeneidad no es para él
simplemente
un concepto relacional, que defina la posición de lo diverso
entre
sí, sino un fenómeno que acontece ya en el interior mismo
de cualquier mundo de la vida imaginable o, empleando el concepto
wittgensteiniano,
en cualquier «juego lingüístico»; a ese
fenómeno
lo llama «diferencia». Hay un sentido complejo e
inabordable
aquí de este concepto, según el cuál ningún
contenido de un juego lingüístico concreto es concebible
como
un elemento idéntico a sí mismo, pues, en virtud de su
posición
irregular en el juego lingüístico, posee
simultáneamente
sentidos inconciliables. Abandono esta línea y me remito
sólo
a otra via complementaria que ha utilizado Lyotard en la
aclaración
del fenómeno de la diferencia, y que evoca aún el
pensamiento
heideggeriano, de una forma no pragmatista y reductivista, como hace
Rorty:
cada concreción de lo comunicable, cada forma de vida o
«juego
lingüístico», niega en su ejercicio otras
concreciones
posibles, que son, así, condenadas al silencio. Hay una
copertenencia
entre la riqueza de lo expresable y lo comprensible, por un lado, y la
limitación de lo expresado y lo comprendido, por otro. Se comete
una «irracionalidad» cuando una concreción
determinada
de forma de vida pierde de vista esa otra faz de su existencia: que es
en cuanto niega y oculta, que dice en cuanto silencia, que ve en cuanto
su mirada se ofusca (Lyotard 1988: 15-46).
Creo que lo dicho
basta para alejar de Lyotard
la sombra del relativismo. Deduzco de sus argumentos que hay criterios
para juzgar la dignidad de una forma de vida; ciertamente, no en la
versión
de un conjunto de reglas trascendentales, capaz de conmensurar a todas
las formas posibles de vida, pero sí en la versión
inmanente
de una responsabilidad: la comprensión de los propios
límites
debe poder frenar, en primer lugar, la tentación de
absolutizarlos
monádicamente; debe, en segundo lugar, promover la apertura a
otras
formas de experiencia que en la nuestra permanecen en silencio, lo
cual,
como dije, pertenece al sentido originario de lo que he llamado
«experiencia
fáustica»; finalmente, la posibilidad de poner de
manifiesto
la diferencia allí donde parece alumbrar lo idéntico,
puede
convertirse en un arma poderosa para hacer frente a la amenaza, siempre
acechante, de la colonización de unos mundos de la vida por
parte
de otros. Todo ello aporta razones suficientes para sustraernos a la
conclusión
que Dostoievski pone en boca de uno de sus personajes: la de que si
Dios
ha muerto ya todo está permitido. Dar espacio a la diferencia no
implica indiferencia.
Me gustaría
terminar sugiriendo el
cauce que, a mi juicio, debería seguir la reflexión en
torno
al problema aquí planteado. Creo que tanto el
«reilustrado»
como el «posmoderno» deberían renunciar a dos
prejuicios
mutuos. En primer lugar, me parece que, aun aceptando la fecundidad del
punto de vista de Lyotard, resulta injustificada la frecuente tesis
«posmoderna»
según la cual toda pretensión de validez universal es
totalitaria.
La perspectiva de Lyotard rebasa la de Rorty en la medida en que
sugiere
que el filósofo trasciende la finalidad de una
«creación
de sí mismo» hacia la meta de un pensamiento
crítico.
Mas si esto es así, el filósofo deberá atreverse a
emitir juicios más allá de la esfera privada que es de su
exclusiva incumbencia, es decir, en el ámbito de lo
público.
En esa autotrascendencia está ejercitando su comprensión
particular en la forma de una comprensión satisfactoria en
general,
es decir, anticipando cierta configuración universal, inventando
al hombre. Por otro lado, el reilustrado debería reconocer que
la
anticipación de un ideal universal quizás sea inevitable,
pero siempre parcial, finita, por lo que debería renunciar a su
insistente argumento según el cual la imposibilidad de
fundamentar
criterios universales coincide con una aceptación
acrítica
de la facticidad. Lo que parece universal es el acto de
anticipación,
y no su contenido.
A mi juicio,
congeniar estos dos aspectos
de la reflexión crítica, la inevitabilidad de la
anticipación
de una perspectiva universal y la parcialidad y contingencia de la
anticipación
misma, constituye uno de los retos fundamentales de la filosofía
contemporánea.
Obras citadas
Apel, K. O.
1985 La transformación de la
filosofía,
I-II. Madrid, Taurus.
Berman, M.
1988 Todo lo sólido se
desvanece
en el aire. Madrid, Siglo XXI.
Habermas, J.
1988 Teoría de la
acción
comunicativa. Madrid, Taurus.
1991 Texte und Kontexte.
Frankfurt
a. M., Suhrkamp.
Lyotard, J.-F.
1988 La diferencia. Barcelona,
Gedisa.
1989 La condición postmoderna.
Madrid, Cátedra.
Rorty, R.
1991a «Wittgenstein,
Heidegger
und die Hypostasierung der Sprache», en B. McGuines (coord.), Der
Löwe spricht und wirkönnen ihn nicht verstehen. Frankfurt
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y solidaridad. Barcelona, Paidós.
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1985 «Carta sobre el
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en Sartre y Heidegger, Sobre el humanismo. Buenos Aires,
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1990 La sociedad transparente.
Barcelona,
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Weber, Max
1986 El político y el
científico.
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Wellmer, A.
1986 Ethik und Dialog.
Frankfurt a.
M., Suhrkamp.
Luis Sáez
Rueda. Becario de
investigación. Departamento de Filosofía. Universidad de
Granada. 18071 Granada.
Resumen
Sobre unidad y diversidad
en la filosofía de finales de siglo
La
problemática a la que alude el título
de este trabajo es, evidentemente, tan extensa y compleja que merece un
análisis más exhaustivo del que se presenta a
continuación.
El horizonte último al que apunta estaría constituido por
la vigorosa discusión a la que ha dado lugar esa experiencia de
finales de siglo desde la cual el espacio cultural y filosófico
al que llamamos «modernidad» se descubre como un proyecto
en
crisis. La proliferación de categorías rupturistas como
las
de «sociedad posindustrial»,
«posestructuralismo»,
«posmodernidad», etc., y otros emblemas que se asemejan a
actas,
bien de defunción, bien de nacimiento, son un índice de
la
inseguridad o expectación con la que se experimenta hoy el
porvenir.
En ese contexto, me limitaré a explorar algunos problemas que
conciernen
a la forma en la cual el hombre moderno ha experimentado tanto la
necesidad
como la problematicidad de la articulación entre lo que merece
ser
reconocido como universal, por un lado, y lo que reclama, por otro, un
reconocimiento de su especificidad por mor del pluralismo.
Abstract
On unity and diversity in the
philosophy of the end of a century
The problem
mentioned in the title is, evidently, so extensive and complex that it
deserves a more exhaustive analysis than that presented in this
article. The ultimate horizon to which it points is the vigorous
discussion elicited by the end-of-century experience, from which the
cultural and philosophical space called «modernity» is seen
to be a project in crisis. The proliferation of disruptive categories,
like those of «post-industrial society»,
«post-structuralism», «post-modernity», etc.,
and other slogans that resemble death - or birth - certificates, are an
index of the insecurity and expectations with which the future is
experienced today. In this context, I will limit myself to the
exploration of some problems concerning the form in which the modern
man has experienced the necessity and the problematic nature of
articulation among, on one hand, that what deserves to be recognized as
universal, and, on the other hand, the recognition of specificity
through pluralism.
unidad y diversidad en la
filosofía | sociedad posindustrial | posestructuralismo |
posmodernidad | pluralismo
philosophical unity and diversity | post-industrial society |
post-structuralism | post-modernity | pluralism
1995-06
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