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Hace poco he
realizado una experiencia que
no deja de tener interés desde el punto de vista
antropológico.
Esta experiencia consiste en examinar los itinerarios de muchos
viajeros,
que desde el siglo XVII al XIX han venido a España. Muchos
viajeros
franceses, sobre todo ingleses, y bastantes alemanes. Podríamos
decir que examinando estos viajes se enmarca de una manera vigorosa un
hecho que ustedes mismos pueden intuir, y es el de la primacía
del
interés que en los pueblos de Europa ejerce Andalucía,
En épocas en
que las comunicaciones
con España han sido mejores, desde el siglo XVIII, sobre todo en
el XIX, el viajero se ajusta, si no es un hombre de mucho esfuerzo, en
unas curiosidades muy expresadas en términos científicos
o en términos históricos, que va a buscar algo
determinado.
El viajero, digo, se ajusta a un itinerario. Generalmente entra en
España
por la frontera de Irún; tiene una primera intuición
rápida
de alguna población arcaica de la frontera, como podía
ser
Fuenterrabía; pasa por Guipúzcoa y por Álava
más
rápidamente unas veces, menos rápidamente otras; tiene
luego
una parada obligada que en términos folclóricos se
expresa
menos que en términos históricos, que es el paso por
Burgos;
y luego, después de hacer alguna reflexión sobre la
significación
histórica de Castilla, en fin, la arqueología en
relación
con el gótico, etc., va bajando más al sur, cruza la
sierra
y luego ya dedica un espacio mayor a la visita de Madrid, obviamente, a
considerar las características de la capital, el reino.
Aquí
se dedica a hacer algunas visitas a poblaciones importantes,
monumentales,
como El Escorial, a visitar acaso Segovia o Toledo y luego baja por La
Mancha hacia el sur y, realmente, donde el viajero encuentra lo
exótico,
lo que más se diferencia de su país y lo que busca
también
más es Anda lucía: es Sevilla, son los puertos
-Cádiz,
Málaga- y por contraste o diferencia, Granada. En estas
poblaciones
encuentra algo que para él mucha veces, en un extraño
confusionismo,
es la expresión de lo español. Porque parece como si por
los campos de Castilla o por las tierras húmedas de
Guipúzcoa
no encontrara lo que él quiere en función de esta idea de
lo español y en cambio, sí parece que lo encuentra en
Despeñaperros
y de Despeñaperros abajo.
¿Por
qué existe esta idea de
lo español como equivalente a lo andaluz? Pues es un misterio
que
tiene también otra expresión y ésta no es la
debida
a franceses, ingleses o alemanes. Es debida a españoles y
concretamente
a andaluces. Porque en el siglo XIX hubo un escritor castizo e
importante
para el estudio de las costumbres y por lo tanto de la
etnografía
española, que fue don Serafín Estébanez
Calderón,
«El solitario». En un texto muy interesante viene a
sostener,
en pleno siglo XIX, que las tradiciones, las quintaesencias, las cosas
que en conjunto se pueden considerar más típicamente
españolas,
las conservan mejor los andaluces que el resto de los españoles.
Y esta tesis que defiende «El solitario», tiempo
después
la defendió también su sobrino, es decir, don Antonio
Cánovas,
andaluz también, y un tercer gran andaluz que fue don Juan
Valera.
Así que en esta apreciación, en esta estimativa que desde
todos los puntos de vista es un poco sorprendente, pues, vemos que
coinciden
andaluces, grandes figuras de Andalucía, y coinciden
también
muchos viajeros extranjeros.
Ahora bien, lo que
podríamos pensar
es que en esta idea de lo español como lo andaluz, hay una
tendencia
a marcar la mayor diferencia que pueda haber en España con
relación
a otros países de Europa. Y en este hecho sí que se puede
decir que lo español por ser distinto a lo europeo, tiene que
buscarse
en todo caso en lo andaluz, porque otras tierras de España,
otras
partes de la Península no tienen esa especie de hecho
diferencial
que encontraban los viajeros y que encuentran a veces también
los
andaluces. Supongo que en esta época de autonomías,
querrán
recalcarlo más.
Pero cuando se
enfrenta uno con el concepto
mismo de Andalucía, y sobre todo cuando se enfrenta uno con el
concepto
desde el punto de vista antropológico y etnográfico, es
obvio
que se encuentra con que no hay ni se puede hablar de un andalucismo
homogéneo.
No se puede hablar de una Andalucía que se pueda describir de
una
manera total como algo igual a sí mismo, sino que en seguida el
viajero, el curioso, se encuentra con el problema de cuántas
Andalucías
hay y qué diferencias sensibles se encuentran en este
ámbito.
Es obvio que para muchos efectos hay una Andalucía occidental y
hay una Andalucía oriental. Es obvio también que hay otra
división que se debe establecer muy fuerte que es una zona
montañosa
andaluza septentrional; hay una gran corriente fluvial que es la del
Guadalquivir
con sus afluentes; hay unas sierras meridionales y hay también
una
costa. Y lo que es característico desde el punto de vista social
y económico en un ámbito, no es característico del
otro. Incluso en lo que podría llamarse el andaluz como idioma,
encontramos también diferencias sensibles. Y lo que, en cambio,
desde una época muy antigua puede marcar ciertas constantes y
puede
marcar también una tendencia a homogeneizar costumbres y
prácticas
en ciertos aspectos, no en todos, es la existencia en todos estos
ámbitos
de ciudades con un personalidad muy fuerte desde antiguo.
La cultura andaluza,
más que ninguna
otra de la Península Ibérica, es una cultura que tiene
unos
aspectos de una rusticidad, podríamos decir, marcadísima,
al lado de unos grados de urbanización y de urbanidad,
podríamos
también decir, marcadísimos y señalados.
En el mundo
puramente económico, en
el mundo como básico para hacer la observación, y basta
con
esto referirse al paisaje andaluz, nos encontramos con que las zonas
nórdicas,
serranas, el antiguo saltus marianus que ha dado el nombre a la
Sierra Morena, y otros ámbitos parecidos, han albergado desde la
antigüedad una población pastoril, una población
misteriosa,
que han tenido siempre el carácter, no en el siglo XVIII ni en
el
XIX, cuando se dan los fenómenos clásicos del
bandolerismo
andaluz que estudió don Julián de Zugasti en una obra
inmensa
de tamaño o que puso de relieve en un libro mas preciso y
más
corto don Constancio Fernández de Quirós, una zona de
refugio
en la que la fragosidad de la sierra, del elemento físico,
permite
que haya un menor control de las autoridades y un mayor número
de
población con cierta vida irregular.
El bandolerismo
andaluz, éste que en
el siglo XIX, incluso hasta el comienzo del siglo XX fue un
tópico
sociológico y literario paralelo al del bandolerismo meridional
de Italia, es algo que se puede seguir en la historia desde la
época
romana. Porque en la misma correspondencia de Cicerón ya hay
referencia
a la peligrosidad de la Sierra Morena y a la situación de
inseguridad
que tenían las gentes que vivían en los alrededores. Esta
zona fragosa, es una zona que determina verdaderamente en los tiempos
antiguos,
más que en otros, una frontera con el norte. La
preocupación
que esta zona produce a los gobernantes está expresada en
aquellos
movimientos como el de las nuevas poblaciones de Andalucía que,
precisamente, en la sierra se hicieron en tiempos de Carlos III con un
criterio de población planificada que ha dado resultados, como
son
estas poblaciones que se escalan cuando se baja hacia el sur. en la
sierra
-La Carolina, La Carlota, La Luisiana, etc.- y que son, precisamente,
elementos
que los gobernantes o la vida, los responsables de esta
urbanización,
daban para estabilizar, para darle a esta zona insegura y conflictiva
una
garantía de es desde el punto de vista social y
económico.
Aquí, pues, nos encontramos unos hechos de urbanización
modernísimos,
que tienen un gran interés desde el punto de vista
antropológico
y etnográfico, todavía hoy, porque esta
planificación
tiene un significado desde el punto de vista de la estructura social.
¿En
función de qué ha
habido aquí la necesidad de urbanizar, de planificar y de
asegurar
la existencia? Pues en realidad esto ha ocurrido en parte porque al sur
existían y existen grandes zonas de agricultura con campos
feracísimos
cultivados de formas especiales de las que ahora vamos a hablar. Y con
toda su riqueza y toda su feracidad y fama secular, producen un
extraño
desequilibrio social. En las tierras castellanas, mucho más
pobres
físicamente, en otras partes de España que no tienen los
privilegios físicos de Andalucía, nos hemos encontrado
con
estas formas de cultivo cerealista del año y vez o de las tres
suertes,
y una explotación completamente modesta, que no ha provocada,
sin
embargo, los trastornos que la gran explotación agrícola
andaluza ha producido.
Al final del siglo
XVIII y comienzos del XIX,
hubo un botánico de origen francés, Boutelou, que en una
revista de agricultura que se publicaba en esta época de Carlos
IV, hizo un estudio muy curioso respecto de las formas y los
tamaños
de la propiedad en España. En vez de tomar un criterio de
cantidad,
en el sentido de medir las tierras o las propiedades personales,
usó
otro criterio: el criterio de medir la propiedad con arreglo al
número
de yuntas de arado que se necesitaban para explotarla. Se
encontró
con que las propiedades pequeñas, naturalmente, se explotaban
con
una yunta de arado suficientemente. Eran explotaciones que un hombre
con
su familia y una yunta podían explotar, incluso habla
también
de explotaciones que no se explotaban más que con herramientas
más
elementales que el arado. Pero después encontraba que el
término
medio, el labrador, el propietario agrícola, pues, tenía
unas tierras que no eran muy ricas, que se podían explotar con
cuatro,
cinco yuntas y establece así unos módulos de formas de
propiedad,
pero cuando llega al sur se encuentra con el problema de las grandes
propiedades
que necesitan cuarenta y hasta cincuenta yuntas de labor para ser
explotadas.
Es decir, que el latifundio en este caso, y concretamente el latifundio
andaluz, se midió, ya a fines del siglo XVIII y a comienzos del
XIX, por el número de personas que trabajaban y el número
de animales que estas personas tenían que manejar.
Y así se
encuentra uno con el problema
del latifundio en el que para un propietario trabajan muchos hombres,
muchos
animales. Hay una falta de repartición de esta propiedad sobre
la
que muchos agraristas protestan con criterios de su época -hoy
esto
ya sería más discutible en términos
económicos,
no morales- y nos encontramos con que esta propiedad
paradójicamente
está relacionada con la existencia de núcleos grandes de
población y con la existencia de campos enormes alrededor de
ellos,
campos de tierra calma -como se dice-, campos de olivar, etc., pero
sobre
todo el campo de explotación cereal. Y la desarmonía que
hay entre la gran población, que puede ser una población
como Osuna, Porcuna o Carmona que son poblaciones que ya aparecen en
los
textos greco-latinos respecto a periodos muy antiguos de la historia
-que
no son fundaciones romanas sino que tienen nombres indígenas- y
la explotación de estos campos y estas estructuras
latifundarias.
Y entonces aquí se da un sistema muy peculiar de los pueblos del
Mediterráneo antiguo, que indican también esta especie de
conservadurismo y tipismo que luego se encuentra en lo andaluz, sobre
todo
en la gran estructura de las cuencas fluviales del Guadalquivir y sus
afluentes.
La ciudad contiene
una población, en
gran parte, de proletariado rural. El proletario andaluz vive en el
núcleo
urbano, en condiciones -ya veremos algo sobre la estructura, etc.-
bastante
difíciles y ustedes pueden recordar el texto de una
parábola
del Evangelio en la que se habla de cierto capataz de cierto
administrador
de fincas en la época antigua y en Palestina, que va a la plaza
a contratar trabajadores para el día. Pues bien, este sistema de
contrato, es un sistema que ha existido, si no es que existe
todavía,
en Andalucía, hasta el siglo XX. Y no sólo esto, sino que
el
sistema éste del latifundismo andaluz en que se conjuga una cosa
tan aparentemente contradictoria como la ciudad grande o el
núcleo
de población grande y la explotación agrícola
también
grande, hay un punto intermedio que es el sitio donde los trabajadores
tienen que concentrarse y donde, a veces, en función de las
tareas,
tienen que pernoctar, comer, en una palabra: vivir cuando no
están
en el trabajo. Este tercer elemento es el cortijo. El cortijo, contra
lo
que el nombre parece indicar, no es algo que se puede expresar por un
diminutivo, curticulum.
No, es algo muy grande, es una construcción en la que los
hombres,
los animales, conviven, viven y se puede pensar que en el cortijo hay
algo
parecido a lo que podría ser un régimen de tipo
cuartelario
en la antigüedad en relación con la esclavitud.
El cortijo indica
una ordenación. Hay
unas jerarquías, unas especializaciones, una especie de programa
organizado y este cortijo típico del que se han hecho tantas
diatribas
y que ha dado también resultados magníficos desde el
punto
de vista arquitectónico en la campana sevillana y en otras
partes,
es una expresión típica de una forma de agricultura
específicamente
mediterránea y meridional y, también, podemos decir una
forma
muy arcaica, muy distinta a las que podemos encontrar en otras partes
de
España.
Vemos, pues, que
según las zonas, hay
problemas estructurales básicos muy distintos y que la misma
posibilidad
de gentes remontadas, de gentes que no aguantan, que no toleran estos
regímenes
de la propiedad tan marcados, tan fuertes, pueda producir la
desarmonía
y la inseguridad en relación con las poblaciones fragosas. Pero,
además, nos encontramos con que hay otra complejidad mayor y
sistemas
contradictorios mayores en este mundo tan curioso, tan
enigmático
y tan fascinante como es el de la vida económica y social de
Andalucía.
En ciertas zonas nos
encontramos con que aparte
de estos grandes cortijos campesinos que tienen permanencia desde la
época
romana a través de la visigótica a la árabe -en
árabe
son los alijares y en la época visigótica sabemos que los
había y los reyes visigodos tenían grandes propiedades en
el sur-, pues nos encontramos con formas de vivir que son distintas y
que
reflejan el mundo comercial y el mundo artesanal.
En Andalucía
tenemos los modelos de
las casas que se pueden comparar a los fondacos o fondacci de
Italia,
y a los fondaq árabes, que son unas veces posadas de
gentes
pobres, otras veces son casas de vecindad explotadas hasta el
máximo
en las que viven como todavía en la parte septentrional de
Andalucía,
y en La Mancha podemos encontrar, y en alguna gran población las
ha habido en el centro. En Madrid mismo ha habido casas de vecinos que
tienen esta estructura. Nos encontraremos también la casa de
vecindad
de tipo artesanal, la casa hidalga del hombre de propiedad media, y
luego,
una serie de formas de construcción que corresponden a
determinados
ámbitos. Por ejemplo, en Andalucía oriental nos
encontramos
que hay un sistema de cuevas artificiales, también muy antiguo
en
la tradición española (se habla de cuevas artificiales en
textos relativos a los pueblos ibéricos y también a los
pueblos
turdetanos), y en la costa, en las marismas, en ciertos pueblos de
pescadores,
nos encontramos con unos chozos, unas formas de construcción
vegetal
que podrían corresponder a una época muy remota del tipo
neolítico. Es decir, que las formas arcaizantes en
Andalucía
se dan de una manera especial en la arquitectura y en la
organización
de la vida urbana y en la organización de la vida campesina.
El mundo andaluz
refleja unas formas de explotación
no sólo de la tierra sino de la artesanía con una
tradición
extraordinariamente remota y con una riqueza artística al mismo
tiempo también muy remota. En la agricultura andaluza
típica
nos podemos encontrar con que el arado dental de reja enchufada que
muchos
de ustedes han podido ver en la campiña de Sevilla, en la
campiña
de Córdoba o en otras partes de Andalucía, es exactamente
el mismo que está dibujado o que está grabado en las
monedas
de época romana. Es el arado que está con la espiga y que
es el arado dental que han usado hasta nuestros días muchos
campesinos
andaluces. Hoy ya con la tecnología moderna que ha invadido
fincas
en toda España, será difícil encontrar ya este
tipo
de arados, pero, por ejemplo, hacia el año 1950, todavía
se podían encontrar, y yo, en un viaje que hice por
Andalucía
en este tiempo, creo que dibujé diez, doce o quince y hasta hice
un plano que luego en el Atlas de Alvar ha quedado mucho mejor
definido,
pero que hoy ya sería difícil el dibujar con aquella
exactitud.
El arado dental nos
lo encontramos al lado,
también, de algo que es muy antiguo y que a los romanos les
parecía
un objeto no propio sino exótico del Mediterráneo
meridional:
es el rodillo para trillar, con púas, que es lo que los
agricultores
romanos llamaban el prostellum penicum o punicum y que
es
algo también con un aire muy mediterráneo. Y en el otro
aspecto
del utillaje, un utillaje que ya se ha estudiado hace mucho tiempo para
Córdoba y para otras zonas de Andalucía, por fortuna,
porque
hoy no se podría estudiar, nos encontramos también con
unos
elementos diferenciales que siempre tienen este aire de tipo
mediterráneo,
aunque haya también cosas introducidas, sobre todo en
función
con el cultivo de las viñas y el cultivo vitícola, en
general,
que ése sí ha experimentado unos cambios mucho más
sensibles que en épocas modernas, incluso en los transportes y
en
otros aspectos.
Otra forma que en
Andalucía nos encontramos
como con una persistencia de carácter mítico, es la del
ganado
bovino o de las grandes toradas de la tierra llana; los rebaños
enormes de aquella descripción que ya se encuentra en
Estrabón;
de los toros que chapotean en las marismas o en las cercanías
del
Guadalquivir y todo el ciclo de mitos que en torno al toro se han
creado
en relación con Andalucía. El ganado bovino en las
tierras
altas también tiene una importancia singular, y la vida social
andaluza,
básica tradicional, es decir, la que nos ha interesado a los
etnógrafos
y a los antropólogos, nos da esta imagen de evolución
dentro
de unas formas, de unas permanencias hacia un perfeccionamiento, pero
sin
grandes introducciones de elementos extranjeros o de modalidades
distintas
de las producción. Porque otro tanto pasa, por ejemplo, con el
cultivo
de lo que se llama la hacienda de olivar, que ocupa extensiones enormes
del campo andaluz, y en el que, aunque periódicamente se dan
innovaciones
curiosas hechas por ingenios del país respecto a cosas tales
como
las prensas de aceite o las capachas u otros elementos que pretenden
mejorar
la calidad de la producción del aceite, hay siempre una
continuidad,
una especie como de permanencia que acaso en otras tierras de la
Península
Ibérica no se encuentran tan marcada, tan potenciada y tan igual
a si misma.
En relación
con la población
urbana, naturalmente hay que distinguir estas poblaciones que nos
encontramos
con frecuencia en Andalucía, de veinte, treinta, cuarenta mil
habitantes
tan distintas a las aldeas no solamente del norte sino a las aldeas de
Castilla y de otras tierras centrales. Es un mundo en el que, sin
embargo,
la división del trabajo social no corresponde a esta
proporción
numérica. Son tierras en las que abunda el proletariado rural y
tierras en las que la manufactura en un sentido moderno no se ha
desarrollado,
y éste es uno de los aspectos de la vida social de
Andalucía
desde el siglo XVIII hasta el XIX que acaso haya producido mayores
faltas
de comprensión y problemas de mal entendimiento. Aunque en otras
partes de Europa es inimaginable que una población de este
tamaño
cuente con tan pocos recursos de tipo industrial, aunque sí
conserve
mucho desarrollo de las artesanías antiguas como son todas las
que
están relacionadas con el trabajo de la agricultura y de la
ganadería.
Es decir, carreros, por un lado, talabarteros, por otro, personas que
manipulan
o manejan industrias, o artesanías derivadas del cultivo de la
lana
o del lino, telares, etc. Pero esto, si en Antiguo Régimen daba
lugar ya a desequilibrios, en las épocas de la
industrialización
moderna es algo que se ha quedado cómo verdaderamente una
situación
arcaizante en relación con otras partes de España.
Otro aspecto que
tenemos que señalar,
en esta especie de teoría como de una funcionalidad
histórica
en la estructura básica del mundo andaluz, es el de que en las
grandes
ciudades y también en estas ciudades de tipo intermedio pero muy
considerables desde el punto de vista numérico, nos encontramos
desde muy antiguo con el problema de la pobreza, no ya una pobreza de
personas
que trabajan y tienen unos recursos mínimos para vivir, pero
tienen
esos recursos de trabajo, sino una pobreza que se divide en dos clases:
una es la pobreza vergonzante, acerca de lo que los escritores de los
siglos
XVI y XVII, sean novelistas, sean teólogos morales, sean
moralistas,
hablan constantemente, este tipo dramático del hombre o de la
mujer
que corresponde a una sociedad superior en teoría: el hidalgo,
la
mujer viuda, desamparada, que son pobres vergonzantes, pobres que no
pueden
demostrar públicamente su pobreza, y luego, la pobreza ya
organizada,
la pobreza ya como si pudiéramos llamarla, reglamentada, acerca
de la cual tenemos unos textos también muy dramáticos
unos,
muy burlescos otros, en la literatura del Siglo de Oro.
La pobreza del siglo
XIX ha sido estudiada
también por algunos autores e incluso ha habido un momento
después
de la revolución del afío 68 del siglo pasado en que en
este
ambiente de la pobreza fue donde se hizo una mayor propaganda de tipo
protestante.
Pero de todas maneras, el estudio de la estructura de la pobreza de
tipo
arcaizante, una pobreza como la que puede ser la del sur de Italia
también,
y una pobreza que también puede darse en los países con
formas
sociales y económicas modernas. Yo creo que en la pobreza
sí
se puede hacer un estudio de una pobreza de tipo arcaico y una pobreza
de tipo moderno. Y esto sería un tema que valdría la pena
de estudiar en relación con los textos andaluces y con las
posibilidades
que haya hoy de observar.
Ahora bien, esto
todo, el desarrollo de ciertas
artes, de ciertas técnicas con origen remoto, con vocabularios
que
nos indican influencias arábigas, etc., es un algo que
está
más desarrollado y también el otro día
hablé
de la influencia que en el sur de España y también en
Castilla
ha tenido el desarrollo de un densa literatura popular impresa. Esto,
desde
el punto de vista mental, en Andalucía cobra una influencia
mayor,
porque las grandes ciudades del sur: Córdoba, Sevilla, Granada,
Cádiz, han tenido imprentas populares en las que se ha
desarrollado
un tipo de literatura peculiar que podemos considerar
específicamente
andaluza, al lado de la literatura de cordel, de las historias
religiosas,
los libros de caballerías y las historias más o menos
satíricas
que se desarrollan ya también en Castilla y en otras partes de
España.
La literatura de
cordel andaluza gira en torno
de varios tópicos que son, primero obviamente, las historias de
bandidos o de lo que son también personajes, como se dice,
echados
para adelante, por ejemplo, la historia del guapo Francisco Esteban; es
una historia que, todavía para los viejos de cuando yo era
joven,
era una historia familiar y, claro, tenían la idea del guapo
Francisco
Esteban como de un personaje muy familiar. El guapo Francisco Esteban,
según he podido averiguar yo luego, es un personaje que se
murió
al comienzo del siglo XVIII, pero sí ha tenido esta especie de
popularidad.
En los siglos XVIII
y XIX se exageró
la nota de una literatura andaluza de jácaras, sátiras,
incluso
teatro -teatro de González del Castillo-,pasillos, y en ella ya
se crea una especie como de idioma andaluz convencional de los
saineteros,
de los hombres que han creado este teatro madrileño con Arniches
a la cabeza. Esto es muy característico y es también algo
muy interesante de notar cómo el popularismo andaluz se mezcla,
se confunde y se altera por algo que desde el siglo XVIII
también
va exagerándose, que es la confusión de lo gitano con lo
andaluz. Esta literatura tiende -como también ciertos aspectos
de
la música- a confundir estos dos elementos que en sí son
completamente o muy radicalmente distintos. Esto con relación a
conceptos, a valoraciones de tipo artístico y literario. Pero
luego
tenemos algo que también a los viajeros, a los literatos, a los
andaluces y a los extranjeros les ha llamado la atención, que es
la concepción de la religión que se da en
Andalucía
en la que habrá que hacer una distinción también
radical
entre lo que es característico de la Andalucía serrana,
la
Andalucía nórdica y la Andalucía de las grandes
ciudades
y del llano. Todos sabemos, en fin, la importancia que ha tenido
siempre
en Andalucía el culto a la Virgen y todo este mundo relacionado
con la vida de la pasión, destacándose siempre en las
semanas
santas esta concepción muy física de la imagen de Cristo
y de la Virgen y de los padecimientos humanos, expresada por los
grandes
escultores andaluces y reflejada luego en semanas santas como la de
Puente
Genil, en la que hay una personificación de cada profeta, de
cada
santo, y en la que desde el lunes hasta el viernes van apareciendo casi
todos los personajes importantes del Antiguo y del Nuevo Testamento, y
luego también ciertos tipos de carácter teológico.
Es decir, que aparecen los Dones del Espíritu Santo, o las
Virtudes,
o ciertas concepciones teológicas personificadas, lo cual es muy
interesante desde el punto de vista de esta tendencia a personificar
conceptos
que nos encontramos en el catolicismo popular.
En otros
órdenes, todavía en
Andalucía es verdad que se conservan acaso mejor que en otras
partes
ciertas romerías campestres a ermitas o santuarios rurales, como
son la del Rocío u otras menos conocidas y muy pintorescas, como
la de la Virgen de la Peña, en la Puebla de Guzmán, o la
de San Benito, en el Cerro. La Andalucía occidental
también
tiene un carácter muy suyo. Y como una especie de
apéndice
a este mundo de la espiritualidad, tendríamos que hablar de
viejas
tradiciones mediterráneas o greco-latinas, en relación
con
las supersticiones y las creencias, algo arábigo menos definido,
y con esto voy a terminar, porque, últimamente, en viajes que he
hecho por Andalucía, me he encontrado que hay una serie de
políticos
o de aficionados a la política o de aspirantes a ejercer
influencias
en la política, que están creando un dogma nuevo respecto
a la pura y simple conexión de lo andaluz con lo árabe. Y
sobre este tópico que, en fin, lo van manejando también
ingleses,
alemanes, franceses y españoles, habría que decir mucho.
Pero lo más importante que quiero ahora recordar es de un
cordobés
que era musulmán, que por lo tanto escribía en
árabe,
y que además era un hombre de gran capacidad: Averroes, en uno
de
sus comentarios a Aristóteles, dice -siendo musulmán y
escribiendo
en árabe- que entre los árabes, los beréberes y
los
andaluces o musulmanes de España hay una diferenciación
absoluta
y radical, y que esa diferenciación absoluta y radical es a
favor
de los musulmanes de España. Esto quiere decir que, en plena
edad
media, en pleno dominio árabe, un hombre con aguda
observación
podía distinguir perfectamente ya lo que era andaluz
específico
y lo que era la influencia de las razas dominantes por política,
por religión, que eran los árabes fundamentalmente, los
beréberes
secundariamente.
Por eso, cuando se
hacen caracterizaciones
de éstas, de psicología étnica, de
psicología
andaluza, hay que matizar mucho, hay que tener en cuenta que
allí
hay ciudades antiquísimas, con una vida que no ha sufrido
grandes
revoluciones nunca; la existencia de formas de trabajo y de propiedad
constituidas
ya en períodos remotísimos, y las constantes en la
tradición
del trabajo y del arte, y por tanto yo creo que el problema andaluz es
un problema que, dentro del conjunto de los pueblos de España,
hay
que estudiarlo como todo de manera autónoma y no hay que dejarse
llevar por generalizaciones como las que ahora se usan.
Transcripción
de la
conferencia pronunciada por el autor en el Consejo Superior de
Investigaciones Científicas (CSIC), Madrid, el día
15 de marzo de 1985.
Resumen
Los pueblos del Sur
de la Península
Éste es el
texto de una lección
acerca de las poblaciones "exóticas" del Sur de la
Península
Ibérica, consideradas por el autor desde un enfoque
etnohistórico.
Abstract
Peoples in the
South of the Iberian Peninsula
This is the text of
a lecutre on the "exotic" populations in the South of the Iberian
Peninsula, given by the author from an ethno-historical approach.
etnología de España |
pueblos del sur | exotismo interior | Península Ibérica |
etnohistoria
ethnology of Spain | populations in the South | home exotism | Iberian
Peninsula | ethno-history
1987-06
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