
C ó m o n a c i e r o n e s t a s p á g i n a s
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Me decidí a desempolvar el Diario por la Paz, cinco números que, entre el 7 de febrero y el 7 de marzo de 1991, aparecieron como medio de protesta y repudio a la que se conoce como «Guerra del Golfo». Impulsó aquella publicación un grupo de “Periodistas por la paz”, que llegó a reunir a mil cien en los dos últimos números. Ochenta páginas que, hojeadas doce años después, cobraban una actualidad sorprendente. Sólo bastaba con cambiar algunos nombres (Felipe González por José María Aznar, Narcìs Serra por Trillo, Bush padre por Bush hijo, Pérez de Cuéllar por K. Annan, Jorge Semprún o Fernández Ordóñez por Ana Palacio) y unos mínimos detalles. Pero la imagen era la misma.Entre mis estudiantes de aquel curso de 2003, solía madrugar para asistir a mis clases de Teoría de la literatura —los martes y los jueves, a las ocho y media— una estudiante iraquí. Poco después del 19 de marzo de 2003 no volvió más. Muchas veces me he preguntado qué habrá sido de ella. Quien sí asistió a clase una fría mañana de marzo fue un policía de paisano. Como en los “viejos tiempos”. Creo que no conseguí entusiasmar a este alumno tan especial con mis explicaciones sobre Roland Barthes: no volvió más. O no era eso lo que él esperaba oír, porque es cierto que entonces acostumbraba a comenzar mis clases informando a mis estudiantes sobre lo que ocurría en Iraq, leyéndoles la carta de Terry Jones que había publicado el London Observer o artículos que Robert Fisk escribía desde Iraq, como «¿Sabrá Tony cómo son las moscas cuando devoran cadáveres?». Como un medio de mantener informados a los estudiantes, más allá de esos minutos que dedicaba en clase, decidí incluir en una página enlaces con noticias e informaciones sobre la anunciada guerra. Así nacieron mis «Páginas sobe la guerra y la invasión de Iraq». Decidí utilizar una especie de lema que condensara el sentido (y el sentimiento) de las páginas: Porque mienten, porque ocultan, porque ni dicen ni muestran la única verdad de la guerra: la muerte de inocentes. No era consciente yo entonces de hasta qué punto se iban a revelar pertinentes esas razones para la existencia de las páginas. Si la guerra del 91 fue la de la no información, la guerra que nunca existió, la actual es la de la desinformación, a pesar de haber ocupado amplios espacios en los medios de masas. Que la información es siempre interesada es algo ya sabido. El problema comienza cuando casi toda esa información es producida bajo el control norteamericano y el de sus “amigos”, cuando, en el mejor de los casos, se ofrecen “noticias de Iraq” sin salir del hotel en Bagdad. Robert Fisk y Dahr Jamail son de los pocos periodistas que se han atrevido a contar lo que realmente han visto en Iraq (y no sólo en Bagdad), sin la mediación, el dictado o la censura de los ocupantes. He seguido sus artículos y crónicas con especial interés, y muestran un Iraq muy distinto al que nos ofrecen la televisión y los periódicos de mayor tirada (incluso de aquellos que decían estar contra la guerra). Ahora, un año y medio después, y sólo cuando la televisión europea lo “certifica” (desde aquí puede ver un vídeo de la RaiNews24, emitido el 7 de noviembre de 2005), Faluya vuelve a ser noticia. Ahora y sólo ahora, se habla del uso de fósforo blanco (¿y a quién le interesa y escandaliza ya, si se ha utilizado en otras ocasiones este tipo de armas —estas sí que son de “destrucción masiva”—, desde Vietnam a Afganistán?). Pero las mismas denuncias, los mismos testimonios, habían sido difundidos —por ejemplo, por Dahr Jamail— para quienes quisieran ver y oír. Una selección de imágenes y textos sobre los sucesivos asedios y ataques a Faluya, que fueron publicados en distintos medios entre abril de 2004 y junio de 2005, los reuní en Faluya resiste. Unos mil enlaces con noticias, galerías de imágenes, vídeos, crónicas o artículos se pueden encontrar en los Archivos de estas páginas. Los he ido seleccionando a partir de las lecturas de medios informativos como Rebelión, la agencia de noticias IPS o La Jornada; pero, sobre todo, de las páginas web del Comité de Solidaridad con la Causa Árabe (CSCAweb) y, especialmente en el último año, de la Campaña Estatal contra la Ocupación y por la Soberanía de Iraq (CEOSI), a través de sus páginas IraqSolidaridad. La Brigada Internacional de Castelldefels mantiene una página que, actualizada diariamente (o casi), ofrece enlaces con noticias sobre Iraq: Faluya — Castelldefels. Dos años y ocho meses después, escribo estas líneas que no pretenden resumir lo sucedido en Iraq, ni mucho menos dar por cerrada la historia. Desgraciadamente, el sufrimiento del pueblo iraquí continúa. Pero, puesto que desde los Enlaces de estas páginas (y especialmente desde los medios antes mencionados) se puede estar bien informado de los acontecimientos que a diario nos siguen espantando, prefiero centrar la atención en un ámbito concreto de las consecuencias de esta ocupación criminal: la del intento de destrucción cultural de Iraq, que se manifiesta desde el primer día de la invasión (aunque viene ya de lejos, al menos desde 1991). ¿Qué se puede decir de las palabras de Vincent Brooks (General, portavoz del Mando Central del ejército norteamericano), pronunciadas el 26 de marzo de 2003, una semana después del comienzo de los bombardeos?: “We remain committed to preserving the rich culture and heritage and the resources of the Iraqi people”. Aparte de la amarga ironía de esta declaración, cuando se ocuparon de que el edificio del Ministerio del Petróleo no sufriera la rotura de un solo cristal mientras dejaban saquear museos y bibliotecas, me parece significativa la presencia de la palabra cultura junto a los recursos del pueblo iraquí. En Cultura y barbarie, esta nueva página sobre Iraq, pretendo reunir informaciones sobre lo que, al parecer, significa para los ocupantes preservar la cultura del pueblo de Iraq. Noviembre 2005 |
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