Pulse aquí para ir a la página principal de 'Entretextos'
 
:: Pulse aquí para ir al índice del número 8 de  'Entretextos' ::
 

Notas de verano sobre impresiones de invierno*

BORIS SCHNAIDERMAN

Hace ya tantos meses que vosotros, amigos míos, me pedís que
os describa cuanto antes mis impresiones del extranjero...
Fiodor Dostoievski
Notas de invierno sobre impresiones de verano

1

El avión está descendiendo en dirección a Moscú. Desde la ventanilla se avistan inmensas planicies heladas, da escalofríos sólo de mirar. Este país me fascina y asusta. Recuerdo una tarde en Odesa (yo tenía unos seis años) cuando volvía a mi casa lagrimeando, los pies congelados.

A los rusos, en cambio, poco les importa aquella extensión gélida. Hombres de cuarenta o cincuenta años o mujeres de grandes cabelleras rubias parecen haber vuelto a la infancia. Ríen y sueltan exclamaciones, mostrando uno a otro los aparatos electrónicos que llevo. Ciertamente, tienen mucho en común con los niños que se me aproximaban en el 87, me preguntaban en un inglés rudimentario si quería vender ropa y salían corriendo cuando yo les respondía en ruso. Da ganas de decir: “Para el vencedor, las patatas”.

En cierto momento se nos aparece la visión de Moscú, que todavía guarda la majestuosidad de una capital imperial. Todo tiene proporciones enormes. La ciudad está bien iluminada y los edificios que aparecen están todos recién pintados. Se habían celebrado recientemente los 850 años de la fundación de Moscú y eso explica el lozano paisaje. En todas partes se ve la imagen de San Jorge matando al dragón, símbolo de la ciudad, aunque después también nos las vamos a encontrar con frecuencia en Petersburgo.

Al día siguiente, salimos a la calle. Es difícil caminar, pues la temperatura subió un poco, el hielo de la víspera se convirtió en algo lodoso y pastoso, y tenemos que hacer esfuerzos para no caer.

Las aceras y paseos se encuentran en pésimo estado. Casi toda la gente está vestida muy modestamente, pero de vez en cuando aparecen muchachos y muchachas con atuendos normales en Occidente, algunos hasta bien trajeados.

Casi todos los edificios de apartamentos tienen el aspecto que ya conocimos años atrás: mal conservados, recordando un envejecimiento precoz. Pero, en algunas manzanas, había edificios construidos recientemente y ya mejor acabados. Después, iríamos a ver, en los alrededores, unas construcciones enormes, también recientes, de aspecto solemne, con placas en letras enormes: APARTAMENTOS DE ÉLITE. Evidentemente, las patatas del vencedor están por todos lados.

En la calle se encuentran muchos sin techo, pero, viniendo de Brasil, eso no nos espanta. Pero, en algunos aspectos, esa miseria se diferencia de la nuestra. Estábamos en el metro cuando entró una mujer todavía joven con un bebé en brazos y comenzó a pedir limosna a grandes gritos, como alguien que exige o que tiene su derecho, y atacando al gobierno, que no tomaba medidas para acabar con la miseria.

Después del viaje en metro, entramos en una cafetería, poco después aparecen dos adolescentes y también exigen a gritos que les ayuden. ¿Será porque allí todo es más reciente, y no tuvo lugar aún aquella ‘cristalización’, después de la cual cada uno sabe el lugar que ocupa y no traspasa los límites consagrados? ¿O será que, a pesar de toda la violencia y la opresión de los años del régimen soviético, el pueblo adquirió cierta noción de ciudadanía? (‘Ciudadano’ era el tratamiento corriente entre desconocidos, en la calle).

Junto a la verja de una iglesia, viejos y viejas están vendiendo sus pertenencias. Allí hay peines usados, muñecas de trapo, viejos orinales, toallitas usadas. ¡Qué miseria extrema, que existan compradores para todo aquello! No, ciertamente, eso impresiona incluso a quien está tan acostumbrado a la miseria brasileña.

En cualquier parte, una irrupción violenta de los aspectos de una ciudad capitalista occidental. Junto a un edificio de columnas blancas, una gran cartel anunciando la película de Batman. Y otros carteles con publicidad de danzas eróticas y sesiones de strip-tease.

Una sorpresa desagradable nos reserva la prensa periódica. Si antes era aquella repetición monótona de consignas y noticias rigurosamente filtradas, ahora se nota una gran masificación, una nivelación por abajo, después de los grandes momentos de la prensa rusa con la glasnost, cuando se intentó ofrecer una inmersión en la realidad del país, con todas sus miserias y contradicciones.

Así, la revista Ogoniok, que fue la gran portavoz de la intelectualidad partidaria de la perestroika, se ha transformado ahora en una revistita de hechos mundanos y cotilleos, del mismo tipo que tantas que existen en Occidente. Es cierto que las revistas culturales, de muy buen nivel, continúan saliendo, pero con una tirada limitada. Por eso, estremece recordar que Ogoniok, en sus buenos momentos, llegó en 1987 a una tirada de 3.082.811 ejemplares. Pero, ¿habrá sido todo en vano? Al final, no desaparecerán del mapa aquellos millones de lectores de publicaciones culturales, como tampoco dejarán de formar parte de la población aquellos millones que adquirían las obras de los clásicos. Además, esa misma suposición es reforzada por el hecho de que, al surgir en 1996 la amenaza de cierre de las principales bibliotecas públicas rusas, por falta de presupuesto, hubo protestas que obligaron a las autoridades a desistir de aquel retroceso absurdo.

Otro motivo para desconfiar de las conclusiones pesimistas sobre el futuro cultural: la asistencia de los jóvenes a los teatros. Después de un periodo en que la crisis económica vaciara completamente las salas de espectáculos, el público está volviendo al teatro, además en un momento de buenas realizaciones. Y lo que asombra es la gran proporción de jóvenes. Muchachos y muchachas de catorce a dieciséis años asistiendo, con la respiración contenida, a un montaje de Tío Vania, de Chejov, o a una innovadora adaptación, muy moderna, de la novela Corazón de perro, de Mijaíl Bulgákov. Se podía oír el vuelo de un insecto, tal era la concentración y seriedad con que asistían a la representación. ¡Y dígase después de esto que todo está perdido!

2

Quien llega hoy a Rusia tiene una nítida impresión de que ha habido en el país una restauración monárquica. En los quioscos de periódicos y revistas se venden grandes retratos de Nicolás II y de la familia imperial. En todas partes se ve el blasón de la Rusia actual: el águila bifronte, es decir, el mismo de la dinastía de los Romanov. En los puestos de libros más populares (vender libros en la calle llega ser una tradición), el tema preferido es la vieja Rusia de los zares.

Y también, en todas partes, las marcas de una profunda religiosidad. Casi todas las iglesias de Moscú han sido restauradas, las cúpulas doradas y azules brillando al sol.

La importancia que los rusos greco-ortodoxos, que son la gran mayoría, dan a sus tradiciones religiosas puede ser testimoniada por un hecho de la historia reciente de Moscú, la reinauguración del templo de Cristo Redentor, el mayor de la ciudad.

Cristo Redentor, Moscú

Construido a mediados del siglo pasado, era un edificio que unía el estilo de las iglesias medievales rusas con el deseo de pompa y grandiosidad de los zares del siglo XIX, lo que daba al conjunto algo de pesado y opresivo, al contrario de las otras iglesias rusas. Desde lejos, las cúpulas del templo no desentonaban de las iglesias del Kremlin, pero de cerca la diferencia era flagrante.

Aunque, ciertamente, no fue ese el motivo que llevó a los responsables del trazado de la metrópolis (el Plan General para la Reconstrucción de la Ciudad de Moscú, de 1935, tenía la firma del propio Stalin) a decidir la demolición del edifico. En una época en la que el gobierno estalinista insistía en expresar una actitud antirreligiosa (años después, cambiaría completamente, aunque continuara la educación atea de los jóvenes), se consideró aquel local lo más apropiado para la construcción del Palacio de los Soviets.

En 1931 se anunció la apertura del concurso para el proyecto. Se inscribieron en él arquitectos de muchos países, entre los cuales había nombres de gran fama, como Le Corbusier y Walter Gropius. “En 1934 se aprobó el proyecto de tres arquitectos soviéticos, que era bastante pomposo, un verdadero monstruo para nuestros ojos de hoy, pero adecuado al sistema estalinista”, como escribí en mi libro Os escombros e o mito. A cultura e o fim da União Soviética [São Paulo, Companhia das Letras, 1997]. El edificio debía ser el más alto del mundo, 315 metros de altura, y estaría culminado por un monumento a Lenin de más de 100 metros.

Sin embargo, no se llevó a cabo la construcción. Según algunas fuentes, se comprobó que el suelo era demasiado húmedo para una edificación de ese tipo. Y en lugar del palacio, se construyó allí una gran piscina climatizada.

Por tanto, había razones de sobra según el actual gobierno para promover una reparación de aquel acto de vandalismo. Después de muchas discusiones en la prensa, se aprobó la reconstrucción del edificio tal cual. Y en lugar de colocar allí una placa que recordara a la población y a los turistas lo ocurrido, con el debido respeto por el templo derrumbado, fue reconstruido fielmente, con todos los gastos que eso acarreó, ostentando hoy su contorno pesado, en contraste con la levedad y la gracia de las catedrales del Kremlin, que están próximas. Esto, en un país que tiene una gran parte de la población en la miseria y donde los periódicos informan de muertes y más muertes de niños por infección hospitalaria (a veces, al abrir un periódico, se tiene la impresión nítida de estar en Brasil).

Otros templos fueron reconstruidos también. Así, en una de las entradas del Kremlin se encontraba la capilla de Nuestra Señora de Iver, que fue derrumbada, al parecer, porque impedía un eventual paso de tanques. Reconstruida, posee el encanto de las antiguas capillitas rusas. Cuando la visité, estaba allí un pintor intentando rehacer los frescos primitivos. ¿Qué resultaría de todo aquello? ¿Sería posible a alguien pintar los mismos iconos antiguos?

No creyente y materialista por convicción, asisto a todo eso con gran perplejidad. Encaro con respeto la creencia ajena, pero a veces me asusto con el fanatismo que se manifiesta.

3

Cuando estábamos en Moscú, había mucha discusión en torno a un artículo, que no llegué a leer, del conocido escritor Daniil Granin, sobre ‘el fin de la inteliguentzia rusa’. Después, tuve oportunidad de leer otros en el mismo sentido.

Realmente, luchando por sobrevivir, sometiéndose muchas veces a un trabajo extenuante en otros sectores, el intelectual ruso tiene muchos motivos para desesperarse.

Aun así, una visión apocalíptica como la de Granin no me convence.

Encontré profesores de la Universidad Estatal de Ciencias Humanas de Moscú muy interesados, siguiendo mi exposición sobre los grabados y dibujos de nuestro Oswaldo Goeldi para las obras de Dostoievski. El viejo hábito ruso de discutir ideas encontraba allí un campo fértil. Y, además de profesores de carrera hecha, había muchos jóvenes en vías de obtener sus primeros títulos universitarios.

Ya se ha tratado mucho, también, del fin del libro cultural en Rusia. Se llegó a afirmar que el mercado había sido tomado por los best-sellers, los libros del esoterismo más vulgar y de pornografía barata. Realmente, al principio de los años 90 daba esa impresión. Pero quien vaya hoy a una gran librería en Rusia ve, al lado de toda una parafernalia de basura cultural originaria de Occidente, un elenco de títulos y obras rusas y traducidas que hasta da envidia. Están lejos de las tiradas astronómicas del periodo soviético, pero, con todas las dificultades, el libro cultural tiene su lugar importante.

Cuantitativamente, en las librerías, los libros de temas sociales y políticos superan a los puramente literarios. Si una Ludmila Petruchevskaia y una Ludmila Ulitskaia, por ejemplo, atraen o interesan a los lectores de ficción, si un poeta como Guennadi Aigui, que pasó más de treinta años sin publicar nada en su país, encuentra finalmente su público (naturalmente poco numeroso, pues su poesía es contraria a cualquier concesión al gusto medio) y si en las estanterías aparecen ediciones de escritores del pasado antes malditos (se pueden señalar en este sentido las importantes publicaciones de la Sociedad Velimir Jlebnikov, de Moscú, que se dedica a publicar la obra del gran poeta y lo que se relaciona con ella), el interés de la mayoría de los lectores se dirige hacia otros campos.

Tratemos de esto un poco más en pormenor, a partir de mis últimas lecturas.

Además de traducciones de Freud, Jung y de otros autores del psicoanálisis, aparecen estudios rusos en ellos basados.

Las teorías de Jung parecen ir al encuentro de las preocupaciones de muchos intelectuales con la religión y con el “componente humano de lo político”, como escribió A. P. Logunov, en el prefacio de la recopilación La mitología política actual. Contenido y mecanismos de su funcionamiento (Moscú, Universidad Estatal Rusa de Ciencias Humanas, 1996). Se trata de un conjunto de trabajos orientados en el sentido de referir la importancia del estudio de los mitos políticos, que, según los autores, fueron menospreciados en Rusia, en el periodo soviético, debido al énfasis exclusivo en lo social. Varios estudios incluidos en el volumen se detienen particularmente en la aproximación jungueana a ese tema. Así, uno de los trabajos, de N. N. Firsov, referido a las condiciones actuales en Rusia, se titula: «Los partidos políticos contemporáneos y los arquetipos del inconsciente colectivo». Pero también hay en el libro quien apunta a los elementos mitológicos en la valoración del mercado. Es el caso del estudio de M. V. Evguenieva, «Fundamentos psico-sociales en la constitución de la mitología política». En ese contexto, adquiere especial relevancia la afirmación del pensador ruso A. E. Golossovker, en 1987 (citado en el trabajo de A. N. Mossieiko, «El inconsciente colectivo y la mitología de las relaciones étnicas contemporáneas»), sobre las consecuencias dañinas cuando un pueblo pierde sus cuentos y mitos.

En realidad, todos esos trabajos exponen una concepción opuesta a la de Eleazar Meletinski, de la misma universidad que publicó el libro de estudios, pues él hace, en Los arquetipos literarios, una crítica de nivel a las concepciones de Freud y Jung, así como a las de Campbell, Neumann, Bachelard, Northrop Frye y Durand, sobre la base de su propia aproximación a los mitos y la literatura, que se fundamenta en lo social y que tiene mucho en común con la visión del psicólogo Lev Vigotski, sobre la relación entre lo social y lo psicológico.

El pequeño libro de A. Kachina-Evreinova, Lo subterráneo de un genio. Fundamentos sexuales en la obra de Dostoievski (Leningrado, Atus, 1991), surge en la estela de la quiebra de los tabúes sexuales en la sociedad rusa actual. Reimpresión de un libro de 1923, constituye la aplicación muy directa de las concepciones freudianas, una aproximación a los personajes de Dostoievski en términos de manifestación de neurosis. A un lector occidental de hoy, a pesar de estar bien escrito, le parece muy lineal y sin mayor alcance. Su reedición, con una tirada de cincuenta mil ejemplares, muestra la voracidad con que, en Rusia, se procuró recuperar todo lo que hasta entonces estuviera encubierto.

A pesar de todo, esta frecuencia con que se discuten los temas sexuales, antes tabúes, no se limita a la divulgación apresurada de textos presentados de modo sensacionalista, ni se reduce a la mera pornografía.

Uno de los libros que llamaron la atención sobre ese tema fue El Decamerón femenino, de Iulia Voznessenskaia, publicado em 1992 (Moscú, Vernissage), con una tirada de ciento cincuenta mil ejemplares, reedición de un volumen que salió en Israel cinco años antes. Se trata de una recopilación de cuentos, con un toque de buen humor, sobre diez mujeres rusas que permanecen en una cuarentena de diez días, por determinación de las autoridades sanitarias, y se dedican a “contar una a otra diferentes historias sobre la vida, los hombres, el amor, los celos y las traiciones y sobre muchas, muchas otras cosas que perturban a cualquier mujer normal, incluidas las soviéticas”.

Una actuación importante, en ese sentido, está siendo desarrollada por algunos historiadores. Es el caso, por ejemplo, del trabajo de A. I. Kupriianov, «La ‘pasión fatal’ de un comerciante moscovita».

La tesis central del estudio consiste en afirmar que la crisis de un sistema social no se reduce a la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, como se leía en los historiadores marxistas, sino que afecta a la población incluso en su vida íntima. Ahora, en la Rusia de mediados del siglo XIX, estaba desarrollándose la gran crisis del sistema servil y una incipiente irrupción capitalista que se acentuaría al final del siglo.

En defensa de su tesis el autor se sirve de un material que ciertamente estaba prohibido hasta hace pocos años: el diario de un comerciante de Moscú, conservado en un archivo, y donde aparecen, con riqueza de pormenores y un lenguaje sabroso, un tanto arcaico incluso para la época, sus problemas conyugales surgidos de un matrimonio por interés, el adulterio recíproco, las discusiones con la familia del suegro, la religiosidad y, finalmente, la homosexualidad (el autor del estudio afirma que la Iglesia rusa era más tolerante con esto que con el adulterio).

Este trabajo de A. I. Kupriianov se publicó en Casus 1996. Lo individual y único en la historia (Moscú, Universidad Estatal Rusa de Ciencias Humanas, 1997). En la contraportada de esa publicación se lee: “El acto inesperado, el cambio inesperado del destino, la conjunción extraña de circunstancias, el caso sorprendente, he aquí los casi del pasado de que trata este almanaque”. Desarrollando más esta afirmación, uno de los compiladores, I. L. Besmertni, expone una serie de argumentos en el estudio introductorio, «¿Qué casus es este?», como cierre de un debate realizado en Moscú sobre el mismo tema. Afirmando al inicio que el término latino fue tomado en la acepción de caso, ocurrencia, acontecimiento, destaca que la preocupación de los autores fue desvincularse de leyes generales, con modelos de mundo, y centrarse en el estudio de lo que era considerado episódico y, por ello, despreciado. No obstante, subraya la diferencia entre esa aproximación y lo anecdótico y factual corriente en la historiografía del siglo XIX, pues los autores de los trabajos se basan en una gran preocupación por desvelar los móviles de las acciones humanas a través del tiempo.

De modo general, en el almanaque se proclama la proximidad con las investigaciones desarrolladas en Italia a partir de finales de la década de los 70 y que se engloban en la noción de ‘micro-historia’. Además, confirmando esa preocupación con las fuentes, se incluye la traducción rusa de «Todavía sobre la micro-historia», de E. Grandi (Quaderni storici, 1994, nº 86).

Un ejemplo interesante en este sentido nos lo ofrece el libro de I. N. Ksenofontov, Gueorgui Gapon: Fantasías y verdad (Moscú, Enciclopedia Política Rusa, 1996), que estudia una figura misteriosa del movimiento revolucionario ruso, el organizador de una gran manifestación de obreros en huelga en San Petersburgo, que salieron a la calle en 1905, acompañados de sus familias, llevando estandartes religiosos y entonando cánticos, para llevar al zar una petición, y fueron masacrados por las tropas en el famoso Domingo Sangriento, el 9 de enero. ¿Quién fue Gapon? ¿Un agente provocador? ¿Un hombre identificado con el pueblo y ansioso por encontrar una solución que no fuese contra la veneración del zar y de las tradiciones religiosas? Investigando numerosos documentos antes inaccesibles, el autor procura responder a esas indagaciones sin llegar a una respuesta definitiva, pero transmitiendo al lector los resultados de su investigación.


En el ámbito de la historia de la cultura se han publicado obras muy importantes, entre las que se deben destacar los libros póstumos de Iuri Lotman, el gran teórico de la semiótica, fallecido en 1993, pero que también ofreció una importante contribución como historiador y estudioso de las manifestaciones culturales. Una obra como Conversaciones sobre la cultura rusa (San Petersburgo, Arte, 1997), a pesar de su modesto título (en contraste con el imponente volumen, muy buen ilustrado), transmite las concepciones básicas del autor sobre cultura y traza un vasto panorama de la vida de la nobleza rusa a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX.
Conversaciones sobre la cultura rusa

Otros desdoblamientos de la llamada escuela de Tartu y Moscú, tan importante para los estudios del lenguaje y de la cultura, también se traducen en muchos trabajos que se encuentran en las librerías.

Los diccionarios de filosofía publicados permiten observar un poco los cambios en la opinión dominante en las instituciones culturales rusas.

El Diccionario filosófico, organizado por I. T. Frolova (Moscú, Editora de Literatura Política, 1991, 6a edición), tuvo su sexta edición, refundida y ampliada, en plena perestroika. En él aparecen temas marxistas, incluido un artículo sobre la «Naturaleza partidaria de la filosofía», y, a pesar de ser una aproximación menos sectaria que la de otras obras de este tipo, anteriores, tiene una visión negativa de los oponentes del marxismo.

Ya la Enciclopedia filosófica sucinta, de 1994 (Moscú, Grupo Editorial Progreso), presenta una diferencia radical en relación a las obras de este género publicadas anteriormente en Rusia. No sólo los diversos autores que firman artículos y notas no siguen una orientación marxista, sino que llega a tener hasta una preocupación por atacarla. No hay un artículo sobre Marx, ni sobre el marxismo, pero aparece uno sobre materialismo histórico, una aproximación bastante negativa, siendo la autoría de la concepción atribuida a Saint-Simon.

En el artículo «Dialéctica», se lee una exposición sobre la evolución del concepto, con referencia al uso indebido del término por los adeptos de la ‘utopía marxista’. No aparece ningún artículo o nota sobre Mijaíl Bajtín, aunque en los últimos años se haya citado en Rusia la importancia de su contribución a la filosofía y a la teoría de la cultura, así como la de sus trabajos sobre literatura, y no obstante figure en los diccionarios filosóficos occidentales y el impacto de la divulgación de su obra en Occidente, a partir de la década de los 70, aparezca con mucho énfasis en trabajos de pensadores importantes, como Gilles Deleuze y Félix Guattari. ¿Será a causa de su relación (aunque compleja) con el marxismo?

Dostoievski fue abordado en un artículo que casi tiene la misma extensión que el reservado a Platón. Definido correctamente como ‘escritor-filósofo’, es alabado principalmente por la novela Los demonios, presentada como “advertencia premonitoria contra las consecuencias monstruosas de la doctrina socialista”.

Pero sería una injusticia atribuir esa visión simplista de su obra a la crítica rusa en general. El redoblado interés por Dostoievski, que parece crecer en los momentos de las grandes crisis morales en Rusia, ya ha dado origen a varias obras importantes, según pude comprobar más de cerca al participar, en Petersburgo, en noviembre del 97, en las XXII Lecturas Internacionales Dostoievskaianas.

Todavía, en los más diversos campos, lo que predomina en las publicaciones que llegan a las librerías es la tiranía del mercado. Así, el poeta Guennadi Aigui, a pesar de su fama internacional, publicó su libro Sobre Pasternak (Jerson, Ucrania, Escuelas-Piloto, 1997) en una edición de cien ejemplares, aunque se trate de un texto importante para el conocimiento tanto de Pasternak como del propio autor del libro (felizmente, él me hizo llegar a las manos uno de esos ejemplares). La edición se realizó en Jerson, pequeña ciudad a la orilla del mar Negro, y ese hecho parece bastante común en las publicaciones actuales en ruso: muchas de ellas salen lejos de los grandes centros, pues a veces es más viable conseguir esto en la provincia, en la propia Rusia o en otras repúblicas de la Comunidad de Estados Independientes. Así, he recibido publicaciones de poesía visual, de las mejores producidas en ruso, enviadas, por intermedio de Haroldo de Campos, de la ciudad de Ieisk, junto al mar de Azov.

En fin, en medio de la miseria y del descalabro a la que Rusia ha llegado, la cultura continúa encontrando sus medios de realización.

4

La ciudad de Pedro, San Petersburgo (antes de 1917, este ‘San’ aparecía casi exclusivamente en los documentos oficiales, pero ahora la mayoría de los habitantes insisten en usarlo y hasta me corrigen para que no lo olvide), Petrogrado, Leningrado y, después, nuevamente San Petersburgo, la antigua metrópolis (no tan antigua, pues data del principio del siglo XVIII) parece renacer continuamente de las cenizas.

San Petersburgo

Fundada por Pedro el Grande, en territorio conquistado a los suecos, fue construida en un lugar de gran importancia estratégica y punto de irradiación para el mundo, pero completamente inadecuado para una ciudad: el terreno pantanoso padecía periódicamente grandes inundaciones.

Drenados los pantanos, se levantó allí una ciudad magnífica, donde artistas y artesanos del occidente europeo encontraban las condiciones propicias que no siempre existían en los países de origen. Los espacios inmensos de las plazas, los palacios imponentes, los puentes monumentales testimonian hasta hoy el esplendor de la Rusia de los zares. Pero, en ese espacio imperial, se arremolinaba una población miserable, mal vestida y mal alimentada, al lado de coches lujosos y aseos espléndidos. No es casualidad, pues, que Pushkin, en El caballero de bronce, nos cuente la historia de un pobre funcionario que, debido a una gran inundación del río, corre por las calles, hasta el agotamiento y la muerte, oyendo tras de sí el tropel del caballo de bronce del monumento a Pedro el Grande.

Este carácter fantasmagórico de la ciudad es una constante en la literatura rusa. Así, al final de Corazón débil, un cuento de juventud de Dostoievski, después de una alusión al “vapor gélido” que se desprendía de los caballos golpeados brutalmente por los cocheros y de las personas en correría incesante, leemos: “El aire condensado temblaba con el mínimo rumor y, cual gigantes, de todos los tejados de ambas márgenes se erguían y corrían por el cielo helado columnas de humo que se trenzaban y destrenzaban, de modo que parecía que los edificios nuevos se erguían sobre los viejos, y una nueva ciudad se formaba en el aire...”. Esto adquiere un acento particular cuando comparamos ese fragmento con el final de La avenida Nevski, de Gogol, en el que el propio demonio enciende las farolas de la avenida (Traté de eso, más extensamente, en el artículo «A São Petersburgo de Fiódor Dostoiévski»” [Revista de Ciências e Letras 25 (Porto Alegre, 1999)]).

Así, el demonio parece ligado al destino de la ciudad. En los años que siguieron a la Revolución de 1917, fue una de las ciudades rusas que más sufrió con la escasez de alimentos. Toda la población enflaquecía entonces de hambre. Fue una época en la que el gran Ossip Mandelstam se dirigía a la “estrella transparente, fuego fatuo”, diciéndole: “La ciudad de Pedro, tu hermana, está muriendo” (Véase Boris Schnaiderman, Os escombros e o mito). Así, la ciudad estaba muriendo, pero consiguió sobrevivir y atravesar los años tenebrosos del estalinismo.

Fue asediada por los nazis en la Segunda Guerra Mundial, pero, como en los años posteriores a la Revolución, no se entregó al enemigo. El bloqueo acarreó una hambruna atroz, cuando ocurrieron hasta casos de canibalismo y murieron cerca de seiscientos cincuenta mil de sus habitantes.

Todo eso forma parte de la ciudad, no hay que olvidar a los fantasmas, como no hay que olvidar a los nordestinos que trabajaron hasta la extenuación en la construcción de Brasilia y allí encontraron la muerte (¡cómo recuerda esto a los campesinos llevados, en el reinado de Pedro el Grande, para trabajar junto al Neva y cuyos huesos limitaron la nueva capital!).

Veo ahora a los transeúntes en la calle, en medio de la ciudad-Fénix, corriendo para el autobús o para el metro, encogiéndose dentro de los abrigos e irguiendo el cuello para protegerse del viento. La magnificencia de los exteriores parece subrayar todavía más la miseria de aquellas vidas. La majestad de las estaciones de metro, con sus mármoles y mosaicos, con aquellos vastos salones, ¡qué opresiva me parece!

El aparato estatal se ha encogido, la muchacha que me teclea un texto tiene evidentemente formación universitaria, todo se ha empequeñecido en aquellas vidas, en medio del esplendor imperial de la ciudad.

Participo en el congreso sobre Dostoievski, pero, aunque él supo expresar con tanta fuerza el alma de la ciudad y de sus habitantes, da cierta vergüenza tratar de literatura en medio de una catástrofe nacional.

Pero, así como la ciudad renace de sus cenizas, el ruso siempre encuentra medios de crear una realidad cultural que asombra.

Y con esta certeza me encamino para el avión, ahora de vuelta a un mundo que tiene tanto en común con el mundo cotidiano ruso.

Post Scriptum
Estas Notas fueron escritas después de un viaje de veinte días a Rusia, en noviembre de 1997.

Principio del documento

* «Notas de Verão sobre Impressões de Inverno», Cult Revista brasileira de literatura 20 (1999). Traducción del portugués al español de Manuel Cáceres Sánchez. Este texto se publica por primera vez, en español, en Entretextos.

Cómo citar este documento:

Boris Schnaiderman. "Notas de verano sobre impresiones de invierno". Entretextos. Revista Electrónica Semestral de Estudios Semióticos de la Cultura. Nº 8 (Noviembre 2006). ISSN 1696-7356. Trad. del portugués de Manuel Cáceres.
<http://www.ugr.es/~mcaceres/entretextos/entre8/schnaiderman.html> [Fecha de consulta]


Contacto
Aviso Legal Suscripción