La muerte de Vladímir Nikoláevich Toporov nos obliga a examinar con la mayor profundidad posible todo lo realizado por él. Resulta trágico que se truncara su vida. Debemos, en este momento, reparar en la fundamental parte terminada de esa vida: la intensa labor de un trabajador que ni un solo día interrumpió el cumplimiento de las tareas que él se planteó. Es imposible repasar en pocas palabras una obra tan rica y variada. Quisiera contar, lacónicamente, acerca del camino elegido por él y las etapas principales del recorrido que realizó.
Toporov era un pensador innato y tempranamente comenzó a entenderlo. Su primera ocupación, al ingresar en la vida de los grados superiores de la escuela, fue trabar conocimiento con la filosofía mundial. Ya entonces empezó a ocuparse de los problemas del pensamiento religioso cristiano. Es más: las reflexiones religiosas condujeron el camino vital del aún muy joven investigador a la interrogante: ¿no sería mejor tomar los hábitos? En aquel entonces, a mediados de los años 40 (cuando la Iglesia Ortodoxa Rusa apenas comenzaba otro nuevo período de vida, saliendo de una existencia semiclandestina y llegando a una transacción con el Poder), Toporov no siguió este impulso, pero más tarde, ya como historiador de Rusia y su cultura, se volvió hacia las biografías de los primeros santos rusos y hacia la comprensión misma de la santidad en Rusia, ilustrándola con un análisis minucioso de las biografías de algunos de ellos —sobre todo, de la de Serguéi Radonezhski
**. Recuerdo que, hacia el final de su época de estudiante, Toporov examinaba los Evangelios sobre todo desde un punto de vista estético (la conversación fue entonces suscitada por la discusión del manuscrito de las primeras partes de
El doctor Zhivago, de Pasternak). También fue receptivo a la comprensión de la un tanto distinta filosofía religiosa del tiempo «axial» (según Jaspers), del mismo modo que en su tardío libro filosófico, para arrojar luz sobre las ideas existencialistas, apeló a Virgilio. A mediados de los años 50, Toporov traduce del pali el
Dhammapada, uno de los textos fundamentales del budismo temprano. La amplia introducción que escribió para la edición de este monumento, introdujo a una amplia masa de lectores (por aquel tiempo se conocía muy poco del budismo) a la comprensión de la personalidad de Buda y su doctrina. Más tarde se ocupó también de los problemas de la lógica budista, desarrollando un acercamiento esbozado ya por Shcherbatski. Hacia esta época, atraído por las ideas del estructuralismo europeo, se ocupó de filosofía de la matemática y de lógica contemporánea, en particular de Carnap, y, como todos nosotros por entonces, experimentó la influencia del positivismo lógico.
Siempre me pareció que si la ortodoxia como fe personal le había sido dada a Vladímir Nikoláevich desde su mismo nacimiento, el budismo suscitaba su interés ante todo por los aspectos que estaban en franca consonancia con su constitución interna. No todos los pensadores ortodoxos rusos, ni mucho menos, llegaron tan cerca de la aceptación de la perspectiva budista. Yo distinguiría en Toporov al menos dos orientaciones que, para él, acercaban el budismo y el cristianismo, en particular la vieja tradición ortodoxa. En primer lugar, la comprensión de la mínima importancia del Yo (propio) y, ligado a esto, el deseable predominio del silencio en la conducta (sobre este punto, citando a Nāgārjuna, habla también en su biografía de Serguéi). En segundo lugar, Toporov descubrió la posibilidad de comparar la imagen budista del árbol de la Bodhi, bajo el cual Buda alcanzó la iluminación (el despertar a la verdad), con el símbolo cristiano de la crucifixión. Empeñado en la búsqueda de los arquetipos universales tempranos, Toporov remitió el origen de estos dos trascendentales símbolos de ambas religiones universales a la imagen común inicial del Árbol del Mundo (
Arbor Mundi). Ya en 1962, al ocuparse del shamanismo siberiano —durante la época de una expedición entre los ketas—, Toporov llegó a la conclusión de que esta imagen tenía una significación universal. En los años subsiguientes, continuando el antes apuntado esfuerzo por una síntesis de la historia de las religiones y la historia del arte, Toporov indaga en el papel de la imagen del Árbol del Mundo en el arte religioso del budismo y el cristianismo. Toporov llega a la conclusión de que vivimos en una prolongación de la época del Árbol del Mundo, que reemplazó al período temprano de las imágenes zoomorfas, estudiadas por él (desarrollando el trabajo de Leroi-Gourhan) en el material de las cavernas del Paleolítico superior. El rígido esquema de distribución de estas imágenes de animales en las cavernas observado por Toporov, fue una de esas conclusiones de carácter espacial que caracterizaron sus estudios de historia de la cultura.
A Vladímir Toporov le interesaban los tempranos complejos semióticos universales, con los cuales comienzan las tradiciones culturales tempranas de los diversos pueblos. Una ponencia sobre estos complejos fue leído por él en la Conferencia semiótica de Varsovia de 1966 donde, además de semióticos, lógicos y lingüistas polacos, valoraron su aporte a la elaboración de la semiótica Roman Jakobson, Roland Barthes y el que escribe estas líneas. Poco después Toporov publica su notable trabajo —balance de esta orientación— sobre las fuentes mitológicas de las descripciones históricas tempranas. En éste se mostraba que las tradiciones tempranas, como la india antigua, la china antigua y la mesopotamia antigua, comienzan con una descripción del mundo del que están ausentes fundamentales fenómenos y oposiciones de cualidades que se van formando a medida que se produce la paulatina entrada en la historia. De los trabajos de este ciclo mitológico vueltos hacia los inicios, es sumamente notable, casi lo más notable, el magnífico hallazgo realizado por Toporov: descubrió en el
Golubinaia kniga una correspondencia con el mito védico de Púrusha (el Primer Hombre), sacrificado y desmembrado, luego de lo cual los elementos del universo surgieron de las partes de su cuerpo. Algunos artículos especiales de Toporov están dedicados al gnosticismo temprano que se hace sentir en los
G(o)lubinaia kniga, mostrando el probable parecido de estos con el
Bundahišn iranio medio. Las correspondencias mitológicas y lingüísticas eslavo-iranias devinieron uno de los atractivos temas de una serie de trabajos de Toporov. Entre tales correspondencias llaman la atención ciertas similitudes en que cabe ver la probable huella del mitraísmo entre los eslavos.
Los estudios de mitología y folclor eslavos, que en Toporov hunden sus raíces en la tradición rusa, asimilada por él en su familia y su patio, estaban ligados directamente a sus investigaciones de naturaleza etimológica. Me viene involuntariamente a la mente la propuesta de Nietszche de investigar las ideas morales mediante la etimología. Toporov hizo mucho para dar solución a tal tarea en relación con las lenguas eslavas y otras lenguas indoeuropeas. Un verdadero pozo de búsquedas etimológicas se encuentra en los tomos editados de su diccionario etimológico de la lengua rusa antigua y en los trabajos etimológicos, de los cuales se publicó hace poco el primer tomo introductorio de la colección.
De las numerosas investigaciones sobre mitología eslava y báltica realizadas en distintas épocas por Toporov, se deben destacar especialmente sus trabajos agrupados en torno al mito del Dios-Luchador-con-la-sierpe, que ejercieron (al igual que su artículo sobre la poética indoeuropea) una considerable influencia en la ciencia mundial. Estos trabajos, así como otras investigaciones de mitología (vinculadas al simbolismo de los números y los animales), alcanzaron también notoriedad entre el amplio público gracias al [diccionario enciclopédico]
Mitos de los pueblos del mundo*** en dos tomos, del cual fue uno de los autores principales. En Toporov, los estudios de los modelos del mundo eslavo, báltico e indio antiguo (y de otros grupos indoeuropeos) y de sus fuentes protoindoeuropeas, estaban ligados, de un modo natural, también con la investigación de sus prolongaciones en el folclor y la literatura artística. Desde sus días de estudiante, la literatura rusa —desde la rusa antigua hasta los autores de la época más reciente— estuvo en el centro de la atención de Vladímir Nikoláevich. A su pluma se deben investigaciones tanto sobre obras particulares (
Bednaia Liza, el Turguéniev «extraño»), como sobre muchos escritores (Zhukovski, Pushkin, Dostoievski). A los escritores y obras vinculados a Petersburgo y el texto consagrado a esta ciudad, está dedicado un tomo recientemente publicado de trabajos escogidos de Toporov, agrupados en torno al «texto petersburgués» y el «texto de Apolo». En conexión con este último, Toporov estudió la correlación entre el principio armónico («apolíneo») y su opuesto en autores como Blok, Andrei Bely y Vaguínov.
Merece especial atención el libro de Toporov sobre la comedia sánscrita de Shudraka
El carro de arcilla. Este material permite acceder con particular facilidad a la técnica de análisis propia de Toporov. Es un libro que se puede recomendar como introducción a sus trabajos para quienes comienzan a estudiarlos.
Me parece indiscutible que lo creado por Toporov en todas las ciencias humanas de las que se ocupó, quedará entre los más altos logros del saber enciclopédico ruso.