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Semiótica, cultura y semiótica de la cultura. Número 14-15-16 2009/2010. Pulse aquí para ir al índice del número 14-15-16 de Entretextos
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Semiótica de la cultura y cultura*

Peeter Torop

 

A finales de 1998, se conmemoró en la Universidad de Tartu el vigésimo quinto aniversario de las «Tesis para el estudio semiótico de las culturas», que se publicaron por primera vez en 1973, en ruso y en inglés. El título contiene la especificación «Aplicadas a los textos eslavos» (Eng 1973).

Poco menos de un año antes de su muerte, I. Lotman, de manera independiente, escribió las «Tesis sobre la semiótica de la cultura rusa» (Lotman 1994) en las que vincula el estudio semiótico de la cultura rusa con dos tendencias. Por un lado, el investigador basa su trabajo en los mejores medios de la semiótica de la cultura contemporánea, que ayudan a describir la cultura rusa. La base del segundo enfoque es el descontento con la ‘culturología semiótica’ contemporánea, así como nuevos impulsos del material de la cultura rusa para buscar nuevos métodos. Lotman se identifica a sí mismo precisamente con el segundo enfoque, esperando enriquecer la metodología de la semiótica de la cultura a través del material de la cultura rusa: “el dinamismo, la inestabilidad y la permanente contrariedad interna la convierten en un cierto polígono teórico e histórico...” (Lotman 1994: 407).

Teorizar apoyándose en el material concreto fue importante tanto para Iuri Lotman como para los miembros de la Escuela Semiótica de Tartu-Moscú creada por él, aunque ciertamente esto no excluyó tratar con problemas teóricos generales. Sin embargo, este detalle ayuda a entender el desarrollo del metalenguaje científico. Aquí, en el caso de Iuri Lotman, se puede hablar primero sobre la semiotización de los conceptos filológicos y sobre la adición de conceptos semióticos generales (posteriormente también los de otras disciplinas). De esta manera, el concepto de lenguaje fue complementado por los conceptos de código y sistema. En los análisis de textos, el concepto de langue de Ferdinand de Saussure era sólo el significante de un sistema, ya que el lenguaje se realiza en el texto como un código derivado de la pragmática del texto. Sin embargo, como código es equiparable con el concepto saussureano de habla (parole). Originalmente el texto, como concepto, sólo era el habla registrada por la escritura, aunque luego, como objeto de estudio, obtuvo rasgos específicos: expresado en algún material (originalmente, lengua natural, más tarde, materiales de todas las artes, tipos de comportamiento, etc.), estructuralidad, coherencia, es decir, la regularidad de las relaciones entre elementos y niveles, enmarcamiento, es decir, integridad en la unidad entre el comienzo y el final. Como conceptos, el lenguaje y el texto cayeron dentro de un campo más amplio de significado, junto a las nociones de modelo y sistema modelizante. En sus «Tesis acerca del problema “El arte entre los sistemas modelizantes”», Lotman definió el modelo a través de la analogía con el objeto percibido y el sistema modelizante a través del lenguaje, es decir, a través del concepto del análogo del lenguaje. En consecuencia, utilizó la noción de sistema secundario de modelización para describir el funcionamiento de los mecanismos de los sistemas que utilizan la lengua natural como material (Lotman 1990: 8-9). En el estatus de un sistema secundario de modelización está, en el marco de ese tratamiento, el lenguaje poético en relación con el lenguaje escrito o el lenguaje de las artes pictóricas en relación con el lenguaje de la conciencia, es decir, el lenguaje natural al que es traducible o por el cual es descriptible. De acuerdo a esta lógica, la lengua natural es el sistema primario de modelización en relación a la realidad, y el sistema secundario de modelización, como lenguaje de descripción, en relación con los demás lenguajes del arte y, en un sentido más amplio, a los lenguajes de la cultura (mitología, religión, normas de conducta, etc.). Esto fue llevado a la polémica por aquellos semióticos para quienes tanto la comunicación prelingüística o la simple comunicación no verbal era importante, por ejemplo, el caso de los niños y de los animales. De esta manera, T. A. Sebeok, uno de los fundadores de la zoosemiótica, planteó que el lenguaje natural es, ya en el uso ordinario, un sistema secundario de modelización, y de esta manera es terciario como lenguaje de descripción (Sebeok 1989: 33-34).

El logocentrismo original de Lotman solamente es un paralelo con aquellas tendencias que buscan establecer límites para la semiótica, partiendo no desde la semiótica de Charles S. Peirce o Charles W. Morris, sino desde la semiología de Saussure. A Lotman le conviene la visión de Roman Jakobson sobre la semiótica como un círculo concéntrico, que significa investigación de la comunicación a través de todo tipo de mensajes. En este círculo hay otro más pequeño que significa el estudio de la comunicación a través de los mensajes del habla, y del que la lingüística se ocupa. Lingüística y semiótica, a su vez, pertenecen a un círculo más amplio que está formado por una ciencia general de la comunicación y que, en su opinión, está dirigida por la antropología social, la sociología y la economía (Jakobson 1985: 320-321). La relación entre lingüística y semiótica en el esquema de Jakobson le ha dado a Umberto Eco una razón para demostrar la evolución, desde Saussure hasta Jakobson, a través del cambio en el tratamiento del código. Mientras Saussure habla de código lingüístico, Jakobson vincula la noción de código a la correlación entre elementos de dos sistemas diferentes, y tiene en cuenta los sistemas semióticos tanto en una perspectiva más amplia como más estrecha, como códigos y subcódigos. Eco no sólo admira la habilidad de Jakobson para distinguir entre códigos extralingüísticos, sino también su habilidad para traer la semiótica a la lingüística (Eco 1977: 48-49).

La propia semiótica de Eco, como simbiosis de la teoría de la generación de signos y la teoría del código, es definitivamente una continuación de esta tendencia. Posteriormente, en el prólogo del libro de Iuri Lotman Universe of the Mind, Eco también señaló (Eco 1990) la evolución de Lotman a través de esta problemática. Primero, precisa el planteamiento original de Lotman en la cuestión: “La reconstrucción del código cultural no significa la explicación de todos los fenómenos de la cultura dada, sino más bien nos permite explicar por qué esta cultura ha creado estos fenómenos” (Eco 1994: 600). Eco consideró la postura extralingüística de Lotman hacia el código como una salida de los límites del estructuralismo: “Lotman de todos modos comprendió que ver el texto como un mensaje producido sobre la base del código lingüístico en absoluto es lo mismo que ver el texto (o el conjunto de textos de una cultura) como un código, porque era consciente del hecho de que no hay ningún periodo histórico con un único código cultural (aunque la modelidad construida puede ser una abstracción eficaz), y que en cada cultura diversos códigos existen simultáneamente. [...] En el transcurso de sus investigaciones, Lotman llegó a la conclusión de que un código identificado en la cultura es mucho mas complicado que aquél que puede identificarse en el lenguaje, y sus análisis se volvieron cada vez más agudos y adquirieron el trasfondo de un conocimiento histórico complejo y brillante” (Eco 1994: 600–601). En la última década, los trabajos de Lotman también parten de su actitud hacia los códigos: “Indudablemente Lotman comprendió ya en los años sesenta que la multiplicidad de códigos en una cultura crea opuestos e híbridos, es decir, ‘creolización’. En sus últimos trabajos, especialmente en aquellos escritos durante la última década, acuñó el término semiosfera como un análogo a la biosfera” (Eco 1994: 601).

Lenguaje, texto, estructura, modelo, sistema de modelización (secundario) son aquellas nociones cuyo dinamismo —en cuanto al volumen de su significado— provee una buena perspectiva general de la semiótica de Lotman y de la Escuela Semiótica de Tartu-Moscú hasta el nacimiento de la semiótica de la cultura en 1973. K. Eimermacher ha llamado integratividad a la capacidad lotmaniana para combinar términos diferentes y proveerlos de significados novedosos, y a ello también ha dedicado un artículo, «I. M. Lotman: Versión semiótica de la culturología integrativa» (Eimermacher 1998). De hecho, una recepción, por así decirlo, no-estructuralista, ya se puede observar cuando los primeros libros de Lotman llegaron a Occidente. Así, T. G. Winner enfatizó ya en el prólogo del primer libro traducido, que las lecciones de poética estructural de Lotman no ven el texto como algo independientemente existente, sino como “parte del contexto de elementos extratextuales” (Winner 1968: X).

También algunos años más tarde reconoce que, del planteamiento de la obra de arte como estructura semiótica de un sistema secundario de modelización, Lotman ha llegado hasta un planteamiento comparativo, considerando el texto artístico como tal en comparación con las estructuras extratextuales. T. G. Winner resalta que, según Lotman, los signos en los textos artísticos no son sólo indiciales (en el sentido peirceano), como lo son en la lengua natural, sino primariamente icónicos. De este modo, el plano del contenido y el plano de la expresión están vinculados en el texto de diferente modo a la lengua. La peculiaridad del arte como modelo no es solamente esta iconicidad, sino también su relación específica con la realidad, la cualidad del signo de formar parte, a través de sus elementos o como un todo, de más de un sistema de manera simultánea (Winner 1971: X). Es significativo que, años más tarde, T. G. Winner también enfatizara, al hablar sobre el carácter innovador de Lotman, la conectividad esencial de las estructuras de los textos con un contexto extratextual, la naturaleza opositiva binaria de las relaciones intra y extratextuales (Winner 1990: 233). De esta manera, Lotman nunca ha sido considerado como un estructuralista inmanente.

Y una mirada desde el interior. Un miembro destacado de la Escuela de Tartu-Moscú, Aleksandr Piatigorski, al definir el objeto de la semiótica de comienzos de los años sesenta, utilizó la frase “cualquier cosa”. Desde el primer libro de Lotman, Lecciones de poética estructural, de 1964, la literatura se convirtió en el objeto de la semiótica (Piatigorski 1996: 54), y, en relación la literatura, el texto como una noción fundamental de la semiótica: “Justamente el ‘texto’ le dio a Iuri Mijáilovich la posibilidad de pasar de la literatura a la cultura como objeto universal de la semiótica” (Piatigorski 1996: 55). Al definir la literatura como un objeto orgánico y como una metanoción de la cultura, Piatigorski considera importante el contacto de estos conceptos en la definición de cultura de Lotman como un conjunto de textos. Con eso, la posibilidad tradicional del planteamiento ‘cómo entiendo yo la cultura’ se le añadió la posibilidad de preguntar cómo la cultura se entiende a sí misma o a otra cultura. A esta textualización de la cultura y a la ampliación del análisis textual al análisis cultural, Piatigorski la denomina ontologización del método, y alude a la naturalización del objeto como su fenómeno concomitante. El desarrollo desde el texto a la semiosfera resultó de esto último (Piatigorski 1996: 55). La diferenciación entre las dos tendencias en la semiótica rusa también tiene que ver con Lotman. Piatigorski define la cultura como objeto de la semiótica y a Lotman como un naturalista que la estudia, pero al mismo tiempo define la historia como un posible segundo objeto de la semiótica y a Vladímir Toporov como un historiósofo que la estudia semióticamente (Piatigorski 1996: 55). En ambas tendencias Piatigorski ve indicios de la retirada de la semiótica, y, como causa de ambas posiciones, la ubicación del analista dentro de la cultura descrita. Sin duda, también hay un historiósofo en Lotman; sirva como ejemplo de ello aquellas interrogantes éticas y políticas en artículos de la actual recopilación [1] o la discusión sobre el futuro de Rusia y su traslado desde el modelo cultural binario nihilista hasta el planteamiento cultural ternario europeo en su último libro, Cultura y explosión (1992).

El periodo centrado en la literatura en la obra de Lotman concluye con la aparición de dos libros: Estructura del texto artístico (1970) y Análisis del texto poético. La estructura del verso (1972). En 1970 publica dos cuadernos en los que se reúnen artículos sobre la tipología de la cultura, y que son un signo del paso hacia el paradigma de la semiótica de la cultura. En la definición de texto, las nociones de material, forma, estructuralidad, coherencia y enmarcamiento ya no están enfatizadas como características internas de la organización. Más importante es la comparación entre relaciones extra e intratextuales que no sólo significa la conexión del texto y del contexto, sino que cambia la comprensión de la ontología del texto. Teniendo en cuenta el texto, es posible hablar de significados subtextuales, es decir, de significados del lenguaje general, de significados textuales y de las funciones de los textos en el sistema de la cultura. La cultura, a su vez, también se puede describir a través de la descripción de tres niveles: un nivel de significados subtextuales, un nivel de cultura como sistema de textos, y un nivel de cultura como conjunto de funciones que están al servicio de los textos (Lotman 1970: 73-77). A principios de los años ochenta, se había llevado a cabo la simbiosis del texto y la cultura, y el texto como una formación monolingüe devino en una formación plurilingüe y semióticamente heterogénea que, además, tiene capacidades intelectuales y memoria. Además de registrar y transmitir un mensaje, el texto también se ocupa de la creación de nueva información.

Cuando U. Eco distingue entre las nociones de codificación y recodificación en su semiótica y admite la posibilidad de la lectura óptima, vincula las desviaciones desde una óptima, es decir, correcta comprensión de los textos con la noción de extracodificación. La modificación de recodificación en extracodificación conduce a la oscilación entre las dos estrategias de lectura, subcodificación y sobrecodificación. La primera significa una simplificación de textos, la segunda, una sobresignificación de textos y las considera más complejas que la realidad (Eco 1977 b: 133-136).

En su artículo «La semiótica de la cultura y el concepto de texto» (1981), Lotman reemplaza el concepto de desciframiento o descodificación del texto con el de comunicación y, al describir la circulación de los textos en la cultura y las relaciones entre el texto y el lector, crea una tipología de procesos diversos aunque complementarios: 1) la comunicación entre el emisor y el destinatario, 2) la comunicación entre el auditorio y la tradición cultural, 3) la comunicación del lector consigo mismo, 4) la comunicación del lector con el texto, 5) la comunicación entre el texto y el contexto cultural (Lotman 1990: 276–277). En la base de esta tipología el objeto de la semiótica de la cultura se forma por el funcionamiento semiótico de textos concretos, pero en el plano evolutivo la semiótica de la cultura significa para Lotman la semiótica de los sistemas secundarios de modelización (Lotman 1990: 4).

Evolutivamente, el nombre de Lotman y la noción de semiótica de la cultura están conectados de manera particular. La semiótica de la cultura que él desarrolla contiene los suficientes aspectos de una teoría general, pero aún así es aplicativamente naturalista (en el sentido de Piatigorski), es decir, está vinculada a la cultura rusa. Esta conexión se hace explícita tanto en los textos programáticos como en los procesos de recepción (véase también: Torop 1994). Así, una recopilación de artículos publicada en 1984 lleva el título de Semiotics of Russian Culture (Lotman, Uspenski 1984) y una selección publicada un año después, Semiotics of Russian Cultural History (Lotman, Ginzburg, Uspenski 1985). También las «Tesis para el estudio semiótico de las culturas», publicadas por iniciativa de Lotman en ruso y en inglés en 1973, que se considera el nacimiento de la semiótica de la cultura, llevan el subtítulo «Aplicadas a los textos eslavos». A pesar de que, junto a los autores vinculados con el estudio del material eslavo, V. Ivanov, I. Lotman, V. Toporov y B. Uspenski, también se encontraba el nombre del orientalista A. Piatigorski (Tesis 1998).

1973 es un año de interesantes coincidencias. En ese año aparecieron varios libros que significativamente influyeron en el estudio de la cultura, en el desarrollo de la semiótica y de la semiótica de la cultura, provocando una interesante simbiosis. Lotman y la Escuela de Tartu-Moscú presentaron la definición de semiótica de la cultura, definiéndola como una ciencia que estudia las correlaciones funcionales de los sistemas de signos circulantes en la cultura, que parte de la presuposición de que operativamente es posible (partiendo de una concepción teórica) describir sistemas puros de signos, aunque éstos sólo funcionen al ponerse en contacto entre sí mismos y con influencias mutuas (Tesis 1998: 61). El dinamismo es añadido por una actitud ante el texto que es observable como un signo individual, pero también como un conjunto de signos o un sistema. En la cultura, existen textos funcionalmente posibles como ensamblajes de signos y se puede aproximar a la semántica de tales textos a través de la semántica de los signos. Sin embargo, también son posibles los textos que no son ni discretos ni se descomponen en signos (Tesis 1998: 66). La relación entre tipos de textos discretos y no discretos es importante en la comparación—descripción de las épocas culturales o de los tipos culturales. Un planteamiento cultural complejo también se basa en la misma lógica: “En la unión de diferentes niveles y subsistemas en un único todo semiótico, la ‘cultura’, están funcionando dos mecanismos mutuamente opuestos: a) La tendencia hacia la diversidad, hacia un incremento del número de lenguajes semióticos organizados de manera diferente, el ‘poliglotismo’ de la cultura. b) La tendencia hacia la uniformidad, el intento de interpretarse a sí misma o a otras culturas como lenguas uniformes, rígidamente organizadas” (Tesis 1998: 86).

En 1973, en Nueva York, apareció la primera impresión de la serie The Interpretation of Cultures, de Clifford Geertz, suscitando entusiasmo en la teoría cultural, y en la que las nociones ‘interpretativo’ y ‘semiótico’ son sinónimas. Así, su antropología interpretativa guarda un cierto paralelo con la semiótica de la cultura. Geertz sugiere que para introducirse en una ciencia no hay que recurrir a las teorías sino examinar qué hacen los que practican aquella ciencia. En su opinión, los antropólogos sociales ‘hacen’ etnografía: “En antropología o, por lo menos, en antropología social, lo que los profesionales hacen es etnografía” (Geertz 1993: 5). Geertz presenta dos acercamientos a la etnografía. De acuerdo con el primero, el tradicional, la etnografía es una compilación de informes sobre expediciones, transcripción de textos, elección de informantes, catalogación de estudios, etcétera. Él mismo ofrece otro planteamiento según el cual la etnografía es una descripción densa (thick description), es decir, en realidad el etnógrafo se encuentra con un conjunto de diversas y, a menudo, entrelazadas estructuras conceptuales en las que no hay regularidad visible y que no siempre existen en una forma fácilmente perceptible, explícita. Entrevistas, observaciones y apuntes pertenecen al trabajo de campo. Pero ‘hacer’ etnografía debe significar un intento de leer un manuscrito extraño, figurativo e incoherente en el que los signos gráficos del lenguaje ordinario son reemplazados por ejemplos conductuales. Y en el marco de esta concepción, la cultura descrita misma se convierte en un ‘documento actuante’ (acted document) que puede ser interpretado al comunicarse con él (Geertz 1993: 10). Geertz tiene sorprendentemente muchos puntos en común con las obras de Lotman y de la Escuela de Tartu-Moscú, aunque contactos entre sus concepciones, al menos directos, seguramente no existieron.

En 1973, en París, apareció un pequeño libro del semiólogo francés Roland Barthes, Le plaisir du texte (Barthes 1973), en el que el análisis del placer intracultural (a diferencia del placer extracultural) lleva hacia la individualidad en lugar de hacia la subjetividad. Al mismo tiempo, el texto corresponde a la individualidad, por un lado, como un tejido en el que tiene lugar una infinita generación de significados, y, por otro lado, como intertexto que hace imposible la vida fuera del texto, ya sea ese texto Proust, un periódico o la pantalla de televisión: “el libro forma al pensamiento, el pensamiento forma a la vida” (Barthes 1973: 59). En este planteamiento, la intertextualidad está vinculada con la intermedialidad, el entrelazamiento de textos y medios, la ambigüedad y la insignificancia de los límites nos conducen ya a una tolerancia pluralista postmoderna y postestructuralista, pero también hacia la incertidumbre epistemológica.

En 1973, en Múnich, apareció un libro de advertencias del etólogo austriaco Konrad Lorenz, Die acht Todsünden der zivilisierten Menschheit (Lorenz 1973). Sin detenernos aquí en los peligros delineados por él (aunque entre los pecados está también el abandono de las tradiciones, que recuerda a la Escuela de Tartu-Moscú, que reúne las tradiciones), quisiera enfatizar que se trata de un libro que analiza los sistemas orgánicos que forman la base de la existencia social de la humanidad, y observa la relación de la naturaleza y la civilización con la autorregulación de los sistemas que los conectan, es decir, la homeostasis. Sobre el trasfondo de las posteriores discusiones de Lotman sobre la explosividad, la casualidad, etc. en la cultura, este planteamiento también pertenece a la totalidad casual de las obras mencionadas.

Esos libros que casualmente coincidieron en el tiempo, reflejan, sin embargo, una tendencia más general en la que se entrelazan la semiótica de la cultura, la antropología, el postestructuralismo y la ecología. Éste es un movimiento hacia el análisis de un sistema complejo, cuyos resultados dependen de la habilidad del analista para definir, por un lado, su punto de vista, pero, por otro lado, los límites ontológicos (un mundo posible) del sistema analizado, los parámetros de su evaluación, así como los criterios de exactitud en los resultados de la evaluación.

La semiótica de la cultura, nacida en 1973 y en el ambiente mencionado, siguiendo su tradición interna de desarrollo, con el bagaje del formalismo ruso y del Círculo Lingüístico de Praga, se alejó del estructuralismo. Ese movimiento se asemeja a la semiología estructuralista francesa hacia el paradigma postestructuralista, y Julia Kristeva, que participó en este movimiento, una de las que propagaron las ideas de Lotman desde finales de los sesenta, y una de las que reemplazaron la noción de texto por la de intertextualidad, también ha notado en el desarrollo de Lotman el cambio de la semiótica hacia lo intercomunicativo (Kristeva 1994: 376).

Una coincidencia accidental más. En 1984, en Londres, apareció un reconocido volumen doble sobre semiótica de la cultura, en el que A. R. Kelkar trató de vincular la semiótica de la cultura con otras disciplinas orientadas hacia la cultura. En la Escuela de Tartu-Moscú, el uso de la noción de semiosis, tan común en la semiótica clásica, no se usaba demasiado. Al mismo tiempo, la semiosis, como un estado o proceso en el cual algo funciona como signo o posee un significado añadido sígnico, puede ser utilizada para especificar el objeto de investigación de la semiótica (de la cultura). Entonces, Kelkar ofreció una clasificación en la que la semiótica de la cultura es correlativa con la semiosis dentro de la cultura, y la semiosis cultural, con la etnología de la semiosis (Kelkar 1984: 132). Esto recuerda los dos planteamientos de Geertz sobre la etnografía y el examen dinámico de la Escuela de Tartu-Moscú de la relación entre el signo y el sistema de signos, así como el intento de I. Portis-Winner de describir textos étnicos mediante la ayuda de la semiótica de la cultura lotmaniana (Portis Winner 1989).

En 1984, apareció el artículo de Lotman sobre la semiosfera, que de hecho conceptualiza esas conexiones accidentales entre aquellos libros ya mencionados publicados en 1973. La casualidad se volvió regularidad. La noción de semiosfera ha sido derivada basándose en la analogía con la noción de biosfera, es decir, el entorno vital, de Vladímir Vernadski. Como la vida en la tierra depende no solamente de la energía cósmica solar, sino también de la actividad humana, entonces, a partir del aumento del papel del hombre en el destino del planeta, podemos comenzar a hablar sobre la noosfera, el entorno vital inteligente. El hombre puede desarrollar y destruir, pero su actividad orientada hacia la noosfera es fácil de seguir y de describir. La noosfera en sí misma es material-espacial, mientras que la semiosfera es un espacio abstracto en el que se entretejen lenguas, textos y culturas. En opinión de Viacheslav Ivánov, uno de los estudiosos más brillantes de la escuela de Tartu-Moscú, la tarea de la semiótica es describir la semiosfera sin la cual la noosfera es impensable (Ivánov 1998: 792).

La semiosfera es el espacio condicional sin el cual la semiosis sería imposible, pero, al mismo tiempo, la noción de semiosfera más bien presupone la implicación de la noción de intersemiosis. Esto significa que la mezcolanza de sistemas de signos, que se ve caótica, se organiza en los distintos niveles en los que se delimitan. De esta manera, el concepto más importante de la semiosfera es la frontera. Hubo un momento en el que Lotman necesitó de la noción de enmarcamiento para delimitar el texto. Ahora es la frontera lo que enmarca a la semiosfera, aunque la maraña de fronteras dentro de la semiosfera es igual de importante: “La frontera del espacio semiótico no es un concepto artificial, sino una importantísima posición funcional y estructural que determina la esencia del mecanismo semiótico de la misma. La frontera es un mecanismo bilingüe que traduce los mensajes externos al lenguaje interno de la semiosfera y a la inversa. Así pues, sólo con su ayuda puede la semiosfera realizar los contactos con los espacios no-semiótico y alosemiótico.” [Lotman 1984: 26]. El mismo mecanismo también funciona dentro de la semiosfera: “Así pues, la semiosfera es atravesada muchas veces por fronteras internas que especializan los sectores de la misma desde el punto de vista semiótico. La transmisión de información a través de esas fronteras, el juego entre diferentes estructuras y subestructuras, las ininterrumpidas ‘irrupciones’ semióticas orientadas de tal o cual estructura en un ‘territorio’ ‘ajeno’, determinan generaciones de sentido, el surgimiento de nueva información” [Lotman 1984: 31).

La cualidad de la semiosfera de vincular la diacronía con la sincronía, de organizar la memoria, de transformar los sistemas, la convierte en un mecanismo muy funcional, que ha sido relacionado incluso con el concepto jungiano de inconsciente colectivo (Cornwell 1992: 166).

Por otro lado, la crítica se ha referido a la aproximación de Lotman a las opiniones de Mijaíl Bajtín, con el que Lotman dirigió el estructuralismo ruso hasta caminos paralelos al postestructuralismo. De este modo, entre la biosfera y la semiosfera aparece la noción bajtiniana de logosfera (Mandelker 1994: 390). Es realmente posible ver una conexión entre Lotman y Bajtín justamente desde el punto de vista de la noción de semiosfera, o, más correctamente hablando, de la noción de frontera.

Sin embargo, esta conexión no significa coincidencia plena. La noción lotmaniana de frontera es inseparable del concepto de individualidad. La individualidad está dentro de la frontera y ésta es un mecanismo de traducción, es decir, entre lo propio y lo ajeno hay diferencia. Pero Bajtín sostiene: “El hombre no posee un territorio interno independiente, se encuentra total y permanentemente en la frontera, mirándose a sí mismo, mira a los ojos del otro o con los ojos del otro” (Bajtín 1979: 312). Enlaza bastante más con el planteamiento de Lotman la actitud de Bajtín hacia la cultura, en la que excluye el territorio delimitado, pero da importancia a las fronteras. En su opinión, la cultura efectivamente se ubica en las fronteras: “Uno no debe imaginarse la cultura como una totalidad espacial que tiene fronteras y también un territorio interno. La cultura no posee territorio interno: se encuentra totalmente en las fronteras, las fronteras recorren todos los lugares, atraviesan todos sus momentos; la unidad interna de la cultura se fusiona en átomos de vida cultural, se refleja como el sol en cada una de sus gotas. Cada acto cultural vive significativamente en las fronteras: en esto reside su seriedad e importancia; estando separado de fronteras pierde su fundamento, se vuelve vacío, tedioso, degenera y se desvanece” (Bajtín 1986: 44). Esta breve comparación permite sostener que la comprensión del dinamismo de los dos estudiosos es diferente. Para Lotman es importante encontrar, incluso en la maraña más grande de fronteras, su propia frontera, la dimensión de totalidad, y, básicamente, sería posible crear una tipología de las fronteras de la semiosfera en la que las fronteras de diferentes niveles estuviesen en una relación complementaria (véase también Torop 1998). En el planteamiento de Bajtín, la frontera (como también el dialogismo, la polifonía, etc.) está vinculada con la ambivalencia, y, en consecuencia, es diferente también en su planteamiento el concepto de frontera como mecanismo de traducción. La comparación más profunda entre Bajtín y Lotman se está volviendo un objeto de interés más general (véase Shukman 1989; Danow 1991; Grzybek 1994; Bethea 1997; Petrilli 1998). Esta comparación acerca a Lotman al paradigma postestructuralista en el que el nombre de Bajtín ha sido usado frecuentemente.

La semiótica de la cultura, desarrollándose como una ciencia internacional, también se ha expandido disciplinariamente. Al dejar de lado el uso de la semiótica al nivel de método o de un aspecto en las disciplinas que estudian la cultura (por ejemplo, los estudios culturales), se tienen que fijar dos polos entre los que tiene lugar el desarrollo (para una perspectiva general, ver: Bernard 1993, y para un intento de diagnóstico sobre el estado actual: Koch 1989). Por un lado, se pueden observar intentos de revisar las concepciones semiótico-generales en interés de la semiótica de la cultura y de analizar su productividad semiótico-cultural (véase, por ejemplo, Portis-Winner 1994). Por otra parte, se puede observar la globalización de la semiótica de la cultura, el deseo de llegar a ser una teoría cultural integradora que trate tanto de la historia de la humanidad (y de su periodo semiogenético) como de las tipologías sincrónicas (Koch 1986). Varias concepciones desde diferentes países aún no se han contextualizado. Y esto significa que los contactos entre semiótica y cultura todavía no se han solidificado, están creando nuevas formas de conocimiento.

En 1973 fue posible escribir en las «Tesis para el estudio semiótico de las culturas» sobre la semiótica cultural como una ciencia que estudia las correlaciones funcionales entre los diferentes sistemas de signos. El presente volumen [2] refleja el interés tanto sobre los diversos sistemas de signos y textos culturales como también sobre las relaciones entre sistemas de signos. El comité editorial está muy contento de ocuparse de la llegada de nuevos nombres a nuestra publicación y de una multitud de puntos de vista relacionados con esos nombres. Los materiales de esta colección reflejan bien la influencia del material estudiado sobre la manera de pensar de estos autores y la selección del método. Y, como tal, esta colección encaja bien con la celebración del aniversario de la semiótica de la cultura. Una gran parte del material de esta colección está formado por ponencias de dos congresos («Problemas de la descripción del texto literario» y «25 años del nacimiento de la semiótica de la cultura»).

Para la cultura es inherente ser diverso, contener distintos sistemas de signos y textos en un complejo tejido. Pero, al mismo tiempo, la influencia del entorno de los medios de comunicación en la cultura está aumentando y, debido a esto, sistemas de signos y textos por lo demás autónomos pueden encontrarse uno junto al otro. Se entrecruzan y se transforman, y la identificación de sus elementos o signos resulta muy difícil a través de un sistema o un texto. Esto significa que las condiciones específicas de semiosis también nos fuerzan a hablar de intersemiosis, asociaciones de signos y textos que no pueden estudiarse jerárquicamente o que son demasiado difíciles para estudiarlos de esta manera; sin embargo, puede ser posible estudiarlos compleja o complementariamente.

Por ello, anunciamos que el próximo número de Sign System Studies será de carácter temático y en él queremos discutir con nuestros queridos colegas acerca de un tema esencial en la cultura contemporánea: la intersemiosis y el espacio de la intersemiosis. Teniendo en cuenta la juventud de la semiótica de la cultura y su focalización en el objeto, la elección de este tema significa un intento de encontrar posibilidades de análisis complejo, es decir, buscar objetos de investigación que enriquezcan la semiótica de la cultura misma y, al mismo tiempo, describir el entorno que los genera. En la semiótica de la cultura existen tradiciones diferentes de investigación. Asimismo, la semiótica se ha convertido en una parte natural de muchas disciplinas pertenecientes al análisis cultural y a la teoría cultural. Por lo tanto, la semiótica de la cultura no es aquí una frontera separadora: el semiótico de la cultura y el semiótico en la cultura, aun así, en el plano global, están situados en el mismo espacio. Esperamos contribuciones para el comienzo del año académico del nuevo siglo, el 1º de septiembre.

 

Referencias Bibliográficas

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Notas


1. Se refiere, como se indica en la nota sobre este artículo, a la antología de textos de I. Lotman, traducidos al estonio bajo el título Semiosfäärist. Nota del editor.

2. Se refiere a Sign Systems Studies 27 (1999), del que este artículo es su presentación. Nota del editor.

Principio del documento

* «Cultural semiotics and culture», Sign Systems Studies 27 (1999), páginas 9-23. Traducción del inglés al español de Eduardo Chávez Herrera. Para la presente versión se ha tenido en cuenta, además, el texto del que procede la traducción inglesa, titulado «Semiootika piiril», con el que Peeter Torop cierra la antología de ensayos de Iuri Lotman publicada en estonio con el título Semiosfäärist (Tallinn, Vagabund, 1999, páginas 387-404). Traducción del estonio al español y revisión final de Klaarika Kaldjärv. Este texto se publica por primera vez en español en Entretextos, con motivo del sexagésimo cumpleaños de Peeter Torop.

Cómo citar este documento:

Peeter Torop. «Semiótica de la cultura y cultura». Entretextos. Revista Electrónica Semestral de Estudios Semióticos de la Cultura. Nº 14-15-16 (2009/2010). ISSN 1696-7356. Traducción de Eduardo Chávez y Klaarika Kaldjärv.
<http://www.ugr.es/~mcaceres/entretextos/entre14-16/torop.html>


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