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Semiótica, cultura y semiótica de la cultura. Número 14-15-16 2009/2010. Pulse aquí para ir al índice del número 14-15-16 de Entretextos
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Criterios y la (no)recepción cubana
del pensamiento cultural ruso
*

Desiderio Navarro

 

La compilación que ponemos en manos del lector cubano no es una antología en el sentido habitual de una recopilación de textos escogidos con un mismo propósito editorial en un único momento en el tiempo. Reúne 33 de las 115 traducciones de textos teóricos rusos publicados o dados a publicar por Criterios a lo largo de treinta y siete años, desde sus inicios en febrero de 1972 hasta el pasado 2008 [1]. Es fruto de una selección operada sobre los resultados de numerosas y sucesivas selecciones previas, destinados a publicaciones separadas en el tiempo y en la geografía, pero casi siempre agotadas o inaccesibles al lector cubano actual.

Debo aclarar, de entrada, que esas sucesivas selecciones anteriores nunca pudieron ser realizadas sobre el conjunto del corpus teórico-cultural soviético realmente existente en cada momento dado, sino que fueron pequeños logros alcanzados en una lucha individual con limitaciones informativas, económicas e institucionales, tanto en Cuba como en la URSS y luego Rusia. En primer lugar, la sostenida ausencia, en nuestras bibliotecas y librerías, de las ediciones originales de los libros y revistas teóricos importantes que iban apareciendo allá —una ausencia casi total en los años 60, 70 y 80, y luego absoluta en los años 90 y 2000—, con la consiguiente dependencia de los viajes a la URSS —míos y de Tatiana Borísovna Gorstko, mi esposa— para el acceso a ellas. En segundo lugar, las dificultades para conseguir esas ediciones en la propia URSS y luego Rusia: la exigencia de solicitudes oficiales de instituciones culturales soviéticas para conseguir el permiso de acceso a tales o cuales bibliotecas o incluso a sólo tal o cual parte de sus fondos; la necesidad de grandes sumas de dinero propio —tanto antes como después de 1991— para comprar esas ediciones en librerías comunes y de viejo —donde casi siempre no habían llegado o estaban agotadas— o para xerocopiarlas en bibliotecas, y para pagar después su sobrepeso a las líneas aéreas; y, por último, las limitaciones establecidas en las bibliotecas soviéticas al número de páginas xerocopiables por día y a la xerocopia de libros enteros (muchas libretas llenamos mi esposa y yo copiando a mano textos teóricos).

Lamentablemente, junto con el enrarecimiento y desplome de los vínculos políticos y económicos, también se enrarecieron y vinieron abajo las relaciones culturales existentes, y, en mi caso, desde 1988 nunca más tuve acceso directo a esas fuentes en Moscú. Felizmente, al igual que antes de la caída del socialismo, algunos grandes autores, como Lotman, Ivanov y Gurévich, y entonces jóvenes colegas, como los estonios Jüri Talvet y Peeter Torop, me regalaron con gran generosidad importantes ediciones, mientras que en bibliotecas de EUA, Finlandia y Polonia pude copiar libros rusos inaccesibles en Moscú.

Hablando en términos cibernéticos, ésas han sido las grandes dificultades del input, pero aún mayores han sido las del output, porque, a lo largo de su entrecortada existencia, Criterios, como sección de La Gaceta de Cuba, como boletín mimeografiado y presillado a mano, y como revista mimeografiada y luego en offset, siempre ha tenido muy limitadas posibilidades de publicación, tanto en términos de espacio como de frecuencia. De ahí que más de una vez tuviera que apelar a propuestas y entregas de artículos y antologías a otras revistas y editoriales cubanas y extranjeras. Apenas en 1994, gracias a la ayuda económica internacional en pleno Período Especial, Criterios logró crear su propia colección independiente de libros teóricos, la cual ha incluido series dedicadas al pensamiento cultural en distintos países (Francia, Alemania, Polonia). Pero, sin ayuda rusa en las nuevas circunstancias políticas, sólo en el 2002 logró iniciar la serie Rusia en el pensamiento actual con el valiosísimo volumen Árbol del Mundo: Diccionario de imágenes, símbolos y términos mitológicos, obra de varios destacados miembros de la Escuela de Tartu-Moscú, Tókarev y otros, cuya impresión fue financiada por el Fondo para el Desarrollo de la Cultura y la Educación del Ministerio de Cultura de Cuba.

En suma, del pensamiento cultural ruso, como del de muchos otros países, Criterios no ha podido publicar todo lo que ha querido. Tempranamente conscientes de esa imposibilidad, nos concentramos en tratar de llamar la atención de investigadores, críticos, profesores y editores cubanos e hispanoamericanos en general sobre importantes autores y obras que aquellos con la influencia o los recursos necesarios podrían hacer traducir, publicar y circular. Lamentablemente, como luego se verá, con casi ningún éxito en Cuba, siquiera en el período de mayor acercamiento oficial a la Unión Soviética, que, para colmo de contradicciones, fue también el período de «vacas gordas» editoriales en que aquí se publicaba la mayor cantidad de títulos de muy desigual calidad con enormes tiradas. Y, en cambio, para nuestra imprevista gratificación, con una entusiasta recepción fuera de nuestro país: en México (un pedido temprano, ya en 1974, de Adolfo Sánchez Vázquez para que preparara una antología de semiótica rusa para su colección Teoría y Praxis de Grijalbo, la solicitud y financiamiento completo de la edición de un número especial de Criterios por la Universidad Autónoma de México-Xochimilco para el VI Encuentro Internacional Mijaíl Bajtín, y el encargo de la edición de un número especial de la revista Escritos dedicado a la Escuela de Tartu-Moscú por el Centro de Ciencias del Lenguaje de la Universidad Autónoma de Puebla, México) [2], en España (la publicación de obras de Lotman, Ivanov y Iampolski en sendos Cuadernos de Eutopías, una antología en tres tomos con 50 artículos de Lotman en la editorial Cátedra, y un libro de Borís Groys en la editorial Pre-Textos) [3], e incluso fuera de nuestro ámbito lingüístico (por ejemplo, en Brasil) [4].

Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, tanto en sus páginas como en las de muchas otras publicaciones nacionales y extranjeras a las que ha entregado traducciones, Criterios ha presentado, casi siempre con gran anticipación en el mundo de habla hispana y, sobre todo, en traducción directa del ruso (y no en inconfesas retraducciones del francés y del italiano) [5], numerosos textos de la mayoría de los más importantes pensadores rusos de los años 60-2000: Bajtín, Lotman, Uspenski, Ivanov, Lijachóv, Avérintsev, Piatigorski, Toporov, Meletinski, Gurévich, Iampolski, Levin, Konrad, Groys, Bernstein, Sokolov, Kagan, Bórev..., así como de personalidades clásicas anteriores —Tyniánov, Jakobson, Lunacharski— y de jóvenes figuras postsoviéticas —Chujrov, Skidan, Vilemski, Fiks... Estos autores representan disciplinas diversas (culturología, estética, teoría literaria, etc.) y orientaciones teóricas y metodológicas muy heterogéneas, de las cuales la más nutridamente representada ha sido la trascendente Escuela Semiótica de Tartu-Moscú, que logró nuclear una pléyade de brillantes eruditos en muy diversas esferas del saber (rusística, germanística, indología, baltística, folclorística, teoría e historia del cine, filosofía, etc.).

Pero, desde luego, además de lo que pudo divulgar Criterios, era muchísimo más lo que ofrecía de valioso el pensamiento cultural ruso y que permaneció inédito en español y desconocido en Cuba, hasta que, en un número creciente de casos, halló en otros países hispanos traductores como Tatiana Búbnova (a quien le debemos la excelente versión española de varios libros capitales de Bajtín y su Círculo —Medvédev, Volóshinov—), editores como Manuel Cáceres (quien laboriosamente sostiene desde hace años la única revista y sitio web de lengua española dedicados a la Escuela de Tartu-Moscú) [6] y casas editoras como Alianza Editorial, Siglo XXI, Fondo de Cultura Económica, Taurus, Fundamentos o Akal, que comenzaron a publicar libros de Propp, Meletinski, Gurévich y otros.

Y es que, además de libros y artículos de los autores mencionados hasta ahora, ese pensamiento brindaba obras teóricas clásicas de otros formalistas rusos (Shklovski, Eijenbaum y Tomashevski) en la teoría literaria, de Olga Freidenberg en la poética histórica, de Bogatyriov y Propp en la folclorística, de Vinográdov en la estilística, de Zhirmunski en la comparatística, de Florenski en la teoría de las artes plásticas y de Asáfiev en la musicología, o las más recientes de Kolmogórov en la versología, de Lósev y Mamardashvili en la estética, y de otras figuras de la Escuela de Tartu-Moscú (Iampolski, Tsivián, Gaspárov) en la semiótica de la cultura, la literatura y el cine. Y a éstos hay que agregar, sin falta, la producción de los pensadores que, después de la caída del socialismo soviético, pasarían a primer plano en la última década del siglo XX y la primera del siglo XXI: Mijaíl Ryklin, Valeri Podoroga, Elena Petróvskaia, Mijaíl Epstein, Ekaterina Diógot, Evgueni Dobrenko y Vladislav Sofrónov, entre otros. Baste decir que nada se ha divulgado entre nosotros del postmodernismo ruso de los 90, ni del posterior pensamiento crítico-cultural repolitizante de izquierda, que se expresa en importantes revistas como Qué hacer y Revista de Arte de Moscú, invitadas, al igual que Criterios, a la más reciente Documenta de Kassel.

Al lector actual le resultará paradójico enterarse de que en Cuba, incluso en el período de las más estrechas relaciones con la Unión Soviética, de más contactos, convenios y viajes oficiales entre ambos países, el descubrimiento y recepción de lo mejor de la teoría literaria, estética y cultural ruso-soviética no se produjo por esas vías, sino por mediación de su descubrimiento y moda en Francia, Italia y EUA, o sea, gracias a la labor divulgadora de Tzvetan Tódorov, Julia Kristeva, Umberto Eco, Victor Erlich y otros, y de los primeros ecos de esa labor en Argentina, México y España.

Desde el triunfo revolucionario de 1959 hasta la oficialización del conocido viraje político-cultural en el Primer Congreso de Educación y Cultura, el occidentocentrismo tradicional aún prevaleciente y el prejuicio generalizador hacia la producción teórica soviética —bien fundado en la lectura de los manuales y demás textos rusos traducidos de los 50 y 60 que llegaban— eran perpetuados y reforzados no sólo por la accesibilidad e inaccesibilidad de las principales lenguas occidentales y del ruso respectivamente, sino también por la orientación editorial casi exclusiva hacia la producción teórica occidental —Hauser, Schücking, Finkelstein, Thomson, Sartre, Fischer, Garaudy, Wellek y Warren, Kayser, Wright, Escarpit, Goldmann, Marcuse, Gramsci, Althusser, Balibar, Macherey, Lévi-Strauss, Barthes, Bourdieu, Barbaro, Banfi, Baldelli...—, orientación que dejaba fuera del campo visual del lector cubano no sólo la producción teórica rusa de los años 10, 20 y 30, sino todo lo renovador que venía ocurriendo en la URSS con la publicación, entre otras, de las obras de Bajtín y de Lotman y la naciente Escuela de Tartu-Moscú. De todos modos, aunque no se masivizaron los equivalentes teórico-literarios, estéticos y culturológicos de los omnipresentes manuales filosóficos, políticos y económicos de Afanásiev, Konstantínov-Kuusinen y Nikítin, fuera del mainstream se publicaron joyitas escolásticas como El Arte: Formas de la conciencia social, de Kelle y Kovalzon (1962).

Lo que pocos sabían entonces era que muchas de las ideas renovadoras que nos llegaban con unos u otros autores occidentales tenían su origen o su inspiración en la ciencia rusa del siglo XX. Quien inició a Lévi-Strauss en la lingüística estructural, disciplina que le sirvió de modelo para su antropología estructural, no fue otro que el gran lingüista ruso Roman Jakobson en la ciudad de Nueva York, adonde ambos científicos judíos habían ido a refugiarse de la amenaza nazi. Y el vienés René Wellek, el principal coautor de aquella influyente Teoría literaria del año 1949 —una de las primeras sistematizaciones de la disciplina, que tan merecidamente popular fue en las universidades cubanas— no sólo vivió desde los 15 años de edad en Praga y estudió literatura en su Universidad Carolina, sino que también fue un participante del célebre Círculo de Praga; de esta ciudad partió en 1935 a Londres, donde fue profesor de Lengua y Literatura Checas, y de allí finalmente se trasladó a los EUA, adonde llegó cargado de ideas no sólo de Mukařovský y Vodicka, sino también de los destacados miembros rusos del Círculo —Jakobson, Trubetzkoi y Bogatyriov—, que, a su vez, habían traído consigo las ideas de la OPOIAZ de San Peterburgo y el Círculo Lingüístico de Moscú.

«¿Por qué la teoría literaria moderna se originó en Europa Central y Oriental?»: esa directa pregunta es el título de un reciente estudio publicado en los EUA por el destacado comparatista Galin Tihanov, actual presidente del Comité sobre Teoría Literaria de la Asociación Internacional de Literatura Comparada. Al «recapitular las contribuciones de Europa Oriental y Central a posteriores desarrollos en la teoría literaria», el autor afirma categóricamente:

Serían difíciles de subrayar en exceso. En verdad, los supuestos avances en la teoría literaria en su segunda «Edad de Oro», los años 60 y 70, apenas fueron algo más que elaboraciones y variaciones sobre temas, problemas y soluciones trabajados en el período de entreguerras en Europa Central y Oriental. El estructuralismo francés, aunque refinado (y a veces renuente a reconocer a sus predecesores) fue hecho posible, desde luego, por la obra de Ferdinand de Saussure. Pero el estructuralismo también dependía de los logros del formalismo ruso y el Círculo Lingüístico de Praga, así como de la formulación de los principios de la fonología por Nikolái Trubetskoi y Roman Jakobson en los años 30. La narratología —a pesar de las diferencias discernibles en sus versiones posteriores (las de Claude Lévi-Strauss, Algirdas J. Greimas, Claude Bremond, Gerard Genette, Eberhard Lammert, Dorrit Cohn, Mieke Bal)— nunca se desvinculó completamente del legado de Vladimir Propp, cuya Morfología del cuento folclórico apareció en una fecha tan temprana como 1928. La versión continental de la teoría de la recepción en los 70 fue anticipada en obras del Círculo de Praga, sobre todo las de Felix Vodicka, quien tomó algo libremente de Ingarden. Por último, la teoría literaria marxista en su posterior auge estuvo profundamente influida por la obra de Georg Lukács en los 30.

Más adelante agrega:

Las vidas de Lukács, Jakobson, Trubetskoi, Bogatyriov, Shklovski, y también de René Wellek, nos instan a considerar la enorme importancia del exilio y la emigración para el nacimiento de la teoría literaria moderna en Europa Oriental y Central. [7]

En febrero de 1972, nació Criterios con el nº 100 de La Gaceta de Cuba, número especial que comenzaba precisamente con un artículo panorámico dedicado a presentar las recientes propuestas innovadoras de la ciencia cultural soviética: «Estructuralismo y semiótica en la URSS» de Meletinski y Segal, y que incluyó, además, «Los problemas de los estudios literarios y lingüísticos» de Iuri Tyniánov y Roman Jakobson, y «De la evolución literaria» de Tyniánov. Al mismo tiempo, en su número 71 la revista Casa de las Américas publicó, de Lotman, «El problema de una tipología de la cultura» y, de Uspenski, «Sobre la semiótica del arte». Y, poco después, en su número 13-14 (dic. 1973-mar. 1974), Santiago. Revista de la Universidad de Oriente dio a conocer, de Lotman y Uspenski, «Acerca del mecanismo semiótico de la cultura».

Como he señalado en otra parte, [8] esas publicaciones, así como otras en La Gaceta de Cuba poco antes y poco después de dicho número 100, de textos de los formalistas rusos y la Escuela de Tartu-Moscú (así como del estructuralismo checo), sólo fueron posibles al principio del «Quinquenio Gris» gracias a la docta ignorancia inicial de las «vacas sagradas» del pavonato sobre el currículum vitae y status oficial de esos autores y a su ingenua suposición de que la política cultural en la vida académica de esos países en esos momentos era tan dogmática y dada a la represión administrativa como la que ellos estaban implantando aquí.

Poco después, con la plena instauración de la política cultural del «Quinquenio» y su orientación hacia un pensamiento único oficial y la lucha por medios administrativos, políticos e ideológicos contra todas las discrepancias, por una parte, y con el paralelo establecimiento y/o reforzamiento de los vínculos institucionales entre departamentos ideológicos partidistas, editoriales, academias, universidades y uniones de creadores de Cuba y la URSS, por otra, comenzaron a llegar, a La Habana, las recomendaciones editoriales, los palmarés académicos y los asesores soviéticos y, a Moscú, las solicitudes cubanas de información actualizada sobre la biografía y situación políticas de tal o cual autor soviético. La divulgación de las nuevas propuestas teóricas y metodológicas que estaban surgiendo en Occidente —incluidas las marxistas— pasó de ser escasa a nula; y hasta un libro ya traducido y anunciado, como la Teoría de la producción literaria, del conocido marxista francés Pierre Macheray, nunca apareció. Lo mismo ocurrió con la incipiente divulgación de las simultáneas novedades «heterodoxas» de la URSS y de otros países socialistas europeos. Y Criterios sufrió la primera interrupción de su existencia.

Cubanólogos extranjeros y estudiosos cubanos han aludido con frecuencia a una amplia divulgación en Cuba de la literatura teórica del «campo socialista», de «los países de Europa Oriental», que habría comenzado a principios de los 70, y algunos han hablado hasta de una sobresaturación con ésta. Pero lo cierto es que, si se hace abstracción de las ediciones que Criterios logró realizar como pudo, directa o indirectamente, [9] se publicó casi exclusivamente teoría de sólo uno de esos países: la Unión Soviética. Y ello a pesar de que Polonia, Checoslovaquia, Alemania y Hungría (y la «descarriada» Yugoslavia) tenían una amplia y muy valiosa producción en las más diversas disciplinas cientificoculturales, desde la culturología, la estética y la sociología, la semiótica y la psicología del arte y la cultura hasta la teoría de la literatura, las artes plásticas, el teatro, el cine, la televisión, la música, el folclor, etc., y en subdisciplinas como, en el dominio literario, la poética teórica y la histórica, la genología, la estilística, la versología, la comparatística, las teorías de la recepción, del lenguaje poético y del proceso historicoliterario, etc. Sería interminable la lista de las muy importantes obras y autores de esos y otros países socialistas que nunca se publicaron en Cuba, y de los que una antología como Textos y contextos: Una ojeada en la teoría literaria mundial, balance y continuación de diez años de trabajo de Criterios, trató, en sus dos tomos (1986, 1989), de dar siquiera un mínimo vislumbre al menos en el dominio cientificoliterario. Ya en marzo de 1981, en el prólogo a esa antología, sólo publicada cinco años más tarde, escribí: «el error de cierta unilateralidad “euroccidentocentrista” no debe superarse mediante la falta de publicaciones o una unilateralidad opuesta»; [10] «Parece necesario prevenir contra la ilusa esperanza —ya manifiesta en algunos— de encontrar en la ciencia literaria de sólo uno o dos países socialistas europeos todo el bagaje teóricoliterario que necesita hoy día un crítico o investigador». [11] Y pasé a exponer los motivos para «prestar atención simultánea a las investigaciones literarias que se vienen realizando en todos los países de la Europa socialista». Más adelante advertí heréticamente que «en modo alguno creemos que esta “multinacionalidad” de nuestras lecturas y publicaciones divulgativas deba reducirse al círculo de la Europa socialista»; y que

es inadmisible el desconocimiento de los autores occidentales basados en el marxismo (...) o influidos por él (...), y que no es posible apurarse a rechazar a priori todos los demás autores occidentales, pues, para un espíritu marxista penetrante, hay mucho de aprovechable o de sugerente, por ejemplo, en los trabajos más recientes de un Escarpit, un Jauss, un Hirsch, un Rifaterre, un Iser o un Greimas. [12]

Siempre corriendo paulatinamente las cercas sobre el mapa en busca de una mayor cobertura teórica, Criterios se las arregló para presentar inicialmente al lector cubano algunas nuevas ideas y paradigmas teóricos internacionales en boca de teóricos de la Europa socialista, aquí objeto, no obstante, de mayor o menor recelo ideológico en una escala creciente que iba de los soviéticos (que ocupaban el grado virtualmente cero de desconfiabilidad hasta el comienzo de la perestroika), pasando por los búlgaros y alemanes, luego por los checoeslovacos, polacos y húngaros, hasta llegar a los rumanos y yugoslavos. Pero, mientras que, a la hora de realizar sus elecciones, nuestros ortodoxos editores confiaban casi exclusivamente en obras de teóricos soviéticos publicadas por sus colegas soviéticos, los propios editores soviéticos —sobre todo la Editorial Progreso—, ya en los 60, 70 y 80, mucho antes de cualquier perestroika, seleccionaban, traducían y publicaban más «liberalmente» y sin demora algunas de esas importantes obras de los otros países socialistas que nunca se darían a conocer en Cuba: por ejemplo, Investigaciones de estética (1962) de Ingarden, Estética de la música cinematográfica (1970) de Zofia Lissa, y Problemas fundamentales de la ciencia literaria (1980) de Markiewicz, polacos los tres; Teoría del estudio comparativo de la literatura (1979) de Durisin, y Problemas de la traducción artística (1980) de Popovic, ambos de Checoslovaquia; Historia de la literatura y mitología (1975) de Robert Weiman y Sociedad – Literatura – Lectura: La recepción de la literatura desde el punto de vista teórico (1978) de Nauman, Schlenstedt, Barck y otros, todos alemanes; Principios de la ciencia literaria comparativa (1977) del rumano Alexandru Dima, o antologías como Semiótica y artemetría (1972), Estructuralismo: «pro» y «contra» (1975) y Semiótica (1983) en las que coexistían los checos Mukařovský y Levý, el polaco Slawinski y los emigrados rusos Jakobson y Trubetskoi, con los occidentales Barthes, Lévi-Strauss, Turner, Bremond, Morris, Bense, Piaget y Todorov...

Entretanto, otros cubanólogos extranjeros, y también otros críticos, investigadores y profesores cubanos, sí han percibido ese virtual monopolio de la literatura teórico-cultural de la URSS en la Cuba de los 70 y 80, pero lo han considerado el resultado de una imposición soviética, entusiastamente acogida por los stalinistas locales y tolerada con resignación por otros como parte del precio o del agradecimiento por la extraordinaria ayuda económica, militar, etc. Sin negar el papel activo desempeñado por los asesores y profesores soviéticos en nuestro sistema educacional, ni el peso de las sugerencias y recomendaciones de la nomenklatura cultural soviética en las decisiones editoriales cubanas —e incluso su intervención directa con ediciones preparadas ad hoc para Cuba, como es el caso de la treintena de textos de los cuatro tomos de Problemas de teoría del arte, seleccionados y prologados por el profesor soviético Víktor Ivánov—, no me será preciso apelar a la crítica actual del concepto de «influencia» para demostrar que en este caso no estamos ante una vida cultural que recibió pasivamente la avasalladora influencia cultural de una metrópoli neocolonial, sino ante una recepción activa cubana que escogió con pinzas de ese gran centro cultural lo que mejor servía para la implantación de un modelo de cultura y sociedad que, aunque originario de ese centro y allí realizado y luego parcialmente criticado y abandonado desde mediados de los 50, con la asunción de Brézhnev no había sido restaurado en toda su integridad, pureza y dureza, en todo su carácter totalitario, radical e intransigente.

Bastará confrontar la «oferta», el «surtido», «el catálogo» del mundo editorial y cultural soviético en materia de pensamiento teórico con lo que de él se editó en Cuba desde principios de los 70 hasta mediados de los 80 y aún más tarde (cuando se producen cambios mayores en la correlación de fuerzas en la esfera ideológica local) para darse clara cuenta de que, con la excepción de lo publicado o dado a publicar por Criterios y de unas pocas entregas aisladas del ICAIC (Lotman), Casa de las Américas, Albur (Mamardashvili), el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de La Habana, etc., lo que se escogió de esa oferta fue lo más dogmático o conservador de lo producido por la nomenklatura académica soviética —que casi siempre fue, a la vez, de lo más mediocre, inerte e intrascendente de la producción teórica soviética—: En el laberinto del revisionismo. Ernst Fischer: su ideología y su estética (1976) de Súrovtsev; Karl Marx y la estética (1976) de Lífschitz; Examen crítico de los estudios literarios burgueses (1977) de Fridlender; los cuatro tomos de Problemas de la teoría del arte (1980 y 1985) de varios autores; La educación estética en los jardines de la infancia (1981) de N. A. Vetlúgina; La lucha de ideas en la estética (1983) de Ovsiánnikov, Zis y otros autores (entre otros, de Europa Socialista); La educación estética en el socialismo desarrollado (1984) de Oleg Larmin; El contenido y la forma en el arte (1984) de Elena Vólkova; La personalidad del escritor y la evolución de la literatura (1984) de Mijaíl B. Jrapchenko; Balzac, un análisis marxista (1984) de V. Grib; Estética y técnica (1986) de L. Nóvikova; Estética marxista-leninista (1986) de un colectivo de autores bajo la dirección de M. Ovsiánnikov; La producción espiritual (1989) de V. Tolstij...

En vez de las necesarias propuestas positivas de una teoría literaria, cinematográfica, etc. y una estética actualizadas y creadoras, tres de los primeros libros escogidos (y gran parte de otros) fueron, por el contrario, obras dedicadas por entero a impugnar la obra de teóricos literarios y estéticos ocidentales —y en especial la de varios publicados aquí en los 60: Wellek, Warren, Kayser, Fischer y Garaudy. Ya en marzo de 1981, en el antes citado prólogo al primer tomo de mi antología Textos y contextos..., me aventuré a advertir:

las teorías deficientes hay que desplazarlas y reemplazarlas con afirmaciones teóricas superiores, y en ningún caso exclusivamente con negaciones críticas. (...) a tales o cuales sistemas teoricoliterarios viciados no se los puede presentar como superados en su totalidad cuando simplemente se los ha negado de manera global e indiscriminada, apelando, por ejemplo, a la repetición de unas cuantas tesis sociologicoliterarias y gnoseologicoliterarias de extrema generalidad, rodeadas de un gran vacío teórico, sino sólo cuando se ha propuesto a cambio un sistema teórico positivo que no deja sin elaboración profunda y minuciosa ni uno solo de los sectores o problemas capitales de la ciencia literaria que hayan sido elaborados por los sistemas en cuestión. Así pues, en nuestra opinión, a cambio de los viejos manuales de teoría literaria de Wellek/Warren y Kayser, los únicos publicados en nuestro país, hay que dar a nuestros críticos, investigadores y estudiantes no simplemente una crítica negadora «al por mayor», sino un cuerpo de ideas teoricoliterarias que incluya, sin falta, una teoría de la obra literaria, una concepción de los objetos de la genología y la comparatística, una teoría del proceso históricoliterario, una concepción de los valores presentes en la literatura, y otras teorías parciales que superen las propuestas por esos manuales, aunque para ir conformando ese cuerpo haya que apelar a la recopilación de textos de múltiples pensadores de diferentes países. [13]

Lo que nuestros dogmáticos, más stalinistas que los brezhnevianos, no sabían, o, lo que es más probable, fingían no saber, era que, mientras ellos emprendían, en aulas, planes editoriales, artículos y prólogos, su cruzada para anatematizar y borrar de la vida universitaria y académica cubana todo vestigio de presencia e influencia de la Teoría literaria de Wellek y Warren, ya en 1978 —sólo un año después de publicado en Cuba Examen crítico de los estudios literarios burgueses (1977) de su impugnador soviético Fridlender— la editorial Progreso, la misma que les servía de faro y principal abastecedora de ortodoxia teórica, había publicado en Moscú ese clásico manual en traducción al ruso.

Resulta falaz pretender explicar hoy la falta de ediciones de obras de los autores soviéticos más importantes en todos esos años con una supuesta falta de traductores de ruso, no sólo porque sí los hubo para traducir tomos y más tomos de la «ortodoxia» soviética, sino también porque, cuando se quiso publicar al dogmático Jrapchenko, no se vaciló en encomendarle a Virgilio Piñera la traducción del francés de todo un libro de éste, mientras obras capitales de Bajtín y Lotman, por ejemplo, ya habían estado disponibles en francés desde principios de los años 70; y, por si fuera poco, ya entre el 1968 y el 1977 habían aparecido en inglés dos libros de Bajtín y tres de Lotman y una recopilación de artículos de éste (por cierto, en 1974 la barcelonesa editorial Barral publicaría en español una de las más tempranas traducciones occidentales de Bajtín, La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento. El contexto de François Rabelais).

Y resulta cínica la afirmación de que aquella selección editorial cubana se hacía para romper la unilateralidad de una imagen negativa preexistente sobre el pensamiento teórico soviético; y ello no sólo por la propia unilateralidad de lo seleccionado, sino porque el «lado» propugnado por esa «nueva» unilateralidad era precisamente el mismo que ediciones soviéticas y algunas publicaciones menores cubanas de principios de los 60 habían divulgado antes, generando dicha imagen. Y, más aún, porque en la vida cultural cubana de los 70 y 80 ese «lado» no necesitaba una divulgación intensiva adicional que reforzara la que le venían dando, en traducción directa al español, la editorial moscovita Progreso y las revistas soviéticas Ciencias Sociales y Socialismo, teoría y práctica con las obras más paradigmáticas de la «ortodoxia» académica de la Contrarreforma y Restauración brezhnevianas: Fundamentos de la estética marxista (1976) de Avner Zis, Problemas de la estética (1978) de A. Egórov, Fundamentos de teoría de la literatura (1979) de Leonid Timoféev, La cultura y la historia (1980) de V. I. Mezhúev, La estética marxista-leninista y la creación artística (1980) de autores varios, La cultura y sus funciones (1985) de B. Savranski, Manantiales de creación (1987) de Alexandr Mélik-Pasháev y El realismo socialista en la literatura y el arte (s/f) de autores varios, entre otras. Para colmo, las ediciones cubanas, como si no hubiera habido muchos más autores soviéticos de la propia nomenklatura, reiteraban, una y otra vez, los mismos autores publicados por las ediciones soviéticas en español, y hasta los ya publicados en la propia Cuba: Ovsiánnikov, Zis, Jrapchenko, Novíkova, Fridlender...

Un hecho que revela con la mayor claridad el sostenido carácter sectario de esa selección editorial es la exclusión de las obras de Dmitri Márkov —entre otras, sus Génesis del realismo socialista (1970, Premio Dimitrov 1972) y Problemas de teoría del realismo socialista (1978)— bien conocidas y discutidas en la URSS por defender una concepción del realismo socialista como «sistema estético abierto de representación veraz de la vida». Aunque Markov, Director del Instituto de Eslavística y Balcanística de la Academia de Ciencias de la URSS desde 1969, miembro correspondiente de la Academia de Ciencias de la URSS desde 1984, y condecorado con la Orden de la Bandera Roja del Trabajo, era uno de los principales teóricos soviéticos del realismo socialista que se quiso implantar aquí, su concepción de éste se apartaba mucho de la sostenida por Zhdánov y Stalin. En 1977 escribió:

Para el artista del realismo socialista, no hay límites al conocimiento objetivo de la realidad real que se desarrolla ininterrumpidamente, no hay limitaciones en la elección de los problemas y, por consiguiente, tampoco en los medios expresivos capaces de transmitir la verdad de la vida. El realismo socialista está históricamente abierto en todos esos niveles, y precisamente en esa apertura están ínsitas sus posibilidades estéticas más amplias. [14]

Tesis aperturistas como ésa hubieran venido en apoyo de aquellos que, como Roberto Fernández Retamar y Basilia Papastamatíu, en el Coloquio de Literatura Cubana de 1981 rechazaron tanto el exclusivismo épico como la condena del intimismo, y defendieron la libertad temática de la literatura cubana frente a la poderosa corriente stalinista que todavía en 1981, a un lustro de la creación del Ministerio de Cultura, podía permitirse establecer públicamente cuál era «la» posición cubana hacia el realismo socialista y, como parte de ella, que uno de los «principios básicos» de éste era que «el centro de atención está colocado en motivos de interés general: el trabajo, las luchas revolucionarias, los esfuerzos del hombre por el dominio de los fenómenos y fuerzas naturales». [15]

Así pues, con las solas excepciones tardías de un libro de Bajtín, Problemas literarios y estéticos (Moscú, 1975; La Habana, 1986) (cuya edición local, como bien han señalado autores cubanos y extranjeros, adolece de graves errores en la traducción del sistema terminológico-categorial bajtiniano), [16] y Psicología del arte (Moscú, 1965; La Habana, 1987) de Výgotski, nuestras editoriales no publicaron ninguno de los grandes libros soviéticos de los 60, 70 y 80, que lo más natural hubiera sido que aparecieran traducidos sin demora en la Cuba amiga de la URSS y no años después en España o México. Pero todos ellos tenían un mínimo denominador común: eran ajenos al realismo socialista neostaliniano. En este sentido resulta elocuente que en su caso el motivo de exclusión no podía ser la publicación extraoficial de esas obras en la Unión Soviética o en el extranjero, ni una supuesta condición de disidente de sus autores. Los mundialmente célebres libros de Bajtín sobre Dostoievski (1963, 1974, 1979) y Rabelais (1965), Oriente y Occidente (1966, 1972) de Konrad, Categorías de la cultura medieval (1972) de Gurévich, Poética del mito (1976) de Meletinski, la Poética de la literatura rusa antigua (1967, 1971) de Lijachóv, los volúmenes de la Historia de la estética antigua (1963–1988) o la Estética del Renacimiento (1978, 1982) de Lósev, o La estructura del texto artístico (1970) de Lotman, o la Poética de la composición (1970) de Uspenski, o Mitos de los pueblos del mundo (1980-82) —de algunos de los cuales Criterios, a pesar de sus limitadas posibilidades, logró divulgar una selección de capítulos—, no aparecieron fuera de la URSS como tamizdat, ni dentro de la URSS como clandestino samizdat o en ediciones marginales, sino publicados y hasta reeditados por las grandes editoriales oficiales mucho antes de la perestroika, y sus autores ocupaban cargos en universidades, institutos científicos y editoriales académicas estatales. A la propia VAPP estatal (Agencia de Derechos de Autor de toda la Unión Soviética), y no a ningún grupúsculo soviético underground, agradezco la entrega, en los 80, de copias de inéditos de Bajtín y Olga Freidenberg. Pero aún más elocuente resulta que ni siquiera el reconocimiento y la distinción oficiales por el aparato cultural brezhneviano pesaban en contra de la exclusión en Cuba, pues a Bajtín se le había hecho un gran homenaje oficial en 1975, Lijachóv era Premio Estatal desde 1969 y Miembro Correspondiente de la AC de la URSS desde 1970, Konrad era Jefe de la Cátedra de Japón del Instituto de Orientalística de Moscú desde 1941, Académico desde 1958 y laureado con el Premio Estatal de la URSS en 1972, y Lósev recibió el Premio Estatal de la Federación Rusa en 1986.

Entrados los 70, su exclusión del mundo editorial cubano no podía deberse ya a ignorancia de esos nombres y obras tan afamados dentro y fuera de la URSS, sino, todo lo contrario, a que se había logrado estar bien informados no ya sobre su obra, sino sobre su biografía política: casi todos ellos habían sido perseguidos y arrestados en tiempos de Stalin: Bajtín deportado a Kazajstán; Lijachóv, Konrad, Meletinski y Lósev, enviados a cárceles o campos de concentración, donde permanecieron años. Pero, aunque el Partido y el Estado soviéticos, incluso los del período brezhneviano, los habían rehabilitado, publicado y hasta premiado y homenajeado, los stalinistas cubanos nunca aceptaron tales rehabilitaciones que contradecían la voluntad del omnisciente e infalible Secretario General: si Stalin había reprimido a esos autores de ese modo, estaba justificado, y divulgar esas obras era un grave error político, «blandenguería». [17] Para ellos, que nunca habían aceptado siquiera la limitada crítica del stalinismo que había representado el XX Congreso del PCUS y habían canalizado oportunistamente el rechazo cubano al comportamiento de Jrushchov con Cuba en materia de política internacional hacia un rechazo al antiestalinismo y a la concomitante relativa apertura o «deshielo» cultural que se había oficializado luego del XX Congreso, ni siquiera el restaurador Brézhnev y los suyos eran cabales y dignos continuadores de Stalin. De ese entonces recuerdo la respuesta del entonces director de una editorial cubana a la noticia de que en la Unión Soviética se había vuelto a publicar recientemente (en 1984) El Maestro y Margarita (1966) de Bulgákov: «Pues entonces es que la contrarrevolución tomó el poder en la URSS».

A pesar de la creación del Ministerio de Cultura en 1976, nuestro mundo editorial siguió estrictamente subordinado por largos años al Departamento de Cultura del CC del PCC bajo el sucesivo control de Antonio Pérez Herrero y Carlos Aldana, y, por esa vía, a un reducido grupo de escritores y profesores que en la campaña por la oficialización de la versión más dogmática del realismo socialista les sirvieron como asesores, censores, articulistas, antologadores y prologuistas. Nuestro «deshielo» en materia de circulación del pensamiento cultural internacional sólo comenzaría gradualmente a partir del 83, y sobre todo del 87, con los cambios en la composición, status y poder relativo de dicho Departamento frente a otras tendencias político-culturales dentro del campo cultural. Todavía a mediados de los 80 no me fue posible publicar una antología de un destacado marxista hispanoamericano porque en ella se criticaba a los estéticos soviéticos dogmáticos. Y sólo en 1986 pudo aparecer mi artículo «Sobre la dogmatización del realismo socialista (Notas informativas)», [18] que cuatro años antes no se había querido publicar por el sencillo motivo de que, aunque el texto no criticaba en modo alguno el realismo socialista en general, presentaba las manifestaciones históricas del dogmatismo en él tal como habían sido señaladas y criticadas por teóricos soviéticos contemporáneos incuestionablemente oficiales (y todavía dogmáticos) como Fridlender, Bushmin, Ovcharenko y Márkov: rompía así la imagen ideal prístina, inmaculada, monolítica, de la doctrina publicitada, demostraba que ésta podía ser dogmática y que, de hecho, ya lo había sido y, lo que era aún más intolerable, dejaba ver que algunos de los dogmas estalinianos criticados allá hasta por la nomenklatura brezhneviana eran precisamente algunos de los «principios básicos» que aquí se habían puesto en vigor en el «Quinquenio Gris» y todavía se luchaba por reinstaurar.

Sólo en 1986, once años después de que Criterios divulgara la primera de sus tres traducciones anteriores de textos de Bajtín (1975, 1982, 1984), se publica en Cuba Problemas literarios y estéticos (1975) del gran sabio ruso. Y las famosas Lecciones de estética marxista-leninista (1963-1966, 1971) de Moiséi Kagan —el más heterodoxo de los estéticos ortodoxos soviéticos, junto al Bórev tardío— se publican en Cuba sólo en 1984, seis años después de que Criterios publicara la primera de sus cuatro traducciones de textos de Kagan, tres de ellas unidades de ese mismo libro (1978, 1982). Lamentablemente, el leve espíritu de renovación y apertura que traía ese volumen no pudo influir mucho por obra de la devaluación científica de la edición a causa de sus innumerables errores graves de traducción; éstos requirieron un descomunal trabajo que sólo quien no sepa ni ruso ni estética podría llamarlo «correciones de determinadas categorías»: la preparación de una separata de 72 págs. (!) por Rinaldo Acosta, que prescribía cientos y cientos de arreglos necesarios que difícilmente un lector se tomaría el tiempo y trabajo de introducir manualmente o de consultar al leer cada nueva página. Y cuando más tarde se produjeron los primeros encuentros personales del propio Kagan con el público cubano de fines de los 80, ya este último había cambiado mucho —sobre todo el más joven—: el diálogo resultó decepcionante, al hallar sus interlocutores a un Kagan que, si bien era más comprensivo que sus compatriotas aquí divulgados para con el arte moderno y de vanguardia de principios del siglo XX y el aprovechamiento de los hallazgos formales de éstos por el artista socialista, simplemente no conocía prácticamente nada de las posteriores obras artísticas y propuestas teóricas de la neovanguardia y el postmodernismo. Y, lamentablemente, en su desinterés por el arte innovador más reciente, el destacado estético soviético no abordó en sus intervenciones siquiera las aquí desconocidas obras e ideas del llamado conceptualismo moscovita de los 70 y 80 y sus figuras hoy mundialmente famosas, como Komar y Melamid, Kabakov, Bulátov, Prígov y Monastyrski, que con tanto acierto presentó Borís Groys al público occidental ya a principios de los 80, y que con tanto interés habrían sido recibidas por un auditorio con inquietudes e inclinaciones estéticas afines, como el de nuestro Instituto Superior de Arte.

También en 1986 reaparecen, si bien fuera del mainstream editorial, textos de Jakobson y Tyniánov, así como de Wellek y Warren y Thomson, en el tomo I de la Selección de lecturas de teoría y crítica literarias, [19] destinada a la docencia universitaria.

Si Lunacharski o Kagan o el Brecht teórico podían funcionar hasta principios de los 80 como factores de apertura respecto al extremo dogmatismo teórico circulante —y precisamente con esa finalidad divulgó Criterios a los dos pensadores rusos—, ya a partir de 1982, ante el rápido avance y expansión de las nuevas ideas culturales y estéticas aperturistas, los tres fueron utilizados a la desesperada por la «ortodoxia» como muros de contención: aunque en odiosas versiones «liberales», los tres hablaban todavía de «realismo socialista». De ahí que, como a un mal menor, se apelara a la tardía edición (1984) de las Lecciones de estética marxista-leninista de Kagan, cuyo original ruso había estado disponible desde 1966; la pronta reedición (1985) —no sin eliminar de la portada el crédito de mi nombre— de mi antología de textos de Lunacharski, Sobre cultura, arte y literatura, publicada cuatro años antes, y la muy tardía edición (también en 1985) de El arte y la política de Bertolt Brecht, recopilación de textos cuyo original alemán también había estado disponible desde fines de los 60. Sólo así nuestros lectores conocerían, también una década más tarde que en la URSS, al Brecht teórico que había sido el primero en hacer a propósito del Programa de los escritores soviéticos del 1934 la siguiente advertencia:

Al realismo no se le puede sustraer el elemento crítico. Éste es decisivo. El mero reflejo de la realidad, caso de que fuera posible, no estaría en nuestro interés. Se debe criticar la realidad al tiempo que se le da forma, se la debe criticar realistamente. En el factor de lo crítico reside lo decisivo para el dialéctico: la tendencia. [20]

Ahora bien, en medio de ese campo cultural que era escenario de fuertes tensiones y luchas, Criterios publicó decenas de textos rusos (y eurorientales) no sólo por el valor intrínseco de sus abordajes teóricos y metodológicos a viejos y nuevos problemas y por su utilidad práctica para el desarrollo de la investigación, la crítica y la docencia nacionales, sino también, y a veces sobre todo, especialmente en los años 70 y 80, por su capacidad para impugnar y contrarrestar con sus argumentos y con la autoridad de su capital simbólico tendencias político-culturales muy dañinas que, primero durante su hegemonía y después en una abierta o velada lucha de posiciones, pesaron sobre el pensamiento, la creación y la vida culturales cubanas y que precisamente se inspiraban y buscaban apoyo teórico de manera casi exclusiva en textos rusos.

Así, por ejemplo, contra los extremismos de la línea política cultural stalinizante —como, por ejemplo, la exigencia de la comprensibilidad masiva de la obra en calidad de criterio valorativo decisivo, tan frecuentemente esgrimida por nuestros populistas hostiles a todo arte innovador o difícil—, Criterios dio a publicar un libro cuyo rechazo hubiera sido imposible legitimar: la ya mencionada antología de textos del más autorizado político cultural bolchevique, el primer Comisario de Instrucción Popular y compañero de luchas de Lenin, Anatoli Lunacharski, [21] cuyas posiciones siempre fueron más abiertas, multilaterales, matizadas, moderadas por reservas y precauciones, tolerantes, respetuosas del arte y de los creadores, y cuya persona y obra ya a fines de los años 20 Stalin marginó no sólo política y culturalmente, sino también en el sentido más espacial (lo envió como diplomático a España y el ya enfermo Lunacharski murió por el camino). Contra el dogma de la existencia de un único método marxista (gnoseologista) para el análisis, interpretación y valoración de la obra literaria y la consiguiente falsedad o inutilidad de los demás métodos, Criterios publicó, además de un texto del húngaro Szabolcsi, el trabajo «El análisis sistémico-integral de la obra artística» de Iuri Bórev. [22] Contra las tentativas de instaurar oficialmente como único método correcto de creación artística la versión más dogmática del realismo socialista: los textos «La estructura de la forma artística» de Kagan y «Sobre el realismo» de Lijachóv, quien, además de propugnar un realismo proteico, esencialmente anticanónico, enemigo de los estereotipos, no identificable con ningún estilo y en búsqueda perpetua de un nuevo estilo, afirmaba que «[l]a irrupción, en continuo desarrollo, en el dominio de los temas “prohibidos” es un rasgo característico del arte realista». [23] Contra el silenciamiento y estigmatización del arte que ejerce la crítica y la sátira de los fenómenos negativos de la sociedad socialista: los textos «Sobre la sátira» de Lunacharski, «La sátira y la democracia» de Bórev y «El arte y la concepción leninista de la verdad» de Kagan, [24] la publicación del cual se logró luego de prolongadas discusiones a alto nivel, debido al carácter no-ortodoxo de las allí citadas afirmaciones de... Lenin.

Pero, mientras Criterios se empeñaba en esas criptopolémicas, en la recepción de lo más dogmático del pensamiento ruso-soviético se ponían de manifiesto dos fenómenos: el rusocentrismo de más de un epígono local y el rusocentrismo de buena parte del propio pensamiento cultural ruso-soviético de entonces.

Por una parte, ciertos profesores cubanos y soviéticos coincidían en la aplicación forzada de tipologizaciones y periodizaciones construidas sobre la base exclusiva de la cultura rusa a fenómenos y procesos de la cultura cubana. Así, por ejemplo, Martí era colocado junto a Bielinski, Herzen y Chernyshevski como una de «las destacadas figuras de la estética materialista pre-marxista», y junto a Bielinski, Chernyshevski, Dobroliúbov y Saltikov-Shchedrín como uno de los «representantes de la estética democrática revolucionaria». [25]

En contraste con la enérgica actitud antietnocentrista de grandes teóricos y comparatistas literarios soviéticos como Kónrad y Zhirmunski, la teoría literaria y la estética soviéticas incurrían generalmente en un eurocentrismo tanto teórico como metodológico. [26] En una de sus acerbas críticas al eurocentrismo de la teoría literaria occidental, el comparatista francés René Etiemble escribió lo siguiente sobre la Teoría literaria de Wellek y Warren:

En cuanto al índice de los nombres propios, ¡qué opiniones! Shakespeare a tutiplén; Chikamatsu, que bien lo merece, no es citado una sola vez (...) Ni un solo Ibn en el sumario de una Teoría literaria. Sí, ¿qué pensar de una teoría literaria que desatiende las retóricas árabes e hindúes y escamotea las obras chinas y japonesas? Que no trata siquiera de integrar en sus resúmenes todo lo que sabemos ya sobre las literaturas semíticas, finougrias, turcomongolas y malayas, y a la que le importan un bledo las literaturas orales del África y lo que subsiste de las obras precolombinas; que diserta sobre el poema y la versificación, sin dar a las qacidas, a los rubayat, a los che, al zadzal, al ts’eu, al pantum, al haiku, al waka, etc., lo que por derecho les corresponde... [27]

Ahora bien, como señalé ya en 1982,

sin quitar una sola palabra de las citadas críticas de Etiemble a la clásica obra de Wellek y Warren, ellas son igualmente válidas para los principales manuales soviéticos de teoría literaria: los de Timoféev, Pospélov y Abramóvich, así como para la más ambiciosa y fecunda tentativa soviética de elaborar una teoría literaria: los tres valiosos tomos de Teoría de la literatura: Problemas fundamentales a una luz histórica, preparados por un equipo de científicos del Instituto de Literatura Mundial «Máximo Gorki» de la Academia de Ciencias de la URSS (...). Y hay aquí una circunstancia agravante, ausente en el caso de Wellek y Warren: Navoí, Firdusí, Jafiz, Jayam, Rudakí y Nizamí, entre otros grandes poetas orientales, son clásicos de las literaturas nacionales de muchos pueblos de la multinacional Unión Soviética; y la qacida, el rubai, el ghazal y otras formas poéticas tradicionales árabes, persas y turcas, han seguido siendo utilizadas ampliamente hasta hoy por los escritores del Oriente soviético. [28]

Todavía en los años 80 se podían escuchar en la Unión Soviética declaraciones como ésta de uno de los más destacados escritores rusos de su tiempo, Fiódor Abrámov, transmitida por la televisión soviética y reproducida en Literatúrnaia Gazeta, órgano de la Unión de Escritores de la URSS:

Ahora existe el punto de vista de que el centro de la literatura mundial se ha desplazado a la América Latina... ¡Quiero defender de la manera más vehemente los valores que está elaborando la literatura soviética! Tal como en el siglo XIX el centro de la literatura mundial se hallaba en Rusia, asimismo sigue estando en ella hasta el día de hoy. [29]

Y es que la teoría del realismo socialista era no sólo la teoría de un método creador, sino también una teoría del proceso histórico literario y artístico: ese método era considerado el escalón más elevado alcanzado por el desarrollo histórico literario y artístico de la humanidad. Para esa teoría basada en una concepción unilineal y unidireccional de la historia social y cultural, el realismo socialista era la última estación a la que tarde o temprano llegarían, como un tren sobre una línea ferroviaria, la literatura y el arte de los distintos países del mundo. Y los primeros en llegar plenamente a la etapa del realismo crítico en el siglo XIX y a la del realismo socialista en el siglo XX habían sido la literatura y el arte rusos. Extrapolando la tesis de Marx según la cual «la anatomía del hombre es la clave de la anatomía del mono», se consideraba que la naturaleza de las obras del más alto escalón evolutivo del arte de la humanidad, o sea, del realismo socialista ruso, era la clave de la naturaleza de todas las anteriores obras de la literatura y el arte mundiales, y, por eso, la teoría general de la literatura y del arte se podía, más bien se debía, construir sobre la base exclusiva de la literatura y el arte rusos.

De ahí las reacciones hostiles que desató en Literatúrnaia Gazeta y otras publicaciones soviéticas la creciente influencia de la poética del realismo mágico y «lo real maravilloso» latinoamericanos en la propia literatura soviética, sobre todo en varias literaturas de repúblicas no eslavas —de Moldavia a Kirguizia— que comenzaban a vivir, en sus narrativas, un afloramiento y reavivamiento de sus conciencias mitológicas nacionales, étnicas. Tal influencia era vista como un peligroso factor de desvío de los principios del realismo socialista y de reforzamiento de tendencias culturales y sociales centrífugas respecto al centro ruso.

Por último, al citar la explícita y categórica tesis rusocéntrica de Abrámov en un artículo que publiqué en 1985 en Casa de las Américas, señalé, además, una manifestación de ese centrismo en otro plano:

Lamentablemente, algunos autores soviéticos dan muestras de un rusocentrismo análogo en el examen y valoración de la ciencia literaria mundial. Por ejemplo, de creer lo expuesto en el extenso epígrafe «Estudios literarios» del Diccionario de términos literarios, preparado por L. I. Timoféev y S. V. Turáev (Moscú, 1974), los únicos estudios literarios que se han hecho en el mundo después de Marx, Engels, Lafargue y Mehring, serían los publicados en ruso a partir de Plejánov (pp. 189-196); y sobre los estudios literarios marxistas en particular nos lleva a creer lo mismo el libro Los estudios literarios marxista-leninistas de P. A. Nikoláev (Moscú, 1983), en cuyas páginas el único marxista no rusófono mencionado es György Lukács, pero sólo como autor de un único libro, Sobre la historia del realismo, escrito en la URSS y publicado originalmente en ruso, y mencionado sólo para criticarlo porque «simplificó en gran medida» el problema del realismo. Ninguna de ambas obras reconoce la existencia de un pensamiento literario marxista no rusófono: no sólo ya el de los marxistas occidentales —como Gramsci, Della Volpe, Thomson, Caudwell, Finkelstein, Mariátegui, Macheray, Vernier, Williams, Jameson o Eagleton—, sino tampoco siquiera el de los marxistas de los hermanos países socialistas, como Brecht, Krauss, Naumann, Bakos, Markiewicz, Szabolcsi, Köpeczi, Zárev, Vianu y decenas de otros destacados científicos. [30]

A medida que avanzaban los años 80, la estética y la teoría literaria soviéticas ortodoxas comenzaron a ser vistas en Cuba como inoperantes y obsoletas por un número creciente de actores culturales, y en la docencia y la investigación sus cultores empezaron a abandonar el currículo, la agenda y la bibliografía al servicio de la fundamentación teórica y la implantación local del realismo socialista —el cual a menudo, por consideraciones tácticas, sólo figuraba, innombrado, en formulaciones perifrásticas a la manera de «animal que maúlla, caza ratones y camina por los tejados». Pero ello no ocurrió por obra de ninguna reorientación o rectificación operada o dictada por el aparato ideológico-cultural, sino en virtud de la nueva situación cultural creada por la nueva praxis creadora cubana de los 80: ésta llevó a primer plano de la vida artística, literaria y cultural en general nuevos tipos de obras y prácticas, nuevos conceptos de arte y de creación, nuevos criterios de valor, nuevas problemáticas, etc. ante los cuales el pensamiento cultural escolástico soviético, salvo una condena o una descalificación artística total a priori, no tenía nada que decir. Entretanto, después de un breve período de ambivalencia, ya por 1987 lo que llegaba de la Rusia soviética de la perestroika había pasado a ser tratado en medios oficiales con tanto recelo ideológico como lo que venía de la Polonia de Solidaridad.

En un artículo publicado en ese entonces, «La literatura europea socialista de hoy: ¿una desconocida de mañana en la América Latina?», [31] que, sin proponérmelo, resultó lamentablemente profético, llamé la atención sobre la creciente posibilidad de que, por obra de la política editorial seguida durante décadas, nos quedáramos sin conocer realmente lo mejor de la actualidad literaria de la Europa Socialista. Si hubiera hecho la misma pregunta casi retórica con respecto al pensamiento cultural de la Europa del Este o de Rusia en particular, hoy tendría que decir que también esa posibilidad se hizo lamentable realidad en gran medida.

En los 90, con la caída del socialismo en la URSS y la desintegración de ésta, muchos dogmáticos filosoviéticos locales cambiaron de orientación de la noche a la mañana y procedieron a un «lavado de biografías» y de bibliografías; varios de los más activos y oficialmente encumbrados entre ellos pasaron a la emigración y la disidencia; numerosos oportunistas comenzaron a criticar despectivamente y sacar de la circulación cultural todo lo ruso que hasta ayer habían elogiado y divulgado con insistencia; y tanto éstos como los que nunca gustaron de lo ruso en su versión soviética y los que sostenían la total ajenidad y polaridad de la cultura rusa respecto de la cubana no vacilaron en botar al niño junto con el agua sucia y la palangana: hasta los «muñequitos» rusos televisivos en bloque fueron fácil víctima de las purgas. Por su parte, en una irónica coincidencia de los extremos, aquellos para quienes la stalinización era ya, parafraseando a Habermas, un proyecto inconcluso, prefirieron que, si no se publicaban «sus» teóricos, no se publicara nada de Rusia. Y fuera de Criterios nunca más se publicó un texto teoricocultural ruso, independientemente de su aparición original en el período socialista o postsocialista, y de la afiliación de su contenido o de su autor a una u otra tendencia ideológica o política o propiamente cultural, científica, estética, artístico-literaria. Sobre la mayor parte del medio cultural cubano de esos años se podría decir lo mismo que, en uno de los trabajos aquí antologados, dice Lijachóv acerca del Bunin emigrante en uno de sus cuentos: «Para él, Rusia es algo que no volverá, ella está en el pasado, en el pasado están Moscú y Oriol, en el pasado están los rusos... Todo lo que se refiere a Rusia, ha devenido para él historia.» O, como dice Bunin, «Había una vez una Rusia...». [32]

Lamentablemente, los cambios políticos en Rusia y la nueva situación económica cubana de principios de los 90 impidieron que Criterios continuara su línea de invitar a dar conferencias en Cuba a las verdaderas grandes figuras del pensamiento cultural ruso, como había hecho en 1987 con Iuri Lotman, y en 1989 con Viacheslav Ivanov. Pero su labor de divulgación impresa de ese pensamiento, por el contrario, se intensificó —si bien más en el extranjero que en Cuba, debido inicialmente al impacto de dicha situación económica nacional en la esfera del libro, y, luego de la reanimación editorial de fines de los 90, al desinterés por las publicaciones teóricas extranjeras (la colección Arte y Sociedad de Arte y Literatura, a diferencia de otras, no fue reiniciada). [33]

A pesar de todo, en las dos últimas décadas se ven en revistas, libros y defensas de tesis trabajos que aprovechan y citan a Bajtín, Lotman, Propp, Uspenski, Levin, Lijachov, Bernstein y otros importantes pensadores rusos publicados en la isla o en el extranjero, como ya habían comenzado a hacer desde los 80 en sus artículos y/o clases universitarias Margarita Mateo, Ricardo Repilado, Gerardo Mosquera, Magaly Espinosa, Luisa Campuzano, Teresa Delgado, Rogelio Rodríguez Coronel y, en especial, Salvador Redonet, interesado en los aportes narratológicos de Propp y los formalistas rusos, y Roberto Fernández Retamar, quien halló en Nikolai Kónrad un fuerte aliado en su lucha contra el eurocentrismo en la teoría literaria. [34]

Hoy nos hallamos ante una situación cultural rusa completamente nueva en la que el metarrelato teleológico realista-socialista y, en general, la teoría cultural, estética, artística y literaria soviética oficial han sido desplazados no sólo por los discursos teóricos antaño reprimidos, sino también y sobre todo por el boom e institucionalización de la culturología como una filosofía de la cultura un tanto ecléctica, y por una ensayística que ha asimilado prontamente los principales discursos filosóficos postmodernos occidentales, y en medio de la cual en los últimos años se está abriendo paso una crítica cultural repolitizante, resociologizante, ligada al marxismo o afín a él.

A las mencionadas océanicas lagunas de nuestro conocimiento del pensamiento teoricocultural ruso soviético y postsoviético habría que sumar nuestro desconocimiento de aquellas obras y autores rusos que, volviéndose sobre su propia cultura, nos ayudarían a orientarnos en la nueva situación cultural y/o en su «prehistoria»: libros como El arte ruso del siglo XX de Ekaterina Diogot, El postmodernismo ruso de M. N. Lipovetskii, Los intelectuales y el estado soviético de Borís Kagarlitski, o La sociedad gótica: Morfología de una pesadilla de Dina Japáeva, y artículos como «El uso de conceptos occidentales en la filosofía postsoviética: Traducción y recepción» de Natalia Avtonomova o «La imaginación liberada: Los intelectuales postsoviéticos entre la hegemonía del Estado y la hegemonía del mercado» de Madina Tlostanova. Pero al respecto no podríamos incurrir en el error de desatender las obras pertinentes de autores de la diáspora académica rusa, como Lugares comunes: Mitologías de la vida cotidiana en Rusia de Svetlana Boym, Postscriptum comunista de Borís Groys, Economía política del realismo socialista de Evgueni Dobrenko y otras de Margarita Tupitsyn o Alexander Etkind, ni las de estudiosos occidentales, como los libros Mundo de sueños y catástrofe de Susan Buck-Morss y El realismo socialista: ¿una estética imposible? de Régine Robin o el artículo «La disciplina de la culturología: Un nuevo “pensamiento ready-made” para Rusia» de Marlène Larouelle.

Con independencia de las cambiantes coyunturas y condicionamientos institucionales y sin otros límites que la información y los recursos económicos que logre recabar, la agenda de Criterios continuará incluyendo la divulgación de lo más valioso del pensamiento cultural ruso, entendida ésta como una apropiación crítica con arreglo a la profundidad, la originalidad, la capacidad reveladora y problematizadora de los textos, y a la importancia y urgencia de las necesidades de la investigación, la crítica y la docencia cubanas que los mismos pudieran satisfacer. Como ya se habrá podido ver: si no todo, casi todo queda por hacer.

Rodeada de nostalgias y exorcismos, cierta Rusia está y estará ya para siempre en nuestro pasado cultural. ¿Será nuestro futuro enriquecido al fin por el pensamiento cultural de una Rusia aquí desconocida para casi todos?

 

Notas

1. Cf. bibliografía completa al final del segundo volumen de la presente antología.

2. Lamentablemente, en ese entonces no cumplimenté el pedido de Sánchez Vázquez, con la esperanza de publicar tal antología en Cuba. Los otros dos encargos sí se materializaron: Criterios, edición especial, Universidad Autónoma de México-Xochimilco, 1993 (con textos de Bajtín/Medvédev, M. L. Gásparov, Lotman e Ivánov); Escritos, Universidad Autónoma de Puebla, México, nº 9, 1994 (con textos de Lotman, Uspenski, Ivanov, Toporov, Meletinski, Levin y Gurévich).

3. Eutopías, Documentos de trabajo, vol. 143, 144 y 187-188, Episteme, Valencia, España. Iuri Lotman, La semiosfera, selec. por Desiderio Navarro, Ediciones Cátedra, Madrid, tomo I, Semiótica de la cultura y del texto, 1996; tomo II, Semiótica de la cultura, del texto, de la conducta y del espacio, 1998; tomo III, Semiótica de las artes y de la cultura, 2000. Borís Groys, Obra de arte total Stalin, Pre-Textos, Madrid, 2008.

4. En el prólogo al reciente volumen Semiótica da Cultura e Semiosfera (Sao Paulo, Annablume editora, 2007, 304 págs.), recopilación editada por la Prof. Irene Machado sobre la base de los trabajos presentados en el I Encuentro Internacional para el Estudio de la Semiosfera (Sao Paulo, 22-26 agosto 2005), se reconoce lo siguiente: «Para nosotros [Desiderio Navarro] es el principal mediador de los estudios de Tartu. Fue a través de sus traducciones de los artículos de los semióticos de la cultura que muchos brasileños entraron en contacto con los textos sobre semiótica de la cultura. Inicialmente leímos los artículos publicados en la revista Criterios; después, pasamos a leer los tres volúmenes de La semiosfera [selec. y trad.: D. Navarro].»

5. Tal es el caso, por ejemplo, de diversas traducciones de textos de la Escuela de Tartu publicadas en España, cuyos galicismos e italianismos las delata.

6. <http://www.ugr.es/~mcaceres/entretextos.htm>

7. Galin Tihanov, «Why did Modern Literary Theory Originate in Central and Eastern Europe? (And Why Is It Now Dead?)», Common Knowledge 10:1, 2004, Duke University Press, pp. 63-64 y 68.

8. «¿Cuántos años de qué color?: Para una introducción al Ciclo», La política cultural del período revolucionario: memoria y reflexión, ed. por Eduardo Heras León y Desiderio Navarro, La Habana, Centro Teórico-Cultural Criterios, p. 16.

9. Criterios dio a publicar traducciones de artículos sueltos o antologías enteras de autores de Europa Socialista a la editorial Arte y Literatura, La Gaceta de Cuba, Casa de las Américas, Revolución y Cultura, Temas, El Caimán Barbudo, Unión y Verde Olivo. Con o sin autorización, la Facultad de Filología de la Universidad de La Habana y la editorial Pueblo y Educación reprodujeron traducciones de Criterios en varias recopilaciones y selecciones de lecturas para la docencia.

10. Textos y contextos, t. I, Arte y Literatura, La Habana, 1986, p. 13.

11. Ob. cit., p. 10.

12. Ob. cit., pp. 12-13.

13. Ibídem, pp. 13-14.

14. «Istoricheskaia otkrytaia sistema pravdivogo izobrazheniia zhizni (O novyj aspektaj obsuzhdeniia problem sotsialisticheskogo realizma v poslednye gody)», Voprosy literatury, 1977, nº 1, p. 48.

15. Mirta Aguirre, «Realismo, realismo socialista y la posición cubana», en Estudios literarios, Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1981, p. 443.

16. Cf. Rinaldo Acosta, «Bajtín: la novela y el diálogo», Temas. Estudios de la cultura, La Habana, nº 12, 1987, pp. 168. En el mismo año 1986 la editorial mexicana Fondo de Cultura Económica publicó otra traducción del libro.

17. Que en esos años la exclusión o borramiento de un autor se podía decidir sobre la sola base de los avatares de su biografía política, independientemente del contenido de sus obras e incluso a pesar del irreprochable valor intrínseco de éstas, es lo que revela con la mayor claridad el borramiento del nombre del célebre estructuralista checo Félix Vodicka como coautor principal de la Introducción a la teoría literaria que bajo el solo nombre del hispanista checo Oldrich Belic publicó Arte y Literatura en Cuba, en 1983. Este volumen incluye, como texto básico, el libro El mundo de las letras que, bajo el nombre de Felix Vodicka y el mismo Belic, había sido publicado por la Editorial Universitaria de Santiago de Chile, en 1971 y 1972, gracias a una iniciativa del investigador Nelson Osorio. «A pesar de» la participación de Vodicka en los sucesos praguenses de 1968, su nombre encabezó la cubierta del libro chileno, seguido por el del traductor-adaptador Belic; en cambio, en el libro cubano no aparece siquiera en la bibliografía.

18. Cultura y marxismo. Problemas y polémicas, La Habana, Letras Cubanas, 1986, pp. 315-335.

19. La Habana, Pueblo y Educación, selec. por Rogelio Rodríguez Coronel, Guillermo Rodríguez Rivera y Salvador Redonet. Otra señal del cambio de los tiempos es que todos los textos del tomo II (1987), excepto uno, fueron tomados de Criterios.

20. Bertolt Brecht, Schriften zur Literatur und Kunst, tomo II, Aufbau-Verlag und Weimar, 1966, p. 228. Citamos el fragmento directamente del original alemán, dados los errores de la traducción publicada en Cuba —por ejemplo: «Al realismo no se le puede estafar [unterschlagen] el elemento crítico» (Bertolt Brecht, El arte y la política, Arte y Literatura, 1985, prólogo de Mario Rodríguez Alemán, pp. 466-467).

21. Anatoli Lunacharski, Sobre cultura, arte y literatura, La Habana, Arte y Literatura, 1981, 596 págs.

22. En Boletín Criterios, nº 5, 1979. Ambos textos fueron incluidos por el profesor Salvador Redonet en su Selección de lecturas de metodología de investigación literaria I y II (Departamento de Literaturas Hispánicas, Facultad de Filología, Universidad de La Habana, s/f), con el evidente propósito de sustentar teóricamente sus esfuerzos por desdogmatizar y actualizar la enseñanza universitaria de la teoría literaria.

23. El texto de Lijachov apareció en Casa de las Américas, nº 75, nov.-dic. 1972, y el de Kagan, en Criterios, nº 3-4, julio-diciembre, 1982.

24. Los tres aparecieron en El Caimán Barbudo: el de Lunacharski en el nº 154, oct., 1980; el de Bórev, en el nº 169, enero, 1982; y el de Kagan en el nº 174, junio, 1982.

25. Víctor Ivanov, «La estética marxista-leninista como etapa superior en la historia del pensamiento estético universal», en Problemas de la teoría del arte, tomo I, Arte y Literatura, La Habana, 1980, p. 11.

26. Introduje esta distinción en «Un ejemplo de la lucha contra el eurocentrismo en la ciencia literaria de la América Latina y Europa», Casa de las Américas, nº 122, septiembre-octubre 1980.

27. René Etiemble, Essais de littérature (vraiment) générale, Gallimard, París, 1974, pp. 9-11.

28 «Eurocentrismo y antieurocentrismo en la teoría literaria de la América latina y de Europa», en: Desiderio Navarro, Cultura y marxismo: Problemas y polémicas, Letras Cubanas, 1986, pp. 43-44 (publicado originalmente en Revista de Crítica Latinoamericana, Perú, no 16, 1982).

29. Cit. según Alexei Kondratovich, «Korni i kryl’ia», diálogo entre A. K. y Adyl Iakobov en Literaturnaia Gazeta, Moscú, 1 de febrero de 1984, no 5, p. 4.

30. «Otras reflexiones sobre eurocentrismo y antieurocentrismo en la teoría literaria de la América Latina y Europa», Casa de las Américas, La Habana, nº 150, mayo-junio 1985, pp. 69.

31. «La literatura europea socialista de hoy: ¿una desconocida de mañana en la América Latina?», La Gaceta de Cuba, La Habana, septiembre, 1988, p. 20.

32. Véase el segundo tomo de la presente edición, p. 303.

33. Ya a fines de los 80, a pesar de la relativa apertura editorial, mi propuesta de crear y conducir en Cuba una serie de cuadernos y libros de pensamiento teórico para la docencia había sido rechazada, después de lo cual yo me había negado a que las obras seleccionadas, recopiladas, traducidas y prologadas o recomendadas por mí siguieran apareciendo como fruto del trabajo editorial de otra persona. En ese entonces tomé conciencia de la necesidad de crear la Colección Criterios, paralela a la revista homónima.

34. «Con posterioridad a 1972, (...) leí el excelente trabajo del investigador soviético N. I. Konrad “Algunas cuestiones relativas a la historia de la literatura mundial”, que de inmediato traduje e incorporé como material de consulta obligada en mis cursos universitarios de Teoría y Crítica Literarias», en: Roberto Fernández Retamar, «Nota a esta edición», Para una teoría de la literatura hispanoamericana, Pueblo y Educación, La Habana, 4ª ed., 1984, p. 8.

Principio del documento

* Este texto se ha publicado antes como «Prólogo» a la antología El pensamiento cultural ruso en Criterios (1972-2008). Selección y traducción del ruso de Desiderio Navarro. La Habana, Centro Teórico-Cultural Criterios, 2009, páginas v-xxxiii.

Cómo citar este documento:

Desiderio Navarro. «Criterios y la (no)recepción cubana del pensamiento cultural ruso». Entretextos. Revista Electrónica Semestral de Estudios Semióticos de la Cultura. Nº 14-15-16 (2009/2010). ISSN 1696-7356.
<http://www.ugr.es/~mcaceres/entretextos/entre14-16/navarro.html>


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