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No-memorias*

(I)

IURI M. LOTMAN


 

Nota previa a la edición en español
Manuel Cáceres Sánchez

Vospitanie dushi
Vospitanie dushi

Las No-memorias fueron dictadas por Iuri Lotman entre diciembre de 1992 y marzo de 1993, cuando sus problemas de salud habían comenzado a agravarse (apenas podía ver y sufría recaídas cada vez más frecuentes). Se publicaron por vez primera en 1995[1], con una nota de Elena Pogosian, discípula de Lotman, quien registra y transcribe el relato. Dicha nota la incluimos a continuación. Boris Egorov reeditó estos recuerdos de Lotman en su Vida y obras de I. M. Lotman, en 1999[2], y, en 2003, se han incluido en la recopilación de textos de I. M. Lotman titulada La educación del espíritu, que es la que aquí se sigue para la traducción al español[3].

Para esta edición se han consultado, además, las dos únicas traducciones de las No-memorias existentes hasta el momento: la traducción italiana, de 2001[4], y la versión al estonio, que ha aparecido en dos números de la revista Akadeemia este mismo año de 2007[5]. También en Entretextos se ha optado por publicarlas siguiendo esta misma partición, y se completará en la próxima entrega de la revista (número 11, Mayo de 2008).

Padres de I. Lotman
(hacia 1910)
Padres de I. Lotman

Iuri Lotman es el menor de los cuatro hijos, y el único varón, de Aleksandra Samoilovna y Mijaíl L’vovich. Nacido en 1922, la vida de Iuri M. Lotman transcurre paralela a la historia de la Unión Soviética. Los recuerdos de sus años juveniles son los que nos ha dejado en las No-memorias. En esta primera parte que ahora presentamos, el relato principal se inicia en los años inmediatamente anteriores a su ingreso en la Universidad de Leningrado (en 1939, con 17 años). La influencia de los amigos de su hermana Lidia (cinco años mayor que él y estudiante de filología entonces) y de su profesor de literatura en los estudios finales de secundaria, lo inclinan definitivamente hacia los estudios literarios, aunque su otra gran afición, la entomología, continúa presente durante toda su vida.

Familia Lotman
(hacia los años 30)
Familia Lotman

Se vive entonces lo que se puede considerar como una gran contradicción. Por un lado, en la Unión Soviética, se desata una intensa represión interna: son los años de la ‘Gran Purga’ estalinista, que pretende ‘depurar’ el país de los elementos ‘indeseables’. Por otro, en Europa, el fascismo y el nazismo no hacen sino avanzar. La rebelión militar contra la República española alerta al mundo sobre las consecuencias que una victoria del fascismo tendría no sólo en España sino en toda Europa y en el mundo. El joven Lotman, como tantos miles de muchos países, está dispuesto a luchar —incluso intenta embarcarse en Leningrado— en la guerra española, no sólo por la libertad de España, sino también para frenar lo que, poco después, se desencadena en Europa: “A partir de España sentíamos toda la inevitabilidad de la guerra”, dice Lotman, y recuerda que “la guerra española la vivíamos como algo nuestro: sabía de memoria nombres de cientos de sitios de guerra, de lugares de combate de las Brigadas Internacionales”.

Lotman consigue entrar en la universidad con una brillante calificación. El primer año universitario —hasta que en el otoño de 1940, al comienzo del segundo, es movilizado— lo considera como su época más feliz. Quizás no sólo porque se muestra entusiasmado con los estudios que ha iniciado y por el contacto con grandes profesores, como M. Azadovski y V. Propp, sino posiblemente también por oposición a las experiencias que vive en los años siguientes, cuya narración constituye el verdadero objeto de las No-memorias.

El relato de las No-memorias nos presenta, pues, a un Lotman que no sólo es un apasionado de la literatura y del arte. Con 18 años comienza su ‘aventura’ por la geografía de la Unión Soviética, en primera línea de fuego, como soldado de transmisiones. Primero, de Leningrado al Cáucaso, donde recibe entrenamiento militar. Después, de Georgia a Ucrania: estando aquí, en el Dniéster, frente a Moldavia, entra en guerra oficialmente la Unión Soviética (22 de junio de 1941), iniciando así el recorrido por Ucrania, que la atraviesa de oeste a este, hasta llegar a Ingushetia, de nuevo muy cerca de donde había salido después del periodo de entrenamiento. Más tarde, de vuelta, una vez más, hasta Ucrania, ahora yendo desde el este hacia el oeste. Miles de kilómetros, muchos de ellos recorridos a pie, con inviernos especialmente duros, primaveras que embarran y hacen intransitables los caminos y calurosos veranos. Al final de esta primera parte de las No-memorias he tratado de reconstruir sobre un mapa, a grandes rasgos, el itinerario que Lotman recorre entre el otoño de 1940 y la primavera de 1944.

Sabemos, por los testimonios de su hermana Lidia y por las alusiones de Boris Egorov —que pueden leerse, asimismo, en este número de Entretextos— pero también si recordamos el desarrollo de la guerra, que I. Lotman está presente en varios de los episodios más destacados de la contienda contra la ocupación alemana. No pretende, es cierto, escribir una crónica bélica. No se trata del diario de un soldado común. También aquí Lotman demuestra hasta qué punto su modestia es un rasgo que lo define como persona, y no sólo como científico.

Desgraciadamente, Lotman no llega a concluir el relato de estos años. Como E. Pogosian señala en la siguiente nota, estas No-memorias no son memorias en sentido estricto, además, porque Lotman sólo dicta una ‘versión resumida’ que pensaba completar más adelante. Pero lo que nos ha dejado es suficientemente sugerente no sólo de una acertada visión crítica de su tiempo (por ejemplo, sus comentarios acerca de los altos mandos del ejército soviético), sino también de su personalidad: optimismo vital, lúcido distanciamiento, agudo sentido del humor, incluso —sobre todo— en los momentos más dramáticos (una muestra de ello: su encuentro con la liebre, en medio de lo que tuvo que ser una terrible batalla, es relatado con una magistral ironía).

 

***

 

[Nota de Elena A. Pogosian a la edición original]

La idea de documentar las historias de guerra de Iuri Lotman pertenece a Zara Mints. En el otoño de 1988, Iuri Lotman aceptó, con resistencias y condiciones adicionales, comenzar a dictar sus recuerdos, pero aplazaba este plan constantemente por falta de tiempo.

No empezó a dictar las No-memorias hasta diciembre de 1992. El trabajo duró hasta finales de marzo, con grandes pausas. En parte, los recuerdos fueron grabados con dictáfono, en parte dictados a la autora de estas líneas. El texto publicado aquí Iuri Lotman lo consideraba una primera ‘versión resumida’ y empezó a complementarla a finales de febrero. Estos añadidos se han juntado con la narración principal según una cronología interior hasta cierto punto convencional. La temática de lo añadido es de carácter casual: era el acercamiento a los argumentos tradicionales de sus historias de guerra.

Iuri Mijáilovich pensaba que cuando estos temas se agotaran y se introdujeran en el texto principal, habría que precisar el aspecto fáctico de los recuerdos y corregirlos. A Iuri Mijáilovich no le dio tiempo a hacerlo. Hasta cierto punto ayudaron a rellenar este vacío Lidia Mijailovna Lotman y Mijaíl Iurievich Lotman.

E. A. Pogosian

 

***

 

 

En el año 39 anunció Voroshilov[6], en uno de sus discursos (no recuerdo ahora mismo, en cuál), que la prórroga que se daba a los estudiantes era injusta, y todos los estudiantes fueron privados de ella. Era estudiante de primer año del departamento de lengua y literatura rusa de la facultad de filología.

Entrar en la universidad cambió mi vida entera. En sexto-séptimo año del colegio pasé por una época difícil. Tenía relaciones conflictivas con la maestra de lengua y literatura rusas (no me acuerdo de su nombre) y con una parte de la clase. Hubo un episodio: estábamos tratando El inspector[7], la maestra repartió los papeles entre los alumnos y leímos por partes. Yo tenía que leer el papel de Jlestakov. Por primera vez, sentí predisposición para la actuación. Recuerdo cómo exclamé con un sentimiento especial: “Lo traen…”[8]. La clase aplaudió y la maestra dijo que yo realmente hago bien el papel de Jlestakov porque es mi naturaleza. Me sentía tremendamente ofendido. Al año siguiente, el noveno, los maestros cambiaron. El tutor de la clase era el matemático Dmitri Ivanovich Zhukov, lengua y literatura rusas la enseñaba Efim Grigorievich.

De repente comprendí que la escuela puede ser interesante. En décimo-undécimo año empecé, para mi gran sorpresa, a estudiar bien. Me fascinaba la trigonometría, las matemáticas ya no eran una tortura, y la literatura se convirtió inesperadamente en la especial asignatura favorita. Empecé a tragar a Dostoievski. A Tolstoi ya lo había leído enteramente para entonces (volúmenes negros, suplementos de la revista Огонек [Ogonek][9]). Guerra y paz la leí repetidas veces (hasta hoy la leo constantemente y no sé cuántas veces la he leído, aunque me la sé casi de memoria). Especialmente me atraían los cuentos populares de Tolstoi.

Iuri y Lidia Lotman
(hacia 1940)
Iuri y Lidia Lotman

Después de la clase de Efim Grigorievich hablábamos largamente sobre Dostoievski. En la misma época hubo en mi vida otro acontecimiento importante. Lida[10] entró en la universidad. A nuestra casa empezaban a venir estudiantes (Lida tenía su círculo de amigos y amigas, se preparaban para los exámenes en nuestra casa). En este año todavía (era el último año) no aceptaban en la universidad a los hijos de funcionarios (lo llamaron “procedentes de familias no trabajadoras”) sin previa práctica productiva. Era necesario trabajar por lo menos dos años en una empresa de producción. Por ello, en el grupo de Lida sólo ella misma y su amiga Nelli Rabkina venían directamente del instituto. Lida se preparaba para los exámenes habitualmente con un pequeño grupo en nuestro piso grande de Perspectiva Nevski. Además de Lida y Nelli, estaba allí Naumov (un joven que más tarde se casó con Nelli, y ésta daba clases y escribía artículos después de casarse bajo el nombre de Naumova). Este joven inteligente se interesaba por la literatura soviética, que entonces no parecía ciencia sino demasiado novedosa para la ciencia. Naumov ocultaba cuidadosamente su procedencia de familia represaliada[11] y había emprendido ya el camino de la carrera de partido. Más tarde tuvo éxito en ello y llegó a ser director de una editorial en Leningrado. Para mí, sin embargo, resultó decisivo otro encuentro: con Anatoli Mijáilovich Kukulevich. Después de haber trabajado como agrónomo durante dos o tres años para conseguir la requerida experiencia laboral, entró en la universidad de Leningrado y estudió simultáneamente en el departamento de filología rusa bajo dirección de Grigori Aleksandrovich Gukovski y en el departamento de cultura clásica bajo la dirección de Iván Ivanovich Tolstoi[12].

G. Gukovski
G. Gukovski

Esta persona encantadora, con brillantes capacidades intelectuales, para quien Gukovski vaticinaba una carrera científica esplendorosa, y que llegó a publicar algún artículo sobre Gnedich en las ediciones científicas de la universidad de Leningrado y un capítulo en el volumen publicado entonces de la Historia de la literatura rusa, cayó cerca de Leningrado a finales de 1941. Participó en la retirada desde la frontera hasta Leningrado, pasó un momento, con el uniforme, por nuestra casa, muy alegre y animoso, justo después de salir del cerco.

Me influyó mucho. Hasta entonces había pensado dedicarme a la entomología. Me apoyaba en ello Sasha [Aleksandr Sergueievich] Danilevski, amigo de Kukulevich, posteriormente profesor de entomología, hijo del bisnieto de Pushkin, descendiente en línea directa de la hermana de Gógol y pariente cercano del escritor Danilevski. Su perfil recordaba un poco al joven Gógol y el Pushkin retratado en el cuadro de N. N. Gay, Pushkin en Mijailovskoe (Gay tiene un Pushkin peculiar: le parece poco a Pushkin pero un poco a Sasha Danilevski)[13]. No sin la influencia de la atracción de Sasha Danilevski planeaba ser un entomólogo y leía en esta época con ahínco la literatura especializada. El mundo misterioso, espeluznante y atractivo de los insectos despierta en mí sentimientos extraños hasta el día de hoy: creo que justamente los insectos, con su evolución extraordinariamente lenta y su asombrosa capacidad de supervivencia, serán los últimos habitantes de nuestro planeta. Sin duda, poseen un mundo intelectual, pero ese mundo quedará siempre cerrado para nosotros. Así que de los insectos me ‘mudé’ a la literatura rusa. Bajo la influencia de Efim Grigorievich y Tolia Kukulevich se me despertó el interés hacia la literatura y, en general, hacia la filología. Empecé a estudiar griego, que desgraciadamente ahora he olvidado por completo.

Nikolai Gay, Pushkin en Mijailovskoie
N. N. Gay, Pushkin en Mijailovskoe

Todos maduramos rápidamente. En la clase, por lo menos diez personas tenían a sus padres detenidos. Fue detenido y fusilado poco después el padre de mi mejor amigo, Bor’ka Lajman. Era un destacado funcionario del partido y director del Instituto de baja tensión. En su casa colgaba un retrato grande de Rykov[14], que él mismo, según Bor’ka, había regalado. El fusilamiento de su padre y la deportación de su madre y su hermana (Bor’ka se quedó solo en el piso, a él no lo tocaron) no influyó en nuestra amistad. Nos seguíamos viendo por las noches en su ahora ya vacío piso o en nuestra casa y ambos hablábamos con alegría de que pronto iba a empezar la guerra. Hoy en día suena raro. A partir de España sentíamos toda la inevitabilidad de la guerra. En general, para mí no hay nada más ridículo que los razonamientos sobre que Hitler había atacado inesperada y ‘traicioneramente’. Tal vez sólo Stalin personalmente estaba embriagado por lo que consideraba una gran astucia y se obligaba a creer que la unión con Hitler eliminaba el peligro de la guerra, pero nadie de nosotros lo creía. Es verdad, algunas chicas (me anticipo más de un año y, omitiendo el periodo de la guerra española, recuerdo la visita a Moscú de Ribbentropp) empezaron de repente a llevar el peinado de las arias (con rulo), y una de las compañeras de curso de Lida habló en nuestra casa que Ribbentropp tenía “ojos con efecto irresistible”. Esa breve germanofilia, en el círculo sobre el que puedo hablar por experiencia personal[15], atañía, sin embargo, sólo a chicas: alumnas de instituto y universitarias[16].

Me acuerdo como si fuera ahora —sólo no recuerdo quién lo dijo, Bor’ka Lajman o yo— las palabras: “Entonces a nadie se le ocurre discutir quién es trotskista, quién bujarinista, todos serán soldados en el frente”. Pero como para todos era claro que después de la guerra española venía la gran colisión, la guerra española la vivíamos como algo nuestro: sabía de memoria nombres de cientos de sitios de guerra, de lugares de combate de las Brigadas Internacionales. Menciono entre paréntesis que entonces ya conocíamos a Hemingway, leímos su Adiós a las armas y leíamos ávidamente su obra: se había publicado en la revista que entonces, parece, todavía se llamaba Интернациональная литература [Internatsionalnaia literatura, Literatura internacional][17]. En general, leíamos mucho, como con embriaguez. Durante los dos últimos años del instituto leí la obra completa de Tolstoi, mi padre me compró doce volúmenes de Dostoievski. En nuestra familia sólo se regalaban libros a los niños. En ninguna circunstancia se escatimaba el dinero para eso. Y leía como un poseso.

Bor’ka y yo incluso intentamos entrar a hurtadillas en el puerto de Píter[18] (de donde entonces salían barcos hacia España), para escondernos en la bodega y escabullirnos. Naturalmente nos pillaron y después de un interrogatorio exhaustivo (¡vigilancia!), nos liberaron sin problemas. A Bor’ka no lo movilizaron en el cuarenta, cuando yo tuve que ir. En esa época estaba viviendo un fuerte arrebato amoroso. (Su amada Zhenia Senova —ya son recuerdos de posguerra— se casó más tarde con una persona que, al parecer, estaba muy celoso del recuerdo del caído Bor’ka y, al parecer, le sugería a ella actitudes y expresiones antisemitas antes totalmente ajenas. Antes de la guerra naturalmente no había nada parecido[19].

Terminé el instituto, inesperadamente para mí mismo, como un alumno sobresaliente, con el diploma rojo. Sospecho que Efim Grigorievich adecuó un poco mi ensayo. El ensayo lo escribí sobre Los doce, de Blok[20], llené un cuaderno entero, no sólo no llegué a pasarlo a limpio sino ni siquiera a revisarlo; creo que hubo considerablemente más errores que los oficialmente contados ‘0 ort./1 sint.’, ¡y eso en un borrador! Creo que aquí se manifestó la bondad de Efim Grigorievich, que incitaba mi interés hacia la literatura y hacía la vista gorda a algunos defectos ortográficos. Y la nota era ‘sobresaliente’. Eso permitió conseguir el diploma rojo que daba derecho a entrar en la universidad sin exámenes. No sé si fue un favor de Efim Grigorievich o el genio de la ortografía quien me iluminó de pronto, pero tuvo una importancia relevante: fui a la fiesta de final de instituto sin chaqueta, después vagamos toda la noche por Leningrado, cogí una grave pulmonía y estuve en la cama hasta principios de septiembre. Si hubiera tenido que pasar por exámenes, no hubiera podido entrar en la universidad ese año y todo mi destino hubiera tenido un curso diferente. Me recuperé para septiembre.

El tiempo entre el inicio de los estudios en la universidad y la movilización fue, sin exagerar, la época más feliz. La introducción a la teoría de la literatura la daba Gukovski, la introducción a la lingüística, Aleksandr Pavlovich Riftin[21], especialista renombrado de filología camito-semítica. Ambos impartían clases brillantes. En la universidad todo era fabulosamente maravilloso para mí. Tenía muy buenas relaciones con mi grupo. Mi grupo era estupendo; aunque, es verdad, enseguida movilizaron a todos los chicos: yo no era apto por la edad y a mí me movilizaron un año más tarde, a principios del segundo curso. En el curso quedamos tres chicos: a los otros dos no los cogieron por razones de salud y ambos murieron durante el bloqueo.

En el primer curso me interesaba por el folclore, iba a las clases adicionales de Mark Konstantínovich Azadovski y preparé un ensayo muy logrado en el seminario de Vladimir Iakovlevich Propp (Propp sólo dirigía los seminarios, las clases las impartía Azadovski, los dos eran tremendamente interesantes). El trabajo estaba dedicado al tema «La lucha entre padre e hijo en el folclore ruso» (con paralelos en la poesía popular alemana). A Propp, parece, le gustó mucho.

V. Propp
V. Propp

En todo caso, cuando después de la guerra vine a la universidad con el capote de soldado y botas alemanas[22], me encontré en el pasillo delante del decanato con Vladimir Propp y le saludé. Después de echarme una mirada (con mi largo capote, creo, la pinta que tenía no era nada marcial, utilizando la expresión de Pedro I), me devolvió el saludo y dijo: “Espere, espere. Usted es el hermano de Lida Lotman. No, usted mismo es Lotman” (No es naturalmente sólo un mérito mío: Propp tenía una memoria tremenda y se acordaba al parecer de la mayoría de los estudiantes). Entre los muchos premios y reconocimientos con los que la vida me ha bendecido generosa, y me temo que no siempre merecidamente, recuerdo las palabras de Propp como uno de los reconocimientos más valiosos.

Enseguida, al principio mismo del segundo curso, me hicieron ir al centro de reclutamiento y me anunciaron que en las próximas semanas me movilizarían. Me apresuré a examinarme por adelantado de todo el segundo curso (entonces me parecía una tontería increíble, pero después, cuando volví, resultó ser, de una manera extraña, muy oportuna).

Por fin recibí la orden de aparecer en el centro de reclutamiento. Todo parecía muy fácil y prosaico. Todos sabían que se avecinaba la guerra, pero febrilmente intentaban no pensar en ello. Todos, por lo menos en mi círculo, se divertían sin parar y en el cine ponían la película Si mañana la guerra (1938)[23] y todos cantaban la canción con el mismo nombre. Tanto la película como la canción eran muy animadas:

Si mañana la guerra.
Si el enemigo ataca,
Si como una nube negra llega…

Tachanka
Tachanka

La tachanka[24] se imaginaba como la fuerza de ataque principal de la futura guerra. La película terminaba con la fiesta de la victoria después de la guerra: de la pantalla nos miraban los actores de moda (en la guerra que tenía lugar en la pantalla naturalmente ninguno de ellos murió) y detrás de ellos ardían los fuegos artificiales de la victoria. Así nos parecía la guerra. Así y no así. Todos habíamos leído Sin novedad en el frente de Remarque[25] y Adiós a las armas de Hemingway[26] y habíamos oído y hablado bastante de la revolución mundial y de la segunda guerra mundial. Y de una manera diligente lo habíamos olvidado.

Ese sentimiento me recuerda el siguiente, personalmente vivido: el verano del cuarenta y dos teníamos que romper un cerco de asedio. Estábamos sacando nuestros cañones, arrastrados por tractores. En minutos —no sabría decir cuántos, tal vez quince, tal vez cuarenta— cayeron dos tractoristas, otros ocuparon su lugar (el tractorista no podía protegerse, estaba prácticamente indefenso en su máquina lenta, 6-8 kilómetros por hora, y torpe). Los tractores eran civiles, los habíamos requisado anteriormente en el koljós[27]. Una sensación parecida del peligro cercano y al mismo tiempo el deseo de olvidarlo hubo, recuerdo, también unos minutos antes del inicio del avance. Todos intentamos febrilmente dormir ‘por adelantado’, sintiendo que ese descanso nos vendría muy bien. Lo mismo pasaba antes de la guerra: sin expresarlo directamente, todos sentían que esos minutos serían necesarios. Todos se apresuraron a divertirse.

Así también en nuestra casa. Mi padre se fue de viaje de trabajo un día antes de tener que ir yo al centro de reclutamiento. Yo fui a la fiesta de estudiantes que organizaba nuestro grupo por mi despedida, y así ocurrió que me fui al ejército sin despedirme de mi padre y no volví a verlo nunca más. Mi madre se fue a trabajar a su policlínica. Vino a acompañarme sólo mi hermana mediana Lida, que me trajo bombones.

La despedida fue festiva. Antes del embarque, nos alinearon al lado de los vagones y el comandante del convoy anunció que iba a dirigirnos unas palabras de despedida un viejo proletario de Píter. Esas palabras las recordé para toda la vida, como el padrenuestro: “¡Muchachos! Os miro y siento lástima por vosotros. Pero pienso en vosotros, bueno, entonces ¡iros a…!”. “¡A los vagones!”, gritó el comandante, y emprendimos el viaje que resultó ser largo.

Teplushka
Teplushka

Viajábamos alegremente, en teplushkas[28], donde enseguida se crearon grupos más pequeños. Yo estaba en el segundo piso, y el tercero de enfrente lo ocupaba el grupo que se llamaba los lores y a sus literas la cámara de los lores. Nosotros, naturalmente, nos oponíamos como una democracia.

El camino era muy divertido. Todo era nuevo, tanto la vida cotidiana como la geografía: nos llevaban a Georgia. Sólo en Kutaisi[29] nos dijeron dónde íbamos a servir. El puesto de servicio era el regimiento de artillería número 427. En este regimiento (cambiaba de nombre, se convirtió en regimiento de guardia, más tarde en brigada), bajo el mando del comandante del regimiento K. Dol’st, yo serví hasta el fin de la guerra.

Dolst era alemán. Es verdad, en aquella situación esa procedencia nacional no era precisamente un adorno, y decía que era letón, pero todos conocían la verdad. La mayoría de los oficiales de grado medio y alto habían sido detenidos para entonces y el ejército se había entregado a los comandantes jóvenes, que ocupaban puestos más altos que su rango. Aunque pueda parecer extraño, resultó ser muy favorable en el sentido militar: los antiguos jefes de los tiempos de Voroshilov y Budionnii[30] o los arakcheevianos[31] del tipo del mariscal Timoshenko[32] se mostraron en tiempos de guerra absolutamente inservibles para nada.

Sólo una vez, en el frente, colocando la línea de comunicación —no recuerdo a qué cuartel general, pero a uno muy alto—, vi al mariscal Timoshenko: estaba sentado en un búnker con triple techo (nuestro refugio de tierra estaba cubierto con ramas de abeto sobre las que se había esparcido tierra) y apenas podía exprimir una palabra: le temblaban los labios, aunque alrededor no existía ningún peligro real.

Me atrevo a decir que el cruel terror estalinista que pasó por el ejército, aunque pueda parecer abominable, tuvo, al contrario de las expectativas del mismo Stalin, también su lado positivo: limpió el ejército de comandantes ineptos e incultos heredados de los primeros años postrevolucionarios. Naturalmente hubo entre los represaliados también personas heroicas y dotadas que fueron exterminados en primer lugar, pero el terror estaba tan extendido que arrastró también a los estúpidos. Por lo menos (me abstengo de generalizar y me baso sólo en mi experiencia personal) el regimiento que me tocó a mí estaba tripulado por comandantes (la palabra ‘oficial’ entonces no se utilizaba), cuyos cargos eran más altos que su rango, que eran jóvenes y bien preparados. Digo un par de palabras sobre ellos, ya que tenía que tratar con ellos prácticamente toda la guerra. El comandante de batería, capitán Grigor’ev, era un artillero brillante. El comandante de grupo era un reservista llamado a las armas hacía poco, Shaliev, al que llamábamos Viejo: tenía un poco más de cuarenta. Una persona inteligente y, lo que es especialmente importante, muy tranquilo en situación de combate. No tenía porte militar alguno, pero como artillero era muy bueno. En el periodo final de la guerra ya era general (no en nuestro regimiento) y, al parecer, cayó en los últimos días de guerra.

Polutorka
Polutorka

El inicio de la actividad de combate era recibido por nosotros como un acontecimiento largamente esperado y, por lo tanto, aliviador. Pero, además, era divertido (sí, sí, divertido) vivir en la práctica lo que durante tanto tiempo habíamos vivido mentalmente. Recuerdo una escena de uno de los primeros días. Estoy en la línea de fuego, con el teléfono. Los cañones disparan. Directamente al lado de los cañones, a pesar de los proyectiles que caían cerca, llega una polutorka[33]. De su estribo (era especialmente presumido ir no dentro del coche, sino de pie en el estribo del vehículo: además de ser presumido, posibilitaba darse cuenta a tiempo de los aviones picando, pero presumir también era importante) salta el comandante de división y anuncia con bravuconería y voz de trueno: “¡Muy bien, la primera (es decir, la primera batería, nosotros)! Os disparan y vosotros disparáis y el resultado es — ¿cuál es el resultado?— un duelo de artillería”.

El tiempo entre la llegada a la unidad y el inicio de la guerra pasó bajo el signo del servicio militar habitual y no merece un tratamiento más amplio. Novedosas eran sólo nuestras salidas a ‘tiros de combate’. Duraban interminables lluvias invernales del sur, acarreábamos nuestros cañones cuesta arriba. Uno se soltó en el barro resbaladizo y cayó para abajo, afortunadamente sin matar a nadie. Después lo arrastraron con tres tractores.

Todo mojado y embarrado, disfrutaba, por otro lado, de la libertad absoluta después de la vida cuartelera durante meses.

Los montañeses georgianos eran extraordinariamente hospitalarios. Nos invitaban, mojados y embarrados, a sus cabañas que estaban construidas de piedras planas en los picos de montes más bien bajos, nos calentaban, secaban nuestra ropa y nos daban de comer. Recuerdo que el dueño de una de las casas había estado en la Primera guerra mundial y nos contaba muchas cosas, explicando qué es la guerra.

Pronto, después de volver de un entrenamiento, vino la orden: dividir el regimiento en dos, una parte dejarlo en el Cáucaso y la otra trasladarlo a la frontera oeste. Pronto estaba ya en el vagón con los que iban al oeste.

Nos llevaron a Shepetovka[34] y pronto seguimos hacia el campamento de verano en Iuzvin[35]. La guerra se estaba acercando indudablemente: se sabía, por la frecuencia con la que nos lo explicaban en el entrenamiento político, que la guerra con nuestro aliado Alemania no era posible de ninguna manera.

Había decidido firmemente no ser un ‘blandengue’ en la futura guerra y repartía todo mi tiempo libre entre libros de francés y la barra fija, así que para el inicio de la guerra era capaz de superar sin mayores dificultades todas la normas deportivas (la carrera y los saltos nunca habían sido difíciles para mí pero en la barra me entrené hasta una buena nota ‘cuatro’ del ejército).

La guerra empezó para mí de la siguiente manera. La vida en el campamento pasaba en las tiendas. Detrás de la tiendas estaba la ‘lineika’ [‘линейка’], el camino previsto para los soldados del regimiento, por el que todos andábamos. Delante de las tiendas estaba la ‘lineika’ por la que sólo andaban los centinelas y los oficiales de día (estaba cubierto con arena amarilla). Todavía más allá estaba otra ‘lineika’, por la que no andaba nadie. Allí vigilaba el centinela, estaba permitido pisar este camino sólo a los que lo barrían y quitaban de ahí las hojas caídas. Por ese camino podía andar el comandante si tuviera que pasar por la unidad. Una mañana íbamos como siempre al entrenamiento, es decir, cargamos con rollos de cable, palas, hachas —con todo lo previsto en el reglamento— y nos dirigimos a dormir al bosque. Después de descansar hasta el mediodía, volvíamos a paso de marcha, cantando animadamente. Al acercarnos al campamento vimos, sin embargo, que en el camino ‘sacrosanto’ traqueteaba un tractor oruga que lo había revuelto entero. Estaba claro enseguida que nada, excepto el fin del mundo, podía haber pasado en nuestra ausencia. Todo el campamento estaba trastocado, se había declarado alarma de combate. Alineados, con equipamiento completo de combate, escuchamos la orden (la presentó el comisario Rubinstein, Dol’st había ido al cuartel general para recibir la asignación de combate) de que en completa correspondencia con el plan de los entrenamientos, nos dirigíamos a la nueva etapa de preparación militar (tres días antes de la guerra, el día 19), que la etapa de entrenamiento por la que teníamos que pasar llevaba el nombre de ‘campamentos móviles’: nos moveríamos sólo por la noche, durante el día nos esconderíamos en bosques y arbustos al lado del camino. Y con la voz ligeramente cambiada el comisario añadió: “El que fume por la noche, fusilamiento en el acto”. Después de esas palabras no hicieron falta más explicaciones.

Recuerdo exactamente la alegría general y la sensación de alivio que nos cautivó (escribo ‘nos’ porque hablamos sobre ello entre nosotros), lo mismo que se produce después de arrancar una muela enferma. Como dice Salieri en Pushkin:

Como el cansancio de un deber cumplido.
Me parece que un arma bienhechora
Un miembro enfermo amputase.[36]

Para nosotros, la unión con Hitler era algo antinatural, era la sensación de peligro en la oscuridad completa. Y ahora empezaba aquello para lo que habíamos estado preparándonos e instruyéndonos todo el tiempo: empezaba la guerra que, como suponíamos, iba a ser el inicio de la revolución mundial o por lo menos la continuación de la obertura española. No puedo asegurar que exactamente así se sintieran todos alrededor de mí, pero los sentimientos de los jóvenes de Leningrado, mis amigos, eran más o menos tales. Es verdad, mi amigo Perevoshchikov[37] resultó ser más sabio. Cuando nosotros decíamos: “¡Gracias a Dios, ha llegado la guerra!”, él añadía: “Ahora vuelan tanto Hitler como Stalin…” (sin especificar, adónde). Otros no opinaban lo mismo, aunque no nos ocultábamos nuestros pensamientos. En todo caso, el absceso se había abierto.

Con cascos puestos, con capotes arreglados según la estatura, con rifles de tres líneas (las metralletas las veíamos sólo de lejos, las llevaban colgadas sólo los jefes del cuartel general), pasamos con orgullo los pueblos (posteriormente el movimiento era cada vez más rápido, avanzábamos ya tanto por la noche como durante el día) y las chicas en los pueblos cercanos a la frontera nos tiraban flores y gritaban (exactamente, así fue): “¡No dejen pasar aquí a los alemanes!” ¡Cómo luego, al ‘largarnos’ —nuestro término técnico para designar la retirada—, era vergonzoso recordar esos minutos!

Especialmente grande, recuerdo, fue la sensación de vergüenza cuando, al retirarnos, pasamos a través de un pueblo grande de cosacos o una pequeña ciudad; como siempre, a los dos lados de la carretera había grupos de gente, mujeres y niños. Un niño gritó al ver mi rifle: “Pero si el fusil está oxidado”. Esa noche no dormí: limpié y engrasé al arma. En adelante —alimento esa esperanza— mi fusil nunca más estaría oxidado.

Pongo un ejemplo más, esta vez de la ‘huida’ del cuarenta y dos. Atravesamos un campamento militar abandonado, nos abastecimos de granadas e incluso de conservas que la retaguardia había dejado con las prisas, y mi mejor amigo, Leshka Egorov[38], se colgó encima la cosa más estúpida que vi durante toda la guerra: una cantimplora de cristal hecha por algunos de la retaguardia para cumplir con el plan[39]; llevar una cantimplora de cristal en situación de combate es el colmo de lo absurdo. Con asombro le pregunté a Leshka qué significaba esto y tuve mi explicación: “Mantengo la apariencia de un soldado completamente equipado para que los locales vean que no estamos largándonos, sino retirándonos según el plan”. Y, efectivamente, él no se largaba sino que se retiraba.

El inicio de la guerra nos cogió cerca de la antigua frontera. A medianoche llegamos al Dniéster, en la zona de Mogilev-Podolsky[40], y enseguida nos dispersamos. El punto de observación estaba en la antigua frontera, en la orilla elevada del Dniéster. La línea era de unos siete kilómetros, en el centro se había dañado un punto intermedio, yo estaba en el punto intermedio. El frente todavía no había alcanzado la antigua frontera (la orilla del Dniéster, donde nos dispersamos). Tres días estuvimos como en la retaguardia, sin ver ningún ejército delante de nosotros. Delante estaba Moldavia donde debían estar nuestras tropas. No sé si estaban allí, desde luego nadie de nuestro ejército vino de allí adonde estábamos nosotros. A la derecha, en dirección a Kiev, retronaba. Encima de nosotros volaban intensamente aviones alemanes pero no bombardeaban. El evento más notable de estos días era lo siguiente: estábamos situados en una zona donde antes había estado nuestra retaguardia. No sé por qué razón se largaron, además con tanto desorden como si la retirada se hubiera producido bajo la presión directa de los alemanes aunque estaban todavía muy lejos. Todos los bienes habían sido abandonados.

Trepando entre las cajas abandonadas de munición, equipamiento y todo tipo de pertrechos, descubrimos dos cajas grandes con huevos (no sé exactamente pero había varios miles). Informamos sobre ello ‘por la línea’ y vinieron de todos los puntos de la división. Recuerdo que nosotros mismos comimos una tortilla hecha de cuatrocientos huevos, como complemento a la más bien escasa ración del frente.

Una pequeña digresión acerca del lenguaje del frente. El lenguaje del frente se distingue sobre todo por desplazar la semántica de las palabras. El uso de las palabras con significado habitual está en contradicción con la presuntuosidad lingüística del frente. Pero no se trata de un acto individual, sino de dialectos surgidos espontáneamente de algún modo, dialectos que dependen de la aparición de ciertas palabras dominantes, que en la mayoría de los casos están relacionadas con detalles dominantes de la vida cotidiana (ésta se forma muy rápidamente, incluso si es móvil, como por ejemplo en el caso de la retirada). Es muy limitada materialmente y común en todo el espacio del frente, de manera que las palabras de esta vida cotidiana se convierten en una suerte de sublenguaje. Desde el cuarenta y uno hasta el verano del cuarenta y dos la palabra determinante era ‘picar’[41]. Con ella se podía asignar casi todo: podía significar ‘robar’, podía significar ‘largarse a algún evento’, por ejemplo, ‘picar las chicas’ o ‘echar una cabezada’ (“mientras vosotros aquí estabais pasando el rato, yo me picaba”), ‘esquivar las órdenes del superior’, etc. Normalmente significaba alguna actividad animosa, de la que podía jactarse. Recuerdo cómo un oficial enfurecido de otra unidad, de cuyo coche habían robado algo, gritó al conductor: “¡Mientras estabas amodorrándote, me picaron mi pistola y todos los efectos!”. Más tarde surgieron otras palabras que indicaban enseguida si la persona era de nuestro frente o no, era una suerte de jerga.

Los significados reales de las palabras, sin embargo, se convertían en tabú. Por ejemplo, la palabra ‘robar’ era un tabú permanente. Parecía pertenecer a otra —de la vida civil en tiempos de paz— e insultante semántica. Sabíamos que los alemanes usaban ‘organizar’ en lugar de esta palabra, evitando también el ‘robar’, sintiendo el regusto desagradable de esa palabra.

Alguna vez, Barbusse[42] citaba, en su novela El fuego, la conversación de un escritor de trinchera con soldados-compañeros de regimiento. Los soldados se interesaban en cómo su compañero-escritor describiría la guerra: con o sin palabras insultantes. E intentaban convencerlo decididamente que sin tacos no es posible escribir la verdad sobre la guerra. Por mi propia experiencia puedo decir que no se trata sólo de la necesidad de transmitir la verdad. La palabrota ingeniosa, selecta, es una de las medidas más importantes que ayudan a adaptarse en condiciones sumamente difíciles. Posee indiscutibles rasgos de creación artística e introduce en la vida cotidiana un elemento lúdico que psicológicamente aligera de manera considerable la vivencia de situaciones altamente difíciles.

Todos tenían un estado ánimo febrilmente alegre. Pasaban ante nosotros directamente hacia el frente de batalla los cuarenta y cinco (de 45 milímetros o cañones antitanque), que más tarde resultaron completamente inútiles. Vino a fumar con nosotros el comandante de uno de esos cañonzuelos, un intrépido-guapetón georgiano, decorado con insignias que se daban a los ganadores en las competiciones del ejército. Recuerdo el brío con el que tenía en la mano extendida un puro alemán adquirido en alguna parte (era algo tan elegante que ni siquiera tragaba el humo, para hacerlo durar más tiempo). Después de anunciar cuántos disparos hacía al minuto, añadió: “¡Quemo siete tanques antes de que me aplasten!” (No sonaba como una vana presunción sino de manera natural: todos nos equivocábamos en estos cálculos. Esa misma noche me encontré otra vez con él. Estaba embarrado, con la camisa de soldado desgarrada, sin el cañón al lado. “Comprendes, Iurka (estábamos ya tuteándonos) —no lo dijo, sino que literalmente sollozó—, no va. Di al tanque ocho veces, pero (cambiamos la formulación) ni por esas”. Su cañón fue aplastado.

Dos días y noches disparamos sin descanso y mantuvimos la posición. El punto de vigilancia había sido ya conquistado, y los exploradores y los que hacían los cálculos junto con el comandante de batería venían corriendo a primera línea de fuego, donde estábamos nosotros. Todavía resistimos medio día en esa línea. En la noche de nuestro segundo día de guerra recibimos la orden de retroceder cuatrocientos metros al caer la oscuridad… A propósito, cuando llegó la noche, la cocina de campaña nos hizo un regalo: en lugar de la habitual sopa boba nocturna nos trajeron un puré de arroz excelente. Era una reserva que no estaba permitido gastar. El ambiente se correspondía al dicho del soldado: “¡Ya que empezamos a beber, corta el último pepino en vinagre!”. Después empezó la retirada, que al principio se efectuaba de manera relativamente organizada.

Aprovechando el hecho de que el enemigo no combatía por la noche y cortaba toda la actividad combativa a la puesta de sol, nos adheríamos al principio de aguantar hasta el ocaso. Cuando empezaba la oscura noche sureña, enrollábamos rápidamente la línea y nos apartábamos, para empezar, un par de kilómetros. Allí nos dispersábamos y atrincherábamos, y por la mañana empezaba todo desde el principio. Pero, al cabo de un par de días, los ‘junkers[43] bombardearon ferozmente una pequeña estación de ferrocarril en nuestra retaguardia y, en la madrugada, de algún lado irrumpieron los tanques ahí. Era nuestro primer cerco. Luego ‘cerco’ se convirtió en una de nuestras palabras más usadas.

De hecho, era difícil llamarlo cerco, así como un pastel de hojaldre no puede llamarse rosquilla. Era el estado móvil de ejércitos entrelazados, que constantemente intentaban formar algo que se podría designar con la palabra ‘frente’, tal como se usa en el manual militar. A la larga, prevaleció un principio completamente diferente, no previsto por los teóricos de la guerra: los que avanzaban más rápido, resultaban estar en una posición más delantera (por ejemplo, los cuarteles generales, columnas de automóviles, pertrechos y tanques estaban en la posición más lejana en la retaguardia), habiendo perdido a menudo completamente la conexión con las unidades combatientes dispersas. La infantería y la artillería estaban detrás.

Teníamos buenos cañones y excelentes artilleros, pero los vehículos previstos los perdimos pronto. Después de esto, hasta el cuarenta y tres, no dieron nada en sustitución. Usábamos tractores-oruga destinados para la agricultura, que requisábamos de koljoses y que avanzaban seis kilómetros por hora, por lo que no tenían ninguna esperanza de despegarse del enemigo. Precisamente por eso sufría nuestra artillería pesada pérdidas materiales tan graves. A pesar de ello, arrastrábamos los cañones de alguna manera, no los abandonábamos. Ingeniamos el modo para arrear dos camiones de tres toneladas delante de los cañones. En tierra llana e incluso cuesta arriba todo iba sin problemas. Pero cuesta abajo, los cañones, con el impulso ganado, presionaban a los camiones por detrás y los conductores corrían con miedo al lado del camión, sujetando el volante, o conducían estando de pie en el estribo. Entonces llegaron las lluvias. La maquinaria del enemigo empezaba a ahogarse en el mojado barro pegajoso y el avance del frente se ralentizaba. Nosotros, hundiéndonos en el barro líquido y mojados hasta el cuello, maldecíamos la lluvia que de hecho nos ayudaba considerablemente.

Al principio de la guerra empezaron a repartirnos los famosos cien gramos narkomovskie[44], es decir, cien gramos de vodka (hay que decir que, más adelante, en los periodos de retirada y de estar cercados, hubo interrupciones en la distribución de comida, el correo no lo recibíamos durante meses, los proyectiles llegaban con bastante regularidad, pero los cien gramos los recibíamos siempre sin interrupciones). Por supuesto, en el camino ‘se perdía’ algo, pero lo cubrían las pérdidas humanas, así que en general los cien gramos previstos nos llegaban intactos y sin diluir.

Yo ni siquiera había olido el vodka antes de la guerra. En nuestra casa se bebía vino de mesa (mi padre era un experto y le gustaban los buenos vinos), pero el vodka se ponía en la mesa sólo para las visitas durante las fiestas. Cuando empezaron a repartirnos el vodka, cedí en los dos primeros días mi ración a los compañeros. Pero entonces se reunieron cinco amigos míos y juntaron sus raciones. Bebí sin tomar aliento, valerosamente, medio litro de vodka. Sólo recuerdo que conseguí arrastrarme hasta el refugio y caerme dormido sobre la paja.

No sé cuánto tiempo había pasado cuando me sacudieron. Hasta que me restregué los ojos, me gritaron en el oído que los alemanes habían roto el frente hacia el oeste y se habían metido profundamente en la retaguardia, que de hecho estábamos de nuevo cercados y había que liarlas rápidamente. ‘Liarlas’ tenía aquí dos significados: ‘liarlas’, es decir, largarse y liar las bobinas del cable telefónico[45]. En el caso de la retirada, los dos significados se unieron. Me sacudieron hasta despertarme y encontré suficientes fuerzas para cumplir con mi trabajo: lié mis bobinas y las arrastré. No sin orgullo puedo decir que, al final, trasladé el aparato y las bobinas intactos. Pero los chicos contaron después que, contrariamente a la orden de moverse silenciosamente y de hablar susurrando, berreaba todo el camino versos satíricos que varios actores habían difundido en el frente. Por ejemplo, las palabras de un ‘fritz’[46] cómico en una cancioncilla que luego convertimos en nuestro himno irónico:

Aunque en política soy un patán,
Parece que es hora de largarse…

La guerra, que consistía en la actividad diurna de nuestra batería y después en la recogida rápida y la retirada nocturna para que, antes del alba, en el sitio nuevo desplegarse, restablecer todas las líneas de comunicación y, al amanecer, empezar de nuevo la actividad, duró hasta el invierno. En diciembre llegó inesperadamente un frío intenso; en general, los años de guerra se destacaron por inviernos especialmente duros, los cuales, según los habitantes locales, no se habían visto hacía tiempo. Para mí, la guerra quedó inseparablemente relacionada con el otoño lluvioso, con los cañones y vehículos atascados en el barro hasta los ejes, con su interminable desatascamiento y con el frío duro del invierno.

En general (no es sólo una sensación mía, lo he comprobado en otros), el sentimiento fundamental era el deseo de que ‘se acabara ya de una maldita vez’, el anhelo del final. En invierno, esperas que se acaben los fríos, te frotas las orejas, reparas las botas descosidas (en el cuarenta y tres nos dieron medias botas americanas, eran como de hierro, no se gastaron hasta el final de la guerra, pero rozaban los pies hasta sangrar), pero, a cambio, los aviones y tanques alemanes con su sucedáneo de gasolina no aguantaban nuestro frío. En verano hace calor, la bendición, puede uno cambiarse, matar los piojos, hallar tiempo para lavar la ropa, pero lo más importante: no te congelas en absoluto. Asimismo, puedes dormir no sólo en alguna barraca sino también en algún almiar. Pero, a cambio, desde la mañana hasta la noche reptan los Junkers (87 y 88) por el cielo. De manera completa se manifiesta la superioridad del enemigo en tanques, y los soldados maldicen con todas sus fuerzas el cielo claro y el buen tiempo. Esperan al otoño y al invierno para, frotándose las manos y pateando para calentarse, maldecir al invierno. En el invierno del cuarenta y dos a nuestra estación la llamaban ‘El Pino’ [Sosna]. Recuerdo la pregunta constante en la línea: ‘Sosna, sosna, skoro li pridyot vtoraya vesna?’ [‘¿Pino, pino, ¿viene pronto la nueva primavera?’]. Durante el día esperamos a la noche, por la noche, al día. En verano esperamos al invierno, en invierno, al verano. Es la ley del frente.

El lado más bueno. El frente no es tan horroroso como parece cuando lo describes o cuando lo lees en los libros. En general, el mejor modo de liberarse del miedo es meterse dentro de lo que causa miedo. Si temes a la línea de fuego, ve a la línea de fuego para liberarte del sentimiento agobiante. Todos estábamos aterrorizados con el peligro constante de ser cercados. Pero es difícil creer cuál es el alivio que te sobreviene cuando algo realmente ocurre, cuando en lugar de esperar y sentir, hay que actuar. Tampoco el cerco es tan terrible como terrible es su espera y sus descripciones. Y la misma guerra no es tan espantosa como cuando la esperas o la recuerdas desde la distancia. Meterse en ella es el mejor remedio contra el miedo. Por ello tuve que encontrarme con casos en los que la gente que se había enganchado a la retaguardia cercana o a cuarteles generales, se convertían allí en patológicamente cobardes, llegaban hasta dispararse, que a menudo traía consigo el fusilamiento, con tal de no acabar en el frente. Pero estoy completamente convencido de que eran personas normales, no patológicamente cobardes. Y si el destino les hubiera arrojado enseguida a un verdadero trance, si les hubiera presentado la guerra antes de que ‘llegaran a asustarse’, nunca habrían ‘enfermado’. Escribo ‘enfermado’ porque es una verdadera enfermedad, he visto mucha gente realmente enferma. Al agua fría hay que saltar enseguida, no dudar en la orilla.

Yo, y en general los chicos jóvenes de nuestro regimiento, tuvimos mucha suerte en el sentido de que ya en los primeros días acabamos allí donde parecía ser más aterrador. Y nos convencimos de que realmente el miedo es determinado por nuestra imaginación y por la relación entre la realidad y el hábito. Más adelante, cuando ya era un sargento experimentado y empezaban a llegar los ‘jóvenes’ de la retaguardia (eso ya era hacia el final de la guerra), cogía regularmente a alguno de ellos e iba al lugar aparentemente menos agradable. Era imprescindible para convencer a la persona de que el miedo no surge por las condiciones objetivas (el tamaño del peligro), sino por nuestra actitud hacia ellas. (A propósito, lo demuestran muy bien las películas de terror. Si las películas triviales crean terror en el espectador con imágenes aterradoras, Hitchcock ha probado brillantemente que cualquier objeto cotidiano inofensivo se puede filmar de manera que el espectador esté al borde del infarto por el horror.)

Retrocedíamos hacia el Don (el verano del cuarenta y dos). Los alemanes por la noche no se movían, nos aprovechábamos de ello y llegábamos, caminando durante la noche, a despegarnos de la vanguardia alemana, que se movía en motocicletas y vehículos blindados, unos treinta kilómetros.

Portianka
Portianka

Los pies estaban ya completamente destrozados. Y si después de un breve descanso te pones de pie, parece que sería mejor estirar la pata que dar aunque sea sólo un paso más. Pero los muchachos ya van. Te obligas a dar el primer, segundo, tercer paso: duelen. Las plantas y los dedos están rozados. Es imposible estirar las rodillas. Y los primeros pasos todos los dan de manera que al ver a los demás te mueres de risa. Un gran dolor causan las portiankas[47], que se pegan a la piel rozada. En general, ya no se descalzaban los pies. Porque está claro que luego es imposible calzarse y hay que ir descalzo. Pero descalzo no se llega lejos. Así te arrastras más o menos durante el primer kilómetro, después las piernas empiezan a andar, incluso las portiankas se ajustan de una manera más suave en las botas. La primera hora, un breve descanso, la segunda… y para la mañana, fíjate, nos hemos molido unos treinta kilómetros.

Heinkel He 111Z
Heinkel

Periódicamente nos sobrevuela el ‘cuadro’: el avión bimotor de reconocimiento alemán, ‘heinkel’, llamado así porque su fuselaje se bifurca entre las alas y el timón de cola[48]. Da vueltas y se va. Nosotros bromeamos: “Bueno, sacó fotos, hay que pedir una, para mandar a casa”; o también: “En el cuartel general alemán se darán cuenta de que hoy no nos hemos afeitado”. Disparamos unánimemente al ‘cuadro’ pero él no hace ni caso. Después de su partida, prepárate para los junkers. Así es siempre. Primero escuchamos el zumbido, luego aparecen los bombarderos: no muchos, normalmente tres, a veces seis, dependiendo de si nos movemos en un grupo pequeño o grande. Son ‘Junkers-87’, muy buen avión para picar, de un motor, pica casi verticalmente con un tremendo rugido y arroja las bombas con mucha exactitud (que no nos causa ni la menor alegría)[49].

Junkers 87 - Stuka
Junkers 87 - Stuka

Ya desde lejos, pero, sin duda, habiéndonos ya visto y decidido que somos un blanco merecedor de atención, los junkers se alinean en una fila en vez de en triángulo. Luego tiene lugar un procedimiento bien conocido por nosotros, por su rito rigurosamente seguido, que recuerda mucho el comportamiento de los depredadores o los insectos. Hasta que los junkers vuelan en triángulo, se puede estar tranquilo: se dirigen a otro lugar. Pero, mira, se estiraron en una fila serpenteante y forman un círculo cuyo centro está un poco más allá de nosotros. Significa que vinieron a visitarnos. Nos desparramamos fuera de la carretera y nos aplastamos contra la tierra. El suelo es nuestra principal defensa. Pero los junkers se dirigen serpenteando hacia nosotros. Mira, el primero se separó, guió el morro bruscamente hacia el suelo y casi verticalmente, con un cálculo fascinantemente exacto, cae sobre nosotros. Ahora se separaron de él las bombas, las vemos perfectamente. Parece que te caen justo en la cabeza. Las bombas adelantan al avión. Alrededor oyes explosiones sordas, la tierra tiembla. Los pilotos pican con maestría, giran justo cerca del suelo: los nuestros nunca pican de esta manera. El avión atrae las miradas como un hipnotizador, es imposible apartarse. Tal vez de la misma manera describirían los conejos el encuentro con la cobra.

De la nube de humo y polvo que cubre el suelo, el avión arranca verticalmente hacia arriba con un aullido que llega hasta el límite del aguante. En la subida todavía llega a rociarnos con fuego de ametralladora o de cañón del avión. Pero el silbido de las balas no se oye, porque aullando se lanza para abajo el siguiente. En estos minutos desconectas, no hay sensación de miedo, no hay sensación alguna: seguramente sentían lo mismo las piedras debajo de nosotros. Al final, el último avión ha tirado sus bombas y se van. Nos levantamos.

Siempre me ha asombrado la baja efectividad de esas incursiones. Naturalmente, contra masas compactas de infantería, maquinaria blindada en movimiento, cañones amontonados o tanques, eran muy efectivos esos bombardeos. Pero, en el caso de unidades dispersas en retirada, cuyos soldados llegaban a saltar a la cuneta o encontrar otro refugio, la efectividad de los ataques era baja. El humo se disipa. Nosotros, para animarnos y para demostrar a los alemanes que tampoco somos ningunos blandengues, llegamos a disparar al avión un par de veces con la carabina. Teníamos una cantidad desmesurada de cartuchos, estaban tirados por todas partes y no hacía falta ahorrarlos. Sin embargo, no conseguí ver ningún resultado de mi resolución. No sé si calculaba mal la anticipación, que en tan baja altura tiene que ser muy grande, o el blindaje de los junkers era tan fuerte, pero ninguna molestia causaba al Wehrmacht alemán con mis disparos. Tal vez quedó un arañazo en algún ala, pero una caída espectacular, parecida, por ejemplo, a la descrita en Tyorkin, de Tvardovski[50], donde el héroe abate a un junkers bimotor, no la pude conseguir. Pero la idea de estos disparos era otra: sube mucho la moral, dejas de sentirte como un conejo, sueltas energía. En general, una buena cosa.

Nos movemos hacia el Don. A causa de bombardeos y tanques alemanes que aparecen periódicamente, nos hemos separado y nos dirigimos hacia el este en pequeños grupos, de dos o tres personas. Intentamos ir junto con los nuestros, de nuestro regimiento, pero en realidad ya hemos perdido a los demás. En la estepa, durante un bombardeo, me encontré con un soldado de otra división de nuestro regimiento, un cosaco del Don. Pronto recogió en la estepa un caballo sufrido y abandonado y se montó. El caballo, como yo, apenas movía las patas, nosotros dos íbamos andando pero el cosaco, montado. Todo el camino discutíamos por qué la guerra seguía un curso tan desfavorable para nosotros. Mi compañero expresaba su opinión más o menos con las palabras siguientes: “Iurka, no te enfades, pero la culpa la tienen los judíos. No, no creas, no hablo en el sentido fascista, y sabes, esos prejuicios yo no los tengo, pero piensa tú mismo. Mira, los alemanes se preparaban para la guerra, pero nosotros, qué: nosotros organizábamos festivales, hacíamos las mejores películas del mundo. Oistraj[51] arañaba el violín: todos judíos. No, sabes, no tengo prejuicios, pero mejor hubiera sido en ese tiempo no tan atareado con el violín”. No compartía sus pareceres e intentaba explicarle que se trata de la guerra entre fascismo y antifascismo, pero el antifascismo presupone el renacimiento, el desarrollo de las artes. A lo que él respondió: “Muy bien, y habéis llegado con vuestro renacimiento hasta el punto de que los alemanes están a las orillas del Don, vete por ahí con tu renacimiento”. Pero, por lo demás, avanzábamos en armonía. Nos separamos cuando en la noche oscura sureña llegamos hasta el Don.

La oscuridad era todavía más profunda por unas barcazas, vehículos y otros trastos ardiendo en la orilla; el ejército los había arrastrado hasta el Don y luego abandonado. Llegamos a la orilla, había que decidir, qué hacer, porque no había ninguna posibilidad de cruzar el río, pero algunos soldados perdidos vagaban por la orilla. Uno de ellos dijo al pasar corriendo que más allá había una barcaza medio hundida, con cargamento de azúcar y vodka, y que los muchachos estaban tragando allí como locos. Mi compañero dijo que iba a beber y coger algo para el camino. Yo decidí cruzar el río mientras duraba la oscuridad.

Cómo iba a hacerlo, no tenía idea en absoluto: no sabía nadar y tampoco sé ahora[52]. Andando por la orilla pantanosa del Don, vi dos figuras negras en capa-tienda que tapaban las divisas (pero las capas eran de comandantes) y oí un fragmento de su conversación: se trataba de llevar los caballos al otro lado. Uno de ellos informó que había encontrado una barca fuerte y a un joven que entendía algo del asunto: él va a sujetar el caballo por los arneses y el animal va a nadar, sólo hace falta encontrar a un remador experimentado. Me dio un ataque de desfachatez. Salí de la oscuridad y me acerqué a ellos diciendo: “¿Estáis buscando un remador? ¡Aquí lo tenéis!”. Parece que mi apariencia no era muy digna de confianza para el que tenía el rango más alto. “Ten cuidado”, dijo, añadiendo alguna palabra representativa del lenguaje florido militar, para una mayor convicción: “si te ahogas tú, a mí…, me da igual, pero no vayas a ahogarme los caballos”. Pero yo ya estaba en plena marcha, presumiendo: “No me meta miedo, es cosa habitual, he crecido en la costa…”. Emprendimos el camino. Yo me senté a remar y el otro soldado agarró los arneses del caballo y se sentó en la popa, empujamos la barca de la orilla, el caballo entró resoplando en el agua y yo empecé a remar. Al principio, daba vueltas porque una mano tendía a adelantar a la otra: era un remador pésimo. Pero, a la larga, el asunto se arregló. El caballo, que intentaba subir a la barca, recibió un golpe en el morro y empezó a nadar. La segunda vez fue más fácil. No sé cuántos viajes hice, pero entonces dije: “Ya está, chicos, un viaje más y ya está, buscaos a otro”.

Cruzamos el río. Salí de la barca y caminé con una sensación de cansancio que superaba todos los límites, y con la esperanza de que aquí, en esta orilla, me encontraría con nuestra firme línea de defensa. Allí me darían instrucciones para la futura ruta. No había ninguna línea de defensa. También en esta orilla, igual que en la otra, vagaban soldados aislados. Dónde ir era completamente incomprensible. Me tumbé en la arena mojada de la orilla y me dormí al parecer antes de llegar a apoyar la cabeza en el suelo. No sé cuánto dormí. Después me levanté y me dirigí hacia el este, esperando, a pesar de todo, encontrar alguna línea de defensa. No es posible que el frente esté totalmente desprotegido.

En este lugar, el Don fluye en varias ramificaciones, que a veces confluyen y luego de nuevo se bifurcan. No tenía fuerza para buscar sitios por los que cruzar. Iba aprovechando los vados directamente, cruzando uno tras otro los brazos paralelos bastante profundos. Alrededor había un vacío completo. No tenía nada de fuerzas, pero encontré una manera de mantenerlas: andaba y disparaba al cielo, una tras otra, balas trazadoras. Eso posibilitaba de alguna manera extraña superar la sensación de estar perdido. Al hacerlo, gritaba salvajemente las palabrotas más obscenas. La mezcla de disparos y mis insultos en voz alta me ayudaba de alguna manera a animarme. Al final crucé el último afluente, me desplomé en el suelo y me dormí de nuevo enseguida. La travesía del Don había terminado.

En el verano de 1942, el frente se estabilizó relativamente. Nos mandaron fuerzas complementarias y nos enviaron a la zona de Mozdok (en Chechenia-Ingushetia). La pequeña ciudad de Malgobek, justo en el río Terek, estaba directamente en la línea del frente[53]. En la otra orilla, donde vivían los cosacos, se situaba la primera línea alemana. Nosotros manteníamos la orilla sur, aunque la palabra ‘manteníamos’ sólo puede usarse metafóricamente: casi no teníamos infantería. Nuestros cañones, hasta donde permitía la reserva limitada de proyectiles, tenían que cumplir a la vez su tarea directa —suprimir la artillería del enemigo— y asegurar el paso del río, para lo que eran poco útiles.

Establecimos nuestros puntos de vigilancia avanzados en las casas ingushes, en la misma orilla (los habitantes escaparon a las montañas y el pueblo estaba completamente vacío), y esperamos día tras día la nueva ola de ataques de los alemanes. Utilizando los recursos coloridos del lenguaje de los soldados, discutíamos qué íbamos a hacer en tal caso, ya que sólo teníamos cinco proyectiles. El enemigo seguramente ni siquiera sospechaba cómo de escasas eran nuestras provisiones, y reunía sus reservas con insistencia (lo veíamos perfectamente), preparándose para la irrupción. Ni siquiera se le ocurrió, al parecer, que en este tramo estuviera frente a él sólo una división de artillería casi sin proyectiles, una batería de morteros y grupos insignificantes escasamente provistos, y compuestos con prisas por la gente más variada, entre ellos, cocineros y escribientes del cuartel general. Cuando yo —no sin ironía— le pregunté al teniente mayor que los mandaba: “Pero, ¿qué cuerpo de ejército es este?”, me respondió con el reniego refinado de un hombre de frente experimentado y los dos nos partimos de risa.

En la otra orilla, directamente en frente de nosotros, estaba situado el punto de vigilancia y el cuartel general alemanes. Veíamos bien todo lo que se hacía allí y podíamos contar las motocicletas que constantemente llegaban y se iban. Allí tenía lugar una actividad viva de cuartel general y de vigilancia, pero nosotros teníamos tan pocos proyectiles que teníamos la orden firme de disparar sólo cuando el enemigo empezara a cruzar el río. Nuestro silencio, por su parte, animaba a la otra orilla.

Una vez (ya reinaba verdadero calor) vimos que el centinela que vigilaba la entrada del cuartel general estaba en su puesto, completamente desnudo, como su madre lo trajo al mundo, sólo con las botas puestas y la metralleta colgada del cuello. Así, no sólo se protegía contra el calor sino que claramente encontraba satisfacción en la impresión que tenía que causar su apariencia en nosotros. Estando de frente a nuestro punto de vigilancia, se reía a carcajadas y daba palmaditas a su barriga. Nuestro teniente no podía aguantar esa humillación y consiguió del cuartel general tres proyectiles: “Por lo menos, asustarlo un poco, para que se ponga los pantalones”, suplicaba al comandante del batallón y consiguió la respuesta: “Está bien, dale tres veces”. Es casi imposible ajustar el cañón incluso si el ajuste ya se ha hecho antes. Puede molestar el viento, y con cada disparo el cañón se hunde, aunque sea de manera inapreciable, en el terreno, especialmente en el suelo blando de la orilla. Todo eso podía no tenerse en cuenta en el caso del habitual fuego masivo. Hubiera sido simplemente imperceptible. Aquí, sin embargo, había que actuar esmeradamente, y con una exactitud máxima. Nuestro cañón, disparando tres tiros, no le causó al vecino del otro lado del río naturalmente ningún daño, pero entendió la indirecta y se puso los pantalones.

En general, la actitud hacia el cuerpo humano desnudo era completamente diferente en nuestro ejército y en el alemán. Seguramente se manifestaba aquí la diferencia entre la actitud europea y la oriental hacia esa cuestión. Los alemanes no sólo no se avergonzaban del descuido en la vestimenta ni del cuerpo desnudo (todas nuestras observaciones tenían lugar a través de la línea del frente, por lo tanto mi opinión puede necesitar de corrección), sino que incluso, al parecer, encontraban algún estilo en ello. En el frente se montaban de buena gana desnudos en las motocicletas, en los pósteres de guerra alemanes aparecía el oficial del frente uniformado con la camisa y las mangas levantadas (al parecer, eso se consideraba ‘elegancia marcial’ en el ejercito alemán). Nosotros estábamos acostumbrados a avergonzarnos de nuestro cuerpo (no recuerdo que ninguno de nosotros, especialmente los muchachos del pueblo, se hubiera desvestido para tomar el sol). Si trabajando en un día caluroso incluso nos permitíamos cierta libertad, era la parte superior del cuerpo desnudo hasta la cintura, pero obligatoriamente con botas y pantalones puestos. En invierno, en cambio, siempre llevábamos gorro y lo elegante para los hombres europeos —andar con la cabeza descubierta en el frío— era completamente desconocido para nosotros. Cuando años más tarde (era en Noruega), pregunté a un amigo ya mayor que andaba en el frío con la cabeza descubierta si no tenía frío sin gorro, recibí esta respuesta: “Pero si eso te hace más joven”. Menciono aquí que en Rusia también es elegante la cabeza de un niño cubierta incluso con calor, aunque en el sentido contrario: esto le hace parecer mayor. La valoración puede cambiar pero la relación del gorro con la semiótica de la edad permanece.

Cómo liberarse de los piojos

En Vasili Tyorkin, de Tvardovski, hay el siguiente episodio. Un viejo que ha participado en la Primera guerra mundial conversa con Tyorkin y pregunta:

Pero, dime, una cosa sencilla
¿lo tenéis?
— ¿Qué?
— El piojo.

A lo que Tyorkin responde irguiéndose: “Parcialmente, sí”[54]. Oyendo eso, el veterano de la primera guerra mundial le dice a Tyorkin que él es un verdadero soldado. Este tema no lo ha podido evitar nadie que haya escrito con relativa veracidad sobre la guerra, desde Barbusse a Hašek[55]. El piojo es un tema parcialmente prohibido, pertenece a ‘otra’ parte de la vida cotidiana de la guerra. Antes de la guerra sabía de piojos sólo a base de las grandes obras literarias y de los estudios entomológicos.

Estábamos retrocediendo, era el segundo mes de guerra. Pero en el frente del sur todavía hacía mucho calor. Un día sentí un picor incomprensible e irritante. Estábamos en un bosque joven en medio de la estepa y esperábamos la noche para salir de nuestro escondite anti-aéreo y seguir la retirada hacia el este. Me metí entre los árboles, me quité la camiseta y me estremecí de asco.

La entomología siempre había sido objeto de mi pasión, ese sentimiento permanecía incluso cuando renuncié a la idea de convertirme yo mismo en estudioso de los insectos. Especialmente me atraían los ortópteros y los neurópteros, pero sobre los coleópteros me preparaba para escribir un estudio, y hasta hoy lamento no haberlo hecho. Pero hacia los parásitos, especialmente hacia los piojos, sentía una repugnancia fisiológica. Al ver en mi camisa un piojo blanco y gordo, me estremecí en el sentido directo —no metafórico— de la palabra y casi vomité. Actué con resolución, de acuerdo con las circunstancias. Prendí una hoguera, puse un cubo de agua a calentar, me desvestí de pies a cabeza y metí en el cubo todo, excepto las botas y los documentos. Afortunadamente, la sopa llegó a hervir lo suficiente antes de que anunciaran ponernos en marcha. Escurrí todo con prisa y alcancé, empapado, la compañía. Esa fue la primera impresión.

Perdió rápidamente, sin embargo, su agudeza, y había que aceptar la aparición constante de los piojos y la necesidad constante de luchar contra ellos. Afortunadamente, encontramos, a finales del cuarenta y uno o principios del cuarenta y dos (exactamente no recuerdo) un remedio seguro.

También los alemanes sufrían con los piojos y lo combatían esparciéndose diversos polvos químicos. Pero eran poco efectivos. El enemigo sufría con los insectos, al parecer completamente desconocidos para él en la vida normal, y no fue capaz de encontrar remedios eficaces contra ellos hasta el final de la guerra. Por lo tanto, cuando llegó la época de la ofensiva, no vivíamos nunca en los refugios subterráneos alemanes, incluso si hacía falta protegerse del frío o de los disparos: meterse allí significaba conseguir con seguridad insectos. Nuestra infantería, que en la primera línea no podía, naturalmente, preparar ni siquiera el ‘matapiojos’ más elemental, sufría también mucho a causa de ellos. Pero la artillería y la infantería de segunda línea se liberaron de ellos, en realidad, para el cuarenta y dos. No sé quién fue el genio que inventó el remedio sencillo e infalible, pero merecería un monumento (lo escribo sin ninguna ironía).

El remedio era el siguiente. En el frente no presentaba ninguna dificultad encontrar un barril de combustible vacío. Estaban tirados al lado de la maquinaria quemada y destruida y otros desperdicios del frente. Había un montón. Con éstos se preparaba un dispositivo de lo más elemental: se cogía el barril, se lavaban o quemaban los restos del contenido (aceite pesado, lubrificantes y combustible). Después de eso, se eliminaba con cuidado uno de los fondos, conservando la base de hierro cortada. Luego se cortaban dos palos exactamente según el diámetro del barril y se encajaban cruzados en el barril a tal altura que el equipamiento colocado sobre ellos no tocara el fondo. Luego, se colgaba en la cruz formada la ropa destinada para la desinsectación. En el fondo se echaba un poco de agua, se cerraba encajando la tapadera retirada antes, envuelta en una capa-tienda para mayor hermeticidad. Luego se colocaba el barril encima de unas piedras y se prendía fuego debajo de él. Aproximadamente a la media hora, o un poco más, se abría el barril ardiente, de él salía el vapor comprimido y de la cruz colgaba la ropa ardiente, a veces un poco quemada si había tocado la pared. A esta prueba no sobrevivía ningún piojo. Era muy agradable ponerse la ropa ardiente y crujiente. Es verdad, luego era imposible lavar la suciedad quemada, pero eso no nos molestaba en absoluto. Los barriles eran nuestra salvación.

Los piojos pertenecían orgánicamente no sólo a la vida cotidiana, sino también al folclore del frente. Era el tema de chistes interminables y de improperios refinados e ingeniosos, los piojos se convirtieron en héroes de muchos acontecimientos. He aquí uno de ellos.

El comandante del grupo dirigente de nuestra batería era Ivashchenko, ingeniero de Donbass, una persona agradable e inteligente (en el grupo de fuego tenían su propio Ivashchenko, también teniente, una persona terriblemente desagradable). Ivashchenko llegó al ejército durante la retirada, directamente de la vida civil y conservaba muchos rasgos de los paisanos, pero era un buen artillero y un compañero divertido. Con él pasó la historia que merece ser recordada en relación con los piojos.

Era en el año cuarenta y tres en el Donbass-Norte[56]. En el frente había una relativa calma, el punto de vigilancia estaba situado a unos dos kilómetros de la primera línea y decidimos aprovechar el tiempo para liberarnos de los piojos. Para ello, colocamos el ‘barril’ en este lado del punto de vigilancia, que estaba escondido de la primera línea por la pared de una casa quemada. El primero en colgar allí su camisa de campaña, pantalones y ropa interior fue el comandante de la batería, y cuando el interior del barril se había calentado, colgó sus pertenencias el comandante de grupo Ivashchenko. Como urbanita culto, no estaba acostumbrado a los piojos y no podía aguantarlos. Se desnudó, dejando sólo las botas, y colgó todo en el barril, animándonos a nosotros: “¡Quema estos cabrones, quémalos!”. Calentamos el barril al máximo. Pero, al parecer, las chispas subieron demasiado y de pronto cayó cerca, al principio, un proyectil, otro: los alemanes estaban aparentemente ajustando los cañones, y luego empezó un tiroteo bastante intenso. Nos metimos en la zanjita. El pobre Ivashchenko se metió tal como estaba, como su madre lo había traído al mundo, con las botas puestas, en la mano el carné del partido que le se había ocurrido sacar del bolsillo. Su apariencia no era muy presentable y nosotros, sin vergüenza, ironizábamos sobre el estado de nuestro comandante. Cuando el tiroteo terminó y pudimos salir, Ivashchenko corrió hacia el barril: por desgracia, todo se había quemado. En el fondo del barril yacía solamente la insignia fundida de la guardia, que al teniente se le había olvidado desenroscar. Ivashchenko estaba sentado con las botas puestas, desnudo, el carné del partido y la insignia de la guardia en la mano y, terriblemente furioso, ultrajaba a los alemanes, a la guerra y a nosotros, que, según él, habíamos colgado mal la ropa.

Hubo que llamar a la batería para que enseguida trajeran calzoncillos, pantalones y el resto del equipamiento para el teniente. Pero cuando por la línea se difundía que desde el punto de vigilancia piden calzoncillos para Ivashchenko, provocó una nueva ola de chistes de soldados. En honor del teniente hay que decir que cuando el equipo al fin llegó, y con ella una botella de vodka de parte del sargento, su estado de ánimo mejoró y expresaba en voz alta su alegría por no haberse quemado la Orden de la Estrella Roja.

Esta anécdota merece ser recordada porque incluso en las circunstancias más difíciles había siempre muchos episodios graciosos y divertidos. Diría que en el frente nos reímos mucho más de lo que fue posible luego en tiempos de paz, por ejemplo, durante la devastación de la universidad en la época de lucha contra el cosmopolitismo.

***

En la temprana primavera del año cuarenta y cuatro, el frente estaba situado en Ucrania occidental y penetraba en las posiciones del enemigo como una cuña larga y estrecha. En nuestro tramo, formaba una suerte de lengua de cerca de veinte kilómetros de largo, pero de sólo un ancho que iba desde un par de cientos de metros hasta un kilómetro. El punto de vigilancia se situaba en la punta, y los cañones, en la base. El enemigo nos disparaba desde tres lados y, en realidad, en nuestra zona no había un lugar protegido del fuego. Además, hay que añadir que la temprana primavera había deshecho la nieve, pero el suelo estaba descongelado sólo parcialmente, así que teníamos que andar en el agua que a veces llegaba hasta el tobillo, a veces hasta la rodilla, resbalando en el hielo bajo el agua o hundiéndonos en el barro pegajoso. Con cada paso, levantábamos una arroba [пуд, pud] de barro líquido y pegajoso. Era completamente imposible correr en este suelo, andar era extremadamente difícil. Pero nosotros, los de las comunicaciones, teníamos que andar todo el tiempo. El enemigo disparaba a esa zona con bastante intensidad, las columnas de agua y barro y trozos de hielo volaban en todas direcciones, los capotes empapados pesaban en los hombros un quintal [пуд, pud] y los morros estaban tan barrosos que era imposible mirarse uno al otro sin echarse a reír.

Yo andaba por la línea, partida por una esquirla, me arrastraba a través de ese puré de tierra, agua y hielo, y acabé bajo un fuego denso y concentrado. No me acuerdo con qué palabras expresaba mis sentimientos, pero puedo imaginarme que era aquel vocabulario que los lingüistas a veces llaman expresivo. Tuve que tumbarme en el barro, encima de unas ramas. Alrededor caían esquirlas y pellas de barro mojado. Al mismo tiempo, corría directamente hacia mí, levantando columnas de agua y barro, una liebre grande, completamente cubierta de barro. Tuvo la misma poca suerte que yo: salta a la izquierda y la mina cae a la izquierda; ella para otro lado, y la maldita allí mismo. Al parecer, completamente enloquecida, corría, salpicando agua y barro, directamente hacia mí y se paró, casi nariz contra nariz (es muy posible que mis ojos estuvieran igual de torcidos que los suyos). Nos miramos, perplejos.

Recuerdo la idea de que seguramente la liebre estaba pensando lo mismo que yo: “¡La cantidad de hierro que se ha enviado aquí con el único propósito de liquidarme!”. Ese mismo pensamiento se me pasó por la cabeza también a mí, aunque, a decir verdad, con cierto matiz de orgullo; si la liebre también estaba orgullosa, no puedo decirlo.

Una mina cayó justo al lado y nos enterró completamente bajo agua y barro. La liebre, al parecer, decidió que eso era ya demasiado y se lanzó para otro lado por el agua. Pensaba que seguramente llevaba razón y era mejor dejar ese sitio, porque parecía que le había gustado al enemigo. Correr era imposible, chapoteaba. Al volver la mirada, por casualidad, vi que la liebre también chapoteaba, aunque saltando, sacando las patas con dificultad del barro (creo que los zoólogos nunca han visto una liebre en una situación así). Le guiñé el ojo y me pareció que sonreía. No volvimos a vernos.

 

 

 

Itinerario aproximado de I. Lotman entre el otoño de 1940 (1) y la primavera de 1944 (7)
Mapa

 

 

NOTAS

 

1. Лотмановский сборник [Lotmanovskii sbornik], Tomo 1. Мoscú, IC-Garant, 1995, páginas 5–53. Edición de E. V. Permiakov.

2. Жизнь и творчество Ю. М. Лотмана [Zhizn’ i tvorchestvo I. M. Lotmana], Moscú, Novoe literaturnoe obozrenie, 1999, págs. 271-354.

3. Existe una versión electrónica de esta edición en el portal Lotmaniana Tartuensia, de Ruthenia:
<http://www.ruthenia.ru/lotman/mem1/Lotmanne-memuary.html>

4. Non-memorie, Novara, Interlinea edizioni (Biblioteca di “Autografo”, 7), 2001, 124 páginas. Traducción y edición de Silvia Burini y Alessandro Niero; presentación de Maria Corti. La edición se completa con una selección de autógrafos de I. Lotman y un epílogo de los traductores y editores italianos, titulado «“Io conosco cinque Lotman…». Con anterioridad, se había publicado una parte de la obra, con el título «Dalle “Non-memorie”», en Strumenti critici 87 (1998), páginas 217-240.

5. «Mitte-memuaarid». Akadeemia. Eesti Kirjanike Liidu kuukiri Tartus3-216 (2007), páginas 451-480; y 4-217 (2007), páginas 746-779. Traducción y nota final, con el título «Saateks», de Malle Salupere.

6. Kliment Efremovich Voroshilov (1881-1969), quien en esa fecha ya era mariscal del ejército soviético (el primero que tuvo ese rango en la Unión Soviética) y Comisario del Pueblo (ministro) para la Defensa. Vinculado estrechamente a I. Stalin, entre diciembre de 1939 y enero de 1940 dirigió las tropas soviéticas en la llamada ‘Guerra de Invierno’ contra Finlandia, con resultados desastrosos para la Unión Soviética. En 1941, tras la invasión de Alemania, fue designado para comandar el ejército del noroeste, fracasando también en la prevención del cerco alemán a Leningrado. A pesar de sus fracasos militares, en los años 50 llegó a dirigir el Presidium del Soviet Supremo.

7. Revizor, de Nikolái Vasilievich Gógol (1809-1852); una traducción reciente al español de El inspector se encuentra en la colección «Skene», de Argitaletxe Hiru (Hondarribia, 2005; traducción del ruso de Álvaro Guevara y Tatiana Likhacheva). Iván Aleksandrovich Jlestakov, el protagonista, es un joven funcionario de San Petersburgo que, por confusión, se toma en el pueblo por un alto funcionario: el inspector general. De esa confusión se aprovechará Jlestakov.

8. El inspector, acto II, escena VI. Jlestakov se encuentra con su criado Osip, que le anuncia que le traen el almuerzo, y esta es su exclamación de alegría.

9. Огонек, Llamita, llevaba el subtítulo de “revista semanal para la persona actual”, salía los lunes y tenía una tirada de unos setenta mil ejemplares.

10. Lidia Mijailovna Lotman (1917), la hermana mediana de I. M. Lotman [NEP]. [Véase, en este número de Entretextos, el relato de Lidia M. Lotman sobre sus recuerdos de la infancia y juventud de Iuri Lotman, que completa —y complementa— estas No-memorias.]

11. Su hermano, constructor de aviones, había sido detenido [NLL].

12. Grigori Aleksandrovich Gukovski (1902-1950), especialista en la literatura rusa del sigloXVIII y de principios del siglo XX. Iván Ivanovich Tolstoi (1880-1954), filólogo, fue profesor de la Universidad de Leningrado.

13. Nikolai Nikolaievich Gay (1831-1894), pintor realista ruso de la ‘generación de los Ambulantes’, grupo de pintores que rechazaban el academismo y estaban preocupados por renovar la sociedad a través del arte, acercándola al pueblo. El cuadro a que hace referencia Lotman se fecha en 1875. La imagen procede de: <http://fio.novgorod.ru/projects/Project191/favorite.htm>
Sin embargo, sorprendentemente, en la edición italiana se dice que el autor del cuadro es Serov, explicando, en nota al pie, que se trata del pintor ruso Valentín Aleksandrovich Serov (1865-1911), para añadir: “Lotman si riferisce al dipinto Portret Puškina [Ritratto di Puškin] del 1899” (Non-memorie, ed. cit, página 17, nota 18). Pero este cuadro de Serov se conoce con el título ‘Pushkin en un banco del parque’, tiene un gran parecido al Pushkin más conocido y no parece que tenga que ver con Mijailovskoe. Una reproducción de esta pintura de Valentín Serov se puede ver en la siguiente dirección web: <http://www.abcgallery.com/S/serov/serov42.html>
Mijailovskoe se encuentra muy cerca de la ciudad de Pskov, situada a unos 20 kilómetros de la frontera sureste de Estonia.

14. Aleksei Ivanovich Rykov (1881-1938) fue un destacado político desde los inicios de la revolución de 1917 (el primer Comisario del Pueblo —ministro— del Interior). A la muerte de Lenin, apoyó a Stalin frente a Trotsky, pero, en 1937, fue expulsado del Partido Comunista, juzgado en el tercer ‘Juicio de Moscú’ (marzo de 1938) bajo la acusación de haber conspirado con Trotsky contra Stalin, encontrado culpable de traición y ejecutado.

15. En adelante no repetiré esa salvedad, pero hay que tenerla siempre en cuenta, incluso cuando hablo de noticias en los periódicos y acontecimientos políticos [NIL].

16. Más tarde, en un texto del folclore partisano, cantado según la melodía de la canción de moda en el último año antes de la guerra, «Duermen los kurganes oscuros» (de la película La gran vida [Большая жизнь , Bol’shaja zhizn’, dirigida por Leonid Lukov en 1939. En la versión italiana no aparece el título de la película y se afirma: “(tratta da qualche film)”. Non-memorie, ed. cit., página 19, nota 23.]), tenía la siguiente letra:

Como gatitas alemanas (se cantaba también ‘golondrinas’ o ‘chicas’)
Te haces el peinado,
Los labios pintados, (¡eso, entonces, era una inmoralidad!)
Te giras.
Pero el águila no necesita
Los trucos alemanes,
Con desprecio pasa de ella
Nuestro joven.

Otro texto, apuntado por mí durante la guerra en un grupo de partisanos (los versos de chicos y chicas llevados a Alemania):

RESPONDED
Preguntad y responded.
Hijas queridas de la patria,
Qué puede ser más vil en el mundo
Que lo que hacéis aquí.
Mientras en todas partes cae
Nuestra patria…
El pueblo terriblemente sufre,
El país se ahoga en sangre,
pero para vosotras lo mismo es divertirse,
Ofrecerse a Europa,
Y con la cabeza baja lanzarse,
Abrazando a un italiano.
O con un checo en la cuneta
Como en una cama nupcial acostarse
Y el orgullo soviético…
En todas partes interminablemente pisotear.

Era en Bielorusia, en la región de Skopen, allí había muchos chicos de los grupos partisanos; seguramente fueron mandados todos a los campos. De allí empezó un gran avance hacia Minsk; llegó Zhukov [Gueorguii Konstantinovich Zhukov (1896-1974) fue mariscal del ejército soviético, dirigió las tropas que liberaron a la Unión Soviética de la ocupación nazi y llegaron hasta Berlín.] [NIL].

17. Posteriormente, Иностранная литература [Inostrannaia literatura, Literatura extranjera] [NTE].

18. Píter es el nombre popular de San Petersburgo, que también se utilizaba cuando la ciudad se llamaba Leningrado [NT].

19. Añado entre paréntesis que tampoco en el frente en absoluto me encontré con ese problema. A veces irritaba a los compañeros, como puede irritar cualquier persona, por ejemplo, con la falta de costumbre de trabajo físico. Pero muy rápidamente lo superé y me las arreglé fácilmente con el duro trabajo físico; entre otras cosas, me acostumbré a llevar proyectiles pesados de 160 milímetros. Pero un proyectil, le explico al lector, es totalmente inofensivo cuando se deja caer al suelo; para que sea peligroso hay que girarlo alrededor de su eje: así, su detonador se coloca en posición de combate; ocurría que dejábamos caer proyectiles pesados con detonador sobre piedras de tal manera que el detonador se deformaba completamente. No obstante, no le aconsejo a nadie experimentar en este campo. (Como información para los curiosos, esto justamente se refiere a los proyectiles, y no a las minas) [NIL].

20. Двенадцати (Dvenadtsati), célebre poema de Blok, escrito en 1918. La traducción al español más reciente se encuentra en Los doce: poema. Bilbao, Euskoprint (Colección de poesía rusa, 1), 2004, 17 páginas (traducción del ruso de Tomás Nuño Oraá); también se puede leer en Los doce y otros poemas. Madrid, Visor (Visor poesía, 403), 1999, 54 páginas (traducción de Clara Janés con la colaboración de Amaya Lacasa).

21. Riftin era decano, trasladó y mantuvo la facultad en evacuación, la trajo de vuelta a Leningrado y murió el día en que le llamó Pavel Berkov y dijo que la guerra acababa de terminar. Colgó, se alejó de la mesa y murió. Era una espléndida persona y un gran científico [NIL].

22. Su rasgo característico era que su caña tenía forma de cono cortado, ampliándose por arriba (los soldados alemanes metían allí los cargadores de sus metralletas), y yo con mis piernas delgadas daba una impresión considerablemente menos heroica de lo que me parecía entonces. No las llevaba por ostentar, sino porque la ropa y el calzado de antes de la guerra me había quedado inevitablemente pequeño. Por lo tanto andaba todo el primer año de posguerra en uniforme militar; mi camisa de soldado, con dos órdenes y ocho medallas, tenía una pinta ridícula. Pero la cuestión de ‘¿qué pinta tiene?’ no me interesaba entonces ni a mí ni a nadie: estábamos por encima de esta banalidad. También las chicas que habían vuelto de la guerra iban a la clase con botas de soldado y uniforme militar (por ejemplo, Lenina Ivanova, una chica espléndida, que se casó con Vitka Maslov). Entre las chicas había asimismo otro grupo, en su mayoría de familias pudientes, a menudo de familias de catedráticos: las llamamos ‘pijitas’ [‘фифами’, ‘fifami’]. Se rebelaban de forma ostentosa contra nuestro ascetismo (es decir, se pintaban los labios) y ‘dedicación a las ideas’ [‘идейности’, ‘ideinosti’] (iban a bailar). Su líder era Natasha, la hija de Gukovski. Se destino fue trágico, pero después de la detención de su padre, la ‘pijita’ resultó ser una persona firme y valiente. Posteriormente tuvimos una relación muy estrecha.
Natasha me llevaba un año en los estudios. Cuando detuvieron a Gukovski y precintaron su piso (a Natasha sólo le dejaron una habitación) y la compañía alegre que había estado revoloteando alrededor de ella se disolvió, sola, en el piso medio precintado, embarazada, luchó enérgicamente por su padre y se presentó regularmente ante los funcionarios que llevaban la investigación. Al mismo tiempo, se casó con Kostya, hijo de Arkadi Semenovich Dolinin [1883-1968, crítico y estudioso de la literatura rusa, fue profesor de la Universidad de Leningrado]. Este matrimonio, por parte de Dolinin, fue un gesto de generosidad y valentía: la familia estaba en contra de este matrimonio que aparentemente salvó a Natasha de su expulsión de Leningrado. Al conocer cuándo era el cumpleaños de Natasha, conté todo mi dinero y compré un gran ramo de rosas y una espléndida caja de bombones ‘Mareshal’ y aparecí en la casa de Natasha. Pasamos el día charlando hasta la oscuridad y fuimos amigos a partir de entonces, me atrevería decir, íntimos [NIL].
(Iuri Mijáilovich no recordó que ya mucho antes de esa visita a Natasha Gukovskaia, visitó a su familia en un momento crítico. En los días ansiosos, cuando G. A. Gukovski estaba esperando la detención en cualquier momento, el sonido firme del timbre hizo que todos se estremecieran; de repente, se escuchó la voz alegre del que había abierto la puerta: “¡Es Iura Lotman!”. Ese episodio fue recordado más tarde por N. G. Gukovkaia-Dolinina.) [NLL].

23. Если завтра война (Esli savtra voina), de Efim L. Dzigan (1898-1981). La música es de Daniil y Dmitri Pokrass, con letra de Vasili Lebedev-Kumach. Puede descargarla en el siguiente enlace:
<http://www.ugr.es/~mcaceres/entretextos/entre10/simananalaguerra.mp3>

24. Carruaje ligero para transporte de ametralladoras [NT].

25. La novela de Erich Maria (Paul) Remarque (1898-1970) se había publicado en 1929 (versión en español: Barcelona, Edhasa (Pocket Edhasa, 103), 2003, 261 páginas; traducción de Judith Vilar), y su adaptación al cine, dirigida por Lewis Milestone, obtuvo en 1930 dos Óscares (mejor película y mejor director).

26. La novela de Ernest Miller Hemingway (1899-1961), como la de Remarque, también fue publicada en 1929 y también ha sido llevada al cine. La traducción más difundida en español es la de Joana M. Vda. Horta y Joaquím Horta (Barcelona, Luis de Caralt, 1986,338 páginas, 14ª ed.).

27. Koljós (Колхоз) designaba, en la época soviética, a la cooperativa agrícola, basada en el trabajo colectivo y en la socialización de la propiedad de la tierra. La palabra koljós es una contracción de коллективное хозяйство (kollektivnoe josiaistvo), ‘economía colectiva’.

28. Теплушка (teplushka), vagón de mercancías, con literas a los lados y una estufa de hierro en el centro [NT].

29. Kutaisi es la segunda ciudad más grande de Georgia, en la provincia Imereti de Georgia occidental, 221 kilómetros al oeste de Tbilisi. El clima es húmedo, con veranos calurosos e inviernos fríos y con frecuentes lluvias y nevadas, como se puede comprobar también en el relato de I. Lotman que se refiere a los meses pasados en esas tierras.

30. Semion Mijáilovich Budionnii (1883-1973) fue mariscal del ejército soviético. Participó, luchando en la caballería, en la guerra ruso-japonesa (1904-1905) y, más tarde en la Primera Guerra Mundial. Durante la guerra civil rusa (1918), organizó el ejército de caballería, contribuyendo a la victoria bolchevique. Ingresó en el Partido Bolchevique en 1919, entablando una gran amistad con I. Stalin y Kliment Voroshilov. En julio-septiembre de 1941 fue Comandante en Jefe de las fuerzas soviéticas en los frentes suroccidental y del sur, enfrentándose a la invasión alemana de Ucrania, que había comenzado en junio. Sus fuerzas fueron rodeadas en la ‘Bolsa de Uman’ y en la ‘Batalla de Kiev’, que costaron a la Unión Soviética un millón y medio de muertos o prisioneros, una de las mayores derrotas de la historia militar.

31. Aleksei Andreevich Arakcheev (1769-1834), general y hombre de estado ruso, fue ministro de defensa con el zar Alejandro I. Famoso por su dureza, ha dado lugar a la expresión ‘régimen arakcheeviano’ para designar el régimen caracterizado por una política de reacción extrema, despotismo policial y burdo militarismo.

32. Semion Konstantinovich Timoshenko (1895-1970) sustituye a K. Voroshilov en el mando de las fuerzas soviéticas que combatían contra Finlandia en 1940, después de la desastrosa dirección de éste. Se le otorga el rango de mariscal y es nombrado Comisario del Pueblo para la Defensa. A Timoshenko se le atribuye una mentalidad militar tradicionalista —como I. Lotman apunta aquí—, habiendo recuperado, en buena medida, la dura y tradicional disciplina zarista dentro del ejército. En diciembre de 1941, es enviado a Ucrania, después de los desastrosos resultados de S. Budionnii, y consigue estabilizar el frente, encargándose en los siguientes años de diversos frentes.

33. Полуторка, ‘polutorka’, es el nombre con el que se conoce el modelo de camioneta ГАЗ-АА, GAZ-AA, que, basado en los Ford AA, se construyen en la Unión Soviética. Las pruebas se realizan en 1930 y, a partir de 1932, salen los primeros vehículos de la fábrica de Gorki. La polutorka pesaba 1800 kilos y podía transportar 1500 kilos. La traducción italiana habla, sin embargo de “un camioncino da mezza tonellata”. Non-memorie, ed. cit., página 27.

34. Shepetovka, en Ucrania, está situada al oeste de Kiev. Era un importante nudo ferroviario en esta época.

35. Este campamento no está localizado con exactitud; con ese nombre se han localizado dos lugares: uno situado al sureste de Shepetovka, cerca de Vinnitsa, y otro, hacia el noreste, a medio camino, aproximadamente, entre Vinnitsa y Kiev. En todo caso, no se ha podido documentar ese lugar en la zona del Donbass, como asegura la versión italiana. Non-memorie, ed. cit, página 27, nota 44.

36. A. S. Pushkin. Mozart y Salieri. En: José Emilio Pacheco, «Pushkin o el rayo que no cesa», Letras Libres (Julio de 1999). Versión electrónica:
<http://www.letraslibres.com/index.php?art=5887>

37. Todavía antes de empezar el trabajo con las No-memorias, en el curso de una conversación habitual, cuando Iuri Mijáilovich hablaba sobre el tiempo antes de la guerra y los estados de ánimo de aquellos años, apunté algunas frases sobre ‘Nikolka Perevoshchikov’: “se reía de todo, vivía sus propios problemas como ajenos”; “era derrotista, esperaba la guerra con Estados Unidos”; “hablaba de todo con una sonrisa irónica”. Una vez, en el frente, recibió un paquete con comida de la asediada Leningrado, y pronto se murió allí su familia de hambre, quedó sólo una hermanita a la que Iuri Mijáilovich conoció en Leningrado ya después de la guerra. [NEP]

38. No se puede no recordar a esta maravillosa persona, un verdadero joven trabajador (era ajustador), poeta, que en cada nuevo pueblo de cosacos se enamoraba de la manera más sublime y normalmente platónica. [En la versión italiana, esta nota al pie comienza aquí. Non-memorie, ed. cit, página 30, nota 48.] Recuerdo algunos versos que compuso en el cuarenta y dos, en el Cáucaso:

Dondequiera que mire, sólo montes en todas partes,
Dondequiera que mire, es el Cáucaso,
Pero en medio de los montes, conozco una ciudad
Donde vive mi amada.

Recuerdo asimismo una escena en Ingushetia, ya en el siguiente año. Estábamos durmiendo en el suelo de un granero, y la hija del dueño estaba en cuclillas delante de la puerta. Vino Lesha y sin querer oí las palabras de la chica: “Todos durmió, mío no durmió, tuyo esperaba”. [NIL]

39. Dentro de la economía planificada, toda la producción estaba sometida a un rígido e inamovible esquema (el plan), que podía dar como resultado hechos tan absurdos como este al que se refiere Lotman.

40. Mogilev-Podolsky está situada en el suroeste de Ucrania, junto al Dniéster, que hace de frontera con Moldavia.

41. Пикировать (pikirovat’), ‘picar’, ‘caer en picado los aviones al bombardear’ [NT].

42. Henri Barbusse (1873-1935), periodista y escritor francés, participó en la primera guerra mundial, de cuya experiencia saldrá El fuego, con el subtítulo Diario de una escuadra. La novela, relato antibelicista, fue publicada primero por entregas en L’œuvre y aparece, ese mismo año de 1916, en forma de libro, con el que obtiene el premio Goncourt en 1917.

43. Se trata del ‘Junkers Ju 87’, un bombardero en picado, conocido como Stuka, que fue utilizado por los alemanes por vez primera en la guerra civil española. También, como más adelante I. Lotman indica, se utilizó el ‘Junkers Ju 88’, más versátil, pues podía ser usado tanto como bombardero, como avión de apoyo cercano, caza nocturno, bombardero de torpedos o avión de reconocimiento.

44. Наркомовские (narkomovskie), procede posiblemente de ‘narodnyi komissariat oborony’, ‘comisariado popular (ministerio) de defensa’ [NT].

45. сматывать катушки с телефонным проводом (smatyvat’ katushki s telefonnym provodom) [NT].

46. Nombre genérico para referirse a los soldados alemanes [NT].

47. Портянка (portianka), especie de venda rectangular de unos 35 x 90 cm. utilizada en lugar del calcetín [NT].

48. De Ernst Heinkel (1888-1958), diseñador y fabricante de aviones alemán. El modelo de avión al que alude I. Lotman puede ser el ‘Heinkel He 111Z’ (la ‘Z’ procede de zwilling, gemelo en alemán), que consistía en dos aviones unidos por la sección del ala. Aunque no tenía dos, sino cinco motores, su aspecto recuerda, en efecto, un ‘cuadro’ o un ‘marco’, como se puede apreciar en la magen.

49. El Stuka tenía en las patas del tren de aterrizaje una sirena, la trompeta de Jericó, activable en los picados, para infundir temor a las víctimas del bombardeo.

50. Aleksandr Trifonovich Tvardovski (1910-1971), poeta y director de la revista literaria Novy Mir (1950-1954 y 1958-1970). Su poema más popular fue, sin duda, Vasili Tyorkin (1941-1945), conocido también como Libro sobre un soldado, que se difundió rápidamente en el frente a través de revistas y periódicos.

51. David Fiodorovich Oistraj (1908-1974) fue uno de los violinistas de mayor prestigio en el siglo XX y padre de otro gran virtuoso violinista, Igor Davidovich Oistraj (1931).

52. Aquí —como en muchos otros lugares— se manifiesta la disminución de su propia imagen, típica del autor: nadaba bastante bien —desde el punto de vista de la distancia nadada—, pero como nunca había aprendido a nadar, no conocía ningún estilo y nadaba, según sus propias palabras, “como perro” [NML].

53. Malgobek forma parte en la actualidad de la República de Ingushetia. Situada a 110 kilómetros al oeste de Grozny (República de Chechenia), en la vertiente sur del río Terek, y a 43 kilómetros de la estación de ferrocarril de Mozdok. Mozdok pertenece a la República de Osetia del Norte-Alania, está situada a 92 kilómetros al norte de la capital de la República, Vladikavkaz (en osetio, Dzaudzhikau). Entre 1942 y 1943, en la zona de Mozdok tuvieron lugar duros combates. La ciudad estuvo ocupada por las tropas nazis desde el 25 de agosto de 1942 hasta el 3 de enero de 1943, periodo al que se refiere aquí I. Lotman.

54. Tvardovski, A. Василий Теркин. Книга про бойца (Vasili Tyorkin. Kniga pro boitsa). Moscú, 1976, página 68.

55. El frente lleno de piojos y paga el precio de sangre,
Quien tiene uñas, se rasca.
La lucha sangrienta está teniendo en su cama el señor general,
Y su uniforme lo sacude el pequeño hombre. [NIL]
[Existe una versión en español, que no se ha podido consultar para la traducción de estos versos, de la novela de Jaroslav Hašek, Las aventuras del valeroso soldado Schweijk, Barcelona, Destino (Áncora y Delfín, 736), 2000, 2ª ed. (traducción de Alfonsina Janès). La traducción rusa que cita I. Lotman es de P. G. Bogatyrev: Похождения бравого солдата Швейка во время мировой войны (Pohozhdeniia bravogo soldata Shveika vo vremja mirovoi voiny). En: Собр. соч.: В 6т. (Sobr. soch.: V 6 t.), Moscú, 1985, tomo 6, página 165.]

56. Zona minera del sureste de Ucrania.

Principio del documento

* «Не-мемуары» [«Ne-memuary»]. Воспитание души, [Vospitanie dushi], San Petersburgo, Iskusstvo, 2005, páginas 8-51. Traducción del ruso al español de Klaarika Kaldjärv. Todas las notas son de Manuel Cáceres, excepto las que se indican con las siguientes abrevisturas: [NIL], nota de Iuri Lotman; [NEP], nota de Elena Pogosian; [NLL], nota de Lidia Lotman; [NML], nota de Mihhail Lotman; [NTE], nota de la traductora de la versión al estonio; [NT], nota de la traductora al español. Las imágenes que se utilizan en esta edición proceden, por orden de aparición, de los siguientes portales en Internet: yanko.lib.ru, lotman.pushkinskijdom.ru, fio.novgorod.ru, folk.ru, ru.wikipedia.org, supotnitskiy.webspecialist.ru, media.park5.ru, freeturist.jino-net.ru, home.att.net, flashfiles.nl, esjaumei.webcindario.com. Este texto se publica por primera vez, en español, en Entretextos. Nuestro agradecimiento a Mihhail Lotman por su permiso para la publicación, por las informaciones adicionales que nos ha facilitado y por el agradable paseo, rememorando los ‘rincones lotmanianos’ en Tartu, una tarde de julio de 2007.

© De los textos de Iuri M. Lotman, Mihhail Lotman.

Cómo citar este documento:

Iuri M. Lotman. «No-memorias [I]». Entretextos. Revista Electrónica Semestral de Estudios Semióticos de la Cultura. Nº 10 (Noviembre 2007). ISSN 1696-7356.
<http://www.ugr.es/~mcaceres/entretextos/entre10/no_memorias1.html>

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