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La
semiosfera y el dominio de la alteridad (*)
Göran
Sonesson
Resumen
Aunque los conocidos modelos de la escuela de Tartu contraponen la
Cultura a la Naturaleza, realmente se refieren a la relación entre las
culturas, una de las cuales se concibe como si fuera naturaleza.
La inspiración para el concepto tardío de Lotman de la semiosfera, sin
embargo, deriva de la oposición entre los hechos mentales (esto es,
semióticos), que pertenecen al dominio de las ciencias sociales y de las
humanidades, y los hechos físicos, estudiados por las ciencias
naturales. Partiendo del marco anterior, y añadiendo ideas de pensadores
como Peirce y Bajtín, y también Cassirer y Husserl, ya he intentado, en
mi obra reciente, reformular cuestiones clásicas de las humanidades,
como la posibilidad de conocimiento sobre diferentes tipos de hechos, el
acceso al otro y las coacciones impuestas al sujeto por entidades
ajenas. En este sentido amplio, el dominio de la alteridad va más allá
de lo que he calificado en trabajos anteriores como el otro simétrico y
asimétrico, y el otro interior y exterior. No sólo contiene la realidad,
en el sentido de los hechos materiales, sino también el dominio de los
signos mismos, es decir, la semiosfera.
El concepto de
‘semiosfera’ que domina la obra tardía de Lotman tiene precedentes
directos, como se ha notado frecuentemente, en nociones como la
‘biosfera’ de Vernadski y la ‘noosfera’ de Teilhard de Chardin (Lotman
1990; cf. Sebeok 2001: 154 y siguientes, etc.). Todas estas nociones,
sin embargo, a su vez, remontan a la anterior idea filosófica y
sociológica de la culturalidad, que ha dejado su huella en las teorías
de Peirce y Bajtín, y también en las de Husserl y Cassirer. Voy a
acercarme aquí a esta noción de culturalidad por medio de la semiótica
de la cultura propuesta anteriormente por Lotman y sus colaboradores en
la escuela de Tartu. Empezaré presentando el concepto de la escuela de
Tartu como ha sido interpretado en mis trabajos anteriores, en los que
se ha añadido la inspiración de la escuela de Praga, del círculo de
Bajtín y de la obra de Peirce. Seguiré ampliando estos modelos,
haciéndolos adecuados para interpretaciones culturales más intrincadas,
teniendo en cuenta ideas adicionales derivadas de la obra de Peirce y
Bajtín, y también de la de Cassirer.
1. De la
semiótica de la cultura a la semiosfera y a la inversa
A continuación, pondré la teoría
desarrollada por Lotman y sus colaboradores en relación con la obra de
muchos otros pensadores, algunos de los cuales son también semióticos.
No obstante, no utilizaré ninguna de ellas como una autoridad infalible
por la cual juzgar a las demás. No estoy interesado en lo que ‘Lotman
realmente dijo’, lo que ‘Peirce realmente dijo’, etc. Averiguar lo que
algunos de estos pensadores realmente querían decir es ciertamente
interesante. Pero esto es una tarea bastante diferente de la de hacer
progresos en la teoría semiótica. Desde este punto de vista, no tendría
sentido corregir a Lotman porque no dice lo mismo que Peirce, etcétera.
Así, cuando nos referimos a la obra
de Bajtín o Peirce en la discusión sobre la semiótica de la cultura,
habría que entenderlo más bien como una suerte de ’diálogo’. Sin
embargo, no creo que Lotman, Bajtín, Peirce y otros puedan entrar en
diálogo por su cuenta. Están (incluyendo a Bajtín) ciertamente demasiado
ocupados con su propio monólogo particular para poder hacer esto. Pero
pueden hacerlo por medio de un tercero, un mediador, que elige lo que es
relevante para el problema que cada uno de ellos está tratando. Yo mismo
seré el que elija el problema desde un punto de vista desde el cual sea
posible el diálogo. Pero este punto de vista está naturalmente inspirado
por la semiótica de la cultura.
La ‘semiosfera’ o significa lo mismo
que ‘cultura’, en oposición a la ’no-cultura’, tal como fue presentado
en la obra temprana de Lotman y sus colaboradores, o significa otra cosa
además de lo que se contenía en los términos antiguos. Cada lector de la
obra tardía de Lotman puede sin duda confirmar que el término nuevo está
hecho para hacer en grandes rasgos el mismo trabajo que los antiguos,
pero si esto es todo, no está claro por qué necesitamos el término
nuevo. Ciertamente parece que tiene que haber un significado adicional,
pero no está nada claro cuál es. Mi propuesta es que podemos acercarnos
mejor por medio de la tradición más antigua de la culturología
mencionada antes.
La ‘semiosfera’ o significa la
cultura humana y otros fenómenos (semióticos u otros) no están
incluidos, o la ‘semiosfera’ significa el mundo semiótico en su
totalidad y tal vez incluso más que eso (o más bien corresponde a un
concepto amplio de semiosis que incluiría el mundo físico). La primera
alternativa parece corresponder a la idea de Lotman, pero muchos
pensadores posteriores utilizan el término para incluir el universo
biológico entero, e incluso el mundo físico. Podríamos elegir esta
versión, pero en este caso necesitaríamos otro término, más preciso,
como, por ejemplo ‘semiosfera biológica’, ’semiosfera humana’ para
hablar sobre lo que Lotman quería decir con ‘semiosfera’. Puede ser
verdad que la limitación al mundo humano no nos permite ver las
semejanzas en la semiosis, pero es asimismo importante ver las
diferencias. Efectivamente, esto es fundamental si uno se interesa
por la evolución y desarrollo del ser humano, cómo los seres humanos han
llegado a ser capaces de hacer cosas que ningún otro animal, incluso los
grandes simios, es capaz de hacer.
La Naturaleza es
una parte de la Cultura, desde el punto de vista intensional. En este
sentido, la Cultura define tanto a la Naturaleza como a la Cultura. No
obstante, esto no descarta de ninguna manera la posibilidad de que la
Cultura sea parte de la Naturaleza, desde el punto de vista extensional.
La Cultura está causada (en un sentido amplio) por la naturaleza: es el
Umwelt, la relación funcional de un organismo con el medio
ambiente, en el sentido de la biosemiótica.
2. Los tres
modelos de la semiótica de la cultura
En mis trabajos, he retenido dos
ideas de la escuela de Tartu, que parecen haber obtenido menos atención
por parte de los mismos miembros de la escuela: que la semiótica de la
cultura no trata sobre la Cultura per se, sino sobre los modelos
que los miembros de la cultura hacen de su cultura, esto es, lo que aquí
se llamará automodelos; y que estos modelos tienen más que ver
con las relaciones entre las culturas (y también entre las subculturas,
esferas culturales, etcétera) que con la cultura en su singularidad. En
este sentido, el automodelo es, ante todo, un producto de una cultura
concreta, un efecto antes que una causa. Esto no significa negar
que un modelo de la cultura fácilmente se convierta en un factor en la
cultura; así, por ejemplo, aquellos que insisten en que la cultura
contemporánea es una sociedad de la información y/o una aldea global,
ciertamente contribuyen a que justamente así sea, como ha sucedido ya en
la historia en el caso, por ejemplo, del modelo que conocemos como
Renacimiento. Por lo que se refiere a la segunda limitación, las
relaciones entre las culturas pueden verse, de modo estructuralista, en
parte como lo que define lo que las culturas son (Cf. Sonesson 1987,
1992, 1993, 1994a, b; 1995; 1997c; 1998; 1999a; 2000b, c; 1002a, b;
2003; 2004).
La semiótica de la
cultura construye modelos de modelos de culturas –meta-modelos de
auto-modelos– como se crean por los miembros de la cultura (o
insinuados por su comportamiento). Cada cultura (y cada miembro de la
cultura) utiliza, sin duda, varios modelos alternativos de la cultura.
El automodelo más simple que llamaremos modelo canónico se
construye alrededor de la oposición entre los términos Naturaleza y
Cultura que se definen mutuamente (Fig. 1.). Una asimetría fundamental
está incorporada en este modelo como en todos los demás: la naturaleza
se define desde el punto de vista de la cultura, y no al revés. Cada
cultura se concibe como el interior caracterizado como el Orden, opuesto
a algo en el exterior, que está visto como Caos, Desorden o Barbarie. En
este sentido, la Naturaleza incluye otras culturas que no se reconocen
como tales por el modelo cultural. Esto no es simplemente el modelo de
racismo y etnocentrismo. El modelo se aplica claramente a (la mayoría
de) las culturas tradicionales y se codifica incluso en su lengua: el
huesteco, una de las lenguas mayas que todavía se habla en México, sólo
posee un término (’uinic’) para decir ‘ser humano’ y ’el hablante de la
lengua huesteca’. Efectivamente, es bien sabido, que los bárbaros eran
para los griegos los que no sabían griego: los que balbucean, es decir,
los que producen sonidos que no sólo no poseen significado sino incluso
carecen de organización. El modelo se ha manifestado también en la
semiosis no-verbal, cuando, por ejemplo, los aztecas pensaban que no
merecía la pena sacrificar un español a los dioses. Los dioses no lo
entenderían.

El modelo canónico es un punto de
partida imprescindible para todo pensamiento, para el niño, sin duda,
para un viajero novato, tal vez para todo el mundo. Pero claramente no
es el único modelo existente: podemos utilizar –y utilizamos– modelos
más complejos, incluyendo más diferenciaciones. Otro automodelo es lo
que en otro lugar hemos llamado modelo invertido que incluye la
proyección de la Cultura en la No-cultura, y viceversa (cf. Sonesson
1998; 1999a; 2000b, c; 2002a, b; 2003; 2004). Este modelo se explica más
fácilmente si imaginamos la Cultura centrada alrededor del Ego y la
No-cultura asimilada al otro (Alter, o como también decimos abajo, Alius).
Este paralelo entre las sociedades y culturas, por un lado, e
individuos, por otro lado, es un lugar común en la sociología. Más en
concreto, podemos utilizar una sugerencia de Peirce que habla sobre las
culturas como ‘personas compactas’, y también la de Bajtín que, en su
obra tardía, aplica el concepto de la empatía que desarrolló para
individuos, en las relaciones entre las culturas.
Al modelo invertido se le
puede ilustrar con un ejemplo a menudo discutido por la escuela de Tartu
pero sin ningún estatus especial en su teoría: Pedro el Grande, que
considera Rusia como No-cultura que tiene que ser sustituida con la
Cultura occidental. Es un problema general en la concepción de la
escuela de Tartu que los criterios para separar la Cultura de la
No-cultura son confusos y/o ambiguos. Viendo sus análisis diversos, uno
tiene la impresión de que la exclusión de la Cultura a veces se define
por un valor relativo, a veces por un conocimiento relativo, y otras
veces incluso por otros factores (cf. Sonesson 1998). En este caso, el
problema se agrava por criterios diferentes que llevan a diversas
segmentaciones. Desde el punto de vista del valor, Pedro se sitúa en el
Occidente, que se convierte en su Cultura; desde el punto de
vista del conocimiento, claramente se queda en Rusia, cuyo sistema
cultural le es más conocido. La peculiaridad del modelo invertido,
entonces, es que, lo que desde un punto de vista es Cultura, se
convierte en No-cultura desde otro punto de vista y viceversa.
La tercera variedad de automodelo
–insinuada por la escuela de Tartu y llevada a cabo por Posner– separa
Cultura, No-cultura y Extra-cultura (cf. Posner 1989) (1). De nuevo, los
criterios para la segmentación en lo que aquí llamaremos el modelo
ampliado permanecen poco claros o insatisfactorios tanto en los
trabajos de la escuela de Tartu como en los de Posner (Fig. 2). En el
modelo ampliado, la Extra-cultura no tiene sentido como algo que está
’contigua’ a la Cultura, como la entendería la escuela de Tartu, o algo
que está en “la escala de semiotización” continua, según Posner, entre
la Cultura y No-cultura. Claramente, la distinción, si se define como
cualitativa, debe residir en diferencias absolutas, antes que en las
graduales. Necesitamos encontrar una diferencia cualitativa que nos
permita ampliar la oposición entre el Ego y su otro. La podemos
encontrar en los pronombres personales (Sonesson 2000b; 2003; 2004).

En una discusión temprana sobre lo
que más tarde iba a llamarse Primariedad, Secundariedad y Tercereidad,
Peirce concibe sus categorías ontológicas en términos de los pronombres
personales. En su Nachlass, Cassirer propone una tríada de
Basisphenomäne expresado en los mismos términos (Peirce citado en
Singer 1985; Cassirer 1995). El análisis de Benveniste es más
directamente útil para nuestro propósito: tiene que ver con el mecanismo
por medio del cual, según Benveniste, el sujeto “toma posesión de la
lengua”, que significa que es una estructura socio-sicológica dentro
de la lengua, y no alguna forma lingüística generalizada más allá de la
lengua. Benveniste sugiere que lo que normalmente se considera como
pronombres de la primera, segunda y tercera personas, deberían realmente
concebirse como el resultado de la combinación de dos dimensiones
diferentes, la correlación de la personalidad, que opone la
persona a la no-persona, y, dentro del primer polo, la correlación de la
subjetividad, que opone el sujeto al no-sujeto. Tesnière propuso más
tarde el uso de términos algo más esclarecedores pero más engorrosos:
auto-ontivo, anti-ontivo y a-ontivo, es decir, respectivamente, el que
existe en sí mismo, el que existe contra (el primero) y el que, en el
sentido estricto de la palabra, no existe en absoluto (Benveniste 1966;
Tesnière 1969).
Concebida en estos términos,
entonces, la Cultura es el dominio del sujeto, o auto-ontivo, mientras
que la Extra-cultura es el dominio del no-sujeto, o anti-ontivo; la
No-cultura, finalmente, es la residencia de la No-persona, o a-ontivo.
En relación con los criterios de la escuela de Tartu, parece
particularmente acertado describir la No-cultura como lo que no existe
de verdad. La tercera persona tradicional, en este sentido, no es
persona, y está opuesta a dos tipos de personas, el que se identifica
con el hablante y el que se identifica con el oyente. En nuestros
términos, Ego y Alter, opuestos como tales entre sí, juntos se
encuentran opuestos a Alius, como en los pronombres personales la
primera y la segunda persona (sujeto/auto-ontivo vs. no-sujeto/anti-ontivo),
que están opuestas en la dimensión de subjetividad, juntas se oponen
(como personas) a la tercera persona (no-persona/a-ontiva) en la
dimensión de personalidad. La Extra-cultura es con la que la Cultura
está hablando; la No-cultura es sobre la que la Cultura puede, como
mucho, hablar. En este sentido, la semiótica de la cultura llega a ser,
según la frase oportuna de Milton Singer, una verdadera “conversación de
culturas” (Singer 1984); pero, al mismo tiempo, es una conversación
llevada fuera del alcance de otras culturas. Por lo tanto, parece más
correcto hablar sobre el eje de la conversación o diálogo,
juntando Ego y Alter, como opuesto al eje de referencia o nombramiento,
que conecta el primero a la cosa sobre la que se habla, o Alius (Fig.
3.)

El diálogo no se debe entender aquí
en el sentido bastante truncado de Bajtín y Voloshinov. Como veremos más
adelante, el otro en la concepción del círculo de Bajtín es más bien
sobre el que hablamos (el héroe) o incluso al que sólo miramos (como
cuando vemos el cuerpo del otro pero no el nuestro en su totalidad). El
otro es aquí realmente la No-cultura, el objeto de referencia o
nombramiento. Esto se aplica incluso a la dialogicidad, tal como se
entiende en los libros posteriores, que se ha vuelto conocido como
‘intertextualidad’ gracias a Kristeva: el autor conecta con el discurso
del otro pero el otro no tiene la posibilidad de responder. En el libro
sobre Rabelais y en la versión tardía del libro sobre Dostoyevski, se
supone, curiosamente, que el otro que se cita es capaz de responder;
pero entonces la asimetría entre Ego y Alter también se abandona (Sonesson
2000b; Morson & Emerson 1990: 172 y siguientes). Curiosamente, el
concepto de la dialogicidad, por lo que Bajtín y los demás miembros de
su círculo son famosos, se aplica, de esta manera, muy rara vez al otro
como oyente, y por lo tanto, como hablante potencial; tiene más bien que
ver con el otro visto desde fuera, la persona de la que estamos hablando
(Cf. Voloshinov 1973 y Shukman, ed., 1983; Bakhtin 1981) (2).
En este sentido, entonces, estamos hablando con Alter (la Extra-cultura), pero Alius (la
No-cultura) es teóricamente sólo algo sobre lo que hablamos. Esto se
puede ilustrar fácilmente con las diferentes actitudes de Colón y Cortés
durante la conquista de América. Para Colón, lo que encuentra es en su
mayoría No-cultura: coloca a las tribus indígenas en la misma lista que
los animales, plantas, oro, especies, etc., es decir, son ‘recursos’.
Cree que no tienen su propia cultura ni religión ni hablan ninguna
lengua (o una ’otra’ lengua genérica, como hebreo, árabe, etc.). El
modelo de Cortés se refiere la mayoría del tiempo a la Extra-cultura. Él
inmediatamente se pone a buscar intérpretes, indaga sobre las costumbres
de los indios, etc. Aprovecha las cosas que aprende de la otra Cultura:
presentándose como Quetzalcoatl, se deja traducir al ‘texto’ azteca
(ejemplos de Todorov 1982, analizados en Sonesson 2000b). Como en el
caso de otros automodelos, sin embargo, debemos distinguir criterios
diferentes de segmentación. En el nivel del conocimiento, la diferencia
es directa. En el nivel del valor, no obstante, la actitud de Cortés
puede que no sea muy diferente en el fondo. El modelo ampliado es aquí,
literalmente, sólo un ’modelo de trabajo’. El modelo de meta permanece
más o menos igual.
3. Los caminos de
acceso al Otro
La cuestión sobre cómo, partiendo de
una cultura, uno puede tener acceso a otra, no es una cuestión formal,
que se pueda comparar a la manera en la que la lógica describe cómo
acceder a un mundo posible desde otro. Es una cuestión totalmente
práctica: implica la pregunta sobre qué caminos llevan de una cultura a
otra, qué fronteras se deben atravesar, y si se puede hacer esto sin que
una cultura se fusione necesariamente con la otra. De nuevo, estas
cuestiones se pueden plantear usando criterios diferentes, como el valor
relativo y el conocimiento relativo.
Es una cuestión que se ha planteado
ya otras veces, pero normalmente en términos de las relaciones entre los
individuos más que entre culturas. En efecto, normalmente involucra la
relación de Ego hacia Alter. En la concepción clásica, hay dos
alternativas principales: o tanto Ego como Alter se conocen
inmediatamente por la relación de empatía que existe entre ellos (teoría
clásica de la empatía); o se conoce sólo a Ego inmediatamente, y el
conocimiento del funcionamiento interno del Ego, junto con las
observaciones del cuerpo del otro, se utilizan para crear una idea de
Alter por inferencia (teoría clásica de la inferencia). Ambas
alternativas se han demostrado hace tiempo como problemáticas, por lo
menos como teorías de las relaciones entre individuos. Contra la teoría
de la empatía se puede argumentar que el otro no puede conocerse
inmediatamente o que nadie es capaz de distinguirse a sí mismo y sus
sentimientos y otros estados de ánimo de los del otro. En el caso de la
teoría de la inferencia se ha observado que nuestro entendimiento del
otro no siempre parece funcionar de manera laboriosa, requerir mucho
tiempo y ser consciente hasta el punto de ser adecuadamente calificado
como inferencia; y ni siquiera está claro que nos permitiría descubrir
la analogía entre Ego y Alter, si sólo conocemos el exterior de éste y
el interior de aquel (cf. Gurwitsch 1979).
Lógicamente, hay, por supuesto, otras
dos alternativas: sólo Alter se conoce inmediatamente y Ego tiene que
ser construido a partir de éste. O ambas, Ego y Alter, son realmente
construcciones hechas de evidencia indirecta. La discusión sobre el
posible conocimiento del otro nunca tiene en cuenta, que yo sepa, que
estas concepciones de la relación entre Ego y Alter han sido, de hecho,
propuestas, la primera, por lo menos en algunas partes de su obra, por
Bajtín, y la segunda, de acuerdo a por lo menos una interpretación, por
Peirce. Para Bajtín, de hecho, sólo Alter se conoce directamente, ya que
sólo él puede verse como un todo completo, terminado. Según Peirce, por
otro lado, Ego y Alter son construcciones exactamente en la misma
medida.
En sus trabajos tempranos, Bajtín
está muy preocupado por las diferencias entre el yo y el otro, a menudo
enmascarados bajos los términos Autor y Héroe (cf. Bajtín 1990; 1993).
Está sin duda argumentando el paralelo entre las dos parejas, pero me
parece que a menudo se olvida una de las parejas cuando sugiere las
propiedades que son plausibles en un caso pero no en el otro. Esto vale,
por ejemplo, en el caso del otro como un compañero de diálogo, que, como
se observó más arriba, no es pertinente en el caso del Héroe. Es más, es
un hecho fundamental de la ecología semiótica que “precisamente lo que
sólo yo veo en el otro, se ve en mi, de la misma manera, sólo por el
otro” (Bajtín 1990:23), pero esto no se puede aplicar a las relaciones
entre Autor y Héroe. De hecho, como el producto de la imaginación del
autor, el héroe no puede ver nada en absoluto en el autor. Incluso si
suponemos que el héroe es la transposición en el texto de la persona del
mundo real, esa persona se convierte en no-persona, en la medida en que
esté enredado en el texto. Efectivamente, al contrario de aquellos a los
que Colón trataba como no-personas en el mundo real, el héroe no tiene
posibilidad (por remota que sea) de protestar por la descripción que de
él hace el autor.
Bajtín señala que es sólo el otro el
que puede (y tiene que) ser visto desde fuera y, por lo tanto, se
percibe como una totalidad completa y terminada; el yo, por otro lado,
es un proceso ilimitado que nunca puede ser comprendido en su totalidad,
realmente es una suerte de corriente de conciencia que sólo llega a su
término con la muerte. Eso es así porque “mis reacciones emocionales y
deliberadas se sujetan a objetos y no se contraen en una imagen
exterioramente terminada de mí mismo” (Bajtín 1990:35; Cf. Bajtín 1993).
Eso suena muy parecido a la noción de Husserl de ‘intenciones’, que
están dirigidas a objetos, a los que caracterizan y que sólo en la
actitud fenomenológica se pueden utilizar para definir el sujeto que
está dirigido a (’intenciona’) los objetos. Efectivamente, un seguidor
ortodoxo de Husserl, Gurwitsch (1985), niega de manera similar la
existencia del yo como una entidad dada a la conciencia (excepto bajo
circunstancias especiales). Sólo el cuerpo de otro puede verse
completamente: hay un ‘exceso de visión’. En el caso de nosotros mismos,
alguna parte del cuerpo siempre falta, incluso si se refleja en el
espejo. Esa diferencia se traslada a la mente. En este sentido, el otro,
contrariamente al yo, tiene la propiedad de exterioridad o
transgrediencia (Bajtín 1990:22 y ss., 27 y ss.).
No es sorprendente, entonces, que
Bajtín utilice estas observaciones para criticar la teoría de empatía
popular de su época: la comprensión no puede ser una identificación con
el otro, porque, para empezar, no tendría sentido, ya que sólo nos daría
lo mismo otra vez, y, en segundo lugar, es imposible porque el otro, por
definición, sólo puede ser visto desde fuera (sin embargo, también
afirma que esta limitación puede ser superada por la cognición, pero no
por la percepción, que siempre está encarnada – una posición que guarda
semejanza con Bühler y Merleau-Ponty –; pero entonces parece posible
formar un concepto de ’empatía cognitiva’; cf. Bajtín 1990:25 y ss., 61
y ss.). No obstante, Bajtín admite que podemos imaginativamente adoptar
la posición del otro sobre nosotros, aunque lo que se consigue de esta
posición exterior sólo puede apreciarse cuando está reintegrado en la
corriente de conciencia, como una fase del proceso en curso que es el yo
(Bajtín 1990:15 y ss., 17, 25 y ss.). En un texto muy tardío, sin
embargo, Bajtín sugiere que se puede trazar un paralelo entre el
encuentro del yo y el otro y la interpretación de otras culturas: en
ambos casos, la comprensión no es posible por medio de una total
identificación con la otra cultura, sino sólo entrando en la otra
cultura y luego volviendo a una posición exterior a ella (Bajtín 1986).
En nuestros términos, la No-cultura sólo puede transformarse en la
Extra-cultura tomando la postura final en la Cultura.
De esta manera, hay una
‘transgrediencia’ (en los términos de Bajtín) de la otra cultura. Para
ilustrar ese punto, deberíamos invertir nuestros modelos de cultura: es
el yo/la Cultura que es un espacio abierto sin límites definidos,
mientras que el otro/la No-cultura es un cuadrado limitado por todos los
lados. El gráfico debería mostrar una caja flotando en la corriente (3).
No creo que haya ninguna contradicción real aquí, sin embargo, porque la
‘interioridad’ y la ‘exterioridad’ implicadas son de dos tipos
diferentes: en el modelo canónico, se ocupan de la posición del Ego, de
lo que se conoce, etc.; en la versión de Bajtín, se ocupan de los
límites en el espacio y tiempo.
Efectivamente,
mientras la concepción de Bajtín se presenta como una inversión
indiscutible de la teoría de la inferencia, Peirce parece ampliarla
tanto a Ego como a Alter. De esta manera, Peirce propone una teoría de
la inferencia simétrica. Es la idea del otro que es diferente.
Tanto Bajtín como Peirce ven el yo como algo que ni está concluido ni
puede estarlo, algo que existe sólo como desarrollándose en el tiempo.
Pero mientras para Bajtín el otro es algo estático, esencialmente
clausurado, para Peirce es del mismo tipo que el yo, es decir, una
corriente de conciencia que no se puede parar antes del momento de la
muerte. Así que de este punto de vista, el otro es sólo otro yo para
Peirce. Por otro lado, Peirce afirma que no hay un acceso directo al
conocimiento sobre el yo, exactamente como no lo hay sobre el otro:
ambos se conocen sólo indirectamente a través de los signos. El acceso a
Ego es, por lo tanto, tan indirecto como el acceso a Alter (Peirce,
citado en Colaprieto 1989 y Singer 1984). Por lo que se refiere al
acceso al conocimiento, el yo es meramente un otro otro para Peirce. La
exterioridad, o ’transgrediencia’, que Bajtín atribuye al otro es
también una propiedad del yo de Peirce. Gráficamente, Ego y Alter
aparecerían como dos corrientes de conciencia paralelas (o tal vez
imbricadas).
4. El acceso a la
Otredad Cultural
Aplicada a la cultura, la teoría de
la empatía es claramente irrelevante: no puede haber acceso directo a la
otra cultura. Podría, sin embargo, ser cierto en un sentido general: la
Extra-cultura nos es accesible por que, como la cultura, es cultural. A
diferencia de la No-cultura, es parte del mundo humano. Esto es una
manera más de exponer una afirmación general que se podría llamar el
principio de Vico (anticipado por Terencio y parafraseado por Jakobson),
según la cual podemos conocer aquello (y sólo aquello) que hemos
producido nosotros mismos, es decir, que han producido otros seres
humanos, que, como humanos, son también productos de la cultura. La
inversión del principio de Vico consiste en tratar otras culturas como
naturaleza, transformando así el mundo humano en Alius. Esto es lo que
observamos en la actitud de Colón.
Independientemente de lo que vale en
la explicación de las relaciones interpersonales, la teoría de la
inferencia sí parece, en aspectos importantes, describir la
relación de la Cultura con la Extra-cultura. La inferencia no sólo
produce una similitud Ego/Alter, sino también una diferencia: la
definición misma de Alter opuesta a Ego. Esto es realmente un proceso
que a menudo es laborioso, indirecto y requiere tiempo.
La concepción de Bajtín parece al
principio totalmente inviable aplicada a las interrelaciones entre
culturas. Se recordará que es una generalización de la percepción del
cuerpo: puedes ver la totalidad del cuerpo del otro, pero no del tuyo.
Esta concepción se convierte en absurda si se aplica a la mente o a la
cultura: a pesar de lo poco que conoces a ti mismo o a tu cultura,
seguro que sabes más que sobre mentes y culturas extranjeras. Sin
embargo, Bajtín puede muy bien tener razón desde el punto de vista del
Ego. Si ponemos el énfasis en el punto de vista del Ego, la otredad
está clausurada, terminada, completa, pero no hay una descripción
final (antes de la muerte) del Ego. Alter es la caja negra flotando en
la corriente de conciencia. Desde el punto de vista del Ego, Alter está
completa: Ego ya sabe todo lo que quiere saber –o puede saber– sobre
Alter.
Hemos visto que Peirce propone una
teoría de la inferencia simétrica: tenemos que inferir tanto el Ego como
el Alter desde los estados (‘signos’) diferentes dentro de la ‘corriente
de conciencia’. En el nivel de las culturas, por lo menos, esto tiene
sentido: la Cultura está construida en oposición a la No-cultura y
Extra-cultura. Pero si Ego y Alter son ambos constructos, nuestro acceso
a los ‘signos’ para construirlos puede, aun así, ser diferente.
El modelo de dos fases para la
comprensión cultural propuesto por Todorov corresponde estrechamente a
la descripción de Bajtín del encuentro con el otro y su Cultura (Todorov
1989). No obstante, no hay referencia a Bajtín (aunque el término de
Bajtín ‘exotopía’ se menciona algunas páginas más adelante). Hay
diferencias, por supuesto. Bajtín no dice que necesariamente seguiremos
viendo nuestra propia cultura como superior. Y el encuentro no implica
ninguna asimilación del otro. Más bien, supondríamos que, en el caso
ideal, hay tanta asimilación como acomodación, en el sentido de Piaget,
por parte de ambos participantes: una combinación de proyección de
nuestros rasgos al otro y de adopción de algunos de los rasgos del otro.
Esta postura, podría parecer, es la contribución real, en el mejor de
los casos, del occidente a la ‘conversación de las culturas’. Es el
sentido verdadero de la dialéctica de la Ilustración. El mejor modelo de
esta postura es, tal vez, la teoría de inferencia simétrica.
Peirce ha recurrido también a la
metáfora de los tres tipos comunes de pronombres personales para
describir las analogías entre personas y culturas, pero de manera algo
diferente que la mía. Él los coloca incluso en el lugar de lo que más
tarde iba a convertirse en las tres categorías fundamentales de
Primariedad, Secundariedad y Tercereidad. Pero Peirce no identificaba la
segunda persona, como se podía al principio ingenuamente creer, con la
Secundariedad, sino con la Tercereidad (Fig. 4). Según él, la más
importante era la segunda persona, no la primera: “todo pensamiento está
dirigido a la segunda persona, o al yo futuro como segunda persona”
(citado en Singer 1984:83 y ss.). En términos que Peirce cogió de
Schiller, la primera persona representaba el impulso infinito (Primariedad),
la tercera persona, la sensualidad (Secundariedad), y la segunda
persona, el principio armonizante (Tercereidad). Peirce llamaba a su
propia doctrina ’Tuismo’ (de ‘Tu’ como opuesto a ‘Ego’ y ‘Ello’), y
profetizaba la ‘era tuista’, en la que la paz y la armonía iban a
dominar. Así, el otro de Peirce es un amigo y colaborador; no es el
espíritu que siempre dice no, el diablo en el sentido bíblico.

Lo que parece faltar en el
pensamiento de Peirce es la segunda persona como un verdadero Alter,
alguien que es básicamente diferente. Como observamos arriba, tanto
Bajtín como Peirce ven el yo como algo que no está y no puede estar
concluido, algo que existe sólo como desarrollándose en el tiempo. Pero
mientras para Bajtín el otro es algo estático, esencialmente clausurado,
para Peirce es del mismo tipo que el yo, es decir, una corriente de
conciencia que no se puede parar antes del momento de la muerte. Así que
desde este punto de vista, el otro es sólo otro yo para Peirce. Por otro
lado, Peirce afirma que no hay un acceso directo al conocimiento sobre
el yo, exactamente como no lo hay sobre el otro: ambos se conocen sólo
indirectamente a través de los signos. Por lo que se refiere al acceso
al conocimiento, el yo es meramente un otro para Peirce. La
exterioridad, o ‘transgrediencia’, que Bajtín atribuye al otro es
también una propiedad del yo de Peirce.
No me atrevería a decidir quién tiene
la razón, Peirce o Bajtín, sobre el yo y el otro; tal vez deberíamos
considerar sus descripciones como modelos alternos, pero igualmente
posibles. En todo caso, parece claro que, dado su punto de partida
egocéntrico, la semiótica de la cultura debe ponerse del lado de Bajtín.
Ego y Alter son del mismo tipo para Peirce, pero en el modelo de la
semiótica de la cultura que hemos presentado, Ego y Alter están
esencialmente opuestos por su naturaleza, como en la obra de Bajtín.
5. El extranjero
interior
Todorov, que ha sido nuestro guía en
episodios de la historia de la otredad como la conquista española,
vuelve, en una libro posterior, al otro, esta vez para criticar el tipo
de dialéctica de Hegel/Sartre entre Ego y Alter como un combate donde
uno de los participantes siempre tiene que perder, o, realmente, ambos (Todorov
1995: 34 y ss, 15 y ss., 31 y ss.). En esta lectura de Hegel, Ego sólo
puede reconocerse como persona dominando al otro; pero en cuanto este ha
sido dominado, es una No-persona y su reconocimiento del otro como una
persona ha perdido su valor. Como Peirce, Todorov señala que estamos
siempre con el otro. No hay, por decirlo así, un momento en el
tiempo en el que el otro no esté ya con nosotros. Así, Todorov también
critica a los que creen que el hombre se inicia solo y egotista y
después está obligado a adaptarse a la vida en la sociedad. Se pone del
lado de Smith y Rousseau que afirman que cada ser humano necesita al
otro, hasta el punto de crear su imagen dentro de sí mismo (comparable
al otro generalizado de Mead y al super-destinatario de Bajtín). Hay que
apuntar que ni Peirce ni Bajtín (excepto por implicación) o la tradición
que proviene de Mead y Cooley no enfatizan ningún antagonismo en la
relación entre Ego y Alter (4).
Como no sabemos nada, en este
sentido, sobre el origen de las especies, tenemos que estudiar el origen
del individuo. Así, Todorov (1995:39 y ss.) cita en lo que sigue del
libro los estudios de la psicología del desarrollo, que naturalmente nos
demuestra que el primer otro no es un hombre encontrado en el combate
sino la madre que cuida a su niño. Y no hay problema de reconocimiento
como persona: de hecho, ya después de algunas semanas el niño intenta
captar la mirada de su madre y está recompensado con la atención de la
madre. Los conflictos surgen más tarde y suponen una tercera parte que
determina quién es el ganador. En su libro anterior, Todorov afirmaba
que el otro tiene que ser descubierto. Se decía que la existencia humana
ocurre entre dos extremos, donde el Ego invade el mundo o el mundo
absorbe al Ego. Ahora, sin embargo, Alter aparece como dado.
Pero este no es el mismo Alter que
emerge del estudio de la Conquista, o del libro sobre la actitud de los
franceses hacia los extranjeros, aunque Todorov no comenta esta
diferencia en ningún sitio. En los primeros dos libros, Todorov (1984;
1989) se ocupa de la otredad radical, una propiedad atribuida a alguien
que viene de otra cultura. Esta otredad radical puede atribuirse,
naturalmente, a alguien que no ocupa ya el otro espacio: puede ser el
otro interior, como los moros en España, mujeres en el mundo
masculino, o, como un ejemplo más actual, los inmigrantes en la Europa
contemporánea. Aquí la otredad se disocia del espacio, aunque puede
tener un origen real o ficticio en otro espacio. Esta otredad no sólo se
caracteriza por la ‘exterioridad’, en el sentido de Bajtín, sino por un
tipo más determinado de extranjereidad. No es reversible. O más bien, no
se puede invertir sin cambiar su sentido: la otredad de Cortés hacia
Moctezuma no es la misma otredad que la de Moctezuma hacia Cortés.
En contraste, el tipo de alteridad
que Todorov ahora discute es la alteridad de todo el mundo. Tanto en
esta versión como en los trabajos de Peirce, Mead, Cooley, etc., cada
uno es el otro para el otro, es decir, el otro es el Ego visto desde
otro punto de vista; y el punto de vista cambia como cambia con el uso
del pronombre de la primera persona. Esta relación es ciertamente
constitutiva de la vida en la sociedad (es decir, de la vida en
general), pero es el otro tipo de relación entre el yo y el otro el que
es constitutivo de relaciones entre culturas.
Lo que se llamaba la otredad
interior, es, naturalmente, un factor importante en la historia, o más
bien, en los modelos que han contribuido a formar la historia. La
historia hubiera sido diferente sin los moros en España, los gitanos en
gran parte de la cultura occidental, y, más obviamente, sin la mujer en
lo que durante la mayoría de la historia ha sido el mundo masculino.
Algunos de estos tipos de otredad interior forman parte de los
universales antropológicos presentes en todas las sociedades:
mujeres opuestas a hombres, niños opuestos a adultos (Cf. Sonesson
1997b; 2000b; 2003; 2004). Otras divisiones son características de
sociedades particulares: esclavos opuestos a hombres libres en la Grecia
antigua, sirvientes y sus amos hasta el inicio del siglo en Suecia (como
en Fanny y Alexander de Bergman) y todavía, por ejemplo, en
México, personas razonables y tontos durante gran parte de la historia
occidental, el gay opuesto al heterosexual en la sociedad contemporánea,
y ‘los inmigrantes de la primera hasta la tercera generación’ opuestos a
los ‘verdaderos suecos’ en la Suecia contemporánea. Todos estos son
ejemplos de mecanismos de exclusión que dividen la cultura internamente
hace tiempo diagnosticados por Foucault (1971).
Esto no significa que podamos
identificar los dos tipos de relaciones entre el yo y el otro que se han
mencionado antes, el recíproco y el no-recíproco, con aquél del otro que
es exterior o interior a la Cultura. Tanto el otro interior como
exterior es necesariamente un otro no-recíproco. No tiene sentido
subdividir el otro recíproco, ya que no se define como el otro: es sólo
el otro de algún Ego que es su otro.
Se deduce que el tipo de otredad que
nos interesa aquí es siempre no-recíproco. De manera que, no sólo la
relación de la Cultura con la No-cultura es asimétrica sino también con
la Extra-cultura. La asimetría concierne a la relación con la otra
Cultura como no-sujeto, no sólo como no persona. Hay posibilidad de
comunicarse pero la relación no es reversible. Sólo dentro de la Cultura
y fuera de su dominio de la otredad interior, se intercambia la
exterioridad entre iguales.
6. La esfera más
amplia de la alteridad
Aun así, esto no agota el dominio de
la exterioridad. Uno inevitablemente tiene que preguntarse hasta dónde
se puede extender la esfera de la alteridad. Incluso dentro de la
semiótica, se han propuesto algunas respuestas sencillas. Llama la
atención que no sólo Peirce, sino también Cassirer y Popper en sus
últimos trabajos presentaron divisiones triples de ‘lo que hay’. Si uno
de estos casos puede identificarse con subjetividad, los tres pensadores
parecen estar de acuerdo en que existen dos tipos de alteridad. Aunque
tanto Peirce como Cassirer, a veces, identificaban las tríadas con los
pronombres personales, no parece que estuvieran pensando exactamente en
lo mismo; tampoco lo hizo Popper. Y tal vez ninguna de estas divisiones
puede ser identificada con la tríada de la semiótica de la cultura a la
que se ha hecho referencia antes.
El sentido más general de la
alteridad, parece, por lo menos según algunas definiciones, contenerse
en la noción de Peirce de la Secundariedad: como Berkeley, Destutt de
Tracy y Maine de Biran antes y Sartre después, Peirce identifica nuestro
sentido de realidad con resistencia, es decir, “esta sensación de ser
afectado, que es nuestro sentido de la realidad de las cosas” (Peirce
1998:4).
“Una puerta está ligeramente
entreabierta. Intentas abrirla. Algo lo impide. Pones el hombro contra
la puerta y experimentas una sensación de esfuerzo y una sensación de
resistencia. No son dos formas de conciencia; son dos aspectos de una
conciencia doble. Es inconcebible que pudiera haber algún esfuerzo sin
resistencia o alguno sin un esfuerzo contrario. Esta conciencia doble es
la Secundariedad” (Peirce 1998:268).
Esto explica que en la temprana
tricotomía de Peirce, que usa tres pronombres personales, es la tercera
persona, y no la segunda, la que corresponde a la noción más tardía de
Secundariedad. Pero esto sólo llega a ser auto-explicativo si recordamos
que, para Peirce, el otro nunca es alguien que está opuesto al Ego,
ciertamente no como en la tradición de Hegel-Sartre, sino tampoco
incluso en el sentido más general de la concepción bajtiniana.
Efectivamente, la segunda persona es una influencia armonizante.
El problema básico, sin embargo, es
que a Alter se le otorga la función que más tarde se asigna a la
Tercereidad. Pero esto significa que el signo como tal, que más tarde se
convierte en la encarnación de la Tercereidad, no juega ningún papel en
la concepción anterior. Como los modelos pragmáticos que he criticado en
otro sitio, esto presenta una situación de comunicación en la que el
hablante, oyente y referente se encuentran sin ninguna mediación.
Efectivamente, como en la pragmática y en el círculo de Bajtín, este
modelo tiende a reducir el sistema de signos a la interacción con el
otro (Sonesson 1999b). Así, no hay otra alteridad que la segunda persona
(que no es realmente otro, ya que está en armonía con el Ego) y la del
mundo exterior.
Que yo sepa, Peirce nunca puso su
posterior tricotomía en relación con los tres pronombres, pero si lo
hubiera hecho, creo que habría llegado a una concepción bastante
diferente. Si la Primariedad permanece semejante al ‘impulso infinito’,
entonces tanto el Ego como el Alter serían básicamente de este tipo.
Pero como Alter, como compañero de diálogo, Alter debería ser ya
una suerte de Secundariedad, exactamente como Ego sería a Alter. En este
sentido, exactamente como el mundo exterior, la esfera de referencia,
Alter es algo que se nos resiste, y al que nosotros resistimos. Pero
incluso el signo, que tiene naturaleza de ley, y por lo tanto es
Tercereidad, tiene un aspecto de Secundariedad, porque todas las
estructuras semióticas imponen restricciones a nuestras posibilidades de
diálogo, y, finalmente, de existencia.
En esta interpretación, la tricotomía
es aproximadamente similar al concepto generalmente más conocido de los
‘tres mundos’ de Popper, con una numeración diferente: el primer mundo
corresponde a la tercera persona, la esfera de referencia, y tanto la
primera como la segunda persona pertenecen al segundo mundo. El tercer
mundo, sin embrago, es del mismo tipo general que la Tercereidad
peirceana: incluye el tipo de generalidad que es el resultado de las
representaciones independientes de todo organismo (Popper 1972). En la
sociología de principios del siglo XX, y también en los escritos
marxistas posteriores, esto se conoce como objetivación o reificación:
la transformación de las relaciones entre personas en artefactos que
valen por sí mismos. En un libro posterior, Cassirer sostenía, contra
Simmel más que contra los marxistas, que tales procesos de objetivación
no sólo eran fenómenos negativos, no sólo una ‘tragedia de cultura’: más
bien, representaban el origen de la cultura (Cassirer 1942: 113 y ss.).
Cuando, más tarde, en su Nachlass,
Cassirer define los tres Basisphänomene en términos de los tres
pronombres, la objetivación se menciona sólo de paso, pero parece
esencial para todo el concepto. La primera persona, el ‘Monas’, también
caracterizado como ‘Leben’, es, sin duda, cercana al ‘impulso infinito’
de Peirce (que no es extraño, ya que, mientras Peirce se basa en
Schiller, Cassirer se refiere a Goethe). Más explícitamente que en la
discusión de Peirce, la segunda persona no se caracteriza en sí misma,
sino precisamente siendo segunda a una primera: implica ‘Wirken’ y ‘Zusammenleben’,
todo lo que sólo puede ser en relación con una primera persona. Sin
embargo, es también ‘Wirkung und Gegenwirkung’, precisamente como la
Secundariedad peirceana, que, como hemos visto, no concierne a la
segunda persona. La tercera persona, finalmente, no corresponde a algo
‘por ahí fuera’, sino al mundo de nuestras objetivaciones,
personificadas como ‘Werke’.

El último término parece ser
equivalente a la noción de opus que juega un papel importante en
la teoría de Augusto Ponzio (noción que parece derivarse tanto de Rossi-Landi
como de Levinas): es una suerte de exteriorización del yo (y tal vez
también de sus relaciones con el otro). Efectivamente, Ponzio habla del
otro como sólo un caso de la ‘alteridad relativa’. La ‘alteridad
absoluta’, por otro lado, parece, a veces, implicar el mundo material, a
veces el mundo de signos u opus (Ponzio 1993). Ambas
descripciones son, en mi opinión, correctas. Tanto el mundo material
como el mundo de las objetivaciones imponen restricciones mucho más
severas sobre nuestra existencia personal que la otra persona como tal;
son, por decirlo así, mucho menos negociables en forma de diálogo.
Para la semiótica de la cultura, esta
discusión ofrece ideas importantes: las relaciones con extra-cultura y
no-cultura son relaciones de ‘alteridad absoluta’. Es mucho más difícil
negociarlas que las relaciones de la vida cotidiana con personas y
cosas. Esto es precisamente lo que explica la culturalidad de la
cultura.
7. Conclusiones
Las sugerencias
hechas tanto por Peirce como por el último Cassirer que conciernen a las
categorías básicas (de la situación de comunicación, si no de la
existencia) son fragmentarias y difíciles de analizar. No obstante,
incluso nuestras reflexiones superficiales pueden ofrecer algunas ideas
valiosas para la semiótica en general y la semiótica de la cultura en
particular. Desde el punto de vista de la semiótica cultural, tres
categorías de entendimiento parecen ser insuficientes. Puede ser
necesario distinguir la relación entre personas (el tuismo de Peirce, el
diálogo de Bajtín, etc.) de lo característico a los signos (’Werk’/opus/reificación).
Y este último debe mantenerse separado de la resistencia ofrecida por el
mundo material. Empezando por la definición egocéntrica de la semiótica
de la cultura, sin embargo, todo lo demás resulta implicar
diferenciaciones dentro de la esfera de la alteridad.
Notas
1. De hecho, como me
señaló mi estudiante Anna Redei Cabak, Posner realmente parece usar
‘extra-cultura’ para lo que yo llamo ‘no-cultura’ y viceversa. Tal vez
los textos de Tartu están abiertos a ambas interpretaciones, pero el uso
de Posner no parece corresponder al sentido de estos términos.
2. Una excepción es
la noción de ‘super-destinatario’.
3. Bajtín (1990:12)
afirma explícitamente que el Héroe está incluido en el Autor.
4. Sólo la última
tradición se menciona por Todorov (1995).
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1973. Marxism and the Philosophy of Language. New York, Seminar.
Principio
del documento
* Una versión de este
texto se presentó, en inglés, con el título «The Semiosphere and the
Domain of Alterity», en el I Encontro Internacional para o
estudo da
Semiosfera. Interferências das diversidades nos sistemas culturais,
celebrado en São Paulo (Brasil), 22-26 de agosto de 2005. Traducción del
inglés al español de Klaarika Kaldjärv, revisada por el autor. Se publica por
primera vez en
Entretextos.
El URL de este documento es
http://www.ugr.es/~mcaceres/Entretextos/entre6/sonesson.htm
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