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La
regla de Ocha en Cuba: una semiosfera (*)
Ana
Cristina Braga Morfi
Cuba, una isla del Caribe donde lo
blanco, negro, rojo, azul, amarillo, verde dicen por una cultura que se
establece entre diálogos importantes generados en los espacios
geográficos que la definen. Los marcos de la cultura cubana se han
construido por acelerados y lentos diálogos entre códigos diversos
heredados de distintas latitudes. Somos una relación de textos, de
entrada y salida de códigos que se aceptan o repelen según la época y el
contexto histórico. Nuestros orishas también se establecen dentro de
estos colores como un conglomerado de collares que se identifican con
los Santos y definen al creyente según su pertenencia. Somos una
semiosfera compleja, dinámica y construida con el pasado y presente de
América, África, Europa y Asia. Analizar dónde se inserta hoy la Regla
de Ocha en Cuba, es considerar la existencia de la cultura cubana como
el espacio semiótico que le permite existir y consolidarse como un texto
que se define por la relación que construye con otros textos, en y por
un diálogo interactivo con lo que le rodea.
Al reflexionar sobre qué somos,
Fernando Ortiz, uno de los más sobresalientes estudiosos de nuestra
cultura, apuntó:
“Se ha dicho repetidamente que Cuba
es un crisol de elementos humanos. Tal comprensión se aplica a nuestra
patria como a las demás naciones de América. Pero acaso pueda
presentarse otra metáfora más precisa, más compresiva y más apropiada…
Hagamos mejor un símil cubano, un cubanismo metafórico, y nos
entenderemos mejor, más pronto y con más detalle: Cuba es un ajiaco.
¿Qué es un ajiaco? Es el guiso más
típico y más complejo, hecho de varias especies de legumbres, que aquí
decimos
‘viandas’,
y de trozos de carnes diversas; todo lo cual se cocina con agua en
hervor hasta producirse un caldo muy grueso y suculento y se sazona con
el cubanísimo ají que le da el nombre.
Acaso se piense que la cubanidad haya
que buscarla en esa salsa de nueva y sintética suculencia formada por la
fusión de los linajes humanos desleídos en Cuba; pero no, la cubanidad
no está solamente en el resultado sino también en el mismo proceso
complejo de su formación, desintegrativo, en los elementos sustanciales
entrados en su acción, en el ambiente en que se opera y en las
vicisitudes de su transcurso.
Lo característico de Cuba es que,
siendo ajiaco, su pueblo no es un guiso hecho, sino una constante
cocedura. Desde que amanece su historia hasta las horas que van
corriendo, siempre en la olla de Cuba es un renovado entrar de raíces,
frutos y carnes exógenas, un incesante borbotear de heterogéneas
sustancias. De ahí que su composición cambie y la cubanidad tenga sabor
y consistencia distintos según sea catado en lo profundo, en la panza de
la olla, o en su boca, donde las viandas aún están crudas y burbujea el
caldo claro.”(Ortiz, 1991: 15).
Consideramos que la metodología
propuesta por el teórico ruso Iuri Lotman partiendo del concepto de
semiosfera y sus particularidades, es pertinente para el análisis de
nuestro objeto de estudio. Analizamos uno de los textos que conforman
nuestra cultura; reflexionamos sobre el texto de la Regla de Ocha o
Santería, y nos detenemos en la semiosis que ella genera. La definición
de semiosfera permite acercarnos a esta conformación cultural partiendo
del movimiento, el desplazamiento, el diálogo, la negación y aceptación
dentro de un sistema coherente de existencia sígnica. Los signos están
en constante diálogo y es en esta dialogicidad donde radica la relación
entre lo que es aceptado o no dentro de este espacio semiótico.
Lotman apunta la existencia del texto
y el no texto; lo no entendido estará entonces dentro del espacio
exterior, el mundo desorganizado e incoherente. La Regla de Ocha es un
texto que se ha desplazado de un espacio negado hacia la cultura misma.
De pertenecer al ‘mundo del negro’, del esclavo, ‘del otro’, del ‘no
texto’, hoy forma parte importante de la cultura cubana. El proceso de
colonización ubicó este discurso en primera instancia como un no texto,
en la categoría de lo no organizado o incomprensible. Posteriormente, se
desplazó hacia la frontera, donde la movilidad y el dinámico devenir le
ayudó a sobrevivir y readaptarse al nuevo espacio en que se encontraba.
Sin embargo, la conformación y desarrollo de la cultura cubana permitió
a las culturas africanas modificarse en un proceso de traducción dentro
de la vastedad de una cultura en formación, y, aunque ellas manifestaron
al inicio solidez y perseverancia para no desaparecer, se vieron
ubicadas en lo marginal. Coexistieron en el barracón, después en los
cabildos: allí se cerraron y a partir del silencio y del encierro
lograron sobrevivir.
Aun hoy veremos que el silencio es
parte determinante de su existencia. Este no decir provoca una
sugerencia discursiva hacia la curiosidad, la interrogante, el respeto o
el miedo; posturas de una misma relación textual. Aquí, el ocultar
permite el desarrollo de la propia legitimación dentro de la semiosfera
que lo sostiene: discurso cerrado y abierto a la vez; algunos saben,
otros suponen, otros quieren conocer, pero pocos son los conocedores.
Pasión ante el discurso, desconfianza ante lo desconocido, negación ante
lo que no pertenezco, reafirmación ante lo que formo parte. Aquí el
sujeto-creyente determina las formas de circulación del discurso, qué
debe circular, cómo y de qué forma; bajo qué parámetros puede el texto
establecerse en los espacios que le son otorgados.
Los orishas se definen como un
complejo sistema sígnico, se insertan como un texto dentro de la
conformación de una memoria colectiva y el desplazamiento geográfico los
obliga a dialogar en un complejo proceso de traducción. La correlación
entre lo traducible y lo no traducible se individualiza dentro de esta
semiosfera; la ubicación del orisha genera movimientos complejos a
partir de las asimilaciones y contradicciones que en el espacio de la
cultura se crean. El encuentro de diversas culturas en un nuevo espacio
semiótico permitió al orisha ser observado e interpretado desde nuevos
modelos de asimilación y lecturas del signo como parámetro cultural (Oshún
- La Virgen de la Caridad del Cobre). El diálogo es aquí un arduo
proceso en el que los orishas dialogan desde sus estructuras de
concepción original hasta la adecuación a la nueva esfera semiótica,
donde se insertan y afianzan en los planos de la memoria colectiva y en
la definición de una nueva identidad. La jerarquía en la ubicación de
estos Santos viene determinada desde la propia estratificación que
sostiene a la Regla de Ocha. La importancia radica en las complejas
relaciones entre los orishas y sus historias, así como por la necesidad
del individuo que se acerca a ellos con un objetivo particular. Ante un
problema de injusticia Obatalá responderá, él es una deidad que
representa la cabeza, el conocimiento, la justicia; ante los conflictos
bélicos, Changó u Oggún intervendrán: un rol y una estratificación donde
el Santo y el individuo dialogan y actúan. El hombre no está solo, los
orishas existen para hacernos entender el mundo, para encontrar
soluciones a problemas humanos, para respetar al hombre y a la
naturaleza: el mar es de Yemayá, el fondo y sus misterios de Olokun.
Armonía entre espacios diversos: el hombre, lo desconocido y la
naturaleza.
El individuo necesita del orisha y
por eso busca su consejo o cómo debe actuar ante una adversidad. Solo el
Santo dirá la verdad y los Bacalawos (sacerdotes de Ifá, padres de lo
secreto) serán el texto que permitirán el diálogo entre Orula (orisha de
la adivinación) y esta realidad. Orula es una deidad adorada
especialmente por los Babalawos, es el único que tiene la potestad,
otorgada por Oloddumare, de revelar los secretos y especialmente el
camino que cualquier humano debe seguir. Él dictaminará y hablará por
otras deidades. En esta compleja relación, Orula expondrá a partir de su
‘tablero’ qué santo ‘habla’, qué dificultades atraviesa el que se
consulta y qué se necesita para superarlas. Orula es un orisha
imparcial, por su función nunca será coronado, no es el ángel de la
guardia de ningún individuo, ‘existe’ para ser el comunicador inmediato
entre el ser humano y los orishas. El Babalawo es el traductor, el que
permite el diálogo entre Orula y el que se consulta o registra; además
de un conocedor, es ‘el padrino’: un confidente. Quien se acerca, teme y
se entrega, sabe que el orisha dirá la verdad, actuará con justicia e
intervendrá si se le requiere. A partir de la letra u odún Orula
impondrá respeto y advertirá sin consideraciones.
“Cada ‘letra’ u odún de estos dos
sistemas adivinatorios puede estar ilustrada por uno o varios patakí;
generalmente, cuando un creyente ‘se registra’ se narran estas historias
esclarecedoras que ponen de manifiesto la sabiduría y seriedad con que
se abordan los problemas vitales de una persona en la Regla de Ocha.
Por esta razón y a pesar de
pertenecer a la tradición oral cubana, la mayoría permanece invariable;
otros, o bien han incorporado nuevos principios al calor de las nuevas
relaciones que se establecen en nuestra sociedad, o bien nuestra
realidad está presente en ellos de forma explícita, sobre todo cuando
estas leyendas son objeto de prácticas literarias, desprendiéndose de
los valores religiosos tradicionales para ser abordados desde el punto
de vista artístico.” (Fernández y Porras, 1998: 120)
Leyendas, historias o realidades para
un individuo que requiere de un sistema de relaciones complejas, con
características de humanos y de deidades fundidas en la unidad de un
solo texto. Mundo organizado a partir de las propias estructuras de
orden y desorden que le permiten reactualizarse en una práctica
cotidiana. Hombres y orishas presentes en la realidad, en el acontecer
diario. El mundo puede ser decodificado sólo a partir de nuevas
relaciones entre textos, entre los diversos códigos que interactúan
entre lo dinámico y lo estático. Esta semiosfera se reorganiza, se
mueve y se apodera de textos que corresponden a dos dimensiones
opuestas: realidad — mundo del orisha. El hombre, lo divino y la
naturaleza como un todo:
“Un día Orula le dijo al ratón que
hiciera ebbó y éste no quiso porque se sentía muy bien en su cueva.
Entonces Orúnmila fue donde estaba el pez y le dijo que hiciera ebbó,
pero éste le respondió que no era necesario porque él vivía muy bien en
el estanque. Desde entonces, el ratón cae en la trampa y el pez en el
jamo.
(Dice Ifá que usted tiene que hacer
una ofrenda a su ángel de la guardia, si quiere vivir tranquilo)”
(Fuentes y Gómez, 2004: 59)
Este proceso de decodificación
implica escuchar, comprender y actuar, pues esta triada se establece
como la unidad estructural de un mismo proceso, donde la propia
construcción textual incluye además del respeto y la creencia, el
sentido del texto mismo. La solución del problema es ‘recetada’ y
dependerá de un individuo, su historia, su experiencia, su contexto y
su participación en el discurso. El texto es en sí un portador de
sentido. En estas manifestaciones discursivas, los rituales, las
deidades u orishas, así como otros discursos a considerar, establecen
nuevas relaciones en función de un texto particular. Entender cómo un
individuo se relaciona con un orisha y viceversa es comprender el
discurso de la Regla de Ocha, es encontrar sentido a una relación con la
vida, con la concepción misma de la existencia. Describir algunos
rituales de este discurso puede provocar en nuestras investigaciones
acercamientos y meras descripciones carentes de sentido. Entender el
mundo y las relaciones dentro de la Regla de Ocha es creer en un mundo
singular, donde el ritual, la adoración y respeto por los Santos
establece el inicio y desarrollo del proceso y por obligación, la
construcción de sus metatextos. Si este estudio intenta, además,
acercarse a la problemática expuesta, es porque considera el nivel de
pertenencia y significación de la cultura yoruba en y por ella misma.
Hoy no nos enfrentamos a una cultura negra, marginada o negada; en Cuba,
descendientes de negros, asiáticos o europeos, hoy cubanos, creen,
practican o aceptan que ella existe y que se establece como un texto
importante dentro de la cultura cubana.
Los textos insertados en la relación
de aceptación — negación entre los propios orishas generan dinámicos
procesos de codificación — decodificación. No todos los orishas
establecen relaciones de armonía o paz. Los orishas también se
enfrentan, sus roles son diversos y, mientras Oshún cumple una función
femenina (amor, dulzura), Changó guerrea y se enfurece: el trueno es su
expresión más provocadora. Oyá desencadena las tormentas y la furia de
la madre Yemayá provoca inundaciones y penetraciones de un mar
enardecido. Características humanas en deidades; patrones de
comportamientos culturales establecidos por Santos que cumplen una
función de textos portadores y generadores de sentido.
“Una cuestión fundamental de la
semiótica de la cultura es el problema de la generación de sentido.
Llamaremos generación de sentido a la capacidad, tanto de la cultura en
su totalidad como de distintas partes de ella, de dar ‘en la salida’
textos no trivialmente nuevos. Llamaremos textos nuevos a los que surgen
como resultado de procesos irreversibles (en la acepción de I.
Prigorine), es decir textos en determinada medida impredecibles. La
generación de sentido tiene lugar en todos los niveles estructurales de
la cultura. Este proceso supone el ingreso de algunos textos en el
sistema y la transformación específica, impredecible, de los mismos
durante el movimiento entre la entrada y salida del sistema. Los
sistemas de este género —desde las unidades semióticas mínimas hasta las
globales, del tipo de ‘la cultura como universo autosuficiente’— poseen,
con toda la diferencia de su naturaleza material, un isomorfismo
estructural. Esto, por una parte, permite construir su modelo mínimo, y
por la otra, resulta extraordinariamente esencial cuando se analiza el
proceso de generación de sentido” (Lotman, 1998: 142)
Cuando planteamos que el diálogo es
determinante en el proceso, es porque comprender y estudiar un texto
aislado provocaría sumergirnos en aseveraciones que describirían un
hecho fuera y desprendido del contexto y la semiosfera que lo sostiene.
El texto por ser generador de sentido está determinando en la Regla de
Ocha por las relaciones que se establecen entre los diversos niveles y
estratos que la componen, por la particularidad de las relaciones entre
los códigos que le son inherentes y por la singular cosmovisión que la
sustenta.
Una danza, por ejemplo, no es sólo
una representación escénica entendida como baile o diversión, es
‘hablar’, encontrarse con el orisha. La entrega, el respeto, la
adoración están en este discurso, alejados de la creatividad del
ejecutante como perfeccionista de un particular tipo de danza. Lo
trascendental es la relación del bailarín con su orisha, con el ángel de
su guardia. En este discurso, el iniciado entrega todo, alma y cuerpo se
funden en la creencia misma. El diálogo y la interrelación superan las
expectativas de una entrega formal. Todo se ofrece, el cuerpo responde
con las actitudes y características del orisha al que se le baila. La
alegría está en una entrega corporal, física, que define la relación del
individuo con el mundo. La alegría, la tristeza, el cansancio de la
deidad aparece en los pasos, en el ritmo y es el tambor el que marca la
pauta. Descripciones de kinesis y proxemia permitirían ver ritmos y
cadencias particulares, pero lo importante radica aquí en la
significación del acto, en la importancia que este texto tiene dentro de
un orden mayor. La jerarquía de los textos que participan en el sistema
es determinado por el sistema mismo, según las condiciones de
producción, circulación y recepción que marca el contexto.
Todos tienen derecho a disfrutar de
un tambor, esa fiesta dedicada a uno o varios Santos. Sin embargo,
cuando la ceremonia inicia, no todos los espectadores bailarán frente a
los batá, pues éstos han sido consagrados y merecen respeto; son
adorados y parte esencial del ritual. Sólo los que pertenecen a esta
semiosfera podrán danzar frente a los tambores. La organización está
predeterminada; a cada Santo le corresponde un lugar y, según al orisha
que se le ‘toque tambor’, el iniciado ofrecerá en su ejecución el saludo
y respeto que merece el ángel de la guardia que tiene ‘coronado’.
Posteriormente, todos participarán en una unidad, ‘la danza’, que
conforma en sí misma la identificación esencial del discurso. Frente a
los tambores, el texto hombre-orisha se define dinámico y cargado de una
fuerte interrelación dialógica de amor, entrega y comunicación; detrás,
los que también ofrecen su respeto, pero por no ‘tener santo coronado’,
saben que no deben interferir en la organización propia del sistema. Sin
embargo, nadie puede ser excluido, el texto marcado por sus propios
códigos interviene en la aceptación de aquel individuo que también
determina estar presente: curiosidad, respeto o pertenecer.
“Los tres tambores ‘hablan lengua’ y
aprovechando las múltiples tonalidades de los vocablos, que son
características de los tonales lenguajes hablados por todos los pueblos
de África que fueron traídos a Cuba, los batá se expresan en lenguaje
lucumí. Y sus notas, como sílabas sacadas de la piel vibrátil de los
tambores, van saliendo. No al unísono, ni en tropel, sino ordenándose
una tras otra, como los sonidos en serie para formar las palabras.”
(Ortiz, 1991: 87)
Lenguaje que necesita de un código
identificable entre los presentes y los orishas a los que se les
‘llama’, expresados en cada nota, en cada movimiento de las manos del
tamborero, del esfuerzo del cuerpo porque los orishas oigan y ‘bajen a
la tierra’. Se necesita de ellos y se espera que el orisha escuche, que
esté ‘en un aquí y un ahora’ para que ‘hable’ y constatar que no estamos
solos. El propio sistema organiza la circulación de los textos, sus
jerarquías, las importantes consideraciones a respetar, la relación y
diálogo entre los signos.
Cuando hablamos de memoria en los
marcos de la cultura sabemos que los textos no resultan inmóviles, sino
que se desplazan y sostienen su permanencia generando nuevos sentidos.
También consideramos que, en ocasiones, fragmentos de estos textos son
los que sufren una traducción y, según las posibilidades de la
semiosfera, éstos son olvidados o retomados en el desarrollo mismo del
proceso. Algunos orishas no son textos reconocidos por receptores
alejados del núcleo de nuestra semiosfera, pertenecen al conocimiento de
receptores que participan activadamente dentro del sistema; Obba es una
orisha poco conocida entre los sujetos más alejados del núcleo o los que
no pertenecen al sistema; Oduduwa es el rey de los muertos, el secreto
mismo. Otros se insertan con más determinación en la cultura cubana:
Eleggua, Oshún, Yemayá o Changó son símbolos identificables y
permanentes. Hablamos de semiosferas que se determinan unas dentro de
otras, dialogando y conformado discursos activos, dinámicos y en
constante pugna o aceptación: mecanismo vivo, capaz de afianzarse y
ratificarse en sí mismo; cultura como información, portadora de un
sentido que sólo es identificable en los marcos de una memoria, en el
pasado, el presente y el futuro de una concepción que se materializa y
vive en una práctica particular. Algunos de nuestros orishas hoy son
símbolos arraigados en la cultura cubana, se identifican con aspectos de
la cotidianidad humana: Oshún-amor, Changó-guerra. Sin embargo, cada una
de las características mencionadas es una síntesis de las diversas
funciones que cumplen estos orishas en el ‘panteón’ yoruba. Aquí la
función social permite la comprensión del por qué de su existencia.
Por una parte, al atravesar el
espesor de las culturas, el símbolo se realiza en su esencia invariante.
En este aspecto podemos observar su repetición. El símbolo actuará como
algo que no guarda homogeneidad con el espacio textual que lo rodea,
como el mensajero de otras épocas culturales (= otras culturas), como un
recordatorio de los fundamentos antiguos (= ‘eternos’) de la cultura.
Por otra parte, el símbolo se correlaciona activamente con el contexto
cultural, se transforma bajo su influencia y, a su vez, lo transforma.
Su esencia invariante se realiza en las variantes (Lotman, 1996: 146).
La práctica es un elemento
determinante en el conocimiento de los Santeros o Babalawos. El
conocimiento se relaciona directamente con un sistema de interpretación
que requiere de reflexión, años de experiencia, respeto y especialmente
diálogo entre ellos; los secretos son códigos indispensables para la
existencia. El conocer — no conocer establece relaciones de compleja
carga sígnica. La búsqueda de la verdad define una necesidad de saber
que fortalece a una semiosfera que se sostiene en su propia coherencia,
en esa particularidad secreto — divulgación que la autodefine. El
acercarse a los Babalawos mayores determina las respuestas a las dudas,
a soluciones no encontradas en los libros o en la práctica. La jerarquía
dentro de Ifá también está establecida por los años en que fue
realizada la ceremonia en que el individuo llegó a coronarse como
sacerdote, como heredero de un conocimiento profundo. Los ancianos
merecen respeto y aunque no fuera uno de ellos el más grande conocedor
de los secretos, por su antigüedad debe ser dignificado. Es importante
considerar que la propia movilidad de esta semiosfera ha generado
diálogos entre los herederos más ortodoxos y las posturas renovadoras de
la religión yoruba. Sin embargo, ambas variantes defienden y patentizan
una concepción ética, de respeto a los orishas, sus legados, así como la
función y comportamiento social que los religiosos están obligados
desempeñar.
“El concepto de ogboni u obboni es
bastante nuevo para la religión en Cuba, no en cambio así para los
yorubas tradicionales. Ogboni es un culto al cual ingresan aquellos
religiosos que se supone reúnen una serie de buenas condiciones morales
y religiosas, y que tienen el conocimiento y la moral necesaria para
combatir lo mal hecho. Dentro del culto de ogboni existen cargos o
niveles de jerarquía, el abaloggun es uno de estos cargos que viene
siendo una especie de juez. Por ejemplo, se determina que un Babalawo o
sacerdote de nuestra religión está cometiendo faltas serias de carácter
religioso o moral y se lleva el caso al grupo ogboni, el abaloggun debe
escuchar los elementos a favor y en contra del sacerdote cuestionado
para poder proceder justamente en la medida que se tomen con él. Están
ocurriendo cosas en Cuba con la religión por primera vez: se está
organizando y dándole un carácter jerárquico y organizado a la
estructura de la religión en Cuba, esto se hace por primera vez en
nuestro hemisferio; se sabe que es muy difícil.” (Ferro, 2005)
En Cuba existen parámetros en la
forma en que debe operar la figura del Babalawo. Hay reglas invariables,
que jamás deben ser modificadas (las mujeres no pueden ser sacerdotisas
de Ifá, sólo existen sacerdotes hombres), otros códigos se transforman
por y en la semiosfera misma. La búsqueda del conocimiento y la
sabiduría se convierten en la esencia del sacerdote de Ifá. Quiénes
somos, a dónde vamos son preguntas que el hombre siempre enfrentará y en
la Regla de Ocha encuentra respuestas. El ‘yo’ está establecido y
definido en la creencia, en el cuestionamiento del ser en su realidad
material, espiritual e intelectual. Nuestra memoria se reactualiza en
esta práctica cultural que está determinada por códigos que establecen
su coherencia en una semiosis que le pertenece.
La transformación de la cultura
yoruba es hoy un proceso en continuo movimiento. Los iniciados buscan,
preguntan, cuestionan, pero la falsedad y el engaño no serán aceptados
como coherencia de un texto que intenta defender y solidificar su
carácter ético y moral. El mundo de Ocha corresponde especialmente al
rol del Santero (a), quien tiene la potestad de consultar ‘el caracol’ y
‘asentar Santo’. Los roles están establecidos por funciones y
acercamientos a Santos que corresponden a unos u a otros
indistintamente: ‘los guerreros’ (Eleggua, Oggún, Ochosi, Ozun) y
también Orula deben ser entregados por Babalawos; ‘coronar Santo’
corresponde al Santero. La estratificación permite la conservación de la
memoria y en ella se fundamenta la esencia y pertinencia de la Regla de
Ocha. En Cuba esta semiosfera se patentiza y se afianza día con día. Lo
que vivió en los marcos de la frontera, hoy se define como un texto que
pertenece a todos. Los orishas han decretado su importancia y se
identifican en un contexto que los sostiene y los avala.
“Las formaciones semióticas
periféricas pueden estar representadas no por estructuras cerradas
(lenguajes), sino por fragmentos de las mismas o incluso por textos
aislados. Al intervenir como ‘ajenos’ para el sistema dado, esos textos
cumplen en el mecanismo total de la semiosfera la función de
catalizadores. Por una parte, la frontera con un texto ajeno siempre es
un dominio de una intensiva formación de sentido. Por otra parte, todo
pedazo de una estructura semiótica o todo texto aislado conserva los
mecanismos de reconstrucción de todo sistema. Precisamente la
destrucción de esa totalidad provoca un proceso acelerado de
‘recordación’ —de reconstrucción del todo semiótico por una parte de él.
Esta reconstrucción de un lenguaje ya perdido, en cuyo sistema el texto
dado adquiriría la condición de estar dotado de sentido, siempre resulta
prácticamente la creación de un nuevo lenguaje, y no la recreación del
viejo, como parece desde el punto de vista de la autoconciencia de la
cultura.”(Lotman, 1996: 31)
Las deidades yorubas nacen en África;
allí, el contexto determinó su participación y rol dentro de la vida del
hombre. Algunos orishas fueron reyes, hombres reales que defendieron a
sus pueblos en las constantes guerras en que África se vio inmersa;
otras deidades fueron “definidas por Oluddumare antes de la vida misma”.
El proceso de mitificación se estableció en África y en la isla se
insertó en un contexto de altas complejidades de integración cultural.
Sobre el origen de los orishas en África, existen diversas posturas;
especialistas y religiosos en África y en Cuba aún discuten al respecto.
Esta consideración nos parece pertinente y enriquecedora:
“La previa existencia humana de los
orişas sólo es posible a través del mito. Ningún orişa fue factualmente
humano en época alguna. Por el contrario, los orişas han sido
humanizados a partir del mito con diversos propósitos. De esos
propósitos, el que consideramos principal de acuerdo con esta tesis es
el establecer descendencia directa entre, por ejemplo, los alafin de Oyo
y el orişa Şangó. Sin embargo, hemos mencionado que dicha humanización
también está relacionada con la legitimación del conocimiento ritual
relacionado con un orişa específico… Si bien los eufemismos antes
mencionados intentan, de manera muy sutil, aludir a la previa
inexistencia humana de los orişas, esto nos lleva a concluir que dicha
‘existencia humana’ de los orişas queda confinada al mito. Si su
confinamiento es tal, entonces el proceso por el cual estos ‘seres
humanos’ devienen en orişa también queda obviamente confinado al mito.
Es decir, la deificación entre los yoruba es ante todo un evento mítico
al igual que los seres que los sufren.” (Cabán, 2005: 161)
A Cuba llegan estas deidades por una
tradición oral y se ubican en la frontera de una cultura en formación,
con códigos que se traducen a la nueva realidad. Los rituales cambian y
se adaptan por necesidades de pervivir. Cada día estas intrínsecas
movilidades, desplazamientos, reflexiones, consideraciones y
entendimiento del mundo nos patentiza la relación del hombre con la
existencia. La Regla de Ocha es una cosmovisión heredada, transformada,
reactualizada, viva, dinámica, en construcción constante. Hablamos de la
creación de un nuevo lenguaje, de una estructura discursiva coherente y
entendida para sí. La praxis se modificó y aún está expuesta a
transformaciones coherentes, pero la cosmovisión que estos Santos
sostienen se enriquece, conservando signos que la definen. La práctica
induce a las deidades a ‘existir’ y ésta se expande no sólo por herencia
de familia o linaje, sino por el contexto que les permite circular y
afianzarse. La Regla de Ocha no es una semiosfera inherente a un mundo
marginal o de sectores sociales segregados, es parte de Cuba, de la
cubanidad. Nuestra forma de entendernos, relacionarnos y comunicarnos
tiene una sólida herencia yoruba y son los orishas responsables de
dichos actos comunicativos. La producción de sentido que es la Regla de
Ocha se determina por ser una semiosfera nacida y construida como
sistema, en un proceso respaldado y consolidado en el tiempo y en el
espacio, en las movilidades y transformaciones de sus códigos más
representativos.
Lo que rodea al hombre, lo que le
permite existir, lo que nos acerca a entender e interactuar con nosotros
mismos, con nuestro entorno, está y estará siempre inmerso en un
constante diálogo. El pasado y el futuro son también el presente.
Preguntarnos a dónde pertenecemos, qué somos, a dónde vamos, nos obliga
a definir una identidad como humanos, como parte de esa compleja
relación del yo con el yo, el yo con el nosotros, el yo con el otro y
el yo con lo perceptible — lo imperceptible. Las preguntas y dudas que
enfrenta el hombre son intrínsecas a nuestra esencia como especie y como
seres sociales.
Para los que pertenecen a la
semiosfera de la Regla de Ocha, ella es la respuesta a las interrogantes
más complejas, es el conocimiento, la búsqueda de la verdad, es su razón
de ser… es la vida — la muerte… Es el todo.
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(Selección y traducción del ruso de Desiderio Navarro). Madrid: Cátedra
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Otras
fuentes
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Entrevista al Babalawo Ricardo Ferro Marrero (Awo Ogbedí Omó Oddu).
Miembro del grupo de asesores al consejo de Babalawos mayores de Cuba.
Existe un consejo de Babawos en Cuba que son los 16 mayores, ellos
tienen la responsabilidad de guiar y supervisar el curso de la religión
en Cuba. Para poder tomar una determinación en temas de carácter
religioso, deben apoyarse en este grupo de asesores, esto sin contar que
se está creando el grupo ogboni en Cuba, que va a estar integrado
por 16 Babalawos que se hayan iniciado en el culto ogboni. Dentro de
estos 16, hay cargos y jerarquías, Ricardo Ferro Marrero está propuesto
para abaloggun. (La Habana, mayo del 2005)
Marrero Roy, Nora
(2005). Entrevista a Nora Marrero Roy. (Ewin Leti). Santera con 40 años
de iniciada. Cabeza de una las más importantes “casa de Santo” en Cuba.
(México, julio del 2005)
Principio
del documento
* Una versión de este
texto se presentó en el I Encontro Internacional para o estudo da
Semiosfera. Interferências das diversidades nos sistemas culturais,
celebrado en São Paulo (Brasil), 22-26 de agosto de 2005. Se publica por
primera vez en
Entretextos.
El URL de este documento es
http://www.ugr.es/~mcaceres/Entretextos/entre6/ocha.htm
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