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I. Lotman
y el feminismo: ¿una alianza posible?
(*)
Katarzyna
Moszczyńska
En el presente trabajo pretendo comprobar la posibilidad de aplicación de
los conceptos lotmanianos a la crítica y la teoría feministas de la
cultura, ante todo en los estudios literarios. Una aproximación a la
problemática abordada por la Escuela de Tartu —tales como la teoría sobre
el texto y la memoria, los mecanismos culturales y sistemas binarios—
resulta indispensable para trazar posibles puntos de convergencia entre
los postulados de la semiótica de la cultura y del feminismo. El texto, el
concepto clave en la semiótica de la cultura lotmaniana, constituye el
punto de partida y, al mismo tiempo, el punto de referencia ya que
legitima las pesquisas de nuevas significaciones en la producción
artística:
“El texto se presenta
ante nosotros no como la realización de un mensaje en un solo lenguaje
cualquiera, sino como un complejo dispositivo que guarda variados códigos,
capaz de transformar los mensajes recibidos y de generar nuevos mensajes,
un generador informacional que posee rasgos de una persona con un
intelecto altamente desarrollado” (Lotman 2003a)
El trato del lector con el texto
De este modo, las antiguas lecturas de los textos literarios clásicos de
una cultura dada no pueden ser presentadas ni como únicas, ni como
exhaustivas. Las nuevas lecturas sirven para descifrar códigos no hallados
por generaciones pasadas; desde la perspectiva lotmaniana, el hecho de no
transcodificar no se debe a ningún ruido en el canal comunicativo, sino
que constituye la naturaleza misma de los textos artísticos. De ahí que la
operación de proponer nuevas lecturas de textos clásicos, por ejemplo
lecturas feministas, se legitima con la capacidad de generar nuevos
mensajes, inserta en el texto mismo, es decir, con la función creativa de
significación.
“Al manifestar
propiedades intelectuales, el texto (...) deviene un interlocutor de
iguales derechos que posee un alto grado de autonomía. Tanto para el autor
(el remitente) como para el lector (el destinatario), puede actuar como
una formación intelectual independiente que desempeña un papel activo e
independiente en el diálogo” (ibid)
Uno de los objetivos primarios de la crítica feminista consiste en buscar,
mediante una nueva lectura reivindicativa y dialógica, los códigos de
significación de las mujeres que se hallan en los textos culturales; así,
se analiza por ejemplo la codificación del cuerpo femenino en los textos
de los escritores varones. A través de esos estudios se pretende, sobre
todo, re-escribir/desmitificar el signo estereotipado producido por el
canon oficial. De esas premisas de carácter semiótico surge el modelo de
la historia crítica de la literatura, la denominada crítica de las
imágenes de la mujer, cuyo objeto de estudio es la construcción histórica
del género sexual y la objetivación del cuerpo. (Díaz-Diocaretz, Zavala
1993).
El trato entre el texto y el
contexto cultural
Aplicando las premisas de la semiótica de la cultura, disciplina que
analiza las interrelaciones de diversos sistemas semióticos, se observará
que el análisis
pragmático de una obra debe considerar no sólo las significaciones que
genera el texto en sí (como producto empírico), sino también su
vinculación “con otros sistemas de significado más amplios, con otros
códigos, con otras normas de una cultura determinada espacial y
temporalmente” (Cáceres 1991).
Así,
los textos individuales pueden
representar, reconstruir las estructuras de una cultura. De ahí que
la lectura crítica de los textos literarios permita revelar una
significación social específica, codificada en el texto, fijándola en el
cruce más amplio del contexto, que cubre todo el conjunto de relaciones
sociales y discursivas, que se hallan en el dinámico proceso cultural: “la
literatura [expresa] los intereses de las diferentes fuerzas sociales, la
contienda de las concepciones morales, políticas o filosóficas de la
época”(Lotman cit. en Arán, Barei 2002: 94). Esto permite presentar la
relación existente entre la codificación de la mujer en el texto artístico
y su posición social en un momento dado de la historia.
Por otra
parte, Lotman subraya el papel de las valoraciones de la literatura y del
arte, expresadas en metatextos procedentes del periodo de la producción
del texto. El metatexto, que nunca es neutral o universal, influye en las
significaciones del texto artístico y, asimismo, crea los sistemas de
recodificación para los futuros receptores. De ahí que se pueda postular
la necesidad de crear los metatextos escritos desde la perspectiva
feminista para que entablen un diálogo con otros metatextos y produzcan
nuevos modelos de lectura.
El trato entre el
auditorio y la tradición cultural
Las
generaciones posteriores reciben, como herencia cultural, no sólo un
conjunto de textos literarios canónicos acompañados de sus respectivos
metatextos, es decir, la conciencia canónica, es decir, “lo dicho” y “lo
recordado”, sino también, en forma de un hueco, o un silencio, “lo
no-dicho” y “lo olvidado” en forma de una “determinada cantidad de obras
apócrifas –rechazadas y echadas en el olvido” (Lotman cit. en Arán,
Barei 2002: 94).
Tanto el canon literario per
se como la cuestión de la canonicidad ha suscitado múltiples debates
en el ámbito literario durante los últimos diez años, sobre todo desde la
aparición de la controvertida publicación de Bloom El canon occidental
(1995). Entre los temas más recurrentes destacan los siguientes: las
funciones del canon en la historia, los instrumentos de la creación del
canon, la (in)justificación de la existencia del canon, el análisis de los
criterios estéticos y políticos utilizados en el proceso de la
canonización.
La explicación de
este fenómeno cultural constituye
uno de los objetivos de la teoría
feminista que analiza “las prácticas mediante las cuales una cultura ha
guardado unos textos como memoria de su propio pasado, o como conservación
de una identidad mantenida” (Zavala 1993: 31). En otras palabras, se trata
de explicar los mecanismos de la exclusión e inclusión, de la memoria y
del olvido en la construcción histórica.
Las
propuestas de la Escuela de Tartu ofrecen dicha explicación en la teoría
“sobre el mecanismo semiótico de la cultura” (Lotman, Uspenski 1977),
que convierte la
experiencia en la memoria colectiva, en un conjunto de signos-textos,
concebidos como cultura.
Experiencias individuales humanas suceden en la semiosfera, donde se
organizan todas las actitudes, acciones, eventos, cuyos significados se
interiorizan en la memoria.
Para que haya
consciencia de una experiencia histórica como un evento sucedido, es
decir, para que esta experiencia forme parte de la cultura, tiene que
estar codificada y escrita en un sistema mnemótico, en la lengua.
Consecuentemente, el proceso de codificar algo en la memoria colectiva
guarda muchas semejanzas con el proceso de la traducción o transcripción.
De ahí la hipótesis lotmaniana sobre las limitaciones de la cultura que
necesita del canon, o sea, del proceso de la selectividad mnemótica. La
no-codificación, no-existencia, es decir la “apocrificidad” de algunos
textos, constituye un requisito para la codificación, para la existencia:
la canonicidad de otros. Así, el olvido se convierte en una condición
sine qua non de la memoria colectiva.
El pensamiento fronterizo, el
sistema binario
La mencionada dialéctica
memoria/olvido está directamente ligada al pensamiento fronterizo y al
sistema binario. Retomando las nociones bajtinianas del umbral y la
frontera, Lotman muestra cómo la periferia condiciona la existencia del
centro, de la misma manera que la no-cultura (es decir, lo exterior a una
cultura dada) define a la cultura, o el sujeto se auto-concibe mediante el
otro. Así, la incapacidad de decir el mundo, propia de la lengua,
garantiza la existencia de la estructura misma a través de la presencia
obligatoria de otra lengua, otra cultura, otro sujeto (Lotman 1999).
De hecho, las fronteras entre el
afuera y el adentro de la semiosfera marcan una zona en la cual las
fuerzas opuestas luchan entre sí. Paralelamente, en las fronteras internas
de la semiosfera, las que separan a distintas culturas, se produce la
intersección de los elementos culturales externos e internos. Se puede
concluir entonces que: a) la coexistencia de las lenguas es una estado
propio de la estructura, b) varios textos de distinto grado de
traducibilidad se entrecruzan en la zona fronteriza, produciendo así
adopciones, absorciones de los elementos que la invaden. (Ibid).
Con esta última característica se explica el desplazamiento de las
fronteras y la transformación de las culturas.
Por lo tanto, según las premisas
del pensamiento binario, no hay “centro” sin “periferia”, “textos
canónicos” sin “apócrifos” ni “yo” sin “el otro”. En la propia
constitución de la estructura se precisa lo externo a ella, en forma de
barbarie, entropía. Así como el canon clásico generó a los 'bárbaros' en
función de su lenguaje del que carecen 'los otros' (Pozuelo 2003), la
esfera cerrada de cada cultura se autorretrata como ordenada, organizada
frente a la esfera exterior, representada como lo desordenado, lo
desorganizado, lo caótico, “lo malo”. La comprensión de este proceso es
crucial para desmitificar la frecuente “demonización” del otro.
Siguiendo la teoría lotmaniana
sobre el lugar de las fronteras y el pensamiento binario, pretendo
demostrar en qué medida dichas categorías fundamentan las críticas
feministas. De hecho, la noción de “otredad” constituye un punto de
convergencia entre las teorías de I. Lotman y los conceptos feministas,
más notablemente las concepciones de Hélène Cixous. Es este mecanismo
binario el que Cixous pone en evidencia en su célebre ensayo: La risa
de la medusa (1995), donde encontramos la siguiente formulación:
“¿Dónde está ella?
Actividad/pasividad,
Sol/Luna,
Cultura/ Naturaleza,
Día /Noche,
Padre/Madre
[...] Hombre / Mujer
[...] El pensamiento
siempre ha funcionado por oposición,
Palabra/ Escritura
Alto/ Bajo
Por oposiciones duales,
jerarquizadas. Superior / Inferior”. (1995: 13,14)
Según Cixous, tanto en distintos textos culturales del arte, de la
religión, etc., como en metatextos procedentes de la teoría de la cultura,
funciona el mismo sistema de sometimiento y la consecuente jerarquización.
En la tradición patriarcal, las estructuras culturales están
jerarquizadas, privilegiando al varón respecto a la mujer. Así, el
sometimiento de la mujer garantiza la existencia del sistema patriarcal,
del mismo modo que en las concepciones lotmanianas la periferia condiciona
el centro, la cultura a la no-cultura, etc. Mediante el análisis de los
sistemas literarios y filosóficos, Cixous denuncia el falocentrismo como
su elemento constitutivo básico. “Subordinación de lo femenino al orden
masculino […] aparece como la condición del funcionamiento de la máquina”
(Ibid.: 16)
A la vez, la denuncia del
falocentrismo desemboca en la descripción de distintos tipos de opresiones
basadas en el sistema binario, es decir, en la demonización del otro. En
su crítica al eurocentrismo, Cixous demuestra cómo el mundo blanco
fundamenta su supuesta superioridad, su civilización, en la represión del
otro. Sin embargo, la dialéctica del mecanismo yo/otro no permite
desaparecer por completo a este último. “Gesta banal de la Historia: es
preciso que existan dos razas, la de los amos y la de los esclavos” (Ibid:
24).
El hecho de poner en evidencia
la constructividad de las oposiciones y su papel de garante del
funcionamiento del sistema opresivo, en términos lotmanianos, su “autoconsciencia”,
amenaza la estabilidad del sistema mismo que se presenta como el orden
natural de las cosas. Al superar el orden falocéntrico y etnocéntrico de
la historia, podríamos contar nuevas historias de otro modo, observando,
por ejemplo, la manera en que la mujer siempre ha sido posicionada al
margen de la historia y de la literatura, en la frontera entre la memoria
y el olvido, después de haber sido relegada al estatus de la no-entidad o
la entidad no-social, no-política.
Concluyendo, desde ambas
perspectivas, las nociones de “otredad” y de la “frontera” se pueden
considerar como fundantes, ya que las dos corrientes demuestran los
mecanismos según las cuales la “otredad” tiene carácter constitutivo: lo
“otro” funciona como garantía de lo propio, ya que merced al mundo
exterior se define sí mismo y así construye su valor, su superioridad y su
autoconsciencia. A lo largo del desarrollo cultural, la afirmación de sí
mismo presuponía un “otro” frente al cual se construía una identidad, la
cual, a pesar de las frecuentes constataciones de lo contrario, es siempre
construida.
A la luz de lo
dicho, cabe explicar la conexión entre las teorías de Lotman y de Cixous
sobre sistemas binarios y los mecanismos culturales, y más concretamente
su aplicación al análisis de los mecanismos que subyacen la construcción
del canon. Tal y como mantiene Pozuelo (2003), la perspectiva lotmaniana
sobre la dialéctica memoria/ olvido, centro/periferia, lo propio/lo otro,
permite ver cómo los procesos que forjan el canon de una cultura están
estrechamente ligados a la jerarquía de normas y valores, también la
patriarcal estructura binaria denunciada por Cixous. En otras palabras, se
pone en evidencia la ideología de una cultura concreta.
En este contexto,
la cultura se presenta como “mecanismo (generativo y estructurador) que
crea un conjunto de textos” (Lotman, Uspenski en ibid.),
caracterizado por su gran “capacidad autoorganizativa” y el alto grado de
autoconsciencia, mientras que los textos mismos se reducen a “una
realización de la cultura” (ibid). Así, la Escuela de Tartu otorga
al canon el estatus condicional de la cultura, pero al mismo tiempo revela
su mecanismo legitimador como un constructo cultural dinámico e
ideológico, capaz de “generar” nuevas reglas y modelos acerca de las
realizaciones culturales. Aquí habría que precisar que “las formas (y
contenidos) de la memoria dependen de lo que se considere sujeto de la
memorización, [...]
esto depende de la estructura y la orientación de una civilización
determinada” (Lotman en Méndez 2004).
Con esta última característica
tocamos la premisa —más controvertida y a la vez más importante desde la
perspectiva feminista— que constituye el punto de partida de todos los
debates entre los enemigos y los defensores del canon: la conexión entre
el canon y el poder. Es posible describir el funcionamiento del poder
autoritario y clasicista por “la disposición de instituciones sociales y
específicas destinadas al control dogmático de la población” (Méndez
2004). Para muchos teóricos
(entre otros: M-P. Malcuzynski 2001, H. Gates 1998), resulta evidente que
el proceso de selección de obras canónicas ha sido determinado por razones
extratextuales, incluso políticas. Así, partiendo de las convergencias
entre las teorías de Lotman y Cixous señaladas arriba, se puede concluir
que la canonicidad como mecanismo cultural reservó el prestigio literario
y la memoria de futuras generaciones a los grupos dominantes,
pertenecientes a la raza y al género dominantes.
El canon ha funcionado entonces
como un perfecto instrumento de poder; el público aceptaba la canonización
de escogidos autores y textos como algo natural, sin darse cuenta del
carácter constructivo y generativo de su mecanismo legitimador. Volviendo
al análisis propuesto por la Escuela de Tartu, la configuración de los
cánones “directamente afectada por la dialéctica, refleja [...] la
aspiración de los grupos a resumir su opción como “cultura” y sus rechazos
como “no cultura” (Pozuelo 2003). Así, coincidiendo con la descripción
lotmaniana, la crítica feminista subraya el fuerte carácter
ideológico-político del proceso de la canonización. Algunos grupos
sociales, “los otros”, fueron excluidos en su totalidad de selección y por
lo tanto, enmudecidos:
“No cabe duda de que la
mera mención de la palabra canon arrastra de inmediato otra palabra,
marginalidad [..] El canon, lo canónico sería lo regular, lo establecido,
lo admitido como garantía de un sistema, mientras la marginalidad
es lo que se aparta voluntariamente o lo que queda apartado”. [Jitrik
1998:19]
Entre las obras “apócrifas”, colocadas fuera del canon y, por lo tanto,
ausentes en realizaciones culturales como programas de estudios,
antologías generales, etc., destaca la producción literaria de mujeres,
que ha sido excluida de forma muy sistemática. Como ilustración del
problema puede servir una breve aproximación a la problemática de la
exclusión femenina en el caso de la literatura española canónica. Parece
digno de destacar que los textos escritos por mujeres han sido hasta hoy
día excluidos de las antologías de la literatura española, conjuntos de
textos que constituyen, en términos lotmanianos, la realización de la
cultura y que “desde el último tercio del XVIII nacen como complemento de
los tradicionales manuales de retórica y poética con una clara finalidad
canónica” (Aradra Sánchez en:
Pozuelo Ivancos, Aradra Sánchez 2000:162):
“Ninguna antología de la
literatura general española [..] ha incluido obras o fragmentos de textos
firmados por mujeres anteriores al siglo XIX, con la excepción de Sta.
Teresa de Ávila [...] según la regla antológica [canónica], el/la lector/a
asume que las mujeres, no hemos escrito nada o, casi nada [digno de ser
destacado], hasta el período del Romanticismo”. (M-P. Malcuzynski, 2000:
179)
Consecuentemente, como fruto de la selección negativa, las Memorias
de Leonor López de Córdoba, las canciones de Florencia Pinar, así como el
Árbol de los enfermos de Teresa de Cartagena, o la producción
literaria de María de Zayas, María Carvajal, entre otras, dan testimonio
sobre el proceso de canonización a través de su ausencia en las
realizaciones culturales canónicas. Ninguna de las autoras citadas figura
en las antologías generales, ya que las mujeres siguen siendo
ex-antológicas, es decir, situadas fuera del canon (Véanse: Ibid,
Ruiz Guerrero 1997).
El trato del lector consigo mismo
“El texto —esto es
particularmente esencial en lo que respecta a los textos tradicionales,
antiguos, que se distinguen por un alto grado de canonicidad—
actualiza determinados aspectos de la personalidad del propio
destinatario. En el curso de ese trato del receptor de la información
consigo mismo, el texto interviene en el papel de mediador que ayuda a la
reestructuración de la personalidad del lector, al cambio de la
autoorientación estructural de la misma y del grado de su vínculo con las
construcciones metaculturales”. (Lotman 2003a)
Con esa breve descripción del “trato del lector consigo mismo”, que ante
todo destaca la posible influencia que los textos pueden ejercer sobre sus
lectores, Lotman toca una cuestión primordial para la crítica feminista de
la lectura. Los mecanismos de canonicidad, que se hacen visibles, entre
otras cosas, en los programas de estudios o las antologías (la mencionada
realización del canon), atribuyeron a los grupos sociales, dominados, más
notablemente a las mujeres, la incapacidad de crear textos de alto valor
estético, les privaron de su memoria y de sus modelos (Ruiz Guerrero
1997). De hecho, el análisis feminista del canon y de la actividad de la
lectura se centra en las destructivas consecuencias del sexismo del
proceso de la legitimación canónica.
El desencanto femenino no deriva
tan sólo de la falta de poder y de la capacidad creativa experimentada al
no ver su palabra/experiencia reflejada en los textos, aunque “siempre
[...] ha causado perplejidad esta ausencia de mujeres escritoras” (Ibid:
11). Parafraseando a Lotman, uno de los aspectos de la personalidad del
destinatario femenino que la mayoría de los textos canónicos puede
determinar es esquizofrenia (por supuesto, entendida no en el sentido
clínico del término). En los ya clásicos trabajos realizados por Showalter
(1971) o Fetterley (1978), entre otras, se muestran las múltiples maneras
en las que la educación literaria canónica les enseña a las mujeres a
identificarse con el discurso masculino y a aceptar como único y neutral
el punto de vista de los escritores varones. Así, el texto de un alto
grado de canonicidad le muestra a una lectora su mínimo vínculo con las
construcciones culturales y metaculturales (Véase: Macaya 1992).
El trato entre el texto y el
metatexto
Frente a la injusticia
realizada a través de los procesos de la canonización en beneficio de
grupos dominantes, reaparece la pregunta sobre la justificación del canon.
Los teóricos más radicales abogan por la eliminación de cualquier canon
(Véanse: Sullà 1998, Cela 1998), dado que ha sido utilizado en ejercicio
del poder. Este tipo de actitud se reduce a un acto revolucionario que no
ofrece otras soluciones que su eliminación, y como evidencia la teoría
lotmaniana, la eliminación del canon es imposible dados los mecanismos que
subyacen en los procesos culturales. No obstante, el último argumento no
significa que la “actitud crítica [hacia el canon] no es capaz de
incorporar una proyección hacia el futuro” (Beltrán Almería, 1996: 43).
Si no optamos por el “acto
revolucionario”, que en consecuencia significaría, entre otras cosas, el
fin de las antologías o de las clases de historia de la literatura, el
único recurso que queda es la reforma. Asimismo, en relación con la
sensación de la “otredad” en el proceso de la lectura, y en un intento de
“reestructuración de la personalidad del lector, al cambio de la
autoorientación estructural de la misma”, los textos metaculturales
feministas proponen la reforma del canon. De las teorías de Lotman
presentadas en este trabajo se puede extraer una lección doble al
respecto. Por una parte, la reforma del canon resulta posible, ya que las
fronteras de lo que se considera literatura canonizada son móviles como
resultado de una dialéctica fronteriza entre el centro y la periferia. Por
otra parte, se legitiman los postulados feministas contenidos en los
metatextos, los cuales juegan un papel autoorientador, modalizante.
El concepto dinámico de la
semiosfera, donde distintos textos y fuerzas sociales se oponen entre sí y
donde sucede el desplazamiento continuo de las fronteras, permite
reflexionar sobre la naturaleza del poder dentro de la sociedad. Desde la
perspectiva lotmaniana, parece correcta la concepción del poder ofrecida
por Fraser (1989), según la cual el poder se muestra en una multitud de
estructuras y niveles, concebidos como ejes del poder. Asimismo, el
ejercicio del poder en forma de un régimen o un sistema cultural nunca es
fijo o cerrado.
En cuanto a los procesos
históricos de la canonicidad, los teóricos de la literatura han intentado
últimamente forjar un canon nuevo, o sea ampliar la tradición, identidad,
recuperando las voces enmudecidas (Véanse: Ruiz Guerrero 1997, Sullà
1998). Ese tipo de labor histórico-crítico requiere una postura
desmitificadora, descentralizadora, que analice “lo dicho” y “lo no-dicho”
desde el margen y la diferencia. Merced a estos intentos,
“En
los últimos 15 ó 20 años, el trabajo de las mujeres investigadoras [ha
conseguido que] a la fuerza, la producción literaria femenina empiece a
aparecer en las historias de la literatura y en los manuales de historia
literaria”. (Malcuzynski 2000: 180)
Medidas más importantes tomadas con el fin de ampliar el canon incluyen:
a) estudios y compilaciones de nuevas antologías e historias generales de
la literatura, representativas para distintos grupos sociales (Ibid.;
Brown, Johnson 1997); b) compilaciones de antologías e historias de
literatura dedicadas solamente a textos producidos por miembros de los
grupos marginados. (Véanse: Showalter 1977; Ruiz Guerrero 1996; Luna
1996)
Con esto no queda agotado el
tema de “lo dicho” y “lo no-dicho”, ligado a los mecanismos culturales de
exclusión de algunos textos a favor de otros en un conjunto de textos
mnemónicos. “Lo dicho” y “lo no-dicho”, los “huecos” y los “silencios”,
“todo lo que no está representado del mundo en y por un texto o un
enunciado, pero que, no obstante, siempre forma parte de cualquier
realidad textual” (Malcuzynski 1997: 179). A partir de esta hipótesis, las
críticas feministas interdisciplinarias elaboran los conceptos semióticos
en un recorrido de “los huecos”, “silencios”, que va de Bajtin-Volochinov
a Robinç-Angenot: la tradición por la que se opta, ya que es la que
permite reescribir la historia, las prácticas significantes y la
ideología, a propósito de la significación y la entonación (Véanse: Zavala
1993, Malcuzynski 2000 y 1991)
Estética
de la identidad y estética de la oposición
La última
parte del presente trabajo está dedicada a los esfuerzos teóricos
realizados por la teoría y crítica feminista con el fin de salir fuera de
los parámetros canónicos masculinos; así se examina una posible aplicación
de la teoría lotmaniana sobre la estética de la identidad y la estética de
la oposición en este ejercicio teórico.
Para empezar, el
hecho de poner en evidencia el carácter falocéntrico de la cultura, basada
en la ausencia de la mujer, ha suscitado el debate sobre la (im)posibilidad
de la producción literaria o artística de la misma. De hecho, de acuerdo a
las premisas de Hélène Cixous, resulta sumamente difícil concebir la
manera en la que una mujer podría situarse en el lenguaje, es decir, en un
sistema de representación cuya existencia, como diría Lotman, estaba
precondicionada por la exclusión y la invisibilidad de la “otra”. “La
mujer siempre ha funcionado en el discurso del hombre, significante
referido al significante contrario.” (Cixous 1995: 59). Así, la polémica
acerca de la creatividad y la productividad de las mujeres radica en la
dificultad de codificar, nombrar y definir una práctica femenina de la
escritura.
En relación con esta polémica,
el denominado feminismo francés, (aparte de Cixous representado por Luce
Irigaray y Julia Kristeva, entre otras), corriente vinculada al
psicoanálisis, se renueva en la búsqueda de métodos para reconstruir modos
de expresar el cuerpo y el lenguaje en un nuevo comportamiento subversivo.
Según estas premisas, las mujeres deberían celebrar sus diferencias, antes
reprimidas, para subvertir el lenguaje simbólico masculino. De esta manera
empieza la búsqueda de una nueva palabra, de un discurso diferente.
Profundizando en esta tendencia, se pretende establecer los rasgos típicos
de la producción literaria de las mujeres, enfocando “différance”
de la “écriture féminine” que se halla en el lenguaje. (Cabe
subrayar que desde esta perspectiva no se habla de la literatura de
mujeres, sino de la escritura femenina.)
Así, se aboga por la producción
de nuevos textos en un nuevo, o mejor dicho, en un todavía inexistente
lenguaje, un postulado que podría parecer paradójico desde el punto de
vista formal. La teoría elaborada por Lotman acerca de la estética ofrece
la solución de la supuesta paradoja, diferenciando entre dos tipos de
fenómenos artísticos: los creados según el modelo de la identidad y según
el de la diferencia. Por la categoría de la
estética de la identidad
se entiende “los fenómenos artísticos cuyas estructuras están fijadas de
antemano” (Arán, Barei 2002: 87). Así, la obra cubre la expectativa del
receptor al seguir fielmente el modelo, usando un lenguaje construido
anteriormente. Los estereotipos mentales, los clichés juegan un papel
importante en el proceso de la producción y la recepción artística (la
tendencia destaca en el caso del arte medieval, los periodos clásicos,
etc.).
La segunda
categoría de textos (concebidos en términos lotmanianos), producidos de
acuerdo con el modelo creativo de la estética de la oposición cubre los
textos artísticos innovadores, cuyos códigos no son conocidos antes, sino
que son establecidos por el texto mismo:
“con mucha frecuencia,
en el funcionamiento real de la cultura no es la lengua lo que antecede al
texto, sino que es el texto, primario por su naturaleza, lo que antecede a
la aparición de la lengua y la estimula. Una obra innovadora del arte (en
esencia, cualquier personalidad del otro), nos son dados primero
como textos en ninguna lengua” (Lotman 1993: 92).
De esta manera,
según la estética de la oposición, se fundamenta la posibilidad de
producir nuevos textos femeninos, “primarios por su naturaleza”, los
cuales estimularán la aparición de “una nueva lengua” femenina. Asimismo,
Lotman pone en evidencia un fenómeno importante desde la perspectiva de la
“otredad” femenina: los lenguajes artísticos son sistemas semióticos
creados en un proceso histórico que “se alteran, renuevan o decaen y [...]
nacen [mediante] el desplazamiento estratégico de lo extrasistemático, lo
periférico” (Grande 2004).
Al nivel práctico de la
producción de “una lengua nueva”, las escritoras influidas por los
postulados de la “écriture féminine” se centran en romper las
denominadas fronteras “falogocéntricas” entre los distintos géneros
literarios: el análisis crítico, el ensayo, la ficción y la poesía. A la
vez, subvierten los aspectos formales —sintácticos, semánticos y lógicos—
creando un lenguaje poético (Freixas 2000: 177).
En cuanto a los estudios
críticos centrados en la cuestión de la posible existencia de los rasgos
diferenciadores de la literatura femenina, que tienen su origen en las
teorías feministas francesas, éstos han suscitado una actitud generalizada
de resistencia por parte de las autoras, muchas controversias y pocos
resultados válidos sobre el tema. En ese contexto habría que mencionar el
trabajo pionero en el campo de la literatura española de Biruté
Ciplijauskaité (1988): La novela femenina contemporánea. Hacia una
tipología de la narrativa en primera persona.
Así, las lecturas críticas de la
producción literaria de mujeres en España (Ciplijauskaité: Ibid,
Fernández González: 2000) observan la reaparición de los siguientes
procedimientos narrativos según los criterios de frecuencia:
a) inclinación hacía la primera
persona, búsqueda de la identidad y de la voz femenina
b)
creación
del discurso autobiográfico
c)
uso de la ironía, desconfianza del discurso dominante
d)
expresión de la alteridad, mostrada a
través del discurso bivocal, polifónico, ambiguo
e)
pensamiento autoreflexivo, creación de
nuevos modelos de mujer
f) descentralización, relativismo
g)
una tendencia hacia lo utópico y lo ecológico, presente en historias
fantásticas, misteriosas y indeterminadas; la utopía como instrumento de
evasión de los prototipos
h) la incompatibilidad de las
pretensiones intelectuales con las emocionales
i)
la reaparición del motivo de
autoconocimiento (Bildungsroman femenino)
j) la
abundancia
de los fórmulas de cortesía y justificaciones
k)
el intento de elaboración de un discurso propio
l)
nueva visión/representación del cuerpo femenino.
Los mencionados rasgos
fundamentales los explica Biruté Ciplijauskaité de la manera siguiente:
“En muchas de esas
novelas la protagonista no sólo es mujer, sino además escritora: se trata
de su emancipación en dos niveles diferentes. Al autoanálisis se une el
problema de la expresión […] la reflexión sobre la escritura se vuelve una
meditación sobre la propia identidad. Se habla cada vez más del proceso
creativo como de un camino hacia la autorealización” (Ciplijauskaité 1988:
13).
No obstante, cabe subrayar que este trabajo no pretende demostrar si
existe, o no, la “escritura femenina”, ya que la cuestión queda fuera la
problemática. Asimismo, las mismas expertas en la materia se declaran
incapaces de asegurar la existencia de género sexual en la literatura: las
autoras involucradas en la investigación sobre la creación literaria
femenina Laura Freixas (2000), Biruté Ciplijauskaité (1988) y Christine
Henseler (2003) no ofrecen una respuesta clara sobre la naturaleza de los
rasgos diferenciales que nombran en sus estudios, dudando si son sólo el
efecto de la actual diferencia cultural femenina o más bien el resultado
de la “écriture féminine”.
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Principio
del documento
*
Este trabajo fue presentado como ensayo para el curso de doctorado de
"Semiótica literaria" (Programa de Doctorado Teoría de la literatura y
del arte y literatura comparada de la Universidad de Granada, curso
académico 2003-2004).
Se publica por primera vez en
Entretextos.
El URL de este documento es http://www.ugr.es/~mcaceres/Entretextos/entre5/kasia.htm |