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Me encuentro en una situación difícil y siento mucho que también vosotros
os halléis en una condición parecida. Las conferencias sobre la semiótica
de la cultura que tengo el placer de dar en Italia han sido construidas
como un ciclo y están ligadas entre sí (a partir de Palermo, Roma, etc.).
La presente conferencia constituye el final del ciclo y ése es el motivo
precisamente por el que me encuentro en una situación difícil. Es
necesario que vuelva a repetir lo que ya he dicho en las otras ciudades,
así que, quienes ya hayan escuchado las otras conferencias, oirán, en la
primera parte de la presente, lo que ya saben, mientras que los demás
oirán cosas completamente nuevas. Pido disculpas a ambos.
En las conferencias precedentes he hecho hincapié en tres funciones
importantes del sistema informativo. La primera es la transmisión de la
información, la más estudiada de estas funciones, la que más atención ha
reclamado y a la que estamos más acostumbrados. Se puede estudiar
partiendo del conocido esquema de Jakobson.

Desde el punto de vista de esta función, el texto que pasa del emisor al
destinatario debe permanecer idéntico (T1 = T2). Si
el texto cambia, entonces decimos que funciona mal (T1 ≠ T2),
ya sea por la intervención de ruidos u otros factores que obstaculizan la
transmisión.
La segunda función es más compleja. El esquema anterior funciona tanto en
abstracto como en el ámbito de los metalenguajes o bien del lenguaje
artificial, donde lo importante es que el mensaje permanezca idéntico al
pasar del emisor al destinatario. Pero en el funcionamiento real, no
tenemos un sólo código, sino una serie de códigos que se interseccionan
entre sí. Y a causa, precisamente, de este interseccionarse de los
códigos, el mensaje que pasa del emisor al destinatario se transforma y
nunca o casi nunca es idéntico (T1
≠ T2).
De esta manera el proceso de transmisión conduce a una mezcla de textos
que crea una relación muy compleja. Coincidencia y no-coincidencia de los
textos.
Hay algo aún más importante. En los modelos teóricos usamos un solo canal,
en cambio en la realidad, en los intercambios culturales, en el diálogo,
hay como mínimo dos canales; en realidad, sin embargo, hay muchísimos más.

La cultura es un mecanismo especial que hace todavía más compleja esta
intersección de canales. Se trata, en cierta manera, de una paradoja. Es
como una especie de despilfarro. Y resulta difícil explicar el porqué de
esta riqueza. Sin embargo, empezamos a comprenderlo si nos enfrentamos al
problema desde el punto de vista de la segunda función que se halla
presente en todo sistema semiótico, a excepción del metasistema. Esta
segunda función consiste en un proceso de transmisión que opera como una
traducción interna. De ahí que nazcan textos nuevos. Permítanme ahora
definir lo que entendemos por texto nuevo.
Supongamos que tenemos un texto codificado en un metalenguaje y que lo
traducimos a otro metalenguaje. Luego hacemos la traducción inversa y
volvemos a encontrar el texto inicial (Tm
DTm2).
Tomemos ahora un texto de un periódico en lengua italiana y lo traducimos
al inglés y luego hacemos la traducción inversa. Deberíamos de obtener un
texto bastante parecido al texto inicial. Ahora, en cambio, cojamos un
texto, que es una poesía, lo traducimos y hacemos la traducción inversa,
con lo que ya no obtenemos el texto inicial (T1
"
T2
"
T3 ≠ T1). Lo mismo ocurre cuando cogemos una
novela y la transformamos en una película; esto ha sucedido, por ejemplo,
con Il nome della rosa. Si, luego, de la película queremos volver a
obtener la novela, entonces obtendremos, sin duda alguna, una novela
distinta de la inicial. La riqueza de lenguas en el seno de la cultura se
encuentra ante la imposibilidad de la traducibilidad recíproca. Y la
traducción entre lenguas intraducibles conduce a la producción de un texto
nuevo. Llamaremos, pues, texto nuevo aquel texto que no se puede crear
mediante algoritmos automáticos. Los textos que se producen mediante
algoritmos no podemos considerarlos nuevos. Esta no es una afirmación
científica, lo digo sólo para entendernos.
Dentro de la cultura, dentro de los sistemas semióticos hay mecanismos que
permiten la conservación de la información y, asimismo, mecanismos que
posibilitan la formación de textos imprevisibles, es decir, textos nuevos.
Y ese texto nuevo es lo que me interesa especialmente. Porque los textos
que no se pueden prever —o que no se pueden prever relativamente— son los
que llamamos precisamente textos nuevos. De manera que, desde el punto de
vista de esta segunda función, la cultura es un mecanismo de producción de
textos nuevos. Esto explica en particular la necesidad de los lenguajes
del arte, los cuales, desde la óptica de la primera función, forman parte
de la lengua natural, mientras que, desde el punto de vista de la segunda,
no. Esto se ve más claro con el siguiente esquema:

De un lado, el sistema de los metalenguajes (ML) y, del otro, el sistema
de los lenguajes del arte (LA). Los textos reales se disponen a lo largo
del eje. Su ubicación dependerá de la estructura de estos textos y de su
función. Un mismo texto puede tener en algunos casos una función poética
y, en otros, una función puramente informativa.
La tercera función es la de la memoria y pertenece a todos los
sistemas semióticos a excepción del metasistema. En la fase inicial del
estudio de los sistemas semióticos, que se basaba en la contraposición
saussuriana entre diacronía y sincronía, se decía que, en el plano
sincrónico, la sucesión de los elementos y su estructura sincrónica
bastaban para transmitir el sentido. Pero ya en los años 20, Roman
Jakobson ha demostrado que esta antinomia no poseía sino un carácter de
estudio, necesario para estudiar estos fenómenos al inicio. Porque todo
sistema de este tipo tiene siempre una memoria. Cada uno de estos
elementos tiene sentido en un determinado contexto y lleva en sí una
profundidad temporal y una tradicionalidad histórica que se manifiestan,
sobre todo, en el uso de ciertos símbolos con capacidad para gozar de una
autonomía relativa con respecto al contexto.
Para concluir, podemos decir, pues, que el sistema de la cultura como
hecho semiótico posee tres funciones: la conservación de la información,
la memoria y la posibilidad de crear nuevos textos. Estas tres funciones
son también los indicios del sistema intelectual. Por este mismo motivo
podemos afirmar que la cultura representa en sí misma los mecanismos del
intelecto colectivo. Y esto lo confirma el isomorfismo funcional entre
tres objetos: la conciencia individual, el texto y la cultura. Estos tres
objetos tienen un poliglotismo interno, un sistema interno de producción y
la capacidad de cumplir las tres funciones citadas. Lo que acabo de decir
constituye una síntesis de mis conferencias anteriores.
Ahora intentaré ir un poco más allá. Quisiera centrar vuestra atención en
el fenómeno de la redundancia que tiene, desde muchos puntos de vista, un
papel muy importante y, a menudo, incluso paradójico. Por ejemplo, cuando
aumenta el número de canales (como ocurre con el surgimiento de nuevos
tipos de arte) y el proceso de desarrollo del arte no es lineal. Es
evidente que la generación de mis padres todavía no consideraba el cine
como un arte sino como una atracción de feria, de manera que era normal
que se pensara que la gente culta debía ir a la ópera y a oír conciertos y
la gente no culta al cine. Asimismo, hace cincuenta años, a nadie se le
hubiese ocurrido crear un museo de dibujos infantiles, porque se pensaba
que los niños no eran capaces de dibujar; y una opinión parecida se tenía
del arte arcaico. La masa de lo que nosotros consideramos arte aumenta
continuamente. Hay que añadir, sin embargo, que al mismo tiempo algo sale
o queda excluido de este ámbito. Y esto es una suerte constante. O sea
que, aun cuando el aumento de canales debiera incrementar la redundancia,
en la práctica, por algún motivo, la redundancia disminuye.
Tomemos otro caso. Cojamos un texto. Es evidente que si nos movemos a lo
largo del eje sintagmático, la redundancia aumentará, de modo que la
última parte del texto será más previsible. Esto es válido para los
lenguajes artificiales o bien para ciertos géneros como el lenguaje de los
diarios y el lenguaje burocrático. Ya en los años setenta un investigador
húngaro se ocupó de la redundancia, y, en su opinión, la redundancia
máxima se daba en las conversaciones femeninas y, en segundo lugar, en el
lenguaje de los diarios húngaros. La sorpresa llegó cuando empezó a
trabajar contextos poéticos. En teoría, pues, se debería suponer que la
redundancia del texto poético es muy elevada, porque los lingüistas usan
la poesía, el lenguaje poético, como si fuera una lengua natural a la que
han sido puestos unos límites; y esto es cierto, porque existen las
limitaciones del metro, el ritmo, el léxico —géneros diversos necesitan
léxicos distintos—. En la poesía rusa, el yambo de cuatro pies del ritmo
excluye una gran cantidad de léxico; en torno al 30% o incluso más. Por
consiguiente, si se trata de una estrofa, ya desde las primeras palabras
empezaremos a adivinar las últimas. Aquí podemos empezar a ver la gran
diferencia que hay entre versos malos y versos buenos, puesto que si los
versos son malos es indudable que podremos adivinar el final. Por el
contrario, se han hecho experimentos con poesías de gran valor y se ha
visto que la posibilidad de prever el final es bastante baja. Vale la
pena, pues, preguntarse por qué ocurre esto. Esta limitación de la poesía,
que excluye una serie de posibilidades lingüísticas, viene compensada por
otras alternativas. Lo que en un texto no poético puede parecer una frase
no correcta, en un texto poético —en el seno de un texto poético—, en
cambio, puede ser correcta. Hjelmslev dio, en su momento, un ejemplo de
frase no correcta:
ideas verdes incoloras
duermen furiosas
Y podríamos citar
muchos otros ejemplos poéticos en los que encontramos esa libertad y esos
ligámenes metafóricos que permiten este tipo de frases. Cada escuela
poética cancela determinadas reglas semánticas y crea nuevas y
suplementarias reservas de libertad que, por un lado, comportan una
disminución de la información y, por el otro, un aumento de ésta. Existen
muchos otros mecanismos. Por ejemplo, la inercia rítmica funciona en un
sentido, y, en el sentido contrario, se da un enriquecimiento. Poseemos,
pues, muchos mecanismos que disminuyen la redundancia. Y esto es propio
del texto artístico.
Permítanme que pase
ahora a otro ámbito. Imaginemos que tiramos una piedra o un tiro. Nuestro
objeto debe volar siguiendo una trayectoria. Esto lo podemos calcular
matemáticamente. Pero en la realidad pueden intervenir otros factores, por
ejemplo, la fuerza del viento, la forma del objeto (si dos objetos tienen
forma distinta no caerán en el mismo punto), la relación con el aire y
muchos otros factores que hacen que esta trayectoria no sea del todo
previsible. Por consiguiente, tenemos un área, y no un punto, en la que el
objeto puede caer. Pongamos, sin embargo, que queremos calcular
exactamente el punto en que caerá. Si el objeto se encuentra en un punto
al inicio de la trayectoria, entonces la redundancia será relativamente
baja; es decir, será difícil prever dónde caerá el objeto porque se
encuentra al inicio del recorrido. Por el contrario, cuanto más se acerque
al final de la trayectoria, más fácil nos será indicar con precisión el
punto exacto en que caerá. Así que, cuanto más cerca se está del punto de
llegada más aumenta la redundancia y más previsible es el resultado final.
Ya hemos visto que, en el terreno del arte, se dan paradojas. Pero no
menores son las paradojas que, en este mismo sentido, hallamos en la
historia.
La humanidad posee documentos referentes a milenios de historia. En
cambio, la posibilidad de prever el futuro no es muy grande. Cuando este
tipo de previsiones pasan un cierto límite se convierten en algo parecido
a la ciencia ficción. Estamos, pues, ante una paradoja bastante difícil:
el pasado —lo que ha ocurrido en el pasado— no nos da la posibilidad de
prever el futuro de la misma manera que un historiador puede relacionar un
hecho evidente con el concepto de recorrido histórico. Este es un problema
grave que la ciencia histórica contemporánea, desde el punto de vista
semiótico al menos, ha de plantearse, precisamente porque las situaciones
paradójicas son, desde el punto de vista científico, las más
significativas. Por ejemplo, supongamos que una persona que tiene un
trabajo normal haya muerto cuando era niño, los descubrimientos que él
podía haber hecho puede hacerlos otra persona en su lugar, lo que él podía
inventar desde el punto de vista técnico otro lo podrá hacer. Planteémonos
ahora la hipótesis terrible de que Dante hubiera muerto de niño sin
escribir, por tanto, sus obras: ninguna otra persona hubiera podido
escribir una obra como la Divina Comedia. Ello no sólo comportaría
la ausencia de un libro en nuestra biblioteca, sino que nuestra historia
sería completamente distinta. Podemos decir, pues, que un hecho casual
como el nacimiento de Dante constituye un dato muy importante en la cadena
histórica. Por consiguiente, en el recorrido histórico podemos distinguir
los hechos o las personas absolutamente previsibles y los que, por el
contrario, no lo son.
La conciencia histórica, que se desarrolló a caballo de los siglos XVIII y
XIX, consideraba los hechos imprevisibles como faltos de interés y
subrayaba, por el contrario, aquellos procesos que tienen un carácter
normal y, por así decir, fatal. La conciencia científica contemporánea —me
refiero a los trabajos de Prigogine, químico y físico belga que recibió el
premio Nobel— ha investigado los procesos casuales en la naturaleza,
demostrando la importancia de los procesos irreversibles, de aquellos
procesos que generan un resultado que no es previsible. Sintetizando de un
modo muy esquemático su idea del proceso natural: él observa que hay
puntos en los que se da un 50% de posibilidades de ir hacia una dirección
o hacia otra, y en ese punto es imposible decir qué dirección tomará un
determinado objeto. Cuando, en cambio, se supera este punto incierto,
entonces, al tratarse ya de un proceso retrospectivo, resulta fácil
indicar que dirección ha tomado el objeto. Permítanme recordar la
expresión de Schlegel, que dijo que el historiador era un profeta que
prevé el pasado. Y estaba en lo cierto. Los procesos de los que habla
Prigogine tienen aún mayor importancia si en lugar de dirigir nuestra
atención a los procesos naturales la dirigimos a los procesos que tienen
lugar entre los individuos, porque la elección es el momento del acto
intelectual, y precisamente esa posibilidad de elegir en distintas
situaciones es un índice de la actividad intelectual. La diferencia con
respecto a los procesos naturales estriba en el hecho de que aquí se
plantea el problema moral de la elección. La concepción fatalista de la
historia excluye toda responsabilidad. La persona que participa en la
historia y se halla inmersa en procesos anónimos no tiene oportunidad
alguna de elegir, por consiguiente en estos procesos no hay ningún
significado, no hay información. En cambio, si esta misma persona vive en
una situación en la que puede elegir, entonces esta elección es portadora
de información. El primer proceso, o sea donde no existe posibilidad de
elegir, se puede comparar a los textos metasistémicos y, el segundo
proceso, a un texto codificado según los lenguajes del arte. Es esta la
razón por la que, para comprender la historia, es interesante estudiar el
arte, porque cuando aumentan las alternativas y, por tanto, las
posibilidades de elección, aumenta asimismo la información intrínseca que
obstaculiza el incremento de la redundancia. Podemos decir, por tanto, que
el proceso histórico es una máquina interesante incluso desde el punto de
vista semiótico. Una máquina que tiene muchas contradicciones internas y
mecanismos diversos que se oponen entre sí.
Detengámonos un momento en los mecanismos que aumentan la redundancia. Por
ejemplo, tenemos una masa de textos artísticos que crea una situación
comercial, pero es esta misma situación comercial la que comporta una
determinada producción artística, creándose de esta manera una estabilidad
de la cultura que, en cierta manera, aumenta la redundancia. Una máquina
parecida es la burocracia que al crearse a sí misma crea las condiciones
para crearse a sí misma, con lo que se establece un mundo cerrado.
Podríamos citar muchos otros ejemplos. Es muy interesante observar la
lucha de estos mecanismos en el seno de la cultura.
En los años cuarenta de nuestro siglo, el famoso geólogo, astrofísico y
académico Vernadskij definió lo que vivía sobre la tierra mediante el
concepto de biosfera. Forman parte de la biosfera, dijo, tanto los
microorganismos como los individuos. Vernadskij definió la biosfera como
una membrana sobre la superficie de la tierra. Esta membrana es una
máquina, es decir, funciona, desarrolla este tipo de trabajo: con la ayuda
de la energía del sol transforma lo que no está vivo en vida; y así se
desarrollan los mecanismos de la vida cósmica. Podemos afirmar, haciendo
un paralelismo, que la esfera intelectual es la que crea el intelecto, de
manera que el intelecto no se halla al principio de la creación sino al
final. Todo el movimiento histórico puede considerarse como la actividad
de esta máquina (la semiosfera), con sus obstáculos y sus éxitos.
Gracias por su atención.
(*) Me parece que no se puede construir un sistema cultural sin
considerar el nivel de cultura material, tecnológica. Usted ha insistido
en la innovación como uno de los rasgos distintivos que configuran la
cultura, pero no sólo existe la innovación artística sino también la
tecnológica, es decir, la innovación de los instrumentos. Y yo creo que
cuando se dan los grandes avances culturales las dos innovaciones citadas
entran en sinergia o en homología.
I. M. Lotman. La palabra cultura posee un gran número de significados.
Hace unos cincuenta años, Kroeber subrayó que el término cultura poseía
muchísimos significados. Llamamos cultura a la técnica agrícola, a las
actividades industriales y a muchos otros tipos de actividad, incluyendo
todas las acciones del individuo. Los franceses, desde Rousseau,
distinguen entre Naturaleza y Cultura, pero yo hablo sólo del aspecto
semiótico, es decir, del aspecto que tiene relación con los distintos
tipos de información. Es difícil, sin duda alguna, diferenciar los
aspectos informativos de los que no lo son. Cuando cogemos un hacha de la
edad de la piedra, tenemos en mano una gran cantidad de experiencia.
Cuando los hombres de aquel tiempo creaban algo nuevo no tenían
instrucciones sino tan sólo los instrumentos precedentes para trabajar en
los útiles nuevos. Las cosas contienen en sí mismas un potencial
informativo. Por ejemplo, el poeta ruso Aleksandr Blok era, antes de la
revolución, una persona de cultura y, naturalmente, hasta ese momento
nunca había ido en tranvía, pero en su diario de 1919, escribe que es
necesario ponerse una boina, coger el tranvía y darse de codazos con la
gente. La manera de vestir es portadora de la información sobre la manera
de comportarse. Es divertido ver el modo en que las actrices de cine
llevan vestidos de los siglos XII o XV y en cambio el peinado o el
maquillaje contemporáneos; e incluso, si la actriz hace deporte o lleva
pantalones, el modo de caminar es completamente distinto. En estos objetos
que he citado hay un potencial informativo, pero hay otros aspectos de los
que yo no hablo.
(*) Sí, sí. Conozco sus tesis al respecto. Yo dudo, sin embargo, de que
no se puedan poner en relación estos dos estratos de la cultura, al menos
en los grandes momentos. Por ejemplo, el arte contemporáneo está
profundamente ligado al surgimiento de las tecnologías electrónicas y
electromagnéticas. Si yo no tengo en cuenta este tipo de innovación,
tampoco puedo entender la innovación en el ámbito estético-artístico. Por
tanto, yo creo que una concepción dinámica de la cultura debe tener en
cuenta las dos caras del sistema.
I. M. Lotman. Yo no niego la relación entre estos dos tipos de fenómenos,
pero las relaciones son activas cuando los fenómenos son distintos. Si
sólo hubiera un fenómeno no se podría relacionar con nada. Pero para poder
entender las relaciones es necesario entender la esencia de estos
fenómenos de manera que luego podamos relacionarlos. El arte contemporáneo
está ligado a la técnica contemporánea, pero es que siempre el arte ha
estado ligado a la técnica. El arte del renacimiento estaba ligado a la
técnica del renacimiento. Esto no significa, sin embargo, que la técnica
determine la esencia del arte. Por ejemplo, la introducción de la banda
sonora en el cine fue un descubrimiento técnico, pero para que fuera
verdaderamente un descubrimiento artístico fue necesario esperar a que
tuviera una función estética. Nadie niega esta relación, pero hay que
tener en cuenta que se trata de una relación dialógica y no automática.
U. Eco. Si la persona que inventó el molino de viento no hubiera nacido,
otra persona lo habría inventado. Si Einstein no hubiese nacido, alguien
habría inventado una fórmula de la relatividad muy parecida a la suya. Si
Dante no hubiera nacido —dado que Lotman nos ha dicho que la cultura es el
mecanismo de conservación de la memoria, y que, en la poesía, actúan
mecanismos de redundancia (el metro, la rima, el léxico, etc.) y visto que
en la Edad Media existían narraciones de viajes a la ultratumba y que todo
poeta desea escribir un gran poema—, pensemos por un momento que Guido
Cavalcanti o Lapo Gianni tuvieran intención de escribir un poema en
tercinas de cien cantos que contara un viaje a la ultratumba, sin duda
alguna no hubiese sido igual que la Divina Comedia, en términos
estéticos, pero en términos de dinámica de la cultura habría provocado los
mismos fenómenos. Aunque he entendido que nos movemos entre un
continuum de unicidad y un continuum de repetibilidad, quisiera
preguntarle a Lotman, ¿a qué distancia se sitúa la unicidad estética con
respecto a la unicidad cultural, que es una cosa distinta?
I. M. Lotman. Exacto. Incluso la historia política hubiera sido
distinta. Quisiera subrayar, en este sentido, un punto clave para el
historiador. Es muy importante observar los fenómenos que han ocurrido
considerando una gran cantidad de posibilidades que podían darse, pero
que, en realidad, no se han dado. Si hemos ido en una determinada
dirección, por ejemplo, hacia arriba y no horizontalmente, mirando los
hechos retrospectivamente creemos que ésa era nuestra única posibilidad,
sin embargo, en un punto determinado tuvo lugar una elección, nos
detuvimos un momento y pensamos —porque nosotros poseemos esta maquina del
pensamiento—. Hubiésemos podido tomar otras direcciones. Si fuéramos
personas que sólo pueden seguir un único camino, seríamos marionetas y no
tendríamos necesidad alguna de la conciencia y del intelecto. La historia,
pues, es historia de lo que ha ocurrido en el ámbito de un espectro de
posibilidades que podían acontecer, que se hallaban incluso a punto de
acontecer, pero que no se han dado.
U. Eco. Hay, sin embargo, otro aspecto de mi pregunta. Consideremos las
catedrales de Reims y de Amiens. Son distintas y cada una me produce una
emoción estética distinta. No es suficiente con ver Reims, también hay que
ver Amiens. Desde el punto de vista estético, son dos objetos. Supongamos,
sin embargo, que la catedral de Amiens no hubiera sido construida. Creo
que todos estaremos de acuerdo en decir que nuestra imagen del arte gótico
cambiaría un poco, pero no sustancialmente. Por consiguiente, existe la
unicidad de Reims y de Amiens y existe la unicidad cultural del concepto
de gótico. ¿Cómo se da este emboîtement de irrepetibilidad, es
decir, el gótico como concepto de dinámica cultural, sin duda irrepetible
con respecto al barroco, pero menos irrepetible que la catedral de Amiens?
I. Lotman. Si consideramos el período gótico, todos los textos serán
lenguaje gótico. Pero, cuando empieza un nuevo período, por ejemplo el
renacimiento, entonces se dice que el gótico es sinónimo de barbarie. Y en
el mismo período se observan otras formas de arte que parecen mucho más
altas que el gótico. La unicidad de la época es siempre relativa. En la
periferia del contexto artístico-cultural de una época, siempre coexiste
lo que será importante para el futuro y lo que lo ha sido para el pasado.
Hoy, en la Pinacoteca de Bolonia, he visto con mucho interés unos escorzos
que hay debajo de unos frescos. Están mucho más cerca del arte del período
sucesivo que las obras terminadas. Son más audaces que las pinturas
acabadas.
Quisiera subrayar otro aspecto. El trabajo del historiador oscila siempre
entre dos polos: estudiar el lenguaje del período y estudiar la lengua de
un texto determinado. Ningún texto puede dar cuenta de la lengua de la
época a la que pertenece. ¿Quién de nosotros habla con extrema exactitud
gramatical? La gramática es un modelo abstracto de nuestra manera de
hablar real. Y lo mismo ocurre en el ámbito de la cultura.
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