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La particularidad de la composición del Juicio Final en el templo de
Autun consiste ante todo en la peculiar división del espacio del
tímpano. La enorme mandorla con la figura del Cristo, que domina en
el centro, divide el tímpano en dos partes iguales. A su mano
derecha vemos un grupo de apóstoles y, más lejos, de elegidos de
Dios que se dirigen a la Jerusalén celestial; a su mano izquierda
están representados la escena del pesaje de las almas por un
arcángel y el infierno con diablos de aspecto terrible y el hocico
del Leviatán. En el registro inferior, bajo los pies de Cristo, está
situada una larga fila de figuras pequeñitas: son las personas que
salen de las tumbas, que deben comparecer ante el Juez.
Las escalas de la representación de esas personas
y de los apóstoles son completamente diferentes, y ya son
absolutamente inconmensurables las figuras de Cristo y los santos y
ángeles que rodean la mandorla. Los cuerpos de los apóstoles están
alargados, con una manifiesta violación de las proporciones, lo que
le dio a E. Mâle motivo para escribir sobre la "salvaje
incorrección" de las representaciones y la "fallida distribución"
del espacio —es como si, para llenarlo, el maestro se hubiera visto
obligado precisamente a alargar las figuras
(1). Esa misma es la opinión de otro autorizado estudioso
francés del arte, H. Focillon (2). Sin
embargo, es muy improbable que se puedan compartir esos juicios
dictados por el gusto personal. La deformación de las figuras
entraba de manera evidente en el cálculo ideo-artístico de Gislebert,
y en este respecto tienen más razón D. Gruvot y G. Zarnecki, autores
de la más capital investigación sobre Gislebert
(3).
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