Voy en el metro a media mañana camino de una de mis librerías
más queridas de Madrid y aunque llevo abierto el periódico
miro de soslayo con un gesto reflejo cada vez que entra en el
vagón alguien con un libro en las manos. No siempre es
fácil identificar su título, y hay que tener mucho
cuidado para que la curiosidad no se confunda con la metijonería.
Es como ser un mirón digno que por nada del mundo quiere
verse metido en un trance embarazoso. El libro está a
veces en una posición casi horizontal, para que reciba
mejor la luz del techo, y no es cuestión de adelantar
la cabeza y torcer el cuello queriendo mirar la cubierta desde
abajo. ¿Cuál será ese libro de bolsillo
tan grueso del que no ha apartado los ojos ni siquiera al dar
una zancada desde el andén ese lector que acaba de sentarse
frente a mí? Lo ha doblado por la mitad, con riesgo de
descuadernarlo, lo aprieta como estrujándolo entre las
dos manos. Es un joven de veintitantos años con el pelo
encrespado de rizos casi africanos, sin afeitar, con una mochila
pequeña a la espalda. Da la impresión de que se
levantó de la cama con el libro en la mano y que pasó
así con él delante del espejo del baño.
¿Qué
porvenir laboral tiene un hijo de trabajador o de inmigrante
que a los quince años no es capaz de comprender un párrafo
de tres líneas?
Nuestros
padres, niños en la guerra, escribían y leían
con dificultad. En nuestras casas, donde había tan poco,
mal podía haber libros. La escuela nos hizo lo que somos
Mantengo la vigilancia mientras leo el periódico. El
titular de la primera página es el desastre de los índices
escolares de lectura en España. Sólo hace unos
días la enigmática ministra de Educación
aseguró que ella no ve ningún problema en que
los chicos usen el teléfono móvil mientras están
en clase. La enseñanza pública se deteriora irreparablemente
en España gracias a una conspiración de ignorancia
tramada desde hace años por la chusma política
y la secta pedagógica y las autoridades ya tienen un
culpable: el franquismo. Quién si no. Como mi tierra
natal está incluso a la cola del desastre leo que la
consejera de Educación de la Junta de Andalucía
ha descubierto una causa todavía más lejana: nuestro
atraso histórico. A ellos, los socialistas que llevan
gobernando en Andalucía un cuarto de siglo, que los registren.
Pienso en mis maestros, los que me enseñaron contra viento
y marea a leer y a escribir y a amar el conocimiento en años
de oscurantismo y pobreza; pienso en tantos profesores vocacionales
y derrotados que conozco, en las cartas despectivas o perdonavidas
o del todo insultantes de pedagogos y expertos, de enchufados
de diverso pelaje, que he recibido sin falta cada vez que he
escrito sobre las quejas amargas de mis amigos profesores y
sobre lo que yo estaba descubriendo con mis propios ojos con
sólo hojear los libros de texto de mis hijos y escuchar
las historias que me contaban al volver de la escuela.
A
los expertos, a los gurús de la jerga psicopedagógica
y a los enchufados no les cabía la menor duda: los que
alertábamos sobre la degradación de la enseñanza
nos habíamos vuelto de derechas y no sabíamos
nada, no entendíamos de nada. Ellos sí que entendían:
a la vista están los resultados. Cierro el periódico
con asco y el hombre joven que leía frente a mí
levanta los ojos de su libro. A mi atención de espía
le basta un segundo para descubrir el título: es el Viaje
al fin de la noche. Ahora parece evidente que el aire de ligero
trastorno que tenía ese hombre desde que entró
en el vagón procedía de la lectura de Céline.
Vamos en el mismo tren de la línea 4 pero su viaje es
mucho más hondo y más terrible, un descenso de
fiebre por los espantos del mundo. Yo voy por los túneles
del metro de Madrid y por el presente inmediato y más
bien desolado del periódico: él por las trincheras
de la guerra, por la miseria de los suburbios proletarios de
París, por el Nueva York futurista de los años
veinte, por las tinieblas coloniales del Congo que ya había
roturado para la literatura Joseph Conrad.
Ahí lo dejo, sumergido en el libro, continuando su viaje,
con su barba de varios días y su mochila de vagabundo
celineano. ¿Cuántos lectores como él no
llegarán a existir gracias a la gran conjura de los necios
y de los comisarios políticos que ha asolado la educación
española? Pero no se trata sólo de esa embriaguez,
del dulce vicio que le acompaña a uno en la soledad y
le hace gratos los minutos de un viaje en el metro: mucho más
grave es que la escuela esté fracasando en su tarea de
despertar en cada uno sus mejores facultades, de actuar como
palanca de progreso social. ¿Qué porvenir laboral
tiene un hijo de trabajador o de inmigrante que a los quince
años no es capaz de comprender un párrafo de tres
líneas? ¿Qué podrá aprender sobre
la complejidad del mundo y la de su propia alma quien no cuenta
con la luz de las palabras escritas? El nivel cultural y académico
de los padres es factor decisivo, asegura el periódico.
Subiendo
por las escaleras del metro me pregunto con ira y dolor qué
habría sido de mí, de tantos de nosotros, si no
hubiera sido por la escuela y por el instituto. Nuestros padres,
niños en la guerra, escribían y leían con
dificultad. En nuestras casas, donde había tan poco,
mal podía haber libros. La escuela nos hizo lo que somos.
Soy
lo que he leído. Me gano la vida gracias a que existen
lectores. En el escaparate de la librería distingo con
expectación impaciente el libro que vengo buscando. Verlo
me da tanta felicidad como descubrir en un escaparate de la
infancia la cubierta en colores de una novela de Julio Verne.
Son Los ensayos de Montaigne que acaba de publicar Acantilado,
editados y traducidos admirablemente por Jordi Bayod Brau. Muy
pronto el gozo de las manos se añade al de la mirada:
sopeso el volumen, paso los dedos por su tapa tan sólida,
lo abro y rozo las páginas con las yemas de los dedos,
y al hacerlo percibo un olor exquisito de papel y de tinta.
Por cualquier página que se abra este libro ilimitado
se reconocerá la voz sabia y serena, la inteligencia
irónica y voluble, la curiosidad entre erudita y chismosa
de aquel hombre feliz que se retiró hace más cuatro
siglos a escribir y a leer en la biblioteca circular de su torre.
Como Cervantes o Shakespeare si empezamos a leerlo nos acompañará
a lo largo de toda nuestra vida, y a medida que pase el tiempo
y sigamos leyendo nos enseñará cosas que ni siquiera
habíamos sospechado en las primeras lecturas. Como el
señor don Quijote de la letanía de Rubén
el señor de Montaigne nos asistirá en nuestra
diatriba contra los fanáticos y los propagadores de la
ignorancia, contra los sinvergüenzas, contra los estafadores
de la jerga psicopedagógica, contra los políticos
que sólo pueden eternizarse en su parasitismo gracias
a una ciudadanía analfabeta y embotada. En el viaje de
vuelta soy yo quien entra en el vagón del metro con la
nariz hundida en el libro, quien se queda tan absorto leyendo
a Montaigne que cuando levanta los ojos descubre que se ha pasado
de estación.
CRÓNICA:
IDA Y VUELTA
El libro ilimitado
Antonio Muñoz Molina
EL
PAÍS – BABELIA - 15/12/2007