Los fotógrafos
aficionados pulularon por toda España
desde la última década del
s. XIX hasta aproximadamente finales del
decenio de 1920. En esa treintena, eclosiona
y se expande el fenómeno de los
amateurs, por lo que no habrá casi
capital de provincia y ciudad de importancia
que no tengan uno o varios operadores
aficionados que se dediquen a fotografiar.
Los códigos narrativos visuales
de estos aficionados serán muy
similares al pertenecer a los diferentes
estratos de la burguesía, y la
calidad artística será asimismo
notable. Ahora bien, no será tan
frecuente que estos aficionados salgan
de sus ciudades para captar con sus cámaras
la vida en otros lugares de la nación,
y en este punto, como en otros, Cerdá
y Rico será una excepción,
porque lejos de incardinarse sólo
en su población (vivirá
en la localidad jiennense de Cabra del
Santo Cristo), viajará constantemente,
y Granada, por cercanía geográfica,
por razones afectivas y por la enorme
atracción monumental, será
su ciudad preferida cuando viaje.
Arturo Cerdá
y Rico (Monóvar, Alicante 1844-1921
Cabra del Santo Cristo, Jaén) ,
por razones familiares -sus padres eran
comerciantes y propietarios acomodados-
y profesionales ejercerá la medicina
hasta 1902, año de la muerte de
su esposa-, pertenecía a los estratos
superiores de la burguesía jiennense,
lo que además de permitirle un
total desahogo económico para comprar
el más moderno material fotográfico,
condicionó su manera de mirar por
la cámara, es decir, los esquemas
mentales y los valores propios de la clase
media-alta decidían de antemano
qué era fotografiable y qué
no, pues el acto de disparar la cámara
explicitaba una previa estructura ideológica.
La condición
de amateur le reportaría a Cerdá
una absoluta libertad de acción,
pues no estaba aherrojado por la rutina,
colocado bajo la dictadura de los retratos
estandarizados ni sometido a las exigencias
de la clientela. El hecho de que él
fotografiara para deleite suyo y por extensión
para el de su círculo más
íntimo, le permitió experimentar
y bucear en las nuevas tendencias fotográficas,
de las que estaba tan bien informado.
Eso sí, no pretendió que
su obra quedase sin conocer, como demuestran
los elogios recibidos por afamados operadores
aficionados, la exitosa participación
en concursos, la inserción de fotos
suyas en diferentes publicaciones y la
correspondencia cruzada con otros fotógrafos
españoles, en la que éstos
adjuntaban fotografías de su cosecha
para que sus colegas las admirasen y conociesen
su obra. Todo esto suponía un limo
vivificador para la producción
de Cerdá, pues nunca se quedó
encasillado ni se movió en el extrarradio
de las más pujantes corrientes
fotográficas. Así, por ejemplo,
su faceta retratística, que consume
una porción importante de sus instantáneas,
denota el profundo conocimiento de la
fotografía y pintura del s. XIX,
pues el arte de Daguerre, como es bien
sabido, bebió hasta saciarse en
las fuentes pictóricas, no sólo
en su nacimiento sino en todo el resto
de la centuria decimonónica.
La producción
fotográfica de Arturo Cerdá
y Rico resulta de enorme interés
en el campo de la historia de la fotografía
española por variadas razones,
entre las cuales sobresale el hecho de
haber conformado una ingente colección
de placas estereoscópicas. Para
tener una cabal visión de conjunto
de la fotografía de Cerdá
resulta indispensable integrar su obra
en el puzzle de la fotohistoria nacional
e internacional, pues sólo así
se puede llegar a valorar adecuadamente
el nivel de este fotógrafo aficionado,
el cual siempre mantuvo un cordón
umbilical con las novedades fotográficas,
ya que estaba suscrito a prestigiosas
revistas especializadas, participó
en varios concursos fotográficos
-dentro y fuera de España-, se
incluyeron fotos suyas en alguna publicación
extranjera, tuvo que ser un asiduo espectador
de proyecciones cinematográficas,
puesto que en su obra interioriza y procesa
el novedoso lenguaje fílmico y
su técnica incorporándolos
a determinadas fotografías, frecuenta
estilos foto-gráficos distintos
e incluso antagónicos tales como
el pictorialismo, la fotografía
directa y el reportaje gráfico,
se integró en los cenáculos
intelectuales granadinos, se convirtió
de alguna manera en el alma mater de la
tertulia de aficionados jiennenses , se
interesó vivamente por la influencia
de la pintura en la fotografía,
asumió la moda del orientalismo
en el arte, realizó numerosas placas
autocromas (las primeras fotografías
en color), viajó con su cámara
por diferentes zonas de España
y de otros países europeos y llegó
hasta tierras norteafricanas.
Respecto a los
vínculos de Cerdá con Granada
-que es lo que interesa ahora-, éstos
se desarrollan desde su matrimonio, pues
no en balde su boda con Rosario Serrano
Caro se celebró en la granadina
iglesia de Santa María el 6 de
octubre de 1872. La gestión del
notable patrimonio -fundamentalmente de
base agrícola, aunque también
había propiedades urbanas- de Arturo
Cerdá y de su mujer motiva que
se estrechen los lazos con Granada -donde
el matrimonio tenía asimismo intereses
económicos-, si bien la intensificación
de los lazos con dicha ciudad vendrá
de la mano de los buenos amigos de Cerdá
residentes en Granada, los cuales procederán
de la flor y nata de la intelectualidad
de la bella urbe. En concreto, Cerdá
y Rico se integrará en los círculos
artísticos granadinos, sobremanera
en el mundillo de los pintores y fotógrafos
, pues él, como excelente aficionado
a la fotografía, encontró
en Granada una vida cultural de más
altos vuelos que la existente en Jaén
.
En dicha ciudad,
Cerdá trabará gran amistad
con un selecto grupo de artistas entre
los que descollaron: los pintores José
María Rodríguez Acosta,
Vicente León Callejas y Rafael
Latorre Viedma, José María
López Mezquita y el escultor Pablo
Loyzaga Gutiérrez. Arturo Cerdá
visitará con frecuencia los respectivos
estudios de los antedichos artistas impulsado
por afinidades estéticas y lazos
amicales, y junto a ellos se retratará,
componiendo escenas muy perneadas por
el pictorialismo y el pujante cinematógrafo.
Estas fotografías de Cerdá
y Rico y los artistas granadinos en el
interior de sus estudios, rodeados de
cuadros, bocetos, esculturas y modelos,
suponen un corpus documental jugosísimo
por la polisemia que pueden hacerse de
sus lecturas, destacando el sentido del
humor que suele habitar en estas composiciones.
Cerdá,
en el último tercio del s. XIX,
frecuentará el estudio del fotógrafo
José García Ayola para hacerse
retratos familiares, bien con su mujer
o con alguno de sus hijos. Y respecto
a los fotógrafos aficionados, destacará
la relación amistosa con Manuel
Martínez de Victoria , lo que dará
como fruto un influencia recíproca
de sensibilidades artísticas entre
Cerdá y Martínez de Victoria,
la cual se reforzaba al intercambiarse
bastantes fotografías -una práctica
habitual entre los aficionados.
Hay que resaltar
que en Granada la fotografía recibiría
un decisivo impulso merced a la creación
de la Sección de Fotografía
del Centro Artístico y Literario,
pues desde 1912, sus componentes, en virtud
de la práctica excursionista, la
practicarán a placer al sentirse
respaldados por una entidad de este calibre,
lo que en cierta medida institucionaliza
la práctica fotográfica
y la dota de prestigio a ojos de los cenáculos
académicos.
Espoleado por
la obra de sus amigos granadinos, Cerdá
y Rico realizará numerosas fotografías
de la ciudad del Darro que bascularán,
como ya he apuntado, entre el pictorialismo,
el reporterismo gráfico y la fotografía
directa, corrientes que simultaneaba en
virtud de sus apetencias. Y es más,
un puñado de instantáneas
serán placas autocromas, es decir,
fotografías en color, una modalidad
que nace en los primeros compases del
s. XX -que calará en los aficionados-
de la cual Arturo Cerdá se nos
mostrará como un consumado maestro.
Una de las constantes
de su producción fotográfica
granadina será el orientalismo
. El interés por los monumentos
histórico-artísticos islámicos
hay que ligarlo con la generalización
de los viajes por España que emprendía
la burguesía a partir de la segunda
mitad del s. XIX. El fenómeno del
turismo se extiende entre las capas superiores
de la mesocracia ya estaba consolidado
entre la aristocracia y alta burguesía
y sus raíces se hundían
en el período de la Ilustración
en los comienzos del s. XX de la mano
de las asociaciones excursionistas y artísticas
que nacían inspiradas por la rompiente
pedagogía institucionista, y los
lugares visitados eran principalmente
españoles, aunque también
determinados países europeos figuraban
como destino (Francia, Italia e Inglaterra
principalmente), siendo ya inimaginable
que la fotografía bien en la modalidad
de tarjeta postal o retratística-
esté ausente en esos viajes. Cerdá
y Rico, dentro de sus frecuentes recorridos
turísticos, captará con
su cámara el interior de la mezquita
de Córdoba así como diferentes
espacios de la Alhambra -tenía
predilección por el patio de los
Leones. Esta valoración del patrimonio
islámico se explicita en las fotografías
tomadas en el curso de esos viajes. No
obstante, el interés fotográfico
que despertaban estos monumentos no era
para vindicar el pasado andalusí
como elemento sustancial de la historia
española en general y andaluza
en particular, sino que eran vistos como
la pervivencia patrimonial de un pasado
musulmán que aportaba rasgos exóticos
y que, además, fruto de la imagen
estereotipada colonial, permitía
establecer una fácil asociación
con el modus vivendi de las colonias de
cultura islámica, con lo cual,
la fotografía de los operadores
aficionados españoles -es el caso
de Cerdá y Rico-, arrojaba la posibilidad
de realizar un presentismo, es decir,
situar en monumentos hispanomusulmanes
"escenas morunas" o retratarse
teniendo como forillos decorados musulmanes.
En el caso de Arturo Cerdá, esta
presentización de la cultura andalusí
a través de la fotografía
está condicionada por el conocimiento
directo que él tenía del
norte de África, en concreto de
Tánger, a raíz de ejercer
España labores de protectorado
en una zona de Marruecos como consecuencia
de la Conferencia de Algeciras de 1906
.
Así, las
fotografías de ambiente orientalista
tomadas en Granada -no pocas están
imbuidas de la estética pictorialista-
bien se hacen en estancias de la Alhambra,
en casas de arquitectura historicista
que seguían modelos nazaríes
o en espacios cerrados con forillos pintados
que represen-taban patios de la Alhambra.
Y en estas fotografías de corte
orientalista, quienes posaban eran o familiares
de Arturo Cerdá o amigos -prefe-rentemente
granadinos-, buscando dichas escenas recrearse,
desde la óptica burguesa, con el
imaginario oriental construido en la segunda
mitad del s. XIX y alimentado en las dos
primeras décadas del s. XX.
La Alhambra constituirá
sin lugar a dudas, el icono monumental
de Granada, y es lógico que muchas
fotografías la tengan como elemento
protagonista o figure de fondo en diversas
vistas de la ciudad.
El Albaicín,
con toda su carga de tipismo, protagonizará
un buen número de fotos de Cerdá,
pero no sólo serán sus calles
empinadas y su edilicia popular los que
ejerzan de imán, sino que asimismo
serán sus gentes, sus habitantes
-enfrascados en los afanes cotidianos-,
los que aporten el ambiente necesario,
esto es, el alma del barrio. Esta búsqueda
de lo típico, de la especifidad
regional o local -que se enraíza
en la literatura, la pintura y fotografía
decimonónicas-, será lo
que determine la mirada fotográfica
de Cerdá, como buen exponente de
los operadores aficionados burgueses.
Así se explica que no exista denuncia
social en las instantáneas de Arturo
Cerdá, sino la constatación
de lo típico con todos sus ribetes
folclóricos a la hora de fotografiar
a las gitanas en la puerta de sus cuevas
o vendiendo cacharrería de cobre.
La fotografía
directa cristaliza en la serie de oficios
artesanales registrados por la cámara,
los cuales componen la secuencia de unos
modos de vida tradicionales amenazados
por la modernidad, por la industrialización,
por las máquinas. Estos oficios
tales como: alfareros (de la afamada cerámica
de fajalauza), almireceros, aguadores,
lecheras (la vendedora y una cabra presta
a ser ordeñada), gitanos herreros
trabajando en la fragua, etc., compondrán
el mosaico de una sociedad apegada a estas
formas de vida citadas.
Los niños
serán una de las temáticas
más queridas por Cerdá,
y éstos pertenecerán a las
clases medias o a las humildes, contextualizándolos
el fotógrafo en sus respectivos
ámbitos: a la puerta de pobres
viviendas o en hermosos cármenes
, en plenos juegos característicos
de la burguesía o despiojando el
cabello de un hermano, en pleno paseo
por la ciudad o ayudando a sus mayores
en las faenas
La infancia, de hecho,
será un tema medular en los últimos
años de la vida de Cerdá,
pues se desvivirá por fotografiar
una y otra vez a sus nietos.
La mujer también
aparecerá en múltiples fotografías
ya sea en plenas labores domésticas
o en el disfrute de la vida burguesa a
través del paseo, las visitas de
cumplido, las charlas con las amigas y
familiares, etc. El espíritu del
pictorialismo aparecerá con fuerza
en estas placas, pues Cerdá y Rico
considerará que el tema femenino
debía dotarse de gran factura artística,
y por consiguiente, la fotografía
pictorialista será la más
adecuada a su entender para plasmar a
la mujer.
En definitiva,
la inclusión de Cerdá y
Rico en las esferas intelectuales granadinas
supondrá no solamente la cimentación
de unas sólidas amistades mantenidas
hasta la muerte del médico y operador
aficionado, sino que un sazonado fruto
de este amor hacia Granada será
un corpus fotográfico de alta calidad
artística y de inestimable valor
como fuente documental histórica.